Tres deseos Confesiones a medianoche #3
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Confesiones a medianoche #3

La brisa se había levantado. La superficie de la bahía se encendía sola en pequeñas olas azules.

Pero ninguno de los dos le prestaba atención ya.

Everard se sumió en los recuerdos y Alexis se quedó callada un buen rato, con todo lo que le había confesado el genio en la cabeza.

La barca giró despacio sobre sí misma sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo.

―¿Por qué me lo has contado ahora?

―Porque me felicitaste por aguantar tanto tiempo. Ha sido como hacerlo por mentirte ―respondió con pena.

―¿Solo por eso?

―Si fuera solo por eso, habría fingido que era por el lugar en el que estamos o por cualquier otra cosa que lo justificase. Lo cierto es que quería contártelo desde hace un tiempo, pero no sabía cómo sacar el tema sin que te enfadases por haberte mentido al respecto.

Ella bajó la vista. Era probable que se hubiese enfadado con él por mentirle con cualquier otra cosa, pero aquello…

Saber por todo lo que había tenido que pasar, lo que lo había llevado a mentir, solo para encontrar cierta seguridad…

lo entendía. Si ella estuviese en su lugar, habría hecho lo mismo.

―Sabes que yo nunca…

―Lo sé.

―Ni se me había pasado por la cabeza.

―Eso también lo sé. Lo supe a los pocos días.

―Cogió los remos, dispuesto a volver a la orilla―.

Por eso te lo he contado. Contigo no me hace falta mentir.

Te has preocupado por mí, por mi bienestar, más que por lo que yo pueda hacer por ti.

Y pretendes alargar el tiempo entre deseos, no porque quieras satisfacer tu apetito sexual conmigo, sino porque pretendes que tenga experiencias terrenales reales.

Y eso significa mucho para mí. No quiero mentirte.

―¿Lo has hecho en otras cosas?

―No.

Alexis lo miró un momento, con desconfianza, pero decidió creerlo porque no vio engaño en sus ojos. Claro que le habría mentido en pequeñas cosas, como que no le obligaría a usar el bikini que tenía puesto en ese momento, pero no en algo importante como con lo de materializarse.

―Vale.

―¿Un «vale» y ya está?

―Sí. Ya está. ―Volvió a meter la mano en el agua, mientras Everard remaba hacia el punto de partida, donde se habían quedado las sandalias―. Me ha dolido un poco, no diré que no. Pero más que nada en el orgullo. Me he sentido idiota por un momento, después de haberte felicitado por aguantar tanto…

―Alexis…

―Déjame acabar. ―Sacó la mano, todavía húmeda―.

Me ha dolido, pero lo entiendo. Si a mí me pasara eso una sola vez, ya no me fiaría nunca más de nadie.

Y tú lo has sufrido durante siglos. ―Everard no dijo nada―.

Además, no me lo has soltado porque te haya pillado, sino porque querías hacerlo.

―Lo miró a los ojos―. Porque confiabas en mí. Y eso borra todo lo demás.

―Se me habían ocurrido tres excusas mientras me felicitabas.

―Pudiste haber usado cualquiera. Yo te habría creído.

―Por eso mismo no lo hice. ―Soltó los remos―. Nunca he tenido un amigo y no debería desearlo porque, luego, la soledad de la lámpara será más pesada, pero creo que, de tener uno, querría que fuera como tú.

―Gracias.

―No lo he dicho para que me des las gracias, ricura.

―Pero te las doy igual. Por creer que sería una buena amiga y por contarme la verdad. Después de todo lo que has pasado, estoy segura de que no te ha resultado fácil confesármelo.

―Es lo mínimo, después de todo lo que tú haces por mí.

―¿Yo? ―Alexis parpadeó―. Si no hago nada.

―Ya empezamos.

―Es la verdad. Se suponía que yo era la que debía llevarte a un montón de sitios para que vivieses la experiencia de ser un humano normal, pero, al final, eres tú el que me trae a lugares tan impresionantes como este.

―Pero solo porque tú me has dado la oportunidad de mostrártelos.

Mis otras amas ni siquiera se plantearon la opción.

Solo pensaban en lo que ellas querían. El primer día juntos, tú me preguntaste si me aburría en la lámpara o si echaba de menos algo del mundo exterior.

Nadie me había preguntado eso antes. Nunca.

―Era pura curiosidad. Una tontería.

―Puede que para ti lo fuera, pero no para mí ―continuó―. Y esta tarde, quisiste saber cuánto tiempo pasaba dentro de la lámpara entre ama y ama, y cuando te dije que a veces eran décadas, te callaste y pusiste mala cara.

