Hora de pedir ayuda
Alexis no supo en qué momento se quedó dormida, pero sí que fue en el sofá y con la ropa del día anterior puesta. Se despertó con los ojos hinchados y la garganta en carne viva. Le dolía la cabeza de haber llorado gran parte de la noche. Tardó un rato en reunir fuerzas para levantarse.
En la cocina no había tortitas ni café. Tampoco estaba el zumo que Everard le servía siempre con el desayuno. Solo quedaban los restos de lo que se había tomado de madrugada: un vaso de agua a medias sobre la encimera y el paquete de galletas abierto, que no había tocado al final.
Puso la cafetera. Mientras esperaba, se apoyó en el fregadero y se quedó mirando el hueco del mueble del salón, donde ya no había nada. Ni marca en la madera, ni polvo alrededor. Como si aquella lámpara jamás hubiese estado allí, salvo por el detalle de que ella la recordaba muy bien.
Durante toda la mañana, se intentó convencer de que era la magia lo que echaba de menos.
Era lo lógico. Cualquiera lo haría si podía comer sin tener que cocinar, si la ropa se planchaba sola o si podía viajar a cualquier parte del mundo con un simple chasquido.
Pero cuanto más se empeñaba en ello, menos se lo creía.
Lo que le faltaba era mucho más simple: alguien a quien contarle que había dormido mal y con quien hablar de sus preocupaciones sobre el trabajo.
Pero que lo hiciese a su manera, con sus salidas divertidas en medio de un tema serio para hacerla reír y que se relajase.
Echaba de menos a Everard, su mejor amigo, aunque sonase raro decir eso de una persona a la que había conocido un mes antes.
Pero es que aquel genio loco había entrado en su vida sin permiso para ponerla patas arriba.
Y, aunque su única intención había sido quedarse hasta que ella pidiese los tres deseos, en cuestión de semanas, se había convertido en la persona con la que mejor se lo pasaba.
Y quien la entendía incluso mejor que ella misma.
Pero lo peor era que, sin darse cuenta, se había enamorado de él. Ahora que lo había liberado, por fin podía admitirlo. Aunque no sirviese de nada, porque él estaba lejos y no tenía forma de encontrarlo.
Se sentó en la mesa del salón con la taza de café entre las manos y se obligó a pensar en lo que tenía arreglo. El señor Harlow había dicho que la llamarían, pero ella sabía de sobra qué significaba aquello. Lo harían para decirle que recogiese sus cosas. Con suerte, le pagarían el finiquito.
Se le vino a la cabeza la larga lista de todo lo que tendría que pagar a final de mes y se agobió. Le temblaron tanto las manos que tuvo que dejar la taza, a riesgo de derramar el líquido sobre la mesa.
―Relájate, Alexis ―se dijo en voz alta para enfocarse―. Tú puedes.
Sacó del cajón un cuaderno y un bolígrafo y empezó a escribir todo lo que se había dicho el día anterior.
Necesitaba visualizarlo para encontrar un punto desde el que partir para encontrar la solución.
Ya no solo porque perdería el trabajo si no demostraba que no había hecho nada, sino porque quería limpiar su nombre. Y encontrar al culpable.
Anotó cada cosa que Ace había dicho: lo de que el programa registraba los inicios de sesión, lo de que el último había sido desde el ordenador de recepción ese mismo día… Y entonces se detuvo, con la punta del bolígrafo apoyada en el papel. Había dicho ese mismo día.
Se enderezó en la silla al comprenderlo.
Ace se había pasado la mañana entera encerrado en su despacho trabajando con aquellos expedientes y solo había salido cuando desaparecieron.
Si las carpetas se hubieran vaciado a primera hora, la habría acusado antes, pero no lo hizo.
No dio señales de vida hasta que ella volvió del parque.
Así que alguien se había metido en su ordenador cuando ella estaba fuera.
Debería haber caído antes en eso porque ella no se levantaba del mostrador ni para ir a por café, porque beberlo la hacía ir más al baño y no quería dejar la recepción sola por mucho tiempo.
Y, cuando iba, solía ser rápida. Demasiado para que una persona pudiera sentarse, iniciar sesión, mover los expedientes a otra carpeta, borrar su rastro y cerrarlo todo sin que ella lo pillase in fraganti.
Además, el día anterior ni siquiera se había movido de su puesto, salvo a la hora de la comida.
Entonces, recordó aquel otro día en el que el archivo de la agenda del señor Harlow se esfumó sin dejar rastro.
Y, aunque Mae lo recuperó de forma remota, nunca encontró una explicación para lo que había pasado.
Incluso llegó a pensar que había sido un fallo suyo.
Pero quizá ahora podía ponerle nombre y apellido a ese «fallo».
Porque Robyn Minnet llevaba semanas presumiendo delante de ella de que le había robado al hombre que le gustaba.
También se colgaba las medallas del trabajo que hacía ella en su lugar, delante de todos.
Incluso pronunciaba mal su nombre a propósito, a modo de burla.
Y el viernes por la noche, Everard la había dejado en evidencia delante de medio bar. Y, sobre todo, de Ace Coleman.
