Segundo deseo
El café ya estaba servido cuando Alexis entró en la cocina. Everard la esperaba junto a la encimera con un paño al hombro que no le hacía ninguna falta y levantó la barbilla a modo de saludo.
―Buenos días ―respondió ella.
Se sentó a la mesa. El silencio que se instaló entre ambos no resultaba incómodo, pero sí era nuevo.
Everard siempre metía alguna pulla para empezar la mañana, pero, en aquella ocasión, no hubo ninguna.
Solo la observaba desde el otro lado de la encimera con atención, algo que Alexis prefirió ignorar.
―He hecho tostadas ―anunció él al fin.
―Gracias, pero no me apetecen.
Chasqueó los dedos. El pan desapareció del plato y en su lugar quedó un cuenco de avena con miel.
―Everard.
―Es sano. Y dicen que sacia mucho.
―Tampoco me apetece.
Otro chasquido y la avena se convirtió en un plato de huevos revueltos que humeaba como si acabase de salir de la sartén.
―Nadie le hace ascos a esto ―aventuró él.
―Normalmente no, pero…
Antes de que pudiese terminar la protesta, los huevos dieron paso a un bol de fruta cortada. Y esta, a un cruasán hojaldrado que soltó escamas sobre el mantel nada más aparecer. El cruasán, a un plato de churros.
―¿No vas a parar? ―preguntó ella.
―No, hasta que comas algo ―repuso el genio―. Y te recuerdo que solo te quedan cuarenta y cinco minutos para llegar al trabajo.
Alexis apoyó la frente en la mano. Sabía que era cierto, porque aquel hombre no había cedido en nada desde que salió de la lámpara, ni siquiera en la ropa que ella escogía para salir de casa.
―Tortitas ―claudicó―. Ponme tortitas y déjame en paz.
Everard chasqueó los dedos por última vez.
En el plato aparecieron tres tortitas apiladas y, encima, dibujada con sirope, una cara sonriente idéntica a la que le había preparado el primer sábado, cuando ella todavía creía que se había vuelto loca.
La reconoció al momento y supo que la había hecho a propósito, porque el genio no repetía nada por casualidad. Se le escapó una sonrisa.
―Come ―le pidió con suavidad―. Luego ya te enfadas conmigo si quieres.
―No estoy enfadada ―dijo, antes de empezar a comer.
Estaban buenas, cómo no, y con cada bocado se sentía un poco peor.
No era culpa del desayuno, sino del hecho de que un hombre hubiese pasado media hora buscando algo que le apeteciera a una mujer que ni siquiera le había dado los buenos días con ganas.
Nadie se había molestado nunca tanto por ella.
Y mucho menos Ace, que llevaba años sin aprenderse su nombre, o cualquiera de los que habían pasado por su vida antes que él.
Pero, para su desgracia, el único que lo hacía tenía fecha de caducidad.
No, no estaba enfadada con él. Estaba enfadada consigo misma por desear algo que no podía tener ni con la magia de la lámpara.
―Están muy buenas ―reconoció.
―Lo sé.
―Podrías fingir modestia alguna vez.
―Podría, pero no quiero ―señaló él con esa sonrisa canalla que tanto le gustaba poner―. Además, hemos quedado en ser sinceros el uno con el otro, ¿no?
Alexis dejó el tenedor en el plato con cuidado y levantó los ojos hacia el techo en una señal de hastío, con lo que se ganó otra sonrisa bravucona del genio. Después se levantó y fue a por el abrigo, porque le pareció más sencillo que responder a eso.
Colgó el abrigo, encendió el ordenador y sacó del bolso la agenda del señor Harlow, que había vuelto a cuadrar en casa la noche anterior por unas citas de última hora que le había agregado dos minutos antes de su hora de salida.
―Buenos días, Alexia.
Ace pasó por delante del mostrador con el maletín en una mano y el móvil en la otra. Le guiñó un ojo sin detener el paso y, para cuando Alexis abrió la boca, el abogado ya doblaba el pasillo.
―Alexis ―dijo de todos modos, para nadie, decepcionada.
Se había convencido de que esa mañana se pararía en el mostrador para hablar con ella o para invitarla a comer de nuevo.
O quizá, incluso, para pedirle una cita más formal.
A pesar de lo que le había dicho Everard, no había podido apartar la esperanza de que se equivocase con él.
O puede que solo se aferrase a un sueño del pasado para no pensar en el futuro que no podría tener nunca.
―Basta de autocompadecerse. ―Se colocó bien el cuello de la camisa y atendió al primer cliente que cruzó la puerta.
Y así pasó la mañana, entre clientes e informes.
Hasta que llegó la hora de la comida y vio a Ace salir del despacho con el abrigo puesto.
Venía directo a recepción, caminando con seguridad.
Alexis notó cómo se le aceleraba el pulso.
Sin embargo, Robyn se cruzó en su camino, con el bolso ya al hombro.
―Estaba a punto de bajar ―le dijo―. ¿Comemos juntos? Tengo que contarte lo del expediente Marsh y no me apetece hacerlo por correo.
―Claro ―aceptó él, sin vacilar.
Alexis bajó la vista al teclado y fingió que revisaba una cita. No quería que ninguno de los dos le viese la cara de tonta que se le debía haber quedado.
―Alexa.
Alzó la cabeza.
