Tres deseos Confesiones a medianoche #2
52%

Confesiones a medianoche #2

―Para el sitio al que vamos: Vieques.

―¿Y eso dónde está?

―En el Caribe. Al lado de Puerto Rico. Hace calor, así que ponte algo fresco.

―Después del frío de Noruega, eso del calor me ha convencido.

―Sabía que ese argumento funcionaría. ―Le dedicó una sonrisa petulante.

Alexis eligió un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Se puso unas sandalias y regresó al salón con el pelo recogido en una coleta alta.

―Lista.

Everard la miró de arriba abajo.

―No.

―¿Cómo que no?

―Nos vamos al Caribe, ricura. Tienes que lucir palmito.

Chasqueó los dedos y la camiseta y los pantalones desaparecieron. En su lugar, Alexis se encontró con un bikini negro y, encima, una camisola de gasa blanca que no ocultaba nada a la vista. Se miró a sí misma, luego a él, luego a sí misma otra vez.

―¡Everard!

―Es el Caribe. Y estaremos en el agua.

―No me pienso bañar por la noche en ningún lugar.

―No hará falta, estaremos en una barca.

―Entonces no hace falta ir en bikini.

―Pero estarás más fresca con eso.

―¡Se me ve todo!

―Y es un todo magnífico.

Que lo dijese de aquella forma, sin ánimo de halagar, sino más bien como un hecho constatado, le provocó mariposas en el estómago, pero se cruzó de brazos e intentó aparentar que no le había afectado.

Luego, regresó a su habitación y, al no encontrar la ropa que se había puesto, eligió otra similar.

Cuando salió, él seguía en el mismo sitio, con la misma cara de paciencia insoportable.

―Ni se te ocurra ―le advirtió antes de que intentase algo.

―Ni se me pasa por la cabeza ―prometió él con una expresión que decía justo lo contrario.

―Lo digo en serio.

―Y yo.

―Everard.

―Venga, dame la mano o no llegaremos nunca.

Ella se la dio con desconfianza. El salón desapareció y lo primero que notó fue el calor, denso, muy distinto al de cualquier verano que hubiera vivido.

Lo segundo fue la brisa sobre la piel de los brazos, de las piernas, del estómago.

Bajó la vista y se encontró con el bikini negro y la camisola de gasa.

―Serás…

―Te queda estupendo. Solo disfrútalo, ricura.

Quiso responderle pero, una vez más, la dejó sin habla. No estaba acostumbrada a que nadie la piropease tan a menudo. ¡Qué diablos! Salvo sus amigas, nadie lo hacía nunca.

Alexis miró a su alrededor, solo por no pensar más en lo que había dicho, y descubrió que estaban al final de un camino de tierra, entre matorrales altos. No había casas, ni gente, ni ninguna luz que no proviniera del cielo. Y este se veía cuajado de estrellas.

―Madre mía. Qué bonito.

―Sí, precioso ―susurró él, sin mirar al cielo en ningún momento.

Ante ellos, se abría una lengua de agua negra rodeada de manglares. En la orilla, medio varada en la arena, había una barca de madera con dos remos dentro.

―¿Qué es este sitio?

―Bahía Mosquito.

―Menudo nombre.

―El nombre es lo peor que tiene. Vamos, sube.

Ella se descalzó, dejó las sandalias sobre una piedra y avanzó por la arena húmeda. Cuando puso la mano en la borda, Everard ya estaba dentro, sólido, con el peso suficiente para que la madera se inclinara de su lado.

―¿Te has materializado?

―Alguien tendrá que remar.

―Puedo hacerlo yo, aunque no lo he hecho nunca ―admitió.

―No me molesta hacerlo.

Alexis se sentó en la bancada, de cara a él, con los brazos cruzados en un intento de cubrirse el cuerpo.

Pero la vergüenza se le olvidó en el momento en que el remo tocó el agua y esta se iluminó de un azul vivo, eléctrico, que se disolvió poco a poco en miles de puntos diminutos hasta que se apagó del todo.

Cada nueva palada provocaba el mismo efecto, algo que la hipnotizó durante varios minutos en los que no fue capaz de pronunciar palabra alguna.

―Había oído hablar de esto, pero nunca había podido presenciarlo ―comentó más tarde, maravillada.

―Es plancton bioluminiscente ―añadió él.

Alexis se inclinó sobre la borda y metió la mano en el agua, que se llenó de chispas alrededor de sus dedos.

―Es lo más bonito que he visto en mi vida.

―¿Más que las auroras?

―Bueno ―lo miró―, no sabría decirte. Las auroras han sido geniales, pero esto… está más cerca y puedo tocarlo.

