Una noche especial #3
―Se han ido. Joder, se han ido con el rabo entre las piernas. ―Se giró hacia ellos con las manos en la cabeza―. ¡Dios! Ha sido lo mejor que he visto en mi vida.
―Mae ―la llamó Alexis.
―Si vieras cómo le ha cambiado la cara mientras os besabais.
―Mae.
―El karma existe.
―Mae ―repitió por tercera vez.
―Vale, vale. Ya paro. ―Le dio un codazo a Nat―. Nosotras nos vamos.
―¿Qué? Si acabamos de llegar.
―Es que mañana madrugo.
―Es sábado.
―Tengo… ―Mae miró alrededor en busca de algo, lo que fuese―. Cosas.
―Y yo he quedado ―añadió Nat, que ni se molestó en fingir―. Con nadie en concreto. Con quien surja. Buenas noches.
Desaparecieron entre la gente antes de que Alexis pudiera protestar.
―Deberíamos irnos también ―dijo Alexis antes de que el silencio incómodo que creía que surgiría pronto entre ellos se apoderase de ambos.
―Sí.
―Pido un taxi.
―Alexis.
―¿Qué? ―Se atrevió a mirarlo.
Everard le tendía la mano, con la palma hacia arriba, sin decir nada más.
Ella la miró por un momento y comprendió que no le ofrecía un atajo hasta su piso, sino otra cosa.
La elección era suya. Podía llamar al taxi y sentarse veinte minutos en el asiento de atrás, mientras tenía tiempo para pensar en lo que había pasado entre ellos.
Quizá para controlar a su desbocado corazón, que todavía no parecía dispuesto a relajarse, y así poder darle las buenas noches en el pasillo y meterse en su cuarto, sin que sucediese nada más entre ellos.
Le puso la mano encima.
El salón apareció a su alrededor, con la lámpara pequeña encendida, esa que dejaba así cuando salía con sus amigas para poder ver algo, en caso de que llegase muy perjudicada a casa.
Alexis no llegó a soltarlo. Se quedaron los dos de pie en mitad de la habitación, con la tensión vibrando entre ellos.
―Alexis. ―La voz del genio sonó ronca―. Necesito que me digas una cosa.
―Everard…
―Escúchame. ―Le sujetó la cara con las dos manos, aunque no se acercó más―.
Lo del bar lo he hecho por ti. Quería cerrarle la boca a esa mujer y me ha salido bien.
Demasiado bien. ―Tragó saliva―. Se me ha ido de las manos y no quiero que ahora te sientas obligada a nada.
Si me dices que lo olvidemos, no habrá pasado y listo.
―No quiero olvidarlo ―susurró ella.
―Necesito oírlo.
Y ahí lo entendió: se lo preguntaba porque, durante siglos, nadie se lo había preguntado a él.
Porque ninguna de sus amas había pensado en lo que él quería o en si le apetecía o no.
Aquel hombre había aprendido lo que era un «no» de la peor forma posible y, por eso, esa noche, quería un «sí» dicho en voz alta que no albergase ninguna duda.
Alexis le puso las manos sobre las muñecas.
―Te deseo, Everard ―le dijo―. No a Ace, ni a nadie más. A ti. ―Le sostuvo la mirada―. Y si dentro de dos minutos cambio de opinión, te lo diré. Te prometo que te lo diré.
―Vale.
―¿Vale?
―Vale ―repitió el genio.
Y la besó de nuevo. Lo hacía despacio, con una atención minuciosa que la desarmó por completo.
Le sujetaba la cara con las dos manos, le recorría el labio inferior, se apartaba por un segundo, antes de volver a empezar.
Ella se agarró a su camisa porque las piernas habían decidido dejar de colaborar.
―¿Sigue en pie lo de avisarme? ―murmuró él contra su boca.
―Cállate.
―Solo para confirmar.
―Everard, si vuelves a preguntármelo te juro que…
No terminó la amenaza. El genio le puso la mano en la nuca y la besó de una forma distinta, sin la calma anterior.
Notó los dedos de él en la cremallera del vestido.
Se detuvieron ahí, a la espera. Alexis se separó lo justo para mirarlo a los ojos y asentir.
Entonces, oyó el sonido del metal al bajar por su espalda.
La tela cedió, se le soltó de los hombros y cayó al suelo.
Se le encendió la cara. Aquel era el momento en que siempre le entraban las ganas de apagar la luz. No es que tuviera un cuerpo feo, para nada, pero se sentía vulnerable al exponerse a un hombre en la intimidad.
