Tres deseos Un lunes complicado
80%

Un lunes complicado

El domingo fue un día como cualquier otro de los que habían compartido antes de pasar la noche juntos.

Se levantaron tarde, sacaron los juegos de la torre de cajas y Everard volvió a ganar al Cluedo sin hacer una sola pregunta útil.

Por la tarde salieron a caminar sin rumbo por el centro, se metieron en dos librerías y en una tienda de discos, donde él quiso saber por qué la gente pagaba por un objeto que solo servía para escuchar algo que ya tenía en el móvil.

Acabaron cenando en una terraza, con los codos en la mesa y una conversación sobre nada en concreto, igual que dos amigos que llevan años quedando.

Esa noche Alexis no tuvo que pedirle nada.

Se metió en la cama, apagó la luz y, un minuto después, oyó la puerta y sintió el colchón hundirse a su espalda.

Él no preguntó si aquello estaba bien y ella no le dijo que se fuera.

Estaba tan decidida a liberarlo en breve que aquella noche le serviría a modo de despedida silenciosa.

El lunes, en cambio, empezó como siempre, pero acabó de una forma que Alexis jamás sospechó. De haberlo sabido, quizá habría llamado para decir que estaba enferma y no acudir.

Alexis fichó a la hora de siempre, colgó el abrigo y encendió el ordenador. Aquella era su rutina y ya lo hacía todo por inercia. Everard se había vuelto incorpóreo antes de entrar en el bufete y se había situado detrás de ella, como siempre hacía.

Ace apareció poco después, con el maletín en una mano y el móvil en la otra.

Alexis creyó que iba a decirle algo, porque abrió la boca al pasar por delante del mostrador, pero nunca llegó a saber qué, pues el abogado enganchó la puntera del zapato con el borde de la alfombra de la entrada y recorrió metro y medio de vestíbulo con los brazos abiertos antes de recuperar el equilibrio.

El maletín se abrió al caer y los papeles se esparcieron a sus pies.

Se hizo un silencio corto e incómodo, en el que a Alexis le costó mantenerse seria. Después el hombre se agachó a recoger todo, muy digno, y desapareció por el pasillo sin mirar a nadie.

Alexis esperó a que se cerrase la puerta del despacho.

―Has sido tú ―acusó al genio.

―¿Perdona?

―Everard.

―Pero si no me he movido.

―Te recuerdo que no hace falta que lo hagas para lograrlo.

Y, aunque no le parecía bien que Everard lo dejase en ridículo en cada ocasión que lo tenía cerca, no pudo olvidar en toda la mañana lo gracioso que había sido.

Cada vez que atendía a un cliente o cuadraba una cita en la agenda del señor Harlow se acordaba de lo que había pasado y tenía que fingir un ataque de tos.

Robyn le lanzó varias miradas desde su mesa, quizá porque le extrañaba verla de buen humor un lunes.

En su descanso, salió a comer al parque. El banco de siempre estaba libre.

―Vale ―dijo, en cuanto se sentó con el táper en las rodillas―. Explícamelo.

―¿El qué?

―Everard. ―Se giró hacia él, que se había materializado a su lado para comer con ella―. Tú no puedes usar la magia en tu beneficio. Solo en el mío. Eso me dijiste.

―Es cierto.

―Entonces, ¿cómo has podido fastidiar a Ace tantas veces?

El genio se tomó su tiempo. Estiró un brazo por el respaldo del banco y le robó parte de la comida con la mano libre.

―Porque no es en mi beneficio ―respondió al fin.

―¿Ah, no?

―No. Es en el tuyo.

―¿En qué me podría beneficiar que se dé de bruces contra el suelo?

―Ahora en nada ―admitió―. Pero dentro de un tiempo, lo hará.

Alexis dejó el tenedor en el táper.

―¿Cómo?

―Llevas dos años idealizándolo en la distancia, mientras que él no ha sido capaz ni de aprenderse tu nombre ―le explicó―.

A eso se le llama falta de interés, ricura, en cualquier idioma y cualquier lugar.

Pero decírtelo no bastaría para que lo aceptases, así que tenía que mostrártelo. ―Se encogió de hombros.

―¿Y avergonzarlo delante de mí me diría qué clase de persona es?

―Quizá no, pero lo baja del pedestal en el que lo has subido.

―Pero eso es hacer trampas.

―Es prevención. ―Levantó un dedo―. Un tropezón hoy te ahorra disgustos mañana. Y a la lámpara le parece bien, por si no te has dado cuenta, porque, de lo contrario, no me dejaría hacerlo.

Alexis se lo quedó mirando con la boca a medio abrir.

―Sabes que acabas de confesarme que eres el culpable, ¿verdad?

―De nada ―respondió con prepotencia.

Alexis se echó a reír. Ni siquiera le importó que dos mujeres con carritos de la compra la mirasen desde el paseo.

Se sorprendió de la facilidad con la que le salió la risa, cuando cargaba con un gran peso en el pecho que apenas le dejaba respirar cada vez que recordaba que debía dejar marchar a Everard.

―Me tocará seguir buscando a mi príncipe azul ―comentó sin más.

―Un día aparecerá una persona en tu vida que te hará entender por qué todas tus otras relaciones no prosperaron ―le aseguró Everard.

―Cierto. Se llama psicólogo.

―Muy graciosa.

―He tenido un buen maestro ―se burló.

―Lo digo en serio, Alexis.

―Ya lo sé. ―Cerró el táper y se limpió las manos en una servilleta―. Y por eso te voy a decir una cosa que no pienso repetir, así que atiende.