―¿Y eso lo hace más interesante?

―Quizá solo más… tangible. Como sea, me gustan mucho las dos cosas. ―Lo miró de nuevo―. Gracias por traerme. Aunque se suponía que era yo la que te enseñaría cosas nuevas.

―Y lo haces ―le aseguró él, antes de continuar remando.

Se hizo el silencio, uno agradable que no los incomodó. Everard remó hacia el centro de la bahía y ella dejó la mano metida en el agua hasta que se le durmió el hombro y tuvo que sacarla. Un banco de peces cruzó por debajo del casco y dibujó una constelación verdosa que se deshizo enseguida.

―Podría quedarme aquí toda la noche ―susurró ella.

―No veo el inconveniente.

―Que mañana trabajo y necesito dormir bien para afrontar el día ―se quejó ella, mientras se recostaba contra la proa.

Durante un rato, dejó vagar la mirada por las estrellas. Tampoco había visto en su vida tantas como allí. La contaminación lumínica de la ciudad lo impedía.

Espió a Everard por el rabillo del ojo y vio que seguía al remo, con el mismo ritmo pausado que había adoptado al inicio, mientras sus fuertes brazos se marcaban con cada palada.

―¿Qué hora es? ―Ni siquiera se había traído el móvil con ella.

―Casi medianoche.

―Everard. ―Se sentó de nuevo, sorprendida.

―¿Qué?

―Llevas casi una hora materializado.

Él no contestó de inmediato.

―¿Y? ―tanteó, al final.

―Que me alegro. ―Alexis le sonrió―. Quiero decir, en casa no aguantabas más de diez o quince minutos antes de tener que dejar las cartas en la mesa para descansar. ¿Por qué crees que es? ¿A lo mejor es el sitio? ¿O el agua? O puede que estés mejorando. Ya llevamos tres semanas juntos.

Everard dejó de remar, con la vista clavada en el fondo de la barca durante un tiempo que a ella se le hizo demasiado largo.

―Tengo que confesarte algo.

―¿Qué pasa? ―preguntó, preocupada.

―Puedo materializarme el tiempo que quiera… Siempre he podido.

Ella se quedó muy quieta. El único movimiento era el de la barca sobre las suaves olas del agua.

―¿Siempre?

―Desde el primer día ―asintió―. Podría quedarme así mientras no pidas los deseos y tenga que volver a la lámpara.

―Pero tú me dijiste…

―Lo sé.

―Entonces… me has mentido.

Everard levantó por fin la cabeza, pero lo que se encontró en la cara de Alexis no era enfado, algo que había previsto, sino otra cosa que no supo descifrar. ¿Decepción, tal vez?

―Sí. Te he mentido ―constató, muy a su pesar.

Después de permanecer con ella los primeros días y ver cómo era, se había planteado infinidad de veces contarle la verdad, pero nunca había encontrado el momento adecuado. O puede que solo tuviese miedo de hacerlo y que ella se enfadase por la mentira. O peor todavía, que lo usase en su favor.

―¿Por qué? ―quiso saber ella.

―Siempre lo hago.

―Eso no es una respuesta, Everard.

―Cierto. ―Se pasó la mano por la nuca―. Es una historia bastante larga.

―Bueno, tenemos tiempo. ―Se encogió de hombros.

Se hizo un silencio tenso mientras el genio elegía las palabras.

―Llevo mucho tiempo en la lámpara ―empezó él―.

Más del que te puedas imaginar. Toda mi vida, en realidad.

La única interacción que tengo con el exterior es cuando una de mis amas frota la lámpara.

No sé si es casualidad o que las mujeres sois más susceptibles a encontrarla, pero en los siglos que llevo en esto, solo he tenido dos amos. El resto han sido mujeres siempre.

―De acuerdo. ¿Y esto tiene relación con la mentira?

―Sí. Al principio, no ocultaba nada. Aparecía ante ellas, me presentaba y les explicaba las reglas antes de que formulasen sus deseos. Era más cómodo para todos que yo me materializase. También para mí.

Hizo una pausa. Alexis esperó.

―Pero un genio al que puedes tocar se convierte en algo deseable. Y bueno­… ―Se señaló―. Al parecer, da igual la época, a las mujeres les atraen bastante los hombres con un cuerpo como el mío.

―Comprendo ―respondió Alexis, con un ligero rubor en las mejillas. Se incluía a sí misma en aquella afirmación, pues no había podido evitar admirar la perfección de sus curvas―. ¿Este es…? ¿Es tu verdadero aspecto o lo has elegido por algo?

―No puedo usar