Hora de pedir ayuda #2
―¡Sin avisarme! ―Alexis se puso en pie. Le salió una voz extraña que apenas reconoció―. ¿Y los clientes, Mae? Por ese mostrador pasan divorcios, herencias y gente que viene a hablar de cosas que no le cuenta ni a su familia. Yo les cojo el teléfono y les tomo los datos.
―Alexis, escúchame…
―¿Cómo pudiste hacerlo sin preguntar primero? ―Se le quebró la voz y tuvo que parar en seco.
Se quedó de pie en mitad del salón, con las manos apretadas.
Y puede que lo de los clientes fuese verdad y le importase, pero lo que la había alterado no tenía nada que ver con ellos.
El problema era que se había pasado semanas hablando con un hombre al que nadie podía ver y que no aparecía en ninguna cámara.
Puede que disimulase al hacerlo para que no la creyesen una loca, pero en un vídeo se haría más evidente.
Y todo eso estaba guardado en un disco duro, listo para que alguien lo viese y sacase la única conclusión posible.
Mae se levantó también, pero no se acercó.
―No los miro.
―Ya.
―En serio, Alexis. ―Lo dijo despacio, para que lo asimilase―.
El programa guarda una semana de vídeos y luego los borra.
Sé lo importante que es la privacidad de los clientes, trabajo en eso, ¿recuerdas?
Pero necesitaba hacer algo para tener pruebas en caso de que alguien lo intentase de nuevo.
Ese archivo no se escondió solo. Alguien lo hizo.
Si estaba intentando que te echaran del trabajo, yo…
―No terminó la frase, pero Alexis lo entendió―. Pero no los miro nunca. Te lo juro.
―Vale. ―Alexis cedió.
Sabía que su amiga no la perjudicaría a propósito y que hubiese hecho eso le ayudaría ahora a demostrar su inocencia. Y la había creído cuando le aseguró que no los miraba, así que su secreto seguía a salvo.
―Entonces el lunes está grabado.
―Exacto.
Nat dejó la copa en la mesa con un golpe seco.
―Pues abre eso ya, por Dios.
Se sentaron las tres en el sofá, apretadas, con el portátil de Mae en el regazo de su dueña. Tardó un rato en entrar. Alexis le dio la franja: desde que salió a comer hasta que volvió, ni un minuto más, porque no quería que vieran nada de lo que había pasado fuera de ese tiempo.
La imagen apareció en blanco y negro, algo torcida, con el mostrador vacío y el pasillo al fondo.
Mae adelantó el vídeo. Vieron pasar a lo lejos un repartidor y luego a una de las secretarias con una carpeta bajo el brazo.
Y después entró Robyn en el encuadre. Pero no por el pasillo como los otros, sino frente al ordenador.
Se sentó en la silla de Alexis, sin mirar alrededor, y se colocó bien la falda antes de empezar.
―Ahí está ―murmuró Nat.
Robyn tecleó sin detenerse a pensar. No consultó ningún papel, ni dudó.
Inició sesión con los datos de Ace, abrió el listado de carpetas, seleccionó los expedientes y los movió a otra ubicación del propio equipo.
Una tan escondida como lo había estado el archivo de la agenda.
Después cerró todo y dejó la pantalla igual que estaba.
Se levantó, se estiró la chaqueta y se fue por donde había venido.
Mae paró la imagen.
―No ha dudado ni una vez ―señaló―. Sabía dónde estaba cada cosa. Se ve que es una experta.
―Y parecía tonta, la mosquita muerta ―añadió Nat―. Fíate de las apariencias.
Alexis seguía mirando la pantalla congelada, con la silueta de Robyn a medio salir del encuadre.
Medio año cargando con la agenda del señor Harlow porque, si se lo daban a la pobre Robyn, se le complicaba.
Seis meses de trabajo extra por el mismo sueldo para que aquella mujer no perdiese su trabajo.
Y ahora la desagradecida intentaba que la echaran a ella.
―Me ha estado utilizando ―dijo en voz baja.
―Desde el primer día, cielo. ―Nat le pasó un brazo por los hombros―. Y gratis, que tiene más mérito.
Mae ya estaba tecleando otra vez.
―Te mando el trozo del vídeo al correo. Solo la parte en la que estás ausente tú, que es cuando entra ella en acción.
―Levantó la vista―. Y necesito que mañana enciendas el equipo de recepción antes de hablar con nadie para entrar en él desde el trabajo y devolver los archivos a su lugar. Como hice la otra vez.
―¿Pero puedes enviarlos al ordenador de Ace?
―Es mi trabajo. ―Se permitió media sonrisa.
Nat, que llevaba un rato demasiado callada, levantó un dedo.
―Espera. Tenemos un problema.
―¿Cuál? ―preguntó Mae.
―¿Cómo va a explicar Ale que tiene ese vídeo? ―Las miró a las dos―. Porque si dice que una amiga le instaló un programa espía, la que sale por la puerta es ella y de cabeza.
Se hizo un silencio incómodo.
―Di que fue sin querer ―propuso Mae―. Que te dejaste la cámara conectada después de una videollamada.
―No hago videollamadas en el trabajo. ―Alexis se frotó la frente―. Me van a preguntar con quién y no voy a saber qué contestar, porque querrán comprobarlo hablando con esa persona.
