Una cita informal con Ace #2
―Oye. ―Se apoyó en el borde del mostrador, con esa seguridad que solo los buenos abogados parecían dominar―. ¿Puedo decirte una cosa?
―Claro. ―Odiaba no poder hablar con algo más que monosílabos, pero delante de Ace siempre se trababa y no quería pasar más vergüenza.
―Tú y yo nos hemos ignorado demasiado tiempo. ―Alexis intentó decir algo, pero Ace no se lo permitió―. Pero creo que sé por qué.
―¿Ah, sí?
―Es por Robyn ―sentenció―. Piensas que estamos juntos.
Alexis se quedó callada. Después de verlos aquella noche en el bar, de todas las veces en que habían ido a comer juntos y de haberlos pillado en su despacho la semana anterior, no era tan descabellado pensar eso. Además, Robyn no dejaba de restregárselo por la cara en cada ocasión que tenía.
―No es asunto mío ―contestó al final.
―No estamos juntos ―zanjó él―. Nunca lo hemos estado, en realidad. Solo ha sido algo pasajero, pero nada más. Lo que pasa es que a ella le divierte que la gente piense lo contrario. Se lo he dicho mil veces y le da igual.
―Ah.
―«Ah» ―repitió Ace con una sonrisa―. Semanas de malentendido resueltos con un «ah».
―Es que no sé qué decir.
―Di que sí. ―Se inclinó un poco hacia ella―. Vayamos a comer juntos. Algo informal para ir conociéndonos.
Alexis sonrió, sin saber qué respuesta darle.
Llevaba años soñando con este momento, debería estar pletórica de felicidad, pero en su pecho solo encontró angustia.
¿Por qué? Aquello era lo que siempre había querido: que Ace Coleman se fijase en ella.
Esa comida informal podría ser el inicio de su relación, del matrimonio con hijos que había esperado conseguir con él.
―Vale.
―¿Vale?
―Vale. Comamos.
―A las dos ―le propuso Ace―. Hay un italiano ahí al lado que está muy bien. Te va a encantar, Alexa.
―Alexis ―lo corrigió.
―Eso he dicho. ―Se alejó por el pasillo con el maletín en la mano.
Alexis trató de ignorar el hecho de que, una vez más, había pronunciado mal su nombre y se concentró en eliminar los nervios que le revoloteaban por el estómago.
Si quería que aquello funcionase, necesitaba poder hablar con él más de dos palabras sin parecer estúpida.
Era su oportunidad para impresionarlo y no podía fallar.
La mañana se pasó entre llamadas y clientes.
Y, aunque había esperado que Everard regresase siendo etéreo, en realidad, no lo vio en ningún momento.
Quizá le había hecho caso y había aprovechado para ver la ciudad por su cuenta.
Quizá ninguna de sus otras amas se lo había permitido y pensar en eso la entristeció.
Tener vida eterna, pero no poder disponer de ella a tu antojo debía de ser horrible.
El famoso italiano tenía manteles de papel y una carta plastificada con fotos de los platos. Pero estaba abarrotado, así que Alexis supuso que la comida sería buena, a pesar de que a primera vista el local no fuese tan espectacular.
Llegó un poco tarde porque había esperado como tonta a un Ace que había decidido irse antes sin avisarla.
―Te he pedido la lasaña ―le anunció este, muy contento, cuando ella se sentó enfrente de él en la mesa que había ocupado―. Es lo mejor que tienen.
―Ni siquiera te ha preguntado qué querías.
Alexis dio un respingo tan brusco que la silla chirrió contra el suelo. Everard estaba de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados y la vista clavada en Ace. Solo ella podía verlo.
―¿Estás bien? ―preguntó Ace.
―Sí, sí. Es que… la silla está coja.
―¿Quieres que la cambiemos?
―No hace falta.
Everard se sentó en el sitio vacío, a su lado, lo que le dijo a Alexis que aquella comida no sería tranquila y que lo de intentar darse a conocer a Ace se complicaría bastante.
―¿Qué haces aquí? ―musitó Alexis detrás de la servilleta.
―¿Decías algo? ―preguntó Ace.
―Que todo tiene muy buena pinta.
―¿Verdad? Es por el horno. Es de leña.
―En realidad tienen una placa eléctrica ―le informó Everard―. Lo del horno es de pega, para subir el caché. Algo que, por otra parte, nadie se creería. Este lugar es un poco cutre.
Alexis bebió agua para no contestar, aunque se moría de ganas de decirle que las apariencias no lo eran todo.
―Cuéntame algo de ti, Alexa.
―Alexis ―lo corrigió.
―Eso he dicho.
Y, aunque le había pedido que le hablase de ella, al final la conversación giró en torno a él y a su labor como abogado.
Alexis lo escuchó, más por el hecho de que así no tenía que hablar, o tartamudear, que porque le interesase lo que decía.
Los casos que atendía no eran tan llamativos como para captar la atención de nadie.
―No es para nada egocéntrico ―dijo Everard en algún momento de la comida, aburrido de oírlo hablar de sí mismo todo el rato―. Me pregunto cuántos casos habrá perdido. Porque dudo que los haya ganado todos.
―Es un gran abogado ―susurró ella.
―Sí, lo soy. ―Ace la había escuchado y pensó que lo estaba alabando.
―Se ha mirado en el reflejo del cristal ―informó Everard―. Con esta ya van tres veces.
Alexis bebió agua para controlar la lengua porque estaba deseando sacar de allí al genio. Si comer con Ace ya la ponía nerviosa, temer que Everard pudiese ponerlo otra vez en ridículo de alguna forma era incluso peor.
―Ahora te va a contar lo del máster.
―… y claro, cuando hice el máster, fue una locura porque trabajaba por las mañanas…
Alexis tosió. En esta ocasión, para disimular una risa, por la cara que había puesto Everard cuando acertó.
―¿Estás bien? ―se interesó Ace.
―Sí. El agua se me ha ido por otro lado.
―Deberías beber con más cuidado, Alexa.
―Sí, Alexa ―terció Everard, equivocando su nombre a propósito―. Bebe con más cuidado. Si te mueres, no podrá terminar de contarte la anécdota del máster.
Ella le lanzó una patada por debajo de la mesa sin recordar que no era sólido y golpeó la pata, por lo que las copas sobre ella temblaron.
―¡Perdón! ―Alexis se puso roja―. Me desequilibró la silla coja.
―Te dije que la cambiásemos ―rio Ace.
―No importa.
―Claro que importa. Algo que está defectuoso no sirve. Hay que desecharlo.
El comentario la disgustó más de lo que esperaba y prefirió no continuar con esa conversación. Pero tampoco tuvo tiempo de pensar en otro tema, porque Ace siguió hablando del máster.
―Solo piensa en sí mismo ―insistió Everard―. ¿Por qué siempre te juntas con estúpidos y egoístas? Te mereces a alguien mucho mejor.
Alexis dejó el tenedor con mucho cuidado, para no hacer ruido y, sobre todo, para tratar de controlar las lágrimas que casi se le escaparon por lo que había dicho el genio. Por suerte para ella, el móvil de Ace vibró sobre el mantel, así que pudo disimular mejor.
Ace le dio la vuelta con dos dedos, miró la pantalla y se le escapó una sonrisa antes de terminar de leer el nombre.
―Perdona un segundo. Es Robyn. Será por lo del informe.
―Claro.
―Vuelvo enseguida.
Se levantó, se llevó el teléfono a la oreja y salió a la calle para oír mejor. Alexis lo observó a través del cristal, de espaldas, con una mano en la nuca. Después, cuando se giró de perfil, pudo ver que reía.
―Es trabajo ―se adelantó Alexis.
―Yo no he abierto la boca.
―Pero estabas a punto de hacerlo. ―Lo miró de forma acusatoria, solo un segundo para no levantar sospechas.
Everard no añadió nada más, pero Alexis sabía lo que pensaba: una vez más, Robyn había ganado. Poco importaba que, tras unos minutos, Ace regresase con ella, pues le sugirió pedir ya el café y pagar la cuenta. Tenía que regresar al bufete antes de terminar la hora de descanso.
Ace pagó antes de que a ella le diera tiempo a sacar la cartera.
También le sostuvo la puerta al salir. Alexis se lo agradeció en ambas ocasiones, aunque la ilusión de salir con él se había apagado un poco tras aquella llamada.
No solo eso, sino también la conversación, pues no volvieron a hablar.
La «magia» que había esperado sentir con él se había roto por completo.
―Al menos, ha pagado él la cuenta de ambos ―comentó Everard.
―Es suficiente ―lo reprendió ella.
―¿Qué dices?
―Que he comido suficiente para el resto del día ―aventuró, nerviosa.
―Pero si te has dejado la mitad de la comida ―rio Ace―. Sé que intimido un poco, pero no tienes que aparentar delante de mí, Alexia.
―Ni siquiera sabe cómo te llamas. ―El genio parecía cada vez más molesto―. Este hombre no te conviene.
―Yo no… Alexis. ―Trató de ignorar lo que decía Everard, mientras se concentraba en Ace.
―Eso he dicho.
Volvieron andando al bufete, uno al lado del otro. Robyn estaba allí cuando entraron, con cara de enfado y con una promesa de represalias en la mirada que le lanzó a Alexis. Esta no hizo nada, solo estaba deseando que acabase el día.
Everard se quedó con ella el resto del día, pero no dijo nada, algo que ella le agradeció porque no le apetecía hablar. Sin embargo, al llegar a casa, supo que tenían una conversación pendiente.
―Venga, dilo ya ―le pidió nada más entrar en la casa.
―¿Que diga qué?
―Lo que llevas toda la tarde callando. Prefiero que lo sueltes de una vez a que me mires con esa cara.
―Te miro con la que tengo.
―Sabes que no ―replicó ella, que se quitó el abrigo con más energía de la necesaria.
Everard se materializó del todo en mitad del salón para apoyarse en el respaldo del sofá.
―La comida ha sido un desastre ―dijo, entonces.
―Ha estado bien.
―Ha sido un desastre y lo sabes.
―Ha ido bien. Hemos hablado, hemos…
―No, Alexis ―la interrumpió―. Él ha hablado. De sí mismo, todo el rato. Y, luego, cuando Robyn lo llamó, te dejó sola en la mesa.
―Era por trabajo.
―Y lo peor no es eso ―continuó él―. Lo peor es que regresó con una sonrisa en la cara que ni una sola vez te dedicó a ti en el tiempo que pasasteis juntos en el restaurante.
Era la primera vez que se ponía así con ella, pero Alexis no estaba dispuesta a admitir que tenía razón. También ella lo había notado, por desgracia.
―Es increíble ―le soltó ella, en cambio―. A ti es imposible contentarte, ¿no? Con Max pasó lo mismo. Según tú, no me convenía porque solo buscaba una noche de sexo fácil.
―Y la buscaba.
―A lo mejor yo también quería solo eso.
―¿En serio?
―¡Esa no es la cuestión!