―Vente con nosotros. Invito yo.
Robyn no dijo nada, aunque la mirada que le lanzó dejó claro que no la quería allí.
―No puedo ―se excusó Alexis, mientras el gesto de Robyn cambiaba a una sonrisa triunfal―. Tengo mucho trabajo.
―Tú te lo pierdes.
No insistió, tampoco pareció que le disgustase no poder comer con ella de nuevo.
Solo salió con Robyn colgada del brazo y una sonrisa como la que había puesto después de hablar con ella por teléfono el día anterior.
Estaba claro que Ace elegiría a Robyn en primer lugar siempre.
Y, aunque creía que tendría que estar destrozada por tal descubrimiento, en realidad, sintió un alivio que no supo cómo gestionar.
El banco de siempre estaba libre. Alexis se sentó y se apoyó el táper en las rodillas, pero no llegó a abrirlo, porque Everard se materializó a su lado con dos vasos de cartón y un paquete de papel.
―Es de la pastelería de tu calle ―explicó―. He tenido que hacer cola como todo el mundo. Casi cuarenta minutos.
―Podías haber chasqueado los dedos.
―Tú siempre dices que tengo que vivir la experiencia completa, así que eso he hecho. Lo que ha incluido a una señora que se me ha colado delante y a la que no he dicho nada porque sentí que tú me criticarías si lo hiciera.
A Alexis se le escapó la primera sonrisa del día.
―Si no me lo hubieses contado, no lo habría sabido.
―Pero mi conciencia no me dejaría en paz hasta confesártelo. ―Le tendió uno de los vasos.
―Gracias.
―¿Sigues molesta conmigo? ―quiso saber el genio.
―¿Qué?
―Por lo de Ace. Lo que te dije en casa.
―No estoy enfadada contigo, Everard. Es solo que… ―suspiró―. Tenías razón.
―Siempre la tengo ―dijo con ese engreimiento suyo de siempre, que la hizo sonreír―. Pero ¿en serio te molesta eso? Ya deberías estar acostumbrada.
―Lo que me molesta es no saber elegir mejor. O… ―le costaba confesar esa parte― conformarme con menos de lo que merezco.
―El primer paso para cambiar algo es reconocer que existe ese problema.
Alexis abrió el paquete en lugar de contestar. Dentro había dos tartaletas de nata y fresa, las mismas que le había dado a probar semanas atrás. Sus favoritas. Una vez más, Everard sabía cómo hacerla sentir especial.
―Ha ido a comer con Robyn ―admitió al final―. Él venía hacia mí, pero ella se adelantó. Y, bueno, me invitó a ir con ellos, pero…
―Pero lo que yo te dije anoche te afectó. ―Había pesar en su voz, como si se culpase por haberle causado ese disgusto.
―Si tanto le interesaba yo, le habría dicho que no a ella. ―Miró hacia el suelo―. No quiero ser el reemplazo por si le falla la primera opción.
―¿Y por qué no te noto tan convencida?
Alexis se limitó a encogerse de hombros. Luego, comió el postre que le había llevado. El genio dio un mordisco a su tartaleta, masticó despacio y señaló con la barbilla a un hombre de traje que hablaba por teléfono junto a la fuente.
―Ese acaba de mentirle a su jefe.
―No empieces.
―Le ha dicho que está en un atasco para poder llegar más tarde y ahorrarse un tiempo en el trabajo ―le aseguró―. Y esa mujer del carrito ―continuó― lleva tres semanas sin dormir más de dos horas seguidas. Ha venido al parque porque el niño solo se calla con el ruido de fuera.
―Everard.
―¿Qué?
―Eso lo sabes de verdad, ¿no? ―Lo miró―. Como lo de aquellos tres de la calle. No te lo estás inventando.
El genio dejó la tartaleta a medias sobre el papel. Tardó en responder. Cuando lo hizo, había perdido la sorna.
―Veo lo que le pesa a la gente ―le confesó―. No sus vidas enteras, ni sus pensamientos. Solo lo que los hace desdichados. Así funciona la lámpara. Ya sabes que no la encuentra cualquiera, sino quien más la necesita. Y yo lo noto.
Alexis se quedó muy quieta con el vaso entre las manos.
―Entonces, cuando me encontraste a mí…
―Cuando me encontraste tú ―la corrigió―. Yo no elijo, ricura. La lámpara lo hace. Y sí, aquella noche tu dolor era tan intenso que noté el tirón antes de que llegases al puente.
Se le cerró la garganta al oírlo. Se acordó de sí misma en el barro, con el tacón roto, convencida de que aquel era el peor día de su vida.
Y ahora estaba en un banco del parque, con su postre favorito en la mano, porque un hombre había esperado cuarenta minutos en una cola sin ninguna necesidad de hacerlo.
―Ya no me siento así ―dijo.
―Lo sé. ―El genio sonrió―. Se te nota hasta en cómo andas. Aunque sigues vistiéndote fatal.
―Tenías que decirlo ―protestó.
―Prometimos ser sinceros, ¿recuerdas? ―se carcajeó él.
―No visto tan mal.
―Porque tú lo digas. Tengo siglos de experiencia, ricura.
―Que seas más viejo que yo no te convierte en más sabio, Everard.
―¿Viejo? ―Fingió ofenderse―. ¿A quién llamas tú viejo?