Tres deseos Una tarde de chicas
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Una tarde de chicas

Everard cumplió su promesa desde el minuto uno.

Cuando Alexis salió de la habitación el sábado por la mañana, con el pelo hecho un desastre y sin saber todavía cómo actuar cuando lo volviera a ver, se lo encontró en la cocina con el café servido como siempre y con una burla de las suyas en los labios.

No hubo alusiones a la noche anterior, ni la miró de manera diferente al resto de días.

Alexis admiró su fuerza de voluntad, pero le dolió aquella indiferencia más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Sus amigas llamaron al telefonillo a la una y traían dos bolsas de comida del chino de la esquina. Y, aunque le encantaba verlas de nuevo, sabía que no habían ido por invitarla a comer, sino para averiguar si Everard había pasado la noche con ella.

―¡Sorpresa! ―gritó Nat en cuanto abrió la puerta―. Traemos rollitos.

―Y arroz. Y tallarines. Y una cosa naranja que el chico juró que era pollo ―añadió Mae, que ya se dirigía a la cocina como si viviese allí.

―No os esperaba.

―Ese es el concepto de sorpresa, Ale.

―¿Y si ya tuviera la comida hecha? ―les respondió ella, mientras lanzaba una mirada de advertencia hacia Everard, que había estado sentado en el sillón hasta hacía bien poco. No quería que se materializara.

―Ninguna sabrá que estoy aquí ―le aseguró el genio―. Pero te recuerdo que hay dos tazas en el fregadero.

Alexis se giró hacia la cocina con el corazón en la garganta. Si sus amigas las veían, el interrogatorio sería exhaustivo y, con el genio allí, no podría responder sin que él lo escuchase todo. Eso sería un desastre. Y vergonzoso.

Llegó a la cocina justo cuando Mae dejaba las bolsas sobre la encimera.

―Ya me ocupo yo ―se ofreció―. Vosotras esperadme en el salón.

―Si lo hacemos entre todas, acabaremos antes ―dijo Mae, que abrió la puerta de la encimera donde Alexis guardaba los platos.

―Vosotras habéis traído la comida, así que me toca hacer el resto ―insistió. Y se salió con la suya.

Cuando volvió al salón con la vajilla, Everard observaba a sus amigas, que se habían sentado alrededor de la mesa baja, con las cajas de comida abiertas y los palillos repartidos, como hacían cada vez que comían allí. La sonrisa en la cara del genio no auguraba una tarde tranquila.

Nat se puso a servir. Mae encendió la televisión sin volumen, que era su forma de crear ambiente. Y Alexis pensó, durante unos diez minutos, que a lo mejor aquello salía bien.

―Bueno ―dijo Mae, con la boca llena―. ¿Te lo tiraste o no?

Alexis se atragantó con un rollito.

―¿Perdona?

―Anoche, nuestro salvador buenorro te besó, ¿recuerdas?

―¡Y qué manera de besarte! ―añadió Nat―. Parecía que quisiera devorarte allí mismo.

―¿Te lo tiraste? ―repitió Mae.

―Contesta la verdad, ricura ―intervino Everard desde el sillón―. Diles que fui espectacular.

Alexis apretó los palillos hasta que le crujieron entre los dedos.

―No pasó nada ―respondió.

―Pero qué mentirosa que eres, Ale ―se quejó Nat, que la señaló con un palillo―. He visto las dos tazas en el fregadero.

―Es que vi una mancha en una de ellas cuando iba a servir el café y la cambié por otra ―se inventó.

―Había restos de café en las dos ―la acusó su amiga―. Y ninguna mancha de otra cosa.

Everard soltó una carcajada que, por suerte, solo oyó ella.

―Defiéndete mejor, ricura, que me estás dejando en mal lugar. Diles que pasamos la mejor noche de toda tu vida y que repetirías sin dudar.

―No te pases ―replicó Alexis.

―Solo he dicho lo que vi ―se defendió Nat.

Alexis sintió el calor en la cara al comprender que había hablado en voz alta.

―Vale. ―Buscó otra alternativa―. Me acompañó a casa, así que lo invité a un café. Era lo mínimo.

―A ver, tampoco te vamos a juzgar ―continuó Nat, que se acomodó mejor contra el sofá―. Al contrario. Sería la primera decisión sensata que tomas en dos años.

―¿Qué?

―Admítelo ―intervino Mae―. Desde que conociste al rubiales ese que te ignora, aunque tú te empeñes en pensar que tienes posibilidades, has rechazado a cada hombre que se te ha insinuado.

Está bien que te guste alguien, pero cuando esa persona no te hace caso, deberías pasar página y buscar en otra parte.

―Y Everard es un caballero ―añadió Nat―. Quedan pocos como él.

―Y estuvo pendiente de ti toda la noche, Alexis. Creo que le gustas mucho, así que, si solo lo has invitado a un café y luego lo has dejado ir, eres tonta.

―¿Sabes? ―continuó Nat―. Vinimos de sorpresa porque esperábamos encontrarlo aquí contigo.

―¿Qué? ―Parecía un loro, repitiendo la misma pregunta una y otra vez.

―Yo le dije a Nat que antes de abrirnos, lo esconderías en el armario.

―Y yo le aposté que estaría en el baño.

―¿Y pensabais registrar la casa para ver si lo encontrabais?

―Te hemos traído comida. ―Mae se encogió de hombros.

―Esto es increíble.

―Tus amigas me gustan ―comentó el genio―. Tienen instinto.

Alexis giró la cabeza hacia el sillón antes de poder evitarlo. Everard había apoyado la barbilla en la mano y disfrutaba del espectáculo.

