Un lunes complicado #2
―Por ahora, las secretarias se ocuparán de los clientes del abogado para el que trabajan. No es lo ideal, pero tendrá que servir.
Alexis cogió el abrigo del perchero y el bolso del cajón, con manos torpes. Todos estaban pendientes de ella y no dejaron de observarla mientras salía a la calle. Era lo más humillante que le había pasado en la vida.
De camino a casa no dijo nada, ni tampoco se lo permitió a Everard. El genio había intentado decirle en varias ocasiones que él podía arreglarlo, pero ella no quería oírlo.
Entró en el piso, dejó caer el bolso al suelo y se apoyó de espaldas contra la puerta.
―Ricura…
―No.
―Alexis.
―He dicho que no. ―Se pasó las dos manos por la cara―. Dame un minuto, ¿vale? Solo un minuto.
Pero no le sirvió de nada. Se le empezaron a caer las lágrimas antes de llegar al sofá y para cuando se sentó ya lloraba a mares, con las dos manos apretadas contra la boca.
Everard se sentó a su lado. No habló, pues Alexis lo había callado ya demasiadas veces.
Solo le frotó la espalda con una mano y esperó.
―Voy a perder el trabajo ―dijo ella al fin.
―Sí.
―Gracias por el consuelo.
―No voy a mentirte. ―El genio le apartó un mechón de la cara―. Ese hombre está convencido y tu jefe no se va a pelear con un candidato a socio por una recepcionista cuyo apellido no recuerda nunca. Está complicado.
―Y ahora mismo ni siquiera me gusta ―sollozó―. Ese es el chiste. Llevo seis meses diciéndoles a Mae y a Nat que odio ese sitio, y ahora que me van a echar me da un miedo horroroso. La hipoteca, las facturas… Todo. No sé qué voy a hacer.
―Alexis.
―Y lo peor es que no podré probar que no fui yo. Cada vez que Ace se lo cuente a alguien, creerán que soy la loca que borró sus archivos porque me rechazó. ―Suspiró con pesadez―. Averigua quién ha sido ―le pidió de repente―. Tú sabes cosas de la gente. Mira quién entró en mi ordenador.
―No funciona así.
―Everard, por favor.
―No es que no quiera, ricura, es que no puedo.
―Se sentó en el borde de la mesa baja, delante de ella―.
Yo veo lo que le pesa a la gente. Lo que la hace desdichada.
No veo lo que hace, ni sé lo que piensa.
Si me pongo delante de alguien podré decirte qué le quita el sueño, pero no si tocó tu teclado.
―Pues vaya poder más inútil.
―Llevo siglos pensando lo mismo.
Alexis soltó una risa que se le deshizo a mitad de camino.
―¿Y no puedes devolverlos y ya está? Los archivos, digo. Tú me haces aparecer tortitas todas las mañanas.
―Puedo hacer aparecer tortitas porque son para ti ―le explicó él―. La magia funciona para ti, pero en las cosas pequeñas del día a día y que no tienen consecuencias en el resto.
―Pues bien que hiciste tropezar hoy a Ace.
―Pero no le pasó nada grave. Meterme en el trabajo de otras personas o deshacer algo que ya pasó es otra historia. Para eso hace falta un deseo. Son las reglas.
Everard se levantó de la mesa. Dio dos pasos y se giró hacia ella. Alexis reconoció el gesto antes de que abriese la boca.
―En realidad, puedo arreglarlo.
―No.
―Ni siquiera me has dejado terminar.
―Sé lo que vas a decir.
―Te queda un deseo ―continuó él, sin hacerle caso―. Uno. Pídeme que los archivos aparezcan donde tienen que estar, con la fecha correcta y con el registro limpio, y mañana entras por esa puerta y el señor lo-que-sea te pide disculpas.
―¿Y luego qué?
―No te entiendo.
―Everard, alguien ha entrado en mi ordenador.
―Se secó la cara con la manga―. Alguien que trabaja conmigo, que sabe a qué hora me voy y que tiene las claves de Ace.
Si los archivos aparecen mañana por arte de magia, esa persona seguirá ahí y lo volverá a hacer.
La semana que viene, o dentro de dos meses, cuando tú ya no estés para arreglarlo.
El genio se quedó callado. Ella supo que no había pensado en eso.
―Entonces pide otra cosa ―resolvió―. Pide dinero, Alexis. Y que te echen mañana mismo si quieren, porque no vas a necesitar ese trabajo ni ningún otro en toda tu vida.
―No.
―Es la opción sensata.
―He dicho que no.
―¿Por qué? ―Everard levantó las manos―. Dame una sola razón para no hacerlo.
Alexis se levantó del sofá. Le temblaban las piernas y le ardía la cara de llorar tanto, pero necesitaba estar en pie para confesarle sus planes.
Cruzó el salón hasta el mueble donde habían dejado la lámpara.
La cogió con las dos manos. Pesaba menos de lo que debería, teniendo en cuenta todo lo que podía hacer.
―Porque el deseo que me queda no es para mí ―respondió, después de dejar la lámpara donde estaba.
―Alexis…
―Deseo que seas libre.
El salón se quedó en silencio.
Everard no se inclinó ni chasqueó los dedos. Se quedó donde estaba, muy quieto. Por primera vez desde que había salido de aquella lámpara, Alexis lo vio perder el color.
―No ―dijo.
―No puedes negarte.
―Mírame.
―Es mi deseo.
―Y yo no lo voy a cumplir. ―Dio un paso hacia ella―. Retíralo.
―No.
―¡Que lo retires! ―Le salió más alto de lo que pretendía y hasta él pareció sorprendido―. Alexis, estás a punto de perder el trabajo. Y tú misma has dicho que no sabes cómo vas a poder pagar tus gastos. Tienes a mano tu último deseo, ¿y lo quieres malgastar en mí?
―No lo voy a malgastar.
―Vale. Si no quieres usarlo para tener dinero, no lo hagas, lo acepto.
Te ayudaré a encontrar otro trabajo si es necesario.
Tenemos tres meses por delante para batir el récord, ¿recuerdas?
Íbamos a ir a muchos sitios nuevos juntos ―hablaba deprisa, como si no quisiera darle tiempo a pensar en ello―.
Usa ese tiempo para pensar en un deseo para ti.
Algo que te ayude a ser feliz. Para eso estoy aquí, Alexis.
Mi cometido es que tú seas feliz. Yo no importo.
―Everard…