No tenía pruebas, ni testigos. Tampoco sabía cómo demostrarlo. Si se presentaba en el despacho del señor Harlow solo con una acusación contra su secretaria, acabaría igual en la calle.
Se pasó las manos por la cara con frustración.
«Nunca pides ayuda, ricura. Serías capaz de subir un piano por las escaleras tú sola antes que llamar a nadie».
Se le escapó una risa corta, más de dolor que de otra cosa. Se lo había soltado en la cocina en una ocasión y ella le había contestado que se metiese en sus asuntos. Pero tenía razón. Como siempre.
Cogió el móvil y buscó el número de Mae.
―Cuando llamas en horario laboral, tiemblo, querida mía ―contestó su amiga al segundo tono.
―Necesito que vengas a casa.
Hubo un silencio breve al otro lado. Le acababa de dar la razón.
―¿Qué ha pasado?
―Por teléfono no. ―Alexis se aclaró la voz―. ¿Puedes comer aquí?
―A mediodía imposible, tengo una migración que no puedo dejar a medias. ―Se oyó el ruido de un teclado―. ¿Aguantas hasta la cena?
―Supongo que sí. ―No le quedaba otra.
―Pues cena. Y no cocines, que llevo yo algo.
―Mae. ―Apretó el móvil contra la oreja―. Tráete el portátil.
El teclado se detuvo del todo.
―Ahora sí que me has asustado. Voy en cuanto salga.
Colgó y se quedó con el aparato en la mano.
Había pedido ayuda. No era la primera vez, muy al contrario de lo que pensaba Everard, pero siempre le costaba dar el paso y esperaba a estar demasiado desesperada como para no tener más alternativa.
Sin embargo, en esa ocasión, la había pedido mucho antes. Le habría gustado que él lo viese.
Aparecieron las dos, cómo no. Mae con una bolsa en cada mano y Nat detrás, con una botella de vino.
―Vengo de apoyo moral ―anunció Nat, ya sin abrigo y camino de la cocina―. Mae me ha dicho que tenías voz de funeral y no pensaba quedarme en casa delante de la tele.
―Te lo agradezco, pero no hacía falta.
―Claro que hacía falta. ―Se asomó al pasillo y miró hacia la puerta cerrada del dormitorio―. ¿Y Everard no está? No me digas que has ignorado mi consejo y le has dado largas. ―Se detuvo―. ¿No habrás llamado a Mae porque le has dado largas y necesitas consuelo? Eso explicaría el tono de voz.
Alexis notó cómo se le tensaba todo el cuerpo. Se había preparado para la pregunta durante toda la tarde, pero resulta que no le sirvió de nada.
―Se ha ido ya.
Las dos se quedaron quietas. Mae dejó las bolsas en la encimera con más cuidado del necesario.
―¿A dónde exactamente?
―Se ha ido y no va a volver. ―Alexis abrió el cajón de los cubiertos para tener algo que hacer y no mirarlas a los ojos―. Os lo dije, chicas. No habrá aviones, ni llamadas, ni nada por el estilo para nosotros. Se acabó antes de empezar siquiera y no se puede cambiar.
Le dolió pronunciar aquellas palabras, incluso si ya se había hecho a la idea de que sería así.
Nat abrió la boca. Mae le puso una mano en el brazo y se la cerró sin decir palabra.
―Vale ―zanjó Mae―. Hoy no hablaremos de eso.
Se lo agradeció en silencio. Sacaron los platos, repartieron la comida y se sentaron las tres a la mesa baja del salón, que era donde acababan siempre. Entonces Alexis les contó lo del lunes. Sin adornos, con todos los detalles.
Nat soltó el tenedor a mitad del relato.
―¿Que dijo qué?
―Que es lo que nos pasa a todas cuando alguien nos dice que no.
―Voy a ir mañana a ese bufete y le voy a explicar a ese cretino, con vocabulario técnico, todo lo que le pasa a él.
―Nat.
―Es que soy sexóloga y sé de qué pie cojea ese. ―Se echó hacia atrás en el sillón, con los brazos cruzados―. Pero lo peor es lo de tu jefe, que te manda a casa como si ya hubiera decidido aceptar la versión de ese cretino.
―Ya. ―Alexis empujó un trozo de pollo por el plato sin llegar a comérselo―. Por eso llamé a Mae. Alguien entró en mi ordenador mientras yo estaba en el parque y creo que fue la misma persona que me borró el archivo de la agenda hace un mes.
Mae dejó los cubiertos en la mesa y se limpió las manos con la servilleta. Tardó demasiado en contestar.
―Antes de que sigas, tengo que contarte una cosa. Y no te va a gustar.
―Mae.
―Cuando te recuperé el archivo, no me pareció normal que desapareciese de la forma en que lo hizo, así que te dejé instalado un programa en el equipo de recepción.
Alexis levantó la cabeza.
―¿Un programa de qué?
―De registro. ―Mae se encogió de hombros, aunque no le salió muy natural. Estaba preparada para la bronca―. Graba lo que pasa en la pantalla. Y también en la cámara, porque va todo en el mismo paquete.
El salón se quedó en silencio. Nat miró a una y después a la otra, con la copa a medio camino de la boca.
―¿Me estás diciendo que llevas semanas grabando mi puesto de trabajo?
―Te estoy diciendo que…