Una noche especial #2
―Solo estoy de paso. No tengo fecha para irme.
―Todo el mundo la tiene ―objetó Nat.
―En realidad, lo mío es más bien un plazo para cumplir mis objetivos.
Alexis apartó la mirada hacia el mantel. Aquello le había recordado que, en dos o tres días, tendría que pedir el deseo para liberarlo.
Lo que no ocurrió en ningún momento, y ella lo había esperado después de cómo lo saludaron al inicio, fue que sus amigas le tirasen los tejos.
Nat se pasó la primera media hora con el radar encendido, pero, en algún momento que no pudo concretar, lo apagó.
Solo lo entendió cuando Mae, que era menos sutil, se levantó antes de que llegaran los cafés y arrastró a Nat con ella.
―Vuelvo en un minuto ―anunció―. Nat, ven conmigo.
―¿Para qué?
―Vamos, acompáñame.
―Intentan dejarnos a solas ―murmuró Alexis, sin saber si le disgustaba o no que estuvieran haciendo lo mismo que había desencadenado el malentendido con Max. Por suerte, con Everard no tendría ningún problema.
―Ya. Nat decidió a la media hora que no estoy disponible para ellas y se lo ha comunicado a Mae con una pequeña inclinación de cabeza hacia ti y un movimiento de cejas. Fue un intercambio interesante. Deberías aprender ese idioma.
―Ya lo conozco.
―Pues parece que no te has enterado de que nos han emparejado. ―El genio sonrió con picardía.
―Sí, bueno… ¿Te recuerdo por qué no quería venir a este sitio? Siempre intentan emparejarme con alguien. Según ellas, no vivo con la suficiente intensidad.
―Igual tendrías que hacerles caso.
―¿Para arrepentirme después? ―En cuanto lo dijo, vio lo mal que había sonado aquello―. Yo… Lo siento… No iba por ti. Hablaba en general.
―Lo sé, ricura. No te tortures o tendré que borrarnos la memoria a todos ―bromeó.
―No malgastaré mi último deseo en eso ―bufó―. ¿Podrías hacerlo?
―¿No les borré ya la memoria una vez?
―Me refiero a ti mismo.
―Nunca lo he intentado.
No pudieron continuar con la conversación porque volvieron Mae y Nat, que traían una sonrisa cómplice poco disimulada.
―¡No nos vamos a casa, eh! ―sentenció Mae después de que Everard pagase la cuenta―. Ni lo penséis.
Dentro de local había demasiada gente, pero consiguieron un hueco en una esquina de la barra gracias a la habilidad de Mae para abrirse paso. Everard se ofreció a ir a por la primera ronda antes de que ninguna sacase la cartera.
―Me caes bien ―le dijo Nat.
―Es lo que suele pasar.
Alexis lo vio alejarse hacia el otro extremo de la barra, donde había menos gente. Se giró hacia sus amigas con la intención de adelantarse a lo que venía. No le dio tiempo, Mae no se andaba con rodeos.
―¿Te lo estás tirando?
―¡Mae!
―Es una pregunta legítima.
―No. No me lo estoy… ―Alexis bajó la voz al notar que la pareja de al lado se giraba―. No.
―Pues deberías.
―Es un conocido. Nos tomamos un café y ya.
―Alexis, ese hombre lleva toda la noche mirándote ―intervino Nat, que por una vez no lo dijo con sorna―.
Y no me refiero a que te mire. ―Señaló su cuerpo para hacerse entender―.
Te presta atención cuando hablas, te escucha mientras mantiene sus ojos sobre ti.
Muy pocos tíos hacen eso. La mayoría solo espera a que termines para hablar de sí mismo.
―Estáis borrachas.
―Yo llevo una copa ―objetó Mae.
―Pues tú estás peor.
Se rieron las tres y Alexis pensó que había esquivado el asunto.
Sin embargo, cuando Everard regresó con las bebidas, sus amigas no dejaron de lanzarle miraditas cargadas de intención y de hacerle gestos con la cabeza para que se lanzase con él.
Algo que no haría, claro, pero no podía explicarles por qué.
Como eso no funcionó, Mae sugirió moverse hasta la pista de baile. Entonces, empezó una operación conjunta entre Nat y ella que la dejó en brazos del genio antes de que pudiese saber qué pretendían hacer.
―Tus amigas no son nada sutiles. ―Everard sonrió, mientras se movía al ritmo de la música, con las manos en la cintura de Alexis.
―Mis amigas siempre me meten en líos de los que después tengo que salir solita.
―Del último te libré yo ―le recordó.
―Sí. ―Lo miró con mala cara―. Desperdiciando mi primer deseo.
―No vas a dejar de echármelo en cara, ¿verdad?
―Nunca.
Guardaron silencio porque aquella palabra pesó demasiado entre ellos en cuanto Alexis la pronunció. Un «nunca» entre ellos tenía poco peso, pues su tiempo juntos era más corto de lo que les gustaría.
―Voy a pedir otra copa ―les avisó Nat.
―Y yo la acompaño ―añadió Mae, mientras le hacía un gesto a Alexis para que aprovechase que los dejaban solos.
―Iré yo ―se ofreció Everard, que no había visto aquel intercambio. Y antes de que pudieran negarse, ya se movía hacia la barra.
―Los hay más cortos que tú, Ale ―suspiró Mae con frustración.
―Quizá es que habéis visto lo que no hay ―sugirió ella, a modo de excusa.
Entonces, se giró hacia la pista con la copa vacía en la mano, porque no le apetecía continuar con aquella conversación. Pero allí vio algo que la paralizó.
