Tres deseos Hora de pedir ayuda #3
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Hora de pedir ayuda #3

―Fíjate ―murmuró Lambert al final, sin apartar los ojos del móvil―. Un pequeño error nos ha librado de perder a una excelente trabajadora.

El señor Harlow no dijo nada. Se había quedado pálido.

―Estoy segura de que no borró los expedientes ―añadió Alexis―. Los habrá escondido en algún lugar del ordenador de recepción.

―¿Cómo puede estar segura de eso? ―se interesó el señor Lambert.

―Porque creo que… Bueno, de esto no tengo pruebas, así que no es una acusación formal, pero creo que hace un mes fue ella quien escondió el archivo donde anoto las citas del señor Harlow para después ajustarlas en su agenda del día.

Al final, lo encontré con un programa que me descargué.

Sé que no está permitido hacer esas cosas ―se apresuró a disculparse―, pero estaba desesperada y pensé que no haría daño a nadie.

―¿Y encontró el archivo?

―Sí. Solo estaba bien oculto.

―¿Cree que si buscamos en el ordenador aparecerán los expedientes del señor Coleman? ―preguntó el señor Harlow.

―Estoy convencida de que sí.

―De acuerdo. ―El abogado descolgó el teléfono y llamó a Ace. Después le pidió a Robyn que entrase―. Primero aclararemos este asunto con ellos y luego comprobaremos si los archivos están ahí. Quizá no necesitemos ese programa, si Robyn confiesa.

Alexis recordaría durante años lo que ocurrió en aquel despacho a continuación.

Ace entró convencido de que presenciaría cómo la despedían por lo que había pasado, pero se quedó blanco cuando el señor Harlow le puso el móvil delante.

Miró la pantalla, luego a Robyn y, por último, a la pantalla de nuevo.

―¿Tú? ―Robyn no contestó―. Te he defendido ―insistió él, con la voz cada vez más alta―. Le he dicho a todo el mundo que la loca era ella. ¿Por qué ibas tú a…?

―¡Porque me dejó en ridículo delante de ti!

¡De todo el mundo! ―Le salió de golpe, con una rabia que llevaba mucho tiempo guardada―.

En el bar, ¿recuerdas? Y tú ni siquiera me defendiste.

―Le señaló con un dedo tembloroso―. Es más, creo que incluso lo disfrutaste.

Vi cómo la mirabas, Ace. No iba a permitir que una donnadie como ella estuviese con alguien tan exitoso como tú. Te mereces a alguien mejor.

―¿A alguien como tú? ―rio él―. Sabes que lo nuestro no iba en serio, ¿verdad? Yo no me comprometo con nadie. Te lo dije el primer día.

Los dos socios se quedaron callados unos segundos, como si estuviesen atando cabos con los datos que acababan de recibir.

―A ver si lo he entendido ―dijo el señor Lambert al fin―. Por una discusión sentimental en un bar, hemos perdido unos valiosísimos expedientes del bufete.

Alexis vio cómo el hombre le guiñaba un ojo después de contar aquella pequeña mentira y ella escondió la sonrisa como pudo. Ace y Robyn permanecieron en silencio.

―Recoja sus cosas, señorita Minnet. En breve recibirá noticias de nuestro abogado laboralista.

―Pero los archivos no están perdidos, solo los oculté para darle una lección a… ―intentó defenderse.

―No la despedimos por los expedientes, aunque es un alivio saber que podremos recuperarlos ―la interrumpió su jefe―, sino porque ha abusado de la confianza que hemos depositado en usted.

Ha jugado con las vidas y los negocios de nuestros clientes, solo por despecho.

No nos interesa tener en nómina a gente así. Ahora, váyase.

Robyn salió del despacho sin mirar a nadie, avergonzada de que la hubieran pillado y asustada por las consecuencias que aquello le acarrearía.

―En cuanto a usted, señor Coleman ―continuó el señor Harlow―, ya no se encuentra en la lista de candidatos a socios. Al menos, por ahora ―matizó después.

―Necesitamos gente seria en el bufete ―añadió el señor Lambert―. Y las relaciones entre empleados que interfieren en el trabajo son de todo menos profesionales.

Ace no se defendió como había hecho Robyn porque sabía que eso solo lo empeoraría.

Asintió y regresó a su despacho, después de que le aseguraran que tendría los expedientes de vuelta en breve.

Cuando se quedaron los tres, el señor Harlow carraspeó y se removió en su sillón.

A Alexis le hizo gracia comprobar que no sabía cómo pedir disculpas.

―Señorita Gardiner. ―Al menos, en esa ocasión, acertó con el apellido―. ¿Le interesaría el puesto de secretaria? Ha quedado libre.

