Segundo deseo #2
Alexis se rio. Se rio con ganas, sin que le importase que estuvieran en un banco público y cualquiera los pudiera ver.
Dos oficinistas que pasaban por delante se giraron a mirarla y a ella le dio igual.
Cuando volvió al bufete a las tres, Ace y Robyn todavía no habían regresado.
Aquello le pareció, después de muchos meses, un dato sin la menor importancia.
Esa noche sacó del mueble del pasillo la torre de cajas.
―Otra vez no ―protestó Everard desde el sofá.
―Otra vez sí, porque me destripas todas las películas. Y sin trampas ―le recordó.
―No las he vuelto a hacer desde el primer día.
―Ya, ya.
Empezaron por el dominó, que resultó un desastre, porque el genio calculaba las fichas que le quedaban a Alexis con solo mirarle la cara.
Siguieron con un juego de palabras que guardaba desde hacía años en la caja de abajo.
Aquello sí que fue un espectáculo. Everard colocó en el tablero cuatro términos que Alexis tuvo que buscar en el diccionario del móvil y que estaban todos recogidos, aunque ninguna persona viva los hubiese pronunciado en dos siglos.
―Eso no vale.
―Está en el diccionario.
―¡Está en el diccionario porque lo usabais vosotros!
―Yo no he usado esa palabra en mi vida ―se defendió el genio―. La leí. Hay una diferencia.
―¿Y qué significa?
―Ni idea. Pero puntúa veintiséis.
Alexis le tiró una ficha a la cabeza. Le pasó a través de la sien, rebotó en el respaldo del sofá y aterrizó debajo de la mesa. Los dos miraron el punto donde había desaparecido antes de estallar en carcajadas a la vez.
Entonces, Alexis, mientras Everard recuperaba la ficha y guardaba el juego, comprendió lo bien que le hacía tenerlo en su vida.
Llevaba horas sin acordarse de Ace, que era lo que, con toda probabilidad, el genio pretendía.
Pero, ahora que era consciente de lo mucho que le estaba ayudando, también lo era de que aquello no duraría para siempre.
En tres meses, a lo sumo cuatro, tendría que pedir los deseos que le faltaban y se acabaría todo.
Everard regresaría a la lámpara para buscar a una nueva ama, que le pediría dinero y fama y lo desecharía sin más.
Sin preocuparse por sus inquietudes o lo que él sentía o quería.
Y él lo aceptaría, porque así había sido siempre y porque nunca se le había ocurrido que existiese otra posibilidad.
Pero a ella acababa de ocurrírsele: no merecía unos meses buenos.
Merecía todos los que quisiera y donde le diera la gana.
―Everard.
―Dime.
―¿Hay alguna forma de sacarte de la lámpara?
―Estoy fuera, ¿no?
―Me refiero a liberarte de ella para siempre ―matizó.
El genio dejó de recoger al instante. A Alexis le pareció que la temperatura del salón bajaba un par de grados.
―Alexis.
―Es solo una pregunta.
―No puedo responder a eso.
―¿No puedes o no quieres?
Everard abrió la boca. Alexis vio cómo movía los labios, pero no salió nada de ellos. Ni en aquella ocasión, ni en las otras tres veces que lo intentó. Nunca lo había visto pelearse con nada.
―No puedo ―logró decir al fin―. Esa es la única cosa de la que la lámpara no me deja hablar. Puedo contarte lo que quieras de mis amas, de los deseos, de las normas. De eso no.
―Pero sabes cómo hacerlo.
El genio la miró sin contestar. Ese silencio fue la respuesta más clara que le había dado desde que se conocían.
―Lo sabes ―insistió ella.
―Alexis, déjalo.
―Si lo deseo, ¿funcionaría? ¿Podrías decírmelo entonces?
Everard se puso en pie. Se pasó la mano por la nuca, dio dos pasos hacia la ventana y volvió. Alexis reconoció el gesto, porque era el mismo que le había visto en la barca de Vieques antes de confesarle que llevaba siglos mintiendo a sus amas.
―Escúchame bien ―le pidió―. Te quedan dos deseos porque yo malgasté uno por error.
Tienes una hipoteca que no te deja respirar y un trabajo que no te gusta.
Pídeme una casa con un parque delante o no tener que hacer las tareas de tus compañeros.
Pídeme no volver a estar enferma nunca o viajar gratis a donde quieras por el resto de tus días.
Elige lo que sea y te lo doy ahora mismo, sin discutir.
―Pero es que no quiero nada de eso.
―Sí que lo quieres. Lo que pasa es que eres demasiado buena y crees que no tienes derecho a pedir nada para ti.
―Everard…
―Llevo aquí algo más de tres semanas y nunca le has pedido nada a nadie ―insistió, con voz temblorosa―. Aunque te veas asfixiada, nunca pides ayuda. Y ahora pretendes gastar un deseo que te pertenece, que podría mejorar tu vida, en un simple dato que no te aportará nada.
