La vuelta a la rutina #2
―¿Mis chicas favoritas, dos fines de semana seguidos? ―las saludó Max, con la libreta en la mano―. Esto es que ha pasado algo.
―Ha pasado que a esta la despidieron y la readmitieron en dos días ―soltó Nat―. Y que todavía no lo habíamos celebrado.
―¿En serio?
―No me despidieron ―corrigió Alexis―. Estuvo cerca, eso sí. Pero conseguí que despidiesen a la verdadera culpable.
―Pues eso hay que celebrarlo, sí, señora. ―Max apoyó una mano en el respaldo de su silla y se inclinó un poco más de lo necesario para leer la carta con ella―. ¿Y qué va a tomar la heroína del bufete?
Alexis pidió lo primero que vio, solo para que se alejase de ella.
Pero el mal ya estaba hecho. En cuanto Max se marchó, después de anotar lo de todas, Nat le dio un codazo a Mae y esta le devolvió una mirada de aprobación.
Alexis, que las conocía bien, supo lo que iba a ocurrir.
Sobre todo, porque ya había pasado, aunque ninguno de los tres lo recordara.
Y como no podía detenerlas todavía porque lo negarían, esperó el momento adecuado para impedir el desastre.
Cuando Mae se levantó a pagar y Nat la siguió con la excusa de dividir la cuenta, Alexis las vio hablar con Max y también notó la sonrisa de este al saber que, quizá esta noche, acabaría en su cama. Pero eso no iba a pasar.
Nat propuso ir a tomar unas copas a un bar antes de finalizar el día de chicas y las otras dos estuvieron de acuerdo.
―Esperad, chicas. Necesito ir un momento al baño ―anunció Alexis. Prefería hablar con él en el restaurante, sin testigos.
Se quedó en el pasillo del fondo, junto a la puerta de la cocina, y esperó a que Max saliese con el delantal ya doblado bajo el brazo.
―Anda, mira ―dijo él―. ¿Te has perdido?
―Tenemos que hablar un segundo.
Max se apoyó en la pared y le sonrió.
―Suena a que me vas a dar malas noticias.
―Mis amigas te han dicho que te vengas luego con nosotras, ¿verdad?
―Sí.
―Y te habrán dado a entender que yo estoy interesada, o que necesito distraerme y que tú podrías ayudarme, o alguna otra cosa que hayan inventado y con la que creen que me ayudan.
Max tardó un momento en contestar. La sonrisa desapareció.
―Algo así.
―Pues no es verdad. Y prefiero decírtelo yo, aquí, antes de que aparezcas y esto acabe en un lío. ―Respiró hondo―. No es por ti. Eres guapísimo y lo sabes de sobra.
―Empezamos bien ―bromeó.
―Pero estoy enamorada de otra persona. Y ellas no lo saben, así que…
Lo dijo sin adornos y más firme de lo que esperaba. Era la primera vez que aquellas palabras le salían de la boca delante de alguien. Resultó que decirlas en voz alta dolía y aliviaba a la vez.
―Vaya ―murmuró Max―. ¿Y esa persona lo sabe o le pasa como a tus amigas?
―No, tampoco lo sabe.
―¿Y por qué no se lo dices?
―Porque se ha ido y no va a volver.
Max la miró tanto tiempo que se sintió incómoda. Después se enderezó, se pasó el delantal doblado de un brazo al otro y asintió.
―De acuerdo.
―¿En serio?
―¿Qué esperabas, que me pusiera pesado?
Alexis se sintió un poco ridícula, porque era justo lo que había pensado.
―No lo sé. A veces la gente…
―Ya. ―Se encogió de hombros―. Mira, yo tonteo, no lo voy a negar.
Y con vosotras tres más que con nadie, porque me hacéis reír y venís desde hace años.
Y sí, tú me gustas, tampoco voy a negar eso, pero nunca te habría ofrecido nada serio, porque no es lo que busco.
Así que no seré tan imbécil como para insistir cuando me has rechazado por una buena razón.
Además, no querría enfadar a las clientas que me dejan la mejor propina ―bromeó para restar seriedad al asunto. Alexis rio con él.
―Gracias.