―Soy todo oídos.

―Gracias.

El genio parpadeó.

―¿Por qué?

―Por abrirme los ojos. ―Alexis centró su atención en la fuente para no tener que mirarlo a él―.

Llevaba dos años convencida de que el problema de que me ignorase era yo.

Que si fuese un poco más guapa, o más lanzada, o menos rara, Ace se habría fijado en mí y todo habría encajado.

Y resulta que no. Que el problema es el ego desmesurado de Ace, que se cree que puede tener a quien quiera, cuando quiera.

Everard no dijo nada. Ella lo agradeció, porque si llegaba a soltar una de las suyas en aquel momento se le habría escapado algo que no podía decir.

―Bueno ―zanjó, y se puso en pie―. Se hace tarde.

―Alexis.

―¿Qué?

―De nada.

Volvió al bufete con la sensación de que el día no iba a ir tan mal después de todo. Pero le duró un suspiro; lo que tardó en sentarse en su puesto y desbloquear el ordenador.

La puerta del despacho de Ace se abrió de golpe y rebotó contra la pared. El abogado salió al pasillo con el nudo de la corbata torcido y la cara congestionada. Iba directo a recepción. Ella se puso de pie sin saber por qué.

―¿Dónde están?

―¿Dónde está qué?

―Mis casos, Alexa. ―Plantó las dos manos en el mostrador―. Los casos abiertos. Marsh, Harrison, la herencia de los Dawson. Todo. Las carpetas están vacías.

―Yo… Yo solo marco las citas ―se justificó, sin comprender por qué la atacaba a ella―. No tengo acceso a los casos. Eso es…

―¿Sabes lo que más me fastidia? ―la interrumpió―. Que me lo veía venir. Te dije con toda la educación del mundo que lo nuestro no iba a ninguna parte. Y tú te lo tomaste tan a pecho… Vale. Muy bien. Sé que es difícil de asumir, pero de ahí a hacer esto…

Alexis se quedó sin palabras. No solo la acusaba de haber borrado sus archivos, sino que había dicho en alto, delante de todo el mundo, que era una venganza porque la había rechazado y ella no lo aceptaba. La había ridiculizado, incluso antes de poder probar que había sido ella.

―¿Perdona?

―Que si te ha dolido, lo siento. Pero esto es mi trabajo. Te has pasado.

―¿Crees que he borrado tus archivos porque me rechazaste?

―No se me ocurre otra explicación.

―Para empezar, fuiste tú el que se me insinuó ―le recordó.

―Pero luego te dije que no me interesaba.

―Mentira.

―Mentiras las tuyas ―le espetó―. Porque el programa registra las sesiones, ¿lo sabías? Y la última que se abrió en esas carpetas fue desde el ordenador de recepción. Desde ese de ahí y hoy mismo. ―Señaló la pantalla con dos dedos―. Ese ordenador no lo toca nadie más que tú, Alexa.

―Alexis ―lo corrigió por inercia―. Pero… Yo… Yo no tengo tu contraseña.

―Mira, no sé cómo la has conseguido, ni me importa. ―Ace se enderezó y se ajustó el nudo de la corbata con dos tirones secos―. Quién sabe si has entrado en mi despacho a buscarla o se la habrás sacado a alguien. Te creo capaz de eso y de mucho más.

―¿Qué? ¿Por qué haría eso?

―Por despecho ―le soltó, y lo dijo tan alto que se oyó en todo el pasillo―. Que es lo que os pasa a todas cuando alguien os dice que no.

Alexis abrió la boca. Tenía cosas que decir, muchas, pero no le salió ninguna.

Aquel hombre le estaba gritando delante de todo el mundo por algo que ella no había hecho y lo único que era capaz de hacer su cuerpo era quedarse muy quieto y esperar a que terminase.

Se sentía tan avergonzada porque ahora todos la miraban y cuchicheaban sobre ella que se le quedó la mente en blanco.

―Yo no fui. ―Logró soltar al final―. Yo no fui, Ace. Te lo juro.

Desde la mesa del fondo, Robyn lo había estado viendo todo sin decir nada y sin hacer ningún gesto. Se había limitado a mirar la escena con las manos quietas sobre el teclado y una expresión de circunstancias muy bien puesta, que ocultó cuando Alexis giró la cara hacia ella.

―Un momento ―intervino el genio, muy cerca de su oído―. Alexis, escúchame. Yo puedo…

―Ahora no.

―¿Ahora no qué? ―preguntó Ace.

La puerta del despacho principal se abrió antes de que ella tuviese que inventarse una respuesta. El señor Harlow salió al pasillo con las gafas en la mano y la impaciencia pintada en la cara.

―¿Se puede saber a qué viene este escándalo?

Ace se lo explicó al momento, con la versión que a él le convenía. El socio principal escuchó sin interrumpir. Después se volvió hacia el mostrador.

―Señorita Garner.

―Gardiner.

―Será mejor que se vaya a casa.

―Señor Harlow, yo no he tocado esos archivos.

―No he dicho que lo haya hecho. ―Se colocó las gafas―. Pero, hasta que esto se aclare, prefiero que no esté delante del ordenador desde el que se hizo todo. Ya la llamaremos.

«Ya la llamaremos». Alexis conocía el significado de esas tres palabras. En realidad, la consideraba culpable, pero no quería decirlo delante de tantos testigos. Porque ¿a quién iba a creer si no? ¿A uno de sus mejores abogados o a una simple recepcionista cuyo nombre nunca acertaba?

―¿Y la recepción?