Una tarde de chicas #3
―Nunca me quedo el tiempo suficiente como para comprobarlo, pero alguna es posible que acabase mal porque ya era una derrochadora antes de pedir su tercer deseo.
―Supongo que los deseos que concedes son un arma de doble filo.
―El problema viene de cómo lo pides y qué haces una vez se te concede.
―Cierto. ―Alexis no pudo evitar pensar en el deseo que estaba a punto de pedir ella. Solo esperaba que saliese bien.
Se quedaron un rato callados, mientras la luz aumentaba y cambiaba los colores cada pocos minutos.
Ella pensó que aquello no se parecía a nada que hubiese visto antes.
Ni a las auroras. Ni al agua encendida de la bahía.
Cada lugar al que la había llevado el genio era único y especial.
Y ella los guardaría en su memoria como el tesoro más valioso.
Le entró un escalofrío, tal vez por el frío, tal vez por otra cosa, pero no dijo nada porque no quería estropear el momento.
Sin embargo, el genio no necesitaba que se lo dijese para saberlo.
Alexis notó el peso de dos brazos que le rodeaban los hombros desde atrás y una barbilla que se le apoyaba en la coronilla.
Everard había tapado el aire helado de la meseta con su cuerpo.
―Voy a echar esto de menos ―dijo ella en voz baja.
―¿El frío?
―Los viajes. ―Tragó saliva―. Noruega. La bahía. Esto. Antes de conocerte, ni siquiera había salido del país, y tú me has enseñado medio planeta en un mes. Cuando te vayas, mi vida volverá a ser una sucesión de trabajo, casa y salidas con mis amigas. Es triste.
Everard tardó en contestar. Ella notó cómo tomaba aire antes de hacerlo.
―Todavía nos quedan meses ―le recordó él―. Podemos ir a donde quieras. Islandia en invierno es preciosa. Hay un sitio en Bolivia donde el suelo se convierte en un espejo y no sabes dónde acaba el agua y dónde empieza el cielo. ―Le apretó un poco los brazos―. Nos da tiempo de sobra.
Alexis cerró los ojos.
Podía hacerlo en ese momento. Ahí mismo, con las montañas de colores delante y sus brazos alrededor; podía pronunciar las palabras y acabar con todo. Sería un buen sitio para que él fuese libre. Se lo merecía.
Pero no lo hizo. Le pareció que no era justo romper un momento tan bonito como aquel, aunque, en el fondo, sabía que la verdadera razón era mucho más egoísta: quería quedarse un rato más allí. Con él. Quería aquellos brazos y aquella barbilla en su cabeza. Aunque fuese lo peor que podía hacer.
―Sí ―respondió. Y no dijo nada más para no mentirle.
Se quedaron así hasta que la luz del sol les empezó a molestar. Entonces Everard chasqueó los dedos y el salón de casa apareció alrededor de los dos. Había hecho magia para volver, pero para ella la magia había desaparecido al marcharse de aquel lugar.
―Es de madrugada ―anunció el genio―. Deberíamos dormir ya.
―Odio que tengas razón.
―Es mi único defecto.
―Has vivido cientos de años y ¿solo tienes ese chiste? ―bromeó con él.
―¿Por qué cambiar algo que es tan bueno?
―La modestia tampoco es lo tuyo.
―Buenas noches, ricura.
―Everard.
El genio se detuvo delante de la puerta de la habitación de invitados y se giró.
―¿Puedes dormir conmigo esta noche?
Hubo un silencio. Alexis vio cómo su cara pasaba por tres expresiones distintas antes de decidirse por la más insoportable de todas.
―Vaya. Yo pensaba que habíamos acordado que…
―Dormir ―lo cortó ella―. Solo dormir. Con ropa.
―Ya. ―Everard se apoyó en el marco―. Pero entiende mi confusión. Ayer me dijiste, muy convencida, que eso no podía repetirse y hoy me invitas a tu cama. Cualquiera diría que la firmeza te dura veinticuatro horas.
―Es que…
―Yo no me quejo. Solo lo señalo. Como observador imparcial.
―Eres insoportable.
―Y tú estás sonriendo.
Así era. Pero no pensaba darle la razón, así que se dirigió a su cuarto y le dio la oportunidad a él de decidir si la seguía o se quedaba en el suyo.
Everard no tardó en tumbarse encima de la colcha con la ropa puesta, en un gesto de corrección tan exagerado que Alexis le tiró un cojín a la cara.
Él lo esquivó y luego se metió debajo, después de asegurarle que solo se quedaba en calzoncillos porque no usaba pijama.
Ella no protestó, pero cuando fue al baño a cambiarse, se revisó más de lo necesario en el espejo, incluso si sabía que no pasaría nada entre ellos.
Regresó a la habitación y apagó la luz después de meterse en la cama. El genio le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia su pecho. Esa vez ninguno de los dos hizo ningún comentario al respecto.
Alexis se quedó despierta un buen rato, con la espalda pegada a él y los ojos abiertos en la oscuridad.
Sabía que solo estaba rascando unas horas más con él porque estaba dispuesta a pedir el deseo al día siguiente…
o quizá el lunes. Puede que el martes, pero no mucho más tarde, porque cada día que pasaba le costaba más imaginarse su vida sin él.
Y para que la lámpara aceptase el deseo tenía que quererlo libre más de lo que lo quería a su lado.
Todavía era así. Por poco, pero todavía era así. No pensaba arriesgarse a comprobar cuánto más podría aguantar sin estropearlo.