Tres deseos Una noche especial
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Una noche especial

El armario llevaba abierto veinte minutos y Alexis seguía delante de él con una toalla anudada al pecho. Se debatía entre ponerse ropa cómoda, como le apetecía, o algo sexy para no tener problemas con Everard.

Su vista viajó hasta el vestido burdeos que el genio había materializado para ella.

Contrario a lo que creía, no había desaparecido después.

Lo descolgó y se lo puso delante, para verse en el espejo.

No le quedaba mal, de hecho, resaltaba sus curvas.

El hombre había elegido bien, aunque nunca se lo diría.

Su ego ya era bastante grande como para que ella lo aumentase.

Se lo puso y, muy a su pesar, tuvo que admitir que se sentía poderosa con él. Imparable. Y puede que, incluso, deseable.

―Te odio ―susurró. Aunque, en realidad, era mentira.

Se recogió el pelo y se maquilló. Esta vez usó más color en los ojos y en los labios para que resaltasen. No quería ser invisible. Y no quería admitir que el hecho de que Everard fuese a pasar tiempo con ella y con sus amigas de forma corpórea tuviese nada que ver con su decisión.

―¿Puedo opinar cuando salgas? ―preguntó Everard desde el pasillo.

―No.

―Voy a hacerlo igual ―le advirtió.

―Lo sé.

Salió de la habitación con los zapatos en la mano y se lo encontró apoyado en la pared, con los brazos cruzados.

Llevaba una camisa oscura y unos pantalones que le daban un toque serio, pero informal.

Nunca le había visto esa ropa y se preguntó cómo funcionaba eso.

¿Tendría un armario en la lámpara? ¿O solo hacía aparecer lo que quería?

Le había dicho que podía materializar todos los objetos que quisiera en la lámpara, así que la segunda opción era factible.

El genio la miró de arriba abajo sin ninguna prisa.

―Vaya.

―No empieces.

―No he dicho nada.

―Has dicho «vaya».

―«Vaya» es una interjección ―replicó él―. Podría significar cualquier cosa.

―¿Y qué significa en este caso? ―preguntó hastiada.

Everard se apartó de la pared y dio dos pasos hacia ella. Se detuvo a una distancia prudente, con las manos en los bolsillos.

―Significa que llevo casi un mes diciéndote que vistes fatal ―respondió― y esta noche no voy a poder hacerlo.

―Pobrecito.

―Es un desastre. Tendré que atacarte por el pelo.

―¿Qué le pasa a mi pelo? ―Se lo tocó, en busca de algo que estuviera mal, pero el genio se limitó a sonreír y supo que solo se burlaba de ella―. Eres insoportable.

Alexis se sentó en el brazo del sofá para ponerse los zapatos y evitar que Everard viese la sonrisa que se le escapó. Ya se había acostumbrado a sus pullas y habían acabado por gustarle, aunque tampoco se lo diría.

―Escúchame ―le dijo, señalándolo con un zapato, antes de ponérselo―. Vamos a repasar la versión.

―No hace falta.

―Sí hace falta. Mae te va a interrogar antes del primer plato.

―Que lo haga.

―Everard.

El genio suspiró y se dejó caer en el sillón. Esa vez el cojín sí se hundió bajo su peso.

―Nos encontramos por casualidad ―recitó, aburrido―. En la calle.

―El martes ―precisó ella―. Delante de la panadería de mi calle.

―Delante de la panadería.

―Y me reconociste del altercado.

―Y te saludé ―añadió―. Porque yo no ignoro a las chicas guapas que rescato por las noches.

―Tomamos un café. ―Lo miró con desaprobación por su último comentario, pero él le guiñó un ojo.

―Un café que pagué yo, porque soy un caballero. ―Levantó un dedo―. Ese detalle es importante. Dará credibilidad al conjunto.

―Estuvimos charlando y…

―Mejor no digas eso. ―Everard chasqueó la lengua―. No hace falta añadirlo porque la gente charla cuando toma café. Si lo especificas, parecerá muy forzado.

Alexis pensaba protestar, pero el genio tenía razón. Dar demasiados detalles podía estropear el plan.

―Se te da bien esto.

―He mentido durante siglos a mujeres muy inteligentes, ricura.

―Uy sí, qué orgullo.

―Como soy nuevo en la ciudad y todavía no conozco a nadie ―continuó con la mentira que habían inventado―, os he invitado a cenar a las tres esta noche.

―¿Y a qué te dedicas?

―Consultoría.

―¿Consultoría de qué?

―Nadie pregunta eso. ―Le dedicó una de esas sonrisas que tanto exasperaban a Alexis―. Confía en mí.

―Vale ―dijo a regañadientes―. Bajemos, no quiero que nos vean salir de mi casa juntos.

―¿Te avergüenzas de mí? ―bromeó el genio.

―Se supone que nos hemos visto solo un par de veces. Mis amigas saben que no metería en casa a un hombre que no conozco… ―se calló al verlo sonreír―. Eres insoportable.

Alexis tomó el bolso y se dirigió hacia la puerta principal. Allí, cogió el abrigo del perchero y salieron de casa. Con cada paso que daba, Alexis se ponía más nerviosa. Muchas cosas podían salir mal, sobre todo, porque sabía cómo era Everard y cuánto le gustaba meterla en aprietos.

―Everard. ―Se detuvo frente al ascensor para hablar con él.

―Dime.

―Si dices una sola cosa rara delante de ellas, te devuelvo a la lámpara.

―No puedes hacer eso.