―No ―le pidió el genio, que le había leído la intención―. Déjala encendida.
―Es que…
―Quiero verte ―insistió―. Llevo más de tres semanas imaginándome lo que había debajo de tus mantas con botones. Permíteme descubrirlo ahora.
Alexis soltó una carcajada ante el comentario, que se ahogó en su garganta cuando descubrió la forma en que la miraba Everard. Con deseo, con adoración. Se sintió una diosa.
―Ven aquí ―le dijo, antes de levantarla en brazos. Alexis dio un grito, se agarró a su cuello y se echó a reír contra su piel.
―Esto es un clásico ―protestó.
―Yo soy un clásico. Aguántate.
El genio se detuvo delante de la puerta del dormitorio y Alexis comprendió el motivo. Le había prohibido entrar desde el primer día y le había cerrado la puerta en las narices muchas veces.
―Puedes pasar ―le concedió.
―Vaya. Qué honor.
―Pero no te acostumbres.
Everard la dejó sobre la cama. Después se quedó de pie, con la camisa a medio desabrochar. Alexis se incorporó sobre los codos para mirarlo y luego se acercó a él, de rodillas en el colchón, para recorrer los músculos definidos de su pecho con los dedos.
El genio cerró los ojos.
―Alexis.
―¿Qué?
―Nada. ―Tragó saliva―. Sigue.
Alexis entendió que los nervios del hombre no venían por lo que iba a pasar, pues tenía más experiencia que ella, y que cualquiera.
Estaba nervioso porque sería la primera vez que nadie le exigía nada.
Entonces, terminó de desabrocharle la camisa, se la quitó y le puso la palma en el pecho para notar el latido de su corazón.
―Dime qué quieres ―le pidió.
―¿Qué?
―Que me digas lo que quieres tú. ―Le sostuvo la mirada―. Siempre has tenido que complacer los deseos de los demás, ahora te toca a ti pedir.
Everard se quedó callado. Alexis vio cómo movía la mandíbula y, por un segundo, creyó que había estropeado el momento. Después, el genio le cogió la mano que tenía sobre su pecho, se la llevó a la boca y le besó los nudillos uno a uno.
―A ti ―respondió con la voz rota―. Te quiero a ti.
La besó en la boca para acallar cualquier otra pregunta.
Y, cuando ya la tenía suspirando entre sus brazos, bajó al cuello y al hueco del hombro, donde el roce de sus labios le provocó un escalofrío de placer.
Luego, continuó su camino hasta sus pechos y Alexis le hundió los dedos en el pelo para sostenerse porque las piernas le fallaron de nuevo.
―No te contengas, Alexis ―le pidió él, al ver cómo mantenía la boca cerrada con fuerza―. Déjame escucharte.
Las manos del genio jugaron con sus pezones, antes de que su boca se uniera a ellas.
Alexis soltó un gemido profundo al sentir los dientes de Everard sobre su piel sensible.
El hombre tenía experiencia y se notaba en cada paso que daba, pero ella quería darle una experiencia diferente.
Él siempre había sido el que lo daba todo, porque se lo exigían, así que ahora quería que recibiese mucho más.
―Espera ―lo detuvo y lo obligó a tumbarse de espaldas en la cama.
―¿Qué pasa? ¿Te has…?
―Siempre estás pendiente de mí. ―Le besó el pecho entre palabra y palabra, mientras usaba las manos para recorrer su piel desnuda―. Siempre te adelantas a mis necesidades, incluso antes de que yo sepa cuáles son. Deja que sea yo quien haga algo por ti esta vez.
―Ya lo haces, Alexis. Me has dado más de lo que crees.
Me has visto como un hombre, no como un objeto.
―Le acarició la mejilla―. Me has dado experiencias humanas.
Te has interesado por lo que me gusta, lo que me preocupa…
lo que quiero. No necesito que hagas nada más por mí.
―La giró para que quedase debajo de él―.
Solo necesito que me mires así, como ahora, mientras hacemos el amor.
Alexis quiso protestar, pero Everard no se lo permitió. La besó de nuevo y la desnudó, antes de deshacerse de su propia ropa. La urgencia por sentirla piel con piel parecía demasiado grande porque lo hizo a una velocidad que a Alexis le costó seguir.
―Impaciente ―rio ella.
―Mucho ―repuso él, antes de devorarle la boca.