La vuelta a la rutina
El jueves fue el primer día de su vuelta a la aburrida rutina que había imperado en su vida…
antes de él. Alexis se levantó a la hora de siempre y se preparó el café.
Se lo bebió de pie en la cocina, con la vista en la ventana, y salió de casa con la sensación de que se dejaba algo dentro.
Le pasó lo mismo el viernes. Bajó las escaleras, comprobó dos veces que llevaba las llaves y siguió sin saber qué era lo que le faltaba.
En el fondo, sabía que no era una cosa, aunque no quisiera admitirlo.
En el bufete todo había vuelto a su cauce.
O casi, porque la mesa de Robyn seguía vacía.
En aquellos dos días, entraron y salieron del despacho del señor Harlow innumerables candidatas a secretaria a las que Alexis daba paso con una sonrisa profesional.
Después de la tercera, ya se sabía el guion de memoria: cinco minutos de espera, quince dentro y una despedida cortés que no les garantizaba nada.
¿Tan difícil le resultaba decantarse por una?
Ace la saludaba por su nombre cada mañana, algo que ahora la irritaba un poco. Había tenido dos años para aprendérselo y solo lo había hecho cuando a ella ya no le importaba nada de lo que tuviese que ver con él. Pero mientras se mantuviese profesional, todo estaría bien.
El viernes, una de sus compañeras se acercó al mostrador a la hora del descanso para proponerle tomar juntas un café.
Le pareció extraño porque hasta ese momento había sido más bien invisible en el trabajo.
Claro que, después de que se corriese la voz de lo que había hecho Robyn, todos sabían quién era.
Y, aunque le agradecía el gesto, no estaba segura de querer ese tipo de atención.
Algo le decía que solo buscaba conocer la historia completa y de primera mano.
Así que le dijo que tenía mucho lío y esperó a que desapareciera por el pasillo para coger sus cosas e ir a su lugar predilecto: un banco en el parque que siempre estaba vacío cuando ella llegaba.
El mayor problema para Alexis empezaba al cruzar la puerta de su casa.
Dejaba el bolso en el mueble del recibidor y se quedaba unos segundos de pie en el pasillo, sin saber qué hacer.
Antes tenía a Everard, que no se callaba ni aunque le tapases la boca.
Ahora todo era silencio. Antes tenía con quién compartir juegos y risas.
Ahora estaba sola. Pero lo peor no eran ese silencio o la soledad.
Lo peor era atesorar lo que le pasaba en el día para poder contárselo después.
No lo hacía a propósito, era automático.
Una clienta se presentaba con un perro diminuto vestido de marinero y ella pensaba «esto se lo tengo que contar».
Las viejas a las que el genio había asustado uno de los primeros días se persignaban cada vez que se cruzaba con ellas de camino al parque y ella no veía la hora de reírse con él sobre eso. Y así con todo.
El jueves, a media tarde, apareció un mensaje de Nat en el grupo de WhatsApp que tenían las tres. Así se llamaba, «Las tres». Era poco original, pero en su momento les había hecho mucha gracia.
«Cañas esta noche? El sitio nuevo de la plaza tiene terraza».
«No puedo».
Después de haberlas avisado de que había ganado, sus amigas habían intentado quedar con ella para celebrarlo, pero les había dado largas.
Desde entonces, escribían a cada rato en el grupo, pero ella intervenía poco.
Aunque sí las leía y le hacían reír a veces.
Sabía que les debía una quedada, pero no tenía ánimos para ello.
«Motivo».
La pregunta venía de Mae.
«Colada».
Respondió de la misma forma y hubo una pausa larga en el grupo.
«¿Colada por la noche?», contestó Nat. «No creo que tus vecinos estén muy contentos contigo ahora mismo, Ale».
Les envió el emoticono de la chica con los brazos encogidos.
El viernes lo intentaron con el cine. Alexis dijo que se había tenido que llevar la agenda del jefe a casa para cuadrarla.
Nat lanzó una retahíla de insultos al hombre por no haber elegido todavía una secretaria que le quitase ese trabajo, como habían quedado.
Mae no escribió nada, lo cual era mucho peor, porque eso significaba que estaba planeando algo.
Al final se salió con la suya y no hubo cine, pero tuvo que salir igual de casa. Era día de supermercado.
Cogió un carro por costumbre. Demasiado tarde se dio cuenta de que no le hacía falta.
Recorrió los pasillos a paso lento, mientras cogía lo de siempre: pasta, tomate, café, leche…
Cuando llegó al pasillo de los desayunos, se descubrió a sí misma a punto de meter en el carro el bote de sirope grande, el de tamaño familiar, porque Everard se echaba tanto en las tortitas que le duraba un suspiro.
Se quedó así, con el brazo estirado, hasta que comprendió que no habría más tortitas porque a ella se le daban fatal.
Devolvió el bote a su sitio y se fue a la caja.
La compra le cupo en una única bolsa. Una semana antes, Everard había salido del supermercado con dos bolsas en cada mano, mientras ella protestaba porque no le había dejado ayudarle.
Aquella noche se acostó pronto, con la tonta esperanza de que dormir mucho haría que los días pasasen más deprisa. Pero lo único que consiguió fue madrugar demasiado el primer día libre que tenía después de la partida de Everard. ¡Lo largo que se le haría ese fin de semana!
