Una cita informal con Ace
El lunes empezó con un Everard sólido sentado a la mesa de la cocina, con los codos apoyados en ella y una taza entre las manos. Alexis se detuvo en la puerta con el pelo revuelto y los ojos a medio abrir, y tardó varios segundos en recordar que, a partir de ahora, tenía un compañero de piso real.
―Buenos días, ricura.
―Buenos días. ―Se acercó a la encimera para servirse un café―. Creo que tardaré en acostumbrarme a verte así por la mañana.
―¿Así cómo?
―Así… ―Hizo un gesto vago con la mano―. Tan corpóreo.
―Tiene sus ventajas.
Se sentó frente a él y bebió un sorbo.
―Cierto. Como que ya no me vayan a llamar loca por hablar sola ―bromeó.
―Yo pensaba más bien en algo como que ahora podré incomodarte delante de los demás. Ya no te servirá que finjas no haberme escuchado.
Aunque lo había dicho para hacerla reír, Alexis vio el trasfondo de aquello y se sintió mal por todas las veces en que Everard solo había podido hablar con sus amas. Aquella debía de haber sido una existencia muy triste y reducida.
―Y yo que pensaba que ahora te comportarías… ―continuó la gracia, a pesar de todo, pero cambió de tema―. ¿Qué tal la habitación de invitados?
―Aceptable, ahora que se puede caminar por ella. Deberías replantearte tu relación con las cajas vacías.
―Las guardo por si acaso.
―¿Por si acaso qué?
―Por si acaso algún día necesito una caja.
―Había catorce ahí dentro, Alexis.
―Por si acaso un día necesito catorce. ―Se encogió de hombros.
Everard se rio y ella se escondió detrás de la taza para que no viese su sonrisa de satisfacción. Después miró el reloj de la pared y se levantó de golpe.
―Me voy a duchar o llegaré tarde.
―Voy contigo.
Alexis se quedó parada a medio camino del pasillo.
―¿Qué?
―Al bufete ―aclaró él, con falsa inocencia―. No a la ducha. Aunque, si insistes…
―Ni en sueños. ―Se puso colorada de todas formas―. Y no puedes venir al bufete.
―¿Por qué no?
―Porque ahora te verían todos.
―¿Y eso es malo, por?
―Porque acabas de decir que me quieres incomodar delante de la gente. Mi trabajo es importante, así que no me arriesgaré.
―Eso lo dije en broma. No haré nada que te perjudique, Alexis. Estoy aquí para cumplir tus deseos.
Y aunque lo había entendido a la primera, no pudo evitar que su mente se fuera por otro lado cuando Everard habló de sus deseos.
«Deja de pensar en eso, Alexis. Ni se te ocurra».
Después de lo que le había confesado la noche anterior, lo último que quería ella era imaginarlos a ambos en la cama.
El genio era un hombre atractivo y tenía un cuerpo de infarto, el sueño de cualquier mujer, pero ella no lo cosificaría como habían hecho las demás amas.
―Pues mi deseo es que te quedes en casa.
―¿Es un deseo de verdad? ―preguntó, con los dedos alzados.
―No ―se apresuró a negarlo―. No es de esos deseos. Es una petición que espero que cumplas.
Everard guardó silencio, sin apartar la vista de ella, mientras pensaba en lo que le había dicho. Alexis esperó su veredicto, incluso si eso la retrasaba.
―¿Puedo acompañarte hasta allí, al menos?
―De acuerdo. Pero te vas en cuanto lleguemos ―le advirtió antes de meterse en el baño. Si no se duchaba ya, llegaría tarde.
Su coche todavía estaba en el taller, así que se subieron en el autobús, incluso si Everard insistió en que podían llegar al bufete con un chasquido de dedos.
―Se supone que estos meses que pasaremos juntos son para que vivas la experiencia completa de una persona ―le recordó Alexis―. Así que deberías olvidarte de la magia por un tiempo.
―De acuerdo. Pero esto parece muy aburrido.
―La gente aprovecha para leer o escuchar música ―le sugirió.
―O dormir ―añadió él al ver a un señor con los ojos cerrados, que soltaba pequeños ronquidos de vez en cuando.
―A mí me preocupa pasarme de parada. El día que nos conocimos, me pasó eso mismo y tuve que caminar bajo la lluvia para llegar a casa.
―La desesperación hizo que encontrases la lámpara ―constató el genio―, deberías sentirte feliz por ello.
―Sí, claro. También me regaló tremendo resfriado.
―Pero tenías a un genio atractivo para cuidarte. Aunque me lo pusiste difícil al prohibirme entrar en tu cuarto. ―La miró con el ceño fruncido.
―En aquel momento creía que eras producto de mi imaginación. ―Se encogió de hombros.
Alexis puso música en el móvil y le pasó un audífono para que escuchase también él.
Por una vez, Everard no dijo nada. Ni protestó ni cambió el estilo con un chasquido de dedos.
Alexis se sintió orgullosa de que, al menos, en cuestión de música, el genio no la criticase. No como con la ropa que se ponía.
―Nos bajamos aquí ―señaló, al llegar a la parada.
Caminaron en silencio hacia el edificio del bufete, pero Alexis iba pensando en qué decirle a Everard para que se fuera a casa sin armar un escándalo por no dejarlo pasar al interior.
Una cosa era que nadie lo viese allí, que ya la incomodaba bastante, y otra tener a un hombre de carne y hueso al lado mientras trabajaba. Eso era de todo menos profesional.
―Te acompaño adentro ―se le adelantó él―. Y nos despedimos una vez estés en tu puesto.