―Solo queremos que seas feliz ―se disculpó Nat.

―Vamos, no me digas que lo dejaste escapar ―rogó Mae―. Ese hombre merece la pena, Alexis. Y no lo digo solo porque sea guapísimo.

―Muchísimo ―corroboró Nat.

―Lo digo por lo del bar ―continuó Mae―. Robyn te amarga la vida desde hace seis meses y ninguna de nosotras ha conseguido pararle los pies. Yo le pegué un puñetazo y solo sirvió para que se creciese. Él le dijo tres frases y la tía se marchó del local humillada. Sin gritar y sin insultarla.

―La llamó inepta.

―La llamó inepta con mucha educación, que es peor. ―Mae se inclinó hacia delante―. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que lo hizo por ti. Te puso el brazo por encima delante de esa arpía y te defendió.

―Es más, dijo que era de los que se quedan para siempre si tú se lo permites. ―Nat abrió mucho los ojos―. Tía. Que un hombre suelte eso en un bar, delante de desconocidos, y encima sin que le tiemble la voz…

―Fue teatro ―se excusó ella.

―Y una mierda ―dijo Mae.

―Gracias ―murmuró Everard con suficiencia.

Alexis cogió la caja de tallarines para tener algo que hacer con las manos. El problema no era que sus amigas se equivocasen, sino que tenían razón. Incluso cuando no podía ser.

―Chicas ―empezó, y trató de que sonase razonable―. Everard está de paso.

―Todo el mundo está de paso hasta que decide no estarlo.

―No, en su caso es verdad. Da igual lo que diga o lo que pase, se irá y no volverá.

Lo dijo con la vista en la mesa, porque no se atrevía a enfrentar al genio, aunque notaba su mirada sobre ella. En el silencio que vino después, no oyó ni una sola pulla desde el sillón.

―¿Y qué? ―Nat se encogió de hombros―. Existen los aviones.

―No es tan fácil.

―Nunca lo es. ―Su amiga apoyó los codos en las rodillas―.

Mira, yo he tenido de todo y te puedo decir una cosa con conocimiento profesional: lo de la distancia se sobrevalora como problema.

Lo que mata una relación no son los kilómetros, es que a uno de los dos le dé pereza recorrerlos.

Y ya te digo yo que a ese hombre no le da pereza nada de lo que tenga que ver contigo.

―Nat…

―Videollamadas, fines de semana, vacaciones ―enumeró Mae―. Yo tengo una prima que estuvo cuatro años así con su novio y ahora tienen dos niños y una hipoteca.

―Eso no me consuela.

―No pretendía consolarte, pretendía documentarte.

Alexis podría haberles dicho la verdad, porque sabía que Everard la apoyaría y se mostraría ante ellas si se lo pedía.

Pero aquello solo la haría sufrir más cuando él ya no estuviese porque sus amigas no dejarían de hacerle preguntas sobre él.

O podría haberse inventado cualquier excusa para que dejasen el tema.

Sin embargo, decidió hablar desde el corazón:

―Vale, lo admito. Nos acostamos y fue maravilloso. Pero no quiero volver a quedar con él.

―¿Qué?

―No quiero, porque se irá pronto y no volveremos a vernos. No habrá videollamadas para nosotros… ni aviones, ni fines de semana. No habrá nada y, cuanto más tiempo pase con él ahora, más me va a costar olvidarlo después, así que prefiero cortarlo de raíz.

―Eso es lo más triste que te he oído decir en mi vida ―replicó Mae―. Y mira que has dicho cosas tristes.

―Es lo más sensato que he dicho en mi vida ―la corrigió.

―En tu caso es lo mismo, Ale.

Aquello le dolió, porque venía de Mae y porque era verdad. Alexis se levantó con la excusa de traer agua y se quedó un momento de más en la cocina, con las dos manos apoyadas en la encimera y la vista fija en las dos tazas del fregadero.

―Podrías decirles la verdad ―murmuró Everard, que había aparecido en el marco de la puerta.

―No.

―Ellas podrían ayudarte a superarlo cuando yo no esté.

Alexis levantó la cabeza. El genio la miraba desde el quicio, con los brazos cruzados. No había rastro de burla en él.

―No ―repitió.

Everard la observó un segundo largo. Después ladeó la cabeza hacia el salón y le mostró su sonrisa de siempre. ¡Qué bien se le daba fingir que no pasaba nada!

―Tu amiga te está quitando el pollo.

―¡Mae!

Volvió al salón con la jarra en la mano y una mirada de reproche para su amiga.

La conversación se desvió hacia el trabajo de Nat, que había atendido esa semana a una pareja con un problema que describió con tanto detalle técnico que Mae tuvo que dejar el rollito a medias.

Se rieron mucho, justo lo que Alexis necesitaba.

―Venga, abramos las galletas de la suerte. ―Nat rompió la suya y desdobló el papel―. «Un viaje inesperado le traerá alegría». Pues lo acepto.

―La mía dice «La paciencia es la llave de la felicidad» ―leyó Mae―. Menuda estafa. Toma, Ale.

Alexis partió la suya, sacó el papelito y lo leyó en silencio.

―¿Qué pone? ―preguntó Nat.

―Nada. Está en blanco.

No lo estaba. Decía «El amor es libertad» y a Alexis le pareció una broma de mal gusto por parte del universo. Cerró el puño alrededor del papel.

―Qué timo ―protestó Mae―. Deberíamos reclamar.

―Da igual.

―No da igual, has pagado tu parte.