O eso creía ella, porque el telefonillo sonó antes, incluso, de que le diese tiempo a hacer la cama.
―¿Sí?
―Abre.
―Mae, ¿qué…?
―Abre, Alexis. ―No le dejó terminar la pregunta.
Cuando abrió la puerta, en pijama y con el pelo hecho un desastre, se encontró a Nat con dos cafés para llevar en un portavasos de cartón y a Mae con el suyo en la mano y un gesto serio en la cara.
―Buenos días ―saludó Nat, que entró sin esperar invitación―. Tienes cuarenta minutos.
―¿Para qué?
―Para ducharte, vestirte y quedar presentable. ―Le puso uno de los cafés en la mano―. Hoy toca día de chicas.
―No me apetece.
―¿No me digas? No nos habíamos dado cuenta ―ironizó Mae, que cerró la puerta a su espalda―. Por eso hemos venido en persona. Así no te escaqueas.
Alexis abrió la boca para protestar y no encontró nada convincente. Se le habían acabado las excusas.
Nat ya iba por el pasillo, camino del dormitorio, dispuesta a encontrarle algo adecuado en el armario. Mae se quedó en el recibidor y esperó a que las dos se quedasen solas.
―Estás hecha un asco.
―Me acabo de levantar ―se defendió―. ¿No habéis venido muy temprano?
―Llevas tres días contestando a los mensajes con una palabra.
Eso cuando lo haces. Se supone que deberías estar feliz porque has conservado el trabajo y le has dado una lección a la impresentable de Robyn.
―Ladeó la cabeza―. Pero, por algún motivo, pareces más muerta que viva.
¿Vas a contarnos qué te pasa o tenemos que sacártelo por la fuerza?
Desde el fondo del pasillo llegó la voz de Nat, que anunciaba que había encontrado un vestido verde precioso que resaltaría su figura. También le insistió en que se metiese rápido en la ducha.
Alexis se bebió medio café antes de contestar.
―No me pasa nada.
―Estamos preocupadas por ti, Ale. ―Pensó en algo y continuó―. ¿Es por Everard? ¿No has sabido nada de él?
―Ya os dije que eso no tenía futuro. ―Le dolió tener que admitirlo en voz alta―. Que cuando se fuera sería para siempre.
―Y lo echas de menos ―constató su amiga.
―Más de lo que debería ―le confesó al fin.
―¡Ay, mi niña! ―Mae la abrazó.
Nat reapareció en el pasillo con el vestido verde y, cuando las vio, corrió a envolverlas en un abrazo, sin importarle si se arrugaba la ropa.
―¿A quién tenemos que matar? ―preguntó después, lo que hizo reír a las otras dos.
―A nadie ―respondió Alexis.
―Nuestra Alexis echa de menos al guapo y misterioso consultor ―dijo Mae.
―¿No tienes su número? Llámalo ―le pidió Nat.
―No sé dónde está, ni qué es de él. Tampoco tengo forma de contactarlo. ―Aquello fue lo más cerca que podría estar nunca de la verdad con ellas―. Os lo dije, Nat, no habría un mañana para nosotros.
―Pues menudo asco. Pero… ―arrastró la «e»― hoy conseguiremos que te olvides de él. Ya verás, lo tenemos todo planeado. Tú déjanoslo a nosotras.
La empujó hacia el baño y le entregó el vestido para que se lo pusiera. Por primera vez, Alexis no protestó. Quizá un día con sus amigas le vendría bien, después de todo.
Mientras el agua se calentaba, se miró en el espejo y entendió por qué Mae le había dicho que la veía mal. No solo era el pelo, sino su cara. Parecía como si llevara varias semanas sin dormir. Por suerte, el maquillaje lo solucionaría.
Desayunaron en su cafetería favorita y pasaron la mañana de tienda en tienda en el centro comercial. No compraron mucho, pero se divirtieron probándose los modelitos más absurdos que lograban combinar.
Para comer, eligieron un restaurante japonés que las atrajo por el delicioso olor que atravesaba las puertas abiertas del mismo.
Nat aprovechó para practicar su japonés, nivel principiante, con el camarero, lo que les granjeó más risas.
A estas alturas, Alexis ya se sentía mucho mejor.
Y también se arrepentía de no haber quedado antes con sus amigas.
Por la tarde, Mae, que había obtenido un dinero extra por resolver una incidencia en tiempo récord, las invitó a una sesión de spa: masaje corporal relajante y limpieza de cutis, con manicura y pedicura incluidas. Para cuando salieron de allí, se sentían rejuvenecidas.
Para la cena, eligieron el restaurante de siempre. Alexis hubiera preferido no encontrarse con Max, pero no tuvo esa suerte.
Se sentaron junto a la ventana. Nat pidió vino para las tres y se lanzó a contar una anécdota de la consulta en la que estaba implicado un manual sexual mal traducido y una pareja aventurera a la que no le salió del todo bien el asunto.
Mae se reía en alto, sin importarle que la escuchase alguien.
Alexis era más discreta, pero tampoco pudo mantenerse seria por mucho tiempo.