Una cita informal con Ace #3
―Entonces dime cuál es.
―¡Que ninguno te vale! ―Alexis levantó las manos, frustrada―. Llevas tres semanas en mi vida y ya has decidido que todos los hombres de esta ciudad son idiotas. A este paso me quedo sola.
―Eso no es cierto.
Alexis se dejó caer en el sofá y se pasó las manos por la cara. Estaba cansada y, por desgracia, no tenía nada que ver con la hora que era.
―No es justo ―murmuró―. Ace por fin se fija en mí y me invita a comer. Me asegura que lo de Robyn solo fue algo pasajero. Ahora tengo posibilidades reales con él… Y dices que no es suficiente. ¿Esperabas perfección? Pues que sepas que nadie es perfecto.
―No espero que lo sea.
―¿Entonces qué? ―Levantó la cabeza para mirarlo―. ¿Qué tiene que hacer un hombre para que a ti te parezca suficiente?
Everard no contestó enseguida. Rodeó el sofá despacio y se sentó en el otro extremo, de lado, con un brazo apoyado en el respaldo. Seguía tan serio que sintió la necesidad de abrazarse para protegerse de su intensa mirada.
―Que te elija ―respondió.
―¿Qué?
―Ya te lo dije hace tiempo, Alexis. El hombre que quiera estar contigo tiene que elegirte a ti por encima del resto. Tienes que ser la primera y no el reemplazo cuando la otra le dice que no. O cuando cree que serás una conquista fácil.
―Ace no…
―Se besó con ella en un bar delante de ti ―continuó él, sin subir la voz―.
Y los pillaste en su despacho unos días antes de que te invitase a comer.
¡A saber las veces que habrán hecho eso mismo en el trabajo!
No lo digo para hacerte daño, sino porque llevas años viéndolo cada día y él siempre te ha ignorado.
Hasta que aparecí yo. Entonces, decidió que no le gustaba que otro se llevase lo que creía que era suyo.
Alexis apretó los labios.
―En la comida se levantó de la mesa y te dejó sola porque ella lo llamó. Y, cuando volvió, terminó la cita con prisa.
―Tenía que volver al trabajo.
―¿Justo después de su llamada? ¿Viste la cara que tenía ella? Esos dos estarán ahora mismo echando un polvo de reconciliación.
―¡Everard! ―protestó.
―No lo digo para hacerte daño ―repitió―.
Solo quiero que abras los ojos. Un hombre que no te elija en primer lugar nunca será suficientemente bueno para ti, Alexis.
Da igual lo simpático que sea o si te trae café, paga la cuenta o se ríe con tus bromas.
Y da igual lo guapo que te parezca, porque un hombre que no se ha aprendido tu nombre en años no te merece.
―Eso no es…
―Alexa. Alexia. ¿Cuántas veces has tenido que corregirlo? ¿Cuántas más lo dirá mal?
Alexis abrió la boca. Luego la cerró. No había nada que rebatir ahí. Aunque le pesase, Everard tenía razón. Solo que ella no estaba preparada para aceptarlo todavía.
―Es tarde ―soltó al fin―. Ha sido un día muy largo y no he dormido bien. Me voy a la cama.
―Alexis.
―Estoy muy cansada, Everard.
Él la observó durante un segundo largo, antes de ponerse en pie. Se acercó a ella y le acarició la mejilla con una ternura que casi logró hacerla llorar.
―Encontrarás al hombre correcto ―susurró.
―¿Y si me equivoco otra vez?
―No lo harás. ―La acarició de nuevo―. Confío en ti, Alexis. Cuando llegue el momento, sabrás que es él.
Una idea descabellada se le pasó por la cabeza, pero la descartó tan rápido como llegó. Incluso si pasase algo entre ellos, la historia estaba destinada al fracaso. Él era un genio y se marcharía en cuanto pronunciase sus deseos. Mejor no pensarlo siquiera.
―Buenas noches ―le dijo.
―Buenas noches, ricura.
Alexis recorrió el pasillo, entró en su cuarto y cerró la puerta con mucho cuidado. Se sentó en el borde de la cama, a oscuras.
«Un hombre que te elija en primer lugar». Everard tenía razón. Y, por más que le doliese, para Ace había sido la segunda opción. Un entretenimiento mientras Robyn no lo reclamaba. Se lo había demostrado con aquella llamada.
Se tumbó de espaldas para mirar al techo y su mente le trajo de nuevo aquel peligroso pensamiento.
Porque, desde hacía tres semanas, Everard había estado ahí para ella, incluso cuando le pedía que no lo hiciera.
Le había mostrado las maravillas de la naturaleza, la había hecho reír, y también enfadar, pero, sobre todo, no había tenido que esperar turno cuando lo necesitaba.
Él siempre estaba ahí. Y puede que la cuidase para que pidiese los tres deseos, como le había dicho el primer día, pero Alexis creía que había algo más.
Al menos, esperaba que la considerase una amiga.
―¿Tú me elegirías, Everard? ―susurró, antes de cerrar los ojos e intentar dormir.
En el salón, el genio permaneció inmóvil durante varios minutos, sin decidirse a ir a su cuarto.
El primero que había tenido en toda su vida, aparte de la lámpara.
Le debía muchas cosas a Alexis y quería que encontrase la felicidad.
Tanto si era sola como con alguien. Aun así, había un deseo oculto tras sus intentos de sabotear a cada hombre que se le acercase y es que ninguno la merecía.
Si no le ofrecían el mundo entero, para él, esa persona no valdría nada.