Una tarde de chicas #2
―Es una galleta de la suerte con mensajes genéricos. ―Se encogió de hombros―. Lo que ponga ahí no me va a cambiar la vida. ¿O lo de la paciencia ha sido muy revelador para ti?
―Visto así. ―Su amiga rio y dejó el tema, que era lo que le interesaba a Alexis.
Se tomaron un café y charlaron de todo y de nada durante varias horas.
Los días como aquel eran sanadores para Alexis.
Le gustaba salir con sus amigas, pero amaba mucho más pasar la tarde sin hacer nada, solo disfrutando de su compañía.
Y escuchando batallitas del pasado que las hacían reír todo el tiempo.
―Bueno ―anunció Nat, que se puso en pie de un salto―. Nos vamos al cine. La sesión de las siete y cuarto. Ya he mirado.
―No me apetece.
―No era una pregunta, Ale.
Diez minutos más tarde, después de recogerlo todo, sus dos amigas se colgaron de sus brazos, una por cada lado, y caminaron con ella en medio hacia el cine; y con Everard detrás de las tres, con las manos en los bolsillos.
Nat había elegido una película de miedo, cosa que Alexis descubrió cuando ya era demasiado tarde o se habría negado con más vehemencia.
Se colocaron en la última fila: Mae en el pasillo, Nat en medio y Alexis en el extremo.
La butaca de su izquierda estaba libre, como muchas otras en la sala, y fue la que ocupó Everard, aunque nadie podía verlo salvo ella.
―Odio estas películas ―le susurró.
―Lo intuía ―respondió él, con un deje de diversión.
―¿Por qué siempre te divierte que lo pase mal?
―No es cierto. ―Fue Nat la que habló, que la había escuchado―. Te aseguro que esta película no te dará tanto miedo. Es más terror psicológico que otra cosa. Piénsalo como una terapia.
Alexis la miró con disgusto, pero decidió que era mejor no replicar porque saldría perdiendo.
Ya estaban allí y no podía cambiarlo. Sin embargo, cuando media hora más tarde el supuesto terror psicológico la hizo saltar en la butaca, notó una mano sobre la suya.
No la de Nat, que seguía comiendo palomitas como si nada, sino la de Everard.
Tangible, fuerte y segura. Su corazón se calmó al momento.
―¿Crees que es seguro hacer eso? ―le susurró al comprender que solo había materializado esa mano.
―Estamos a oscuras y todo el mundo mira al frente. Además, si alguien se fija, pensará que te has traído una mano de postín para entrar en ambiente.
―Muy gracioso.
―Siempre. ―Rio.
Alexis pretendía romper el contacto, pero en la pantalla sucedió algo que la hizo apretar con fuerza la mano de Everard.
Estaba convencida de que le había hecho daño, pero él no se quejó.
Y ella, aunque pudo haberlo soltado después, como pretendía, no lo hizo porque comprendió que habían prometido comportarse como si nada hubiera pasado entre ellos y, antes de aquella noche, Everard le habría ofrecido ese apoyo sin dudar.
Al menos, eso se dijo para no sentirse mal consigo misma cuando el genio comenzó a trazar círculos lentos con el pulgar en el dorso de su mano.
No se soltaron hasta que se encendieron las luces.
―Menuda porquería de final ―protestó Mae en la salida.
―Este tipo de películas siempre acaba igual ―dijo Alexis.
―Ya, pues podían variarlo un poco.
―Les interesa más dejarlo así para que, si funciona en taquilla, poder explotar la película en plan franquicia ―le explicó Nat.
―Ya lo sé. Pero me sigue pareciendo un asco de final.
Se rieron juntas. Las pocas veces que convencían, o la llevaban engañada, a Alexis de ver películas de terror, solían tener la misma conversación al final. Y, aun así, repetían.
Se despidieron en la esquina: sus amigas habían entendido que Alexis no estaba para más salidas aquel día. Nat le dio dos besos y le dijo al oído que pensara en lo de los aviones. Mae la abrazó y le guiñó un ojo, que venía a decir lo mismo, pero sin palabras.
―¿Cansada? ―preguntó Everard a su lado, materializado, en cuanto desaparecieron de su vista.
―Un poco.
―¿Demasiado para un paseo nocturno?
Ella lo miró de reojo. Conocía ese tono.
―¿A dónde?