Ace estaba junto a la columna del fondo, con la camisa remangada y la chaqueta colgada del brazo.
Robyn le hablaba al oído con una mano apoyada en su pecho.
Él se reía. Y, dos segundos después, mientras la secretaria seguía pegada a él, Ace levantó la vista y le sostuvo la mirada a una chica que pasaba con una bandeja, con una sonrisa que Alexis conocía muy bien porque se la había dedicado a ella en el despacho no hacía tanto tiempo.
Y ahí lo comprendió todo: Ace era un conquistador.
Nunca se interesaría por una sola mujer porque las quería a todas.
Esperó que la revelación le partiese el corazón, pero solo pudo escuchar la voz de Everard en su mente: «Un hombre que te elija en primer lugar».
Y Ace nunca elegiría a una mujer, porque no creía que tuviese que renunciar al resto.
―Ay, madre ―murmuró Mae, que había seguido la dirección de su mirada―. Vámonos.
―No.
―Alexis…
―Estoy bien ―respondió, y descubrió con asombro que era verdad.
Ya era tarde de todos modos, porque Robyn la había visto. Alexis notó el momento exacto en que ocurrió: la secretaria se separó de Ace, se atusó el pelo con los dedos y echó a andar hacia la barra con la copa en alto y esa sonrisa falsa que tanto usaba cuando se dirigía a ella.
―¡Pero bueno! ―exclamó al llegar―. Alexis. Qué casualidad.
―Robyn.
―Estás… ―Le dio un repaso de arriba abajo y alargó la pausa lo justo―. Distinta. Te has arreglado. ¿Alguna ocasión especial?
―He salido con mis amigas.
―Ya veo. ―Robyn miró a Mae y dio medio paso atrás, por si acaso―. ¿Y no hay nadie más? Porque es que cada vez que te veo fuera de la oficina estáis las tres solas y me da una cosa… Con lo mona que eres cuando te esfuerzas.
―Mira, guapa… ―empezó Mae.
―Solo era un comentario. ―Se llevó la mano al pecho―. Es que Ace y yo decíamos el otro día que deberíamos presentarte a alguien, Alexis. Un compañero suyo, alguien majo, no sé. Nos das tanta pena.
Alexis abrió la boca sin tener aún la respuesta preparada, que era lo que le pasaba siempre, porque las buenas se le ocurrían de madrugada, cuando ya no podía usarlas. Y entonces notó un vaso frío contra los dedos.
―Perdón por la tardanza ―dijo Everard―. Había cola.
Repartió las copas con calma entre las chicas. Después le pasó el brazo por los hombros a Alexis y la atrajo hacia su costado con una naturalidad que la dejó sin aire.
―No nos han presentado ―le dijo a Robyn.
La secretaria tardó tres segundos completos en recomponer la cara.
―Nos conocimos el otro día en el bufete ―respondió, como si le ofendiera que no la recordase.
―Ah. ―El genio asintió despacio―. Tú eres la que no hace su trabajo.
―¿Cómo?
―Ahora te recuerdo ―continuó―. Alexis se ocupa de hacer tu trabajo para que no te despidan. ―Le apretó un poco el hombro―. Es que mi Alexis tiene un gran corazón.
Nat se llevó la copa a la boca para tapar la sonrisa. Mae ni lo intentó, disfrutaba demasiado del espectáculo.
―Bueno ―rio Robyn, intentado disimular la incomodidad―, en un bufete todos colaboramos.
―Sí, algo así me dijiste el otro día, pero… Es una justificación bastante pobre, la verdad, para tu ineptitud.
―Everard. ―Aunque Robyn se mereciese aquel escarmiento, Alexis se sintió mal por ella.
―¿Y tú quién eres para…? ―preguntó con rabia la secretaria.
―Un amigo de Alexis ―la interrumpió.
―Un amigo ―repitió con insolencia―. Qué mono. ¿De los que se van en cuanto consiguen lo que quieren de la desesperada de Alexis?
Fue una pregunta cruel y buscaba una sola cosa: avergonzar a Alexis delante de Ace, que presenciaba el intercambio en silencio.
―De los que se quedan para siempre si ella me lo permite ―respondió.
―Sí, claro.
Everard puso dos dedos bajo la barbilla de Alexis, le giró la cara hacia él y la besó sin previo aviso.
No fue un beso inocente para probar su punto.
Eso fue lo primero que pensó Alexis, cuando todavía era capaz de hacerlo, porque uno de esos habría durado dos segundos y habría sido superficial.
Pero aquel le abrió los labios despacio, le pidió permiso sin palabras y esperó a que ella se lo diese, cosa que hizo sin ninguna dignidad.
El local desapareció y quedó solo el calor de una mano en su nuca y el sabor de ambrosía en sus labios.
Se agarró a la camisa del genio con la mano libre.
Él soltó un sonido bajo contra su boca, que Alexis sintió en el esternón.
Y cuando ella se apretó un poco más contra su cuerpo, Everard la sujetó por la cintura y la separó unos centímetros, con la respiración descompuesta y los ojos cerrados, porque había que parar y ninguno de los dos parecía tener la capacidad de hacerlo.
Alexis abrió los ojos y se encontró con el rostro pálido de Robyn y la furia en la mirada de Ace. Pero nada de eso le importaba porque todavía estaba asimilando el mejor beso que había recibido en su vida.
―Nosotros… Ya… Bueno, nos vamos… ―acertó a decir la secretaria.
Se dio media vuelta y arrastró a Ace con ella fuera del local.