―Porque me pareció terrible que tuvieses que estar solo tanto tiempo.

―A nadie más le interesó saberlo.

―Ya…

―Hoy guardaste las películas y sacaste los juegos porque te dije que las había visto casi todas mientras estaba encerrado en la lámpara.

―Eso lo hice para que no me destripes más finales.

―Podías haberme pedido que no lo hiciera y ver lo que te diese la gana, aunque yo ya supiera de qué iba la cosa.

Pero elegiste algo que yo no había hecho nunca.

Así que no digas que no haces nada por mí, porque haces más que mis otras amas, que solo preguntaban qué podía concederles y si había forma de trampear lo de los tres deseos para tenerme más tiempo en la cama.

―¿Y hay forma de trampearlos? ―No lo preguntó porque le interesase la respuesta, sino para aligerar el ambiente, que se había vuelto pesado por todo lo que estaban hablando.

Everard sonrió y hundió los remos otra vez, sin llegar a decir nada. También él había entendido que no era necesario hacerlo.

―Everard.

―¿Qué?

―Ahora que sé que puedes materializarte cuando quieras… ¿lo harás más veces?

―Si tú quieres, sí.

―Estaría genial poder hablar con alguien real por la calle. ―Le sonrió―. Para no acabar en un psiquiátrico.

―A mí me gustaba más la dinámica que teníamos hasta ahora, pero si insistes… ―bromeó con ella.

―Insisto, insisto. Además, si vamos a batir el récord de los cuatro meses, que parezcas una persona real lo facilitará bastante.

―Así podrás presentarme a tus amigas. ―Elevó las cejas varias veces seguidas.

―No. No será necesario.

―Vivimos juntos, en algún momento me descubrirán.

―Puedes esconderte de ellas.

―¿Y que crean que te has vuelto loca porque les respondes cuando no te han dicho nada? ―la picó―. ¿O tener que inventarte excusas cada vez que pase algo que no puedes explicarles? ¿O si…?

―Vale, lo capto ―lo interrumpió―. Te las presentaré. Pero tienes que prometerme que no las alentarás en sus locuras. En cuanto sepan que somos amigos, querrán juntarnos. Si no es que una de ellas te quiere para sí misma. ―Frunció el ceño al pensarlo―. O las dos.

―¿Celosa?

―¡No! ―Se le coloreó el rostro―. Pero sería incómodo que apareciesen por casa a cada rato para intentar llevarte a la cama. ―En cuanto lo dijo, recordó lo que le había contado y se sintió mal―. Lo siento. No debí decir eso.

―No pasa nada, ricura. He tenido cientos de años para superarlo. ―Le guiñó un ojo―. No te preocupes, les dejaré muy claro que no estoy disponible para ninguna.

―Gracias.

Mientras se dirigían a la orilla, Alexis arrastró la mano por el agua para poder disfrutar una última vez de aquella maravilla. Ninguno dijo nada durante el trayecto, pero el silencio resultaba cómodo.

Cuando llegaron, Everard la ayudó a bajar de la barca y le tendió las sandalias después de sacudirlas, por si algún bicho se había adueñado de ellas.

―Gracias. ―Se las puso―. ¿Nos vamos ya?

―Mañana trabajas.

―Odio que tengas razón.

―Es mi único defecto.

―Sí, claro ―bufó ella―. Podría enumerártelos todos en el camino de regreso, pero como llegaremos en un chasquido de dedos, no tendré tiempo.

―Te sobrará tiempo en ese chasquido ―bromeó él, pero para cuando acabó de hablar, ya estaban en el salón.

―¿Seguirás durmiendo en la lámpara? ―preguntó Alexis, de repente―. ¿O quieres que te prepare la habitación de invitados? Está un poco abarrotada de cosas, pero podría librar la cama esta noche y ya mañana…

―Y luego dices que no haces cosas por mí. ―Chasqueó la lengua en señal de disgusto―. No te preocupes, ya me encargo yo de todo.

―Pero no es justo…

―Tengo magia.

―Pero no puedes usarla para ti mismo.

―La usaré para ti. Para ayudarte a ordenar el caos que tienes allí ―remarcó con sorna.

―Ja, ja. Qué gracioso.

―Buenas noches, ricura.

―Buenas noches.

Ya en la puerta de su cuarto, volvió la cabeza y se encontró a Everard todavía en el salón, como si esperase a que ella se fuese para arreglar la habitación de invitados, tal como le había prometido. Le sonrió y entró.

En cuanto apoyó la cabeza en la almohada, se quedó dormida.