―No me tientes ―lo amenazó, incluso si luego se puso colorada, al comprender que lo que había dicho podía tomarse por otro lado―. Pórtate bien, por favor.

―Seré un santo ―prometió con la boca pequeña.

―Ya, ya.

Poco después de salir del edificio, llegaron sus amigas. Les había enviado un mensaje el día anterior para contarles que tenía una sorpresa para ellas esta noche. No había querido decirle qué, para no tener que responder a sus preguntas dos veces.

―Buenas noches ―las saludó el genio.

―Buenas noches. ―Nat fue la primera en acercarse para darle dos besos de cortesía, pero también lo repasó de arriba abajo con poco disimulo.

Mae fue más comedida, pero no dejó de admirarlo. También le dio dos besos.

―¿Nos vamos? ―sugirió Alexis, molesta por las confianzas que se habían tomado sus amigas y consigo misma porque le molestase eso.

En el taxi, Nat averiguó su nombre, su profesión y que estaba soltero.

Alexis tuvo que darle la razón, una vez más, al genio cuando su amiga, después de que él dijera que era Consultor, no le preguntase en qué área.

La mirada que le lanzó él fue bastante significativa.

Ella prefirió mirar por la ventanilla mientras sus amigas lo interrogaban y él, con mucha habilidad, derivaba la conversación hacia ellas para no tener que dar ningún dato que pudiese destapar el engaño.

Entonces el coche giró en una esquina de la calle y Alexis supo, antes incluso de que el conductor frenase, adónde las llevaba el genio.

―No.

―¿Perdona? ―preguntó Mae.

―Nada. ―Alexis bajó del coche con la mandíbula apretada―. Que no me puedo creer que haya elegido este restaurante.

Porque era en el que trabajaba Max. Y, aunque no podía acusarlo delante de sus amigas de haberlo hecho a propósito porque se suponía que no sabía nada de ellas ni de sus costumbres, también ella supo lanzarle una mirada que lo decía todo.

Everard le abrió la puerta a Mae con una cortesía impecable y esperó a que las tres pasasen delante. Cuando le llegó el turno a Alexis, ella se detuvo a su lado.

―¿Por qué aquí? ―susurró.

―Es tu restaurante favorito.

―Sabes por qué te lo pregunto.

―Ricura ―murmuró el genio, sin mover apenas los labios―, nadie recuerda nada. La única que se pone tensa al cruzar esta puerta eres tú. Llevas semanas sin pisar un sitio que te gusta por algo que no existe más que en tu cabeza. ―Le cedió el paso―. Eso se arregla entrando una primera vez.

―También se arregla si no entro.

―A eso se le llama eludir los problemas.

Alexis le hizo caso porque Mae los observaba desde la mesa con curiosidad y no quería darle motivos para preguntar. Se sentó de espaldas a la barra, en un intento de no tener que ver a Max más de lo necesario. Algo que hizo a los dos minutos, pues el hombre apareció a su lado, libreta en mano.

―¡Chicas! ―las saludó―. Ya os echaba de menos. Hacía semanas.

―Hemos estado liadas ―respondió Mae.

―Y hoy venimos acompañadas ―añadió Nat con entusiasmo.

Max miró a Everard y este le devolvió la mirada. Alexis, que estaba entre los dos, deseó que un agujero se abriese debajo de su silla y se la tragase.

―Bienvenido ―dijo el camarero.

―Gracias.

―¿Primera vez por aquí?

―Así es ―confirmó el genio―. Me han hablado muy bien de este sitio. Sobre todo del servicio.

Alexis levantó la vista de golpe hacia él, pero Everard miraba la carta. Todos pidieron por turnos, Max lo anotó y se fue a la cocina con la orden. Y no pasó nada.

Max volvió con el vino, bromeó con Mae sobre las oposiciones, le preguntó a Alexis por el trabajo con la misma cordialidad de siempre. No hubo ni un atisbo de vacilación. Para él, la última vez que se habían visto había sido en una cena cualquiera. Para Mae y para Nat también.

Le costó asimilarlo. Puede que, en el fondo, temiese que, al verse de nuevo, todos recordasen el percance, pero no sucedió y se sintió mal por haberles dado largas a sus amigas cada vez que hablaban de ir a comer allí.

―¿Estás bien? ―le preguntó Everard en voz baja, mientras las otras dos discutían sobre el segundo plato.

―Sí.

―No lo parece.

―Estoy bien ―insistió ella―. Es solo que… ―Se llevó la copa a los labios sin llegar a beber―. Es raro ser la única que recuerda algo que los demás no saben ni que pasó.

El genio no contestó enseguida. Cuando lo hizo, había bajado la voz un poco más.

―Lo sé.

Y puede que ella estuviera hablando de sus cosas, pero comprendió que Everard pensaba en sí mismo.

En todos los siglos que llevaba a cuestas, con historias que podía contar tantas veces como quisiera, pero que nadie compartiría con él porque la mayoría de los protagonistas ya estarían muertos.

Alexis le apretó la mano por debajo de la mesa para que supiera que lo había entendido, y para darle ánimos.

A partir del segundo plato, la cena mejoró.

Everard parecía saber qué decir en todo momento para amenizarla sin comprometerse con datos que luego pudiesen crearle problemas.

Como cuando Mae lo interrogó sobre su trabajo y él respondió con algunas frases que no tenían sentido, pero lo hizo con tanto aplomo que su amiga asintió convencida.

―¿Has venido por trabajo? ―le preguntó Nat.