―No hay de qué. ―Guardó silencio por un instante, antes de añadir algo―. Oye, ¿voy o no voy? Porque si no aparezco por allí después de decirles que sí, el próximo día que vengáis a cenar tendré que inventarme una excusa para tus amigas.
―Ven. Como amigo.
―Eso puedo hacerlo. ―Le tendió el brazo y Alexis lo rodeó con el suyo para salir juntos del restaurante.
―Mirad a quién me he encontrado por el camino ―les dijo ella―. Se unirá a nosotras. ¿Os importa?
―Para nada ―dijeron al unísono, sin saber que su plan había fracasado ya.
Sin embargo, llevarlo como amigo fue todo un acierto. Resultó que contaba las historias del restaurante con una gracia que las tenía a las tres riendo todo el tiempo. Como aquella vez en que un compañero dejó el teléfono metido en la máquina del hielo sin darse cuenta.
―¿Y lo sacasteis? ―preguntó Mae.
―A las tres horas. Vibraba cada vez que lo llamaban. ―Max se echó hacia atrás en el taburete―. Pero el jefe decía que era el hielo, que se asentaba.
Nat lloraba de risa, a Mae le dolía el estómago de los espasmos que le daban y Alexis no dejaba de taparse la boca con las manos para que nadie escuchara sus escandalosas carcajadas.
Luego, cuando pasaron a temas más pausados, Mae le hizo prometer a Max que se presentaría a las oposiciones de junio y que las avisaría del resultado. Si aprobaba, tenían que celebrarlo los cuatro juntos. Y si suspendía, se emborracharían juntos también para olvidar la pena.
En algún momento de la noche, Nat se inclinó hacia Alexis con la copa en la mano y una mirada que auguraba una conversación incómoda.
―Oye, que Max es majísimo. Y está soltero.
―Nat.
―Solo lo digo.
―Pues no lo hagas. Ya sé que quieres verme feliz, pero emparejarme con él no es la solución, te lo aseguro. Es un mujeriego, Nat. No busca lo mismo que yo.
Nat la miró un momento, se encogió de hombros y brindó con ella. No volvió a sacar el tema.
Hacia el final de la noche, Alexis se sorprendió al descubrir que se lo estaba pasando bien. No solo durante el día, sino allí, en el bar, con sus amigas y con un Max que era un gran amigo, aunque no tan bueno como pareja.
Se había reído, había discutido con Nat sobre una canción horrorosa que sonaba en el local, se había bebido dos copas y ahora tenía ese calor agradable en el cuerpo que hacía que todo pareciese más sencillo. Durante un buen rato no se había acordado de Everard.
Pero ahora que ya se separaban, la cosa cambió.
Cuando Max se despidió con dos besos y un «hasta el próximo finde», cuando Mae paró un taxi y las tres se metieron en él, cansadas y en silencio, cuando ella se bajó la primera, como siempre, y caminó por la acera en solitario.
Ahí volvió el dolor de la ausencia. Porque lo que más le apetecía en el mundo, después de un día tan bueno, era contárselo a él.
Entró en casa sin encender la luz del pasillo.
Se quitó los zapatos junto a la puerta, colgó el abrigo y fue directa al dormitorio.
Se sentó en el borde de la cama y abrió el cajón de la mesilla.
Sabía que eso solo lo empeoraría, pero ni siquiera vaciló.
Sacó el papel, doblado en cuatro, con los pliegues ya blandos de tanto abrirlo.
Se lo había dado en el bufete, lo había deslizado por el mostrador sin que nadie lo viese, el día que ella acompañó hasta la puerta a aquella clienta mayor a la que Ace no había querido atender.
Lo desdobló con cuidado, aunque se lo sabía de memoria.
«Tienes un buen corazón, Alexis, no lo pierdas nunca».
Aquel día se había ruborizado y no había sabido qué contestar. Le parecía increíble haber tenido delante a un hombre capaz de escribirle aquello y haber tardado tantas semanas en entender lo que significaba.
Se metió en la cama con la nota en la mano.
La leyó otra vez. Luego la dobló y la guardó en su sitio porque no quería que se estropeara.
Era lo único que le quedaba de un hombre que se había llevado su corazón con él.
«El amor es libertad», eso había leído en la galleta de la suerte aquel día.
Y puede que fuera cierto, pero dolía mucho. Demasiado.