Ella se levantó también. Le llegaba a la altura del hombro y tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada, pero no la apartó ni un segundo.
―Deseo saber cómo se libera a un genio de su lámpara.
El salón se quedó en silencio.
―Retíralo ―le pidió él en voz baja―. Todavía estás a tiempo. Dime que no era un deseo de verdad y aquí no ha pasado nada.
―Era un deseo de verdad.
―Alexis.
―Es un deseo de verdad ―repitió, para que no le quedase ninguna duda―. Concédemelo.
Everard cerró los ojos un instante. Después hizo lo mismo que aquella noche a la salida de la discoteca, cuando le robó el primero: se inclinó en una reverencia lenta y chasqueó los dedos.
―Tus deseos son órdenes para mí ―murmuró―, ama.
A Alexis le dolió el tono de aquella última palabra. Llevaba semanas sin oírsela y supo que la había elegido a propósito, porque no estaba conforme con lo que había pedido.
Sobre la mesa baja apareció un manuscrito. No era un pergamino antiguo, como habría imaginado ella, sino un cuaderno de hojas cosidas a mano, con los bordes gastados y una cubierta de piel oscura sin título. Alexis lo cogió con cuidado.
―Pensé que me lo contarías tú.
―Te dije que no podía ―le recordó el genio, que se había apartado hasta la ventana―. Tendrás que leerlo tú.
Alexis lo abrió. No reconoció el alfabeto, pero descubrió que lo entendía. Aunque no era capaz de pronunciarlo, en su mente, las palabras sonaban en su propio idioma. «Cosa de magia», pensó, lo que le puso la piel de gallina más que ninguna otra cosa que Everard hubiese hecho delante de ella.
Se sentó en el borde del sofá y leyó.
Un genio puede ser liberado de su lámpara solo si su ama utiliza uno de sus tres deseos para ello.
Este ha de formularse sin esperar nada a cambio. Si la lámpara halla el menor interés propio, no funcionará y el genio permanecerá atado.
Una vez formulado, el efecto es inmediato e irreversible. La lámpara desaparecerá y el genio perderá su magia.
Alexis leyó las tres normas varias veces. Después, cerró el cuaderno y dejó la mano sobre la cubierta, sin levantar la vista, porque necesitaba un momento para asimilarlo todo.
Si de verdad quería liberarlo, ahora más que nunca, debía mantener eso que empezaba a sentir por él en secreto. Necesitaba concienciarse de que lo haría por él, para que pudiera vivir de verdad y elegir cómo hacerlo. Incluso si eso lo alejaba de ella para siempre.
―Everard.
―Dime ―respondió él desde la ventana, sin volverse.
―¿Alguna de tus amas te preguntó sobre esto alguna vez?
El genio se giró por fin. Se apoyó en el alféizar con las manos en los bolsillos y se tomó su tiempo para contestar.
―Las que se interesaron por algo del estilo preguntaban justo lo contrario.
―¿Lo contrario?
―Querían saber cómo conservarme más tiempo, incluso después de los tres deseos. Pero, en cuanto sabían que debían usar un deseo para averiguarlo, dejaban el tema. ―Hizo una breve pausa―. Y tú debiste hacer lo mismo, ricura. Ahora solo te queda un deseo para conseguir lo que quieres.
No había reproche en su voz, solo tristeza, y a Alexis le resultó mucho más duro que si le hubiese gritado.
―Lo siento ―murmuró.
―La única perjudicada has sido tú. ―Everard se separó de la ventana y se acercó a ella―. Nunca lamentes tener un gran corazón, ricura. Aunque en este caso no haya servido de nada.
―¿Tú sabes lo que pone aquí?
―No puedo leerlo. ―Se encogió de hombros―. Tampoco hablar de ello.
Alexis asintió. Se levantó del sofá con el manuscrito en la mano y le dio las buenas noches. Él se las devolvió.
Una vez en su cuarto, guardó el cuaderno en el cajón de la mesita, debajo de la nota que le había escrito Everard aquel primer día en el trabajo y que no quería tirar.
Luego, se metió en la cama, aunque sabía que no lograría dormirse pronto.
Tenía mucho en lo que pensar. Porque, tenía claro que usaría el último deseo para liberarlo, pero necesitaba decidir cuándo sería eso.
Debería haberlo hecho después de leer las reglas; pedir el deseo y acabar con todo. Pero una parte egoísta de sí misma quería disfrutar más tiempo de la compañía del genio. Y eso la hacía sentirse tan mala como las otras amas que solo buscaban conservarlo a su lado para siempre.
―Una semana ―se prometió. A pesar de haber pactado cuatro meses, no lo obligaría a permanecer a su lado tantos días, ahora que sabía cómo sacarlo de la lámpara.
«Una semana».