―¿Yo?

―De todos modos, ya hace usted la parte más pesada.

Ahí estaba. No era una disculpa ni un gracias, pero era lo más parecido a ambos. Alexis se lo pensó unos segundos y le sorprendió lo poco que le costó decidirse.

―Se lo agradezco, pero prefiero quedarme en recepción. ―Respiró hondo―. Aunque sí querría pedirle una cosa.

―Usted dirá.

―Que me quite la agenda. Llevo seis meses haciendo un trabajo que no me corresponde y por el que no se me paga.

―¿En serio? ―El señor Lambert lo miró con censura―. ¿No le subiste el sueldo cuando le asignaste esa tarea extra?

―Solo es una agenda.

―La mía es «solo» una agenda ―concretó su socio―. La tuya es un Tetris que no para de cambiar. Se merecía que le doblases lo que cobra solo por tener que cuadrar tus citas cada día.

Las mejillas del señor Harlow se colorearon y Alexis tuvo que contenerse para no soltar una exclamación de sorpresa.

―De acuerdo ―accedió después―. Pero, si no le importa, ¿podría ocuparse de ella hasta que encontremos a otra secretaria?

―Eso sí puedo hacerlo.

―Y en su próxima nómina tendrá una retribución adecuada al trabajo que ha estado haciendo estos seis meses sin que le correspondiese ―le aseguró el señor Lambert.

Volvió a su puesto con las piernas flojas.

El pasillo estaba lleno de gente que fingía trabajar y la miraba de reojo; los mismos que dos días antes la habían visto salir por esa puerta con el abrigo colgado del brazo.

Se sentó, colocó el bolso en el cajón de siempre y encendió la pantalla.

Usó el programa que le había enviado Mae para localizar los archivos de Ace y se los mandó de regreso en cuanto los encontró.

Ace apareció al cabo de un rato. Se paró al otro lado del mostrador, con las manos en los bolsillos.

―Alexis.

Había dicho su nombre bien a la primera. Al parecer, aquel era el día en que todos recordaban cómo se llamaba.

―Dime.

―Quería pedirte perdón. ―Se pasó la lengua por los labios―. Me equivoqué contigo y lamento haberte tratado tan mal. ―Usó una sonrisa de las suyas―. Deja que te invite a cenar y lo compensamos.

―No, gracias.

―Vamos, déjame compensarte.

―He dicho que no. ―Alexis apoyó las manos en el mostrador y le sostuvo la mirada―. Me acusaste delante de toda la oficina de ser una despechada y una vengativa. Que eso era lo que todas hacíamos cuando nos rechazan. Y lo dijiste sabiendo que no era verdad, porque el que se me insinuó fuiste tú.

Ace bajó la vista.

―Los hombres como tú me dan asco ―continuó ella, con una calma que hasta le sorprendió a ella―.

Así que, de aquí en adelante, nuestra relación va a ser estrictamente profesional.

Te paso tus llamadas, te apunto tus citas y no vuelves a acercarte a este mostrador si no es por alguna consulta de trabajo.

Él tardó en reaccionar. Abrió la boca, luego la cerró y asintió una sola vez, con la mandíbula tensa.

―Está bien.

Se dio la vuelta y se marchó con las orejas coloradas. Ya no se movía con la misma seguridad de siempre. Alexis pensó que debía de ser la primera vez que una mujer le decía que no. No le pareció mal inaugurar la lista.

Se sentó, con el corazón a mil y una sensación de ligereza en el pecho, como si le hubieran quitado de encima una pesada mochila que cargaba desde hacía años. Le habían devuelto el puesto y la razón, y se lo había ganado ella sola.

Bueno, ella sola no. Esta vez había pedido ayuda a tiempo.

Se giró hacia la izquierda, hacia el hueco donde solía ponerse él. No había nadie, claro. Lo sabía, pero no pudo evitar buscarlo igual, como si, con solo desearlo, él apareciese de nuevo.

Volvió la vista a la pantalla, tragó saliva y esperó a que se le pasase el escozor de los ojos antes de que alguien lo notase. Sacó el móvil por debajo del mostrador y escribió en el grupo de amigas.

«He ganado».

Las respuestas llegaron una detrás de otra. Nat mandó una fila entera de emoticonos y una propuesta de celebración que incluía cócteles entre semana. Mae escribió que se lo había ganado a pulso y que la cámara defectuosa iba a pasar a la historia.

Alexis sonrió con el móvil escondido en el regazo. Estaba feliz por haber logrado aquel éxito, pero la persona a quien más deseaba contárselo no estaba allí. Y eso le dolió más de lo que esperaba.