Tres deseos Un lunes complicado #3
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Un lunes complicado #3

―Puedo quedarme lo que tú quieras. Haré lo que sea para aguantar tanto tiempo como desees. ―Bajó la voz de golpe, y aquello la asustó más que el grito―. Y, si después la lámpara tarda cien años en encontrar otra ama, no me importará porque tendré el recuerdo de estos meses contigo.

A Alexis se le rompió algo por dentro al oírlo.

―¿Y luego? ―le preguntó.

―¿Cómo?

―Después de esos cien años. Otra mujer frotará esa lámpara y tú saldrás y le explicarás las normas.

Ella te pedirá una casa con piscina, dinero a raudales y a saber qué otra cosa.

Y cuando gaste los tres deseos volverás dentro y esperarás de nuevo a poder salir.

Y así para siempre, una vez tras otra. ―Le sostuvo la mirada aunque apenas veía a través de las lágrimas―.

Yo habré tenido una vida, mejor o peor, y me habré muerto después en paz, pero tú seguirás ahí dentro, viendo películas para pasar el rato, sin que eso se acabe nunca.

Everard no contestó.

―Dime que me equivoco.

―No te equivocas.

―Entonces no me pidas que te deje ahí.

El genio bajó la cabeza. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un hilo de voz que a Alexis le costó reconocer.

―Nadie me ha regalado nunca nada.

―¿Qué?

―En toda mi existencia. Siglos, ricura. ―Levantó la vista―. Me han pedido cosas, me han exigido otras e, incluso, me las han quitado. Pero nadie se ha parado a darme una sola. No sé cómo se hace esto. No sé qué se dice.

―No hay que decir nada. Un regalo solo se acepta.

―Claro que hay que decir algo. ―Se le quebró la voz en mitad de la frase y tuvo que carraspear―. Lo que me sale decir es que no lo quiero, que prefiero tres meses contigo, aunque luego me pase una eternidad sin ti.

―Pues qué pena que no puedas elegir.

El genio se pasó la mano por la nuca. Miró a la ventana y luego al suelo. A Alexis le pareció que buscaba un argumento para rebatir, pero no encontraba ninguno. Ambos sabían que había llegado el momento de despedirse; aun así, el genio lo intentó una última vez.

―Déjame ayudarte, Alexis. Por favor.

―Me has enseñado que los mejores deseos son aquellos por los que luchas, no los que te dan sin esfuerzo ―murmuró, mientras le acariciaba la mejilla―. Encontraré la forma de solucionarlo todo, pero tú mereces ser libre y vivir.

―Alexis.

―Deseo que seas libre, Everard. Es un deseo de verdad. Concédemelo.

Lo dijo despacio, sin apartar los ojos de él. En esa ocasión, el genio no tuvo valor para negárselo. Cerró los ojos un instante y después se inclinó en una reverencia lenta y chasqueó los dedos.

―Tus deseos son órdenes para mí ―murmuró―, ama.

No pasó nada. En los siguientes segundos, Alexis pensó que la lámpara lo había notado, que había encontrado el interés propio agazapado en algún rincón de su subconsciente y que había decidido rechazar el deseo.

Entonces, la lámpara comenzó a brillar sobre el mueble.

―Alexis. ―Everard se acercó y le cogió la cara con ambas manos―. Escúchame. Cuando esto termine, yo voy a…

―No.

―Déjame decirlo.

―No puedes. ―Le puso los dedos en los labios y estuvo a punto de venirse abajo ahí mismo―. No lo estropees. La lámpara no lo permitirá, así que no lo digas. Por favor.

El genio lo comprendió. Alexis vio el momento exacto en que lo hizo, porque le cambió la cara y, por un instante, fue el hombre más solo que había visto en su vida.

―Está bien ―susurró.

―Vete y sé feliz ―le pidió, con voz segura―. Vive todo lo que no has vivido hasta ahora. Ve a esos sitios que tienes apuntados. Y no vuelvas a dejar que nadie decida por ti lo que te apetece.

―¿Y tú?

―Yo pelearé por lo mío. ―Consiguió sonreírle―. Me lo enseñó un tío muy pesado que se metió en mi casa sin que lo invitase.

Everard soltó una risa rota. Se inclinó y le dio un beso en la frente que duró unos cuantos segundos de más.

―Gracias, ricura ―le susurró contra el pelo―. Por preguntarme si me aburría.

Y empezó a irse. No se desvaneció de golpe, sino que parecía que alguien lo estaba borrando despacio. Alexis, que había sujetado sus brazos mientras él le daba el beso, encontró aire ahora en su lugar. Lo último que vio de él fueron los ojos color miel, que la miraron hasta el final sin parpadear.

La lámpara estalló en una luz blanca tan potente que Alexis tuvo que apartar la cara. Duró un segundo y cuando volvió a mirar, en el mueble ya solo quedaban la foto de su familia y la planta que siempre se olvidaba de regar. Ni siquiera quedaba una marca. Era como si nunca hubiera estado allí.

Se quedó de pie en mitad del salón, con los brazos todavía en el aire.

―¿Everard?

No hubo respuesta. Y supo que se había acabado.

Las piernas le fallaron. Se dejó ir contra el sillón y se deslizó hasta el suelo.

Allí se quedó, con las rodillas encogidas contra el pecho, los brazos alrededor de ellas y la cara escondida en el hueco que quedaba entre las dos.

Lloró como no lo había hecho nunca, ni siquiera aquella noche en el barro, cuando había pensado que no podía caer más bajo. ¡Qué equivocada había estado!

Pero había hecho lo que debía y no se arrepentía. Además, había salido bien. La lámpara había aceptado su deseo como legítimo y altruista, así que Everard ahora era libre en algún lugar del mundo.

Pero eso también significaba que lo había perdido para siempre.