―Pues algo habrá que…
―Lo tengo. ―Alexis levantó la cabeza de golpe―. La cámara se me encendió un par de veces al bloquear el equipo cuando instalaron el sistema nuevo. Di parte al departamento de informática y prometieron mirarlo. Podría decir que pasó de nuevo.
Mae la señaló con el dedo.
―Y encima podría haber sido cierto. Nadie sospechará.
―¿Se lo van a tragar? ―preguntó Nat.
―No lo sé. ―Alexis se encogió de hombros―. Pero si les demuestro que la secretaria de uno de los socios principales borró los expedientes de uno de sus abogados estrella, no creo que les importe de dónde ha salido la grabación. Y menos, si recuperan los archivos después.
―Creo que mejor los dejaré donde están y te enseñaré a localizarlos a ti, por si tus jefes quieren ver en directo cómo lo haces ―añadió Mae―.
Una cosa es entrar con tu usuario desde casa para ver un vídeo y otra andar moviendo archivos de un sitio a otro.
Eso ya son palabras mayores y no sabrías explicar cómo lo has hecho. No quiero que tengas problemas.
―¿Y crees que sabré utilizar ese programa?
―Es sencillo. Instalas un programita que te enviaré al correo y lo abres. Él se encargará de todo. Y si te preguntan por el programa, puedes decir que no es la primera vez que te desaparecen cosas y que por eso lo tienes. Intenta que entiendan que es cosa de esa bruja para que el castigo sea mayor.
―De acuerdo. ―Suspiró para intentar relajarse.
Nat alzó su copa.
―Por la cámara defectuosa y los programas milagrosos.
―Por la cámara defectuosa y los programas milagrosos ―repitió Mae.
Alexis solo acertó a brindar con ellas porque la última parte le recordó al genio y, de haber hablado, la voz la habría traicionado. Lo echaba muchísimo de menos.
Al día siguiente, entró en el bufete después de ver llegar al señor Harlow y avanzó hacia el despacho del hombre con seguridad.
Robyn, que había llegado diez minutos antes que su jefe, le salió al paso a mitad de camino, con una carpeta contra el pecho.
―Vaya. ―La miró de arriba abajo―. Hay que tener valor para presentarse aquí después de lo que hiciste.
Alexis se paró. No porque le tuviese miedo, sino porque quería que fuese ella quien anunciase su llegada y que, además, supiese el motivo por el que había ido.
Le sonrió.
―Avisa al señor Harlow de que estoy aquí y de que necesito hablar con él. ―Hizo una pausa muy corta―. Tengo pruebas de que no fui yo.
La actitud de Robyn cambió en lo que dura un parpadeo, pero Alexis la vio: la sorpresa en su mirada y los nervios en la forma en que apretó con más fuerza la carpeta.
―No está.
―¿No? Pues lo vi entrar hace un minuto escaso.
―Tiene la mañana ocupada. ―Se recompuso deprisa―. Y no creo que le apetezca perder el tiempo contigo.
―Infórmalo de mi presencia y que sea él quien decida si lo pierde o no.
―Mira, Alexa ―pronunció mal su nombre a propósito―, te dijeron que no…
―Alexis ―la corrigió.
Sonó la puerta de la calle a su espalda y las dos se giraron a la vez para ver entrar al señor Lambert con el abrigo en la mano.
Se detuvo en seco al verlas en mitad del pasillo.
Era el otro socio fundador, un hombre mayor, de esos que saludan a la limpiadora por su nombre.
Ya estaba casi jubilado, de ahí que buscasen nuevos socios a los que incorporar al bufete.
Solía ir tres o cuatro veces al mes, o cuando atendía en persona a los clientes más importantes.
Aquella mañana tenía una reunión programada; Alexis lo sabía porque la había apuntado ella misma en el calendario.
―Señorita Gardiner. ―Se le iluminó la cara―. Precisamente íbamos a hablar de usted.
―Buenos días, señor Lambert.
―Venga conmigo y aclaremos este asunto de una vez, que ya está durando demasiado. ―Le tendió el abrigo a Robyn sin apenas mirarla―. Me daría mucha pena perderla. Es una trabajadora incansable y atiende a nuestros clientes mejor que nadie en esta casa.
El señor Harlow sí estaba en su despacho. Levantó la vista de los papeles con cara de pocos amigos y la cambió en cuanto vio entrar a su socio.
―Traigo a la señorita Gardiner ―anunció Lambert, ya sentándose―. Y tengo la sensación de que le debemos una disculpa.
―Aún no sabemos…
―Yo sí lo sé ―lo interrumpió Alexis.
Sacó el móvil con manos temblorosas, lo desbloqueó y lo dejó sobre la mesa, con el vídeo listo. Después les explicó lo de la cámara que se activaba a veces al bloquear la pantalla y que había dado parte al departamento informático, pero que no lo habían arreglado todavía. Por suerte para ella.
―Cuando llegué a casa, recordé que había tenido que apagarla al llegar de mi descanso ―continuó―.
Y, bueno, no sé si hice bien accediendo al ordenador desde mi casa para eso, pero estaba tan disgustada porque me acusaran de algo que no había hecho que busqué ese vídeo por si podía servirme de ayuda. ―Alexis lo inició―. Encontré esto.
Cuando la figura de Robyn se sentó en la silla del mostrador y empezó a teclear, el señor Harlow se quitó las gafas y se acercó a la pantalla.