Tres deseos Una noche especial #4
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Una noche especial #4

Alexis le rodeó las caderas con las piernas y Everard se introdujo en ella, sin prisa, con movimientos calculados que solo intensificaban lo que sentían. Se miraron a los ojos todo el tiempo. La vergüenza que siempre sentía ella cuando se acostaba con alguien había desaparecido.

―No sabes el tiempo que llevo esperando esto, Alexis ―le confesó Everard―.

Lo he recreado mil veces en mi mente, pero nada se le parece a lo que está pasando ahora.

Eres especial y única. Te mereces el amor de un hombre que solo se fije en ti, que solo te adore a ti.

―La besó con ternura, sin dejar de moverse―.

Pase lo que pase después de hoy, no aceptes menos.

Aumentó el ritmo, mientras bajaba los labios al cuello de Alexis. Esta cerró los ojos por la intensidad que estaba despertando en ella y le clavó las uñas en la espalda cuando alcanzó el clímax.

Después de eso, el mundo se desdibujó para ella. Solo recordaba haberse dormido en brazos de un genio que susurraba su nombre con devoción.

Se despertó de madrugada. La luz del salón entraba por la puerta entornada y dibujaba una franja en el suelo. A su lado, Everard dormía boca abajo, con un brazo cruzado sobre la cintura de ella y la cara girada hacia el otro lado. Alexis se quedó muy quieta para no despertarlo.

Observó su espalda, donde le había dejado la marca de las uñas, y su rostro ardió de vergüenza por haber sido tan intensa con él.

Sin embargo, no se arrepentía. Así lo había sentido y, por primera vez en mucho tiempo, se había dejado llevar sin pensar en las consecuencias o en lo que el otro pudiera pensar de ella.

Porque Everard nunca la juzgaría. Bueno, bromearía con ella al respecto, pero eso era lo que más le gustaba del genio, aunque la sacase de quicio. Sonrió, feliz.

Entonces, se acordó del cuaderno. De lo que debía hacer para liberarlo. Y tuvo miedo. Miedo de no poder hacerlo o de que la lámpara no lo aceptase.

«El deseo ha de formularse sin esperar nada a cambio. Si la lámpara halla el menor interés propio, no funcionará y el genio permanecerá atado».

Alexis dejó de respirar.

El día que descubrió qué hacer lo tenía claro.

Lo quería libre. Lo quería fuera de aquella lámpara y lejos de cualquier otra mujer que quisiese usarlo.

Si el precio era no volver a verlo, lo pagaría.

Le pareció sencillo. Lo único que sentía por él era pena, por los siglos que había pasado solo.

Liberarlo no era por su propio interés, sino por el de Everard.

Ahora, el hombre dormía con un brazo sobre ella, y habría dado cualquier cosa porque no fuera la última vez.

Algo en su interior había aparecido esa noche, un anhelo al que no quería poner nombre.

Había estado ahí durante días, pero había sido capaz de callarlo.

Hasta que se acostó con Everard. Ahora le gritaba fuerte: «que se quede, por favor».

Se llevó la mano a la boca para no hacer ruido, cuando las ganas de llorar la asaltaron. Acababa de comprender que había puesto en riesgo lo único que podía darle a Everard, lo único que ninguna de sus amas le había ofrecido en siglos, por una sola noche. Aunque hubiese sido la mejor de su vida.

Se apartó del brazo del genio con mucho cuidado y se sentó en el borde de la cama. Everard se removió detrás de ella, antes de que pudiese levantarse.

―¿Adónde vas? ―murmuró, con la voz espesa de sueño.

―A ninguna parte.

―Ven aquí.

Alexis cerró los ojos. Sabía lo que tenía que hacer, pero no quería hacerlo. Aun así, se giró hacia el genio y empezó:

―Everard.

―Dime.

―Esto no puede volver a pasar.

El hombre se despejó de golpe. Se incorporó para mirarla a los ojos.

―¿Qué?

―Lo de esta noche. ―Le costó pronunciar cada palabra―. No me arrepiento. Necesito que tengas eso claro, porque no me arrepiento de nada. Pero no puede repetirse.

―Alexis, si he hecho algo que…

―No has hecho nada. ―Alargó la mano y le tocó la mejilla―. Dios, no tengo nada que reprocharte. Ha sido increíble.

―Entonces explícamelo, porque no lo entiendo.

―Tú mismo me has dicho que me merezco a una persona que me elija sobre el resto, para quien yo sea la única.

Y yo… Te dije que no me importaría experimentar antes de encontrarlo, pero no es así.

No sé separar lo uno de lo otro y… No podemos repetir esto, Everard, porque tú te irás en cuanto pronuncie mi último deseo.

―Se le atascaron las palabras en la garganta―.

Ya te iba a echar mucho de menos cuando solo éramos amigos, pero ahora…

No quiero que signifiques algo más para mí de lo que podré soportar cuando no nos veamos nunca más.

―Alexis.

―No puedo, Everard ―le rogó, con los ojos cargados de lágrimas.

―¿Podemos, al menos, dormir juntos esta noche? ―le pidió con la mano extendida hacia ella―. Mañana haré como si nada de esto hubiera pasado. Te lo prometo.

―Vale. ―Se tendió en la cama.

―Vale ―repitió él, como si intentase concienciarse de que debía cumplir la promesa que le había hecho. Luego se tumbó a su lado y la rodeó con ambos brazos―. Buenas noches, ricura.

―Buenas noches… ―suspiró―. Everard.