―Todavía no es la hora, así que primero vayamos a cenar. He visto un sitio de camino al cine que me ha llamado mucho la atención.
Resultó ser un puesto callejero con unas mesas destartaladas al borde de la acera. No invitaba a acercarse, pero les sorprendió lo deliciosa que estaba la comida.
Everard le narró algunas de las aventuras más descabelladas que había vivido con sus amas y ella le habló de su infancia y de lo traviesa que había sido.
Y, durante aquellas horas, fingieron que eran solo dos personas que se estaban conociendo.
No había magia, ni deseos, ni prontas despedidas. Solo ellos y sus anécdotas divertidas.
―Es la hora. Dame la mano.
Alexis no dudó. Puede que en el cine lo hubiera hecho, pero no allí. No con la expectativa de conocer un lugar nuevo y espectacular. Si iba a liberar a Everard pronto, aprovecharía cada instante al máximo.
El asfalto desapareció y dio paso a un silencio absoluto. Uno que gritaba que no habría nadie en muchos kilómetros a la redonda. Estaban en lo alto de una pasarela de madera y a sus pies se extendía un mar de cerros pelados y redondeados.
―¿Dónde estamos?
―En China. En la provincia de Gansu. ―Everard se apoyó en la barandilla―. Hemos llegado justo a tiempo para verlo.
―Para ver ¿qué?
Estaba todo oscuro.
―Espera.
El sol inició su ascenso con una calma que le contagió a Alexis, incluso si se moría de ganas de saber por qué habían ido a ese lugar en concreto. Confiaba en el genio, así que se dejó llevar por la tranquilidad del ambiente.
Entonces, como si se produjera magia, las montañas se iluminaron.
No con un solo color, sino con todos. Anchas franjas recorrían las laderas en diagonal, rojas y ocres, con vetas verdosas esparcidas por todas partes.
Las capas se doblaban y se torcían, subían por un cerro y bajaban por el siguiente, como si alguien hubiese pintado el paisaje entero con un pincel muy grande y luego lo hubiese arrugado.
Alexis se agarró a la barandilla con las dos manos, asombrada por el espectáculo.
―Es imposible ―susurró.
―Es arenisca. Millones de años de capas de barro y minerales, unas encima de otras, y luego, las placas lo levantaron todo y lo pusieron de lado.
―El genio señaló hacia la izquierda―. Lo rojo es hierro.
Lo amarillo también, creo, pero oxidado de otra manera.
Yo qué sé, ricura, tampoco soy geólogo. Lo leí en un libro.
―Tú te lees todos los libros que existen.
―Tengo mucho tiempo libre en la lámpara.
Alexis se apoyó de espaldas a la barandilla para mirarlo a él en lugar del valle.
―¿Cómo eliges los sitios?
―¿Qué quieres decir?
―Noruega, la bahía, esto. ―Señaló hacia atrás con el pulgar―. No son los típicos sitios a los que va la gente. Nadie te dice «me voy de vacaciones a un desierto de Gansu».
―Por eso mismo los elijo. A otros sitios más turísticos puedes ir sola.
―Ya, pero esto… ¿Cómo conoces estos sitios?
El genio tardó en contestar. Se pasó la mano por la nuca, que era lo que hacía siempre antes de hablar con la verdad.
―Cuando estoy dentro de la lámpara, puedo hacer aparecer lo que quiera ―respondió al fin―.
Puedo leer todos los libros que se han escrito y ver todas las películas.
Puedo comer lo que se me antoje, aunque no me haga falta…
Lo único que no puedo es salir de ella, así que llevo siglos admirando en imágenes los lugares más impresionantes del planeta y soñando con verlos alguna vez en persona.
Pero cuando alguna ama me pide suficiente dinero para viajar, nunca alcanzo a ir con ella.
―Hasta que llegué yo ―remató por él. Dirigió la vista a las montañas.
―Eres la única que se ha preocupado por lo que yo deseo.
―También yo me beneficio. ―Intentó restarle importancia a algo que ambos sabían que la tenía.
―¿Sabes? ―habló Everard―. Con el tiempo y la experiencia, he aprendido que los deseos que se disfrutan de verdad y que más se valoran son aquellos que uno consigue con esfuerzo.
Está bien ser rico de repente y no tener que preocuparse nunca más del dinero, pero como no te ha costado conseguirlo, es fácil también que lo malgastes y acabes en la ruina.
―¿Le ha pasado a alguna de tus amas?