―¿Por qué no nos despedimos en la puerta y entro sola? ―sugirió.
―Porque eso no sería muy caballeroso por mi parte.
―No me molesta que…
―Pero a mí sí. Además, quiero vivir la experiencia completa.
Alexis no pudo rebatirlo porque, durante el viaje en bus, ella misma había usado esas palabras para justificar que no emplease la magia para llegar antes al trabajo.
Robyn fue la primera en verlos y le dio un buen repaso a Everard. Aunque Alexis hubiera preferido que el genio se quedase fuera, al notar la envidia en el rostro de su compañera, se alegró de que hubiese entrado.
―Buenos días. ―Robyn se acercó a ellos e ignoró a Alexis con descaro―. ¿Un nuevo cliente? Robyn Minnet. Un placer.
Everard le tendió la mano por cortesía, pero la retiró mucho antes de que la mujer pudiese admirar la suavidad de su piel.
Alexis, por su parte, decidió encender el ordenador y fingir que no estaba atenta a su intercambio, o que no le molestaba que Robyn pretendiese coquetear con el genio ante sus narices.
¿Es que tenía que ir a por cualquier hombre que se acercase a ella?
―Si me dice qué necesita, yo podría conseguirle una cita hoy mismo con uno de los socios principales del bufete, señor…
―Tenía entendido que era Alexis la que se encargaba de la agenda por ti ―respondió Everard sin darle su nombre, como había pretendido ella que hiciera.
―¿Eso te dijo? ―Robyn se enderezó―. Bueno, ella me ayuda con algunas cosas.
―¡Ah! Te ayuda.
―Es una recepcionista muy competente.
―Estoy seguro. ―Everard ladeó la cabeza―. Solo que, cuando alguien ayuda, suele ser con algo puntual, no que te hagan todo el trabajo y tú solo te beneficies.
Alexis dejó de teclear, sin atreverse a levantar la cabeza.
Le ardían las orejas después de lo que había dicho Everard, pero no se decidía sobre si eso había sido lo mejor o lo peor que le había pasado en aquel mostrador en todo el tiempo que llevaba trabajando allí.
Nadie la había defendido de esa forma nunca. Nadie se había preocupado por ella.
Robyn tardó un poco en recomponer la sonrisa.
―Bueno, no ha sido decisión mía, así que no puedo hacer nada al respecto. ―La voz le había subido medio tono mientras se justificaba―. Pero no importa. Dime, ¿vienes por algún asunto en concreto o…?
―He venido a acompañar a Alexis. Nada más.
Robyn miró entonces al mostrador, como si acabase de recordar que allí había alguien más. Después volvió al genio.
―¿A acompañarla? ―Elevó una ceja―. ¿Estáis juntos?
Everard no contestó. Miró hacia Alexis, como si esperara que ella decidiese qué tipo de relación había entre ellos.
―Es un amigo de la familia. Ha venido a pasar unos días a la ciudad.
―Sí ―admitió él―. Me quedo en casa de Alexis. Ha sido muy amable al acogerme y le compensaré con lo que ella desee.
Las mejillas de Alexis podrían incendiar el edificio entero como ese hombre siguiese hablando así. Sabía que lo había dicho con segundas intenciones, para molestar a Robyn, pero ella temía que la metiese en más líos con la mujer, así que decidió terminar con aquello.
―De todas formas, ya te ibas, ¿verdad? ―Lo miró, con la esperanza de que le hiciese caso.
Sin embargo, antes de que nadie pudiese decir nada, Ace Coleman, que había oído la última parte de la conversación, se acercó y le tendió la mano a Everard.
―Ace Coleman.
Se dieron la mano. Alexis vio cómo Ace apretaba un poco más de lo necesario y cómo el genio no se daba por enterado.
―¿Trabajas en el sector? ―preguntó Ace.
―No. Como he dicho, solo he venido a acompañar a Alexis. ―Ace pretendía añadir algo más, pero Everard le dio la espalda―. Bueno, yo me voy. Hasta luego, ricura.
Y se marchó hacia la puerta de cristal sin despedirse de nadie más. Robyn, que seguía junto al mostrador, cruzó los brazos e hizo un gesto de disgusto que no se molestó en disimular.
―«Ricura» ―repitió.
―Es un mote que me puso hace tiempo.
―Ya.
―Es mayor de lo que parece.
―Seguro. ―Robyn recogió su carpeta del mostrador―. Espero, Gardner, que tengas la agenda del señor Harlow lista.
―Se la entregaré en cuanto llegue.
―Más te vale.
Se fue por el pasillo con la barbilla muy alta y sin mirar hacia Ace, que tampoco se había ido todavía. Alexis tenía la sensación de haber ganado algo, pero también le preocupaba que fuese a pagar por ello más tarde.
―Así que un amigo de la familia.
―Sí.
―¿De la tuya?
―Sí. ―Que Ace la mirase de aquella forma la ponía más nerviosa de lo que ya estaba cuando entró en el edificio.
―¿Cuánto tiempo lleváis siendo amigos?
―¿Necesitas algo?
―¿Se quedará mucho tiempo en tu casa? ―Ace ignoró su pregunta y continuó con el interrogatorio.
―El que quiera.
―Ya. ―Ace asintió despacio. Después empujó el vaso de café hacia ella―. Para ti. Está recién hecho. Yo ya me he tomado uno.
Alexis paseó la mirada entre el vaso y Ace, sin saber cómo tomarse aquel detalle. Nunca antes se había fijado en ella y mucho menos le había llevado algo de beber. ¿Qué estaba pasando?
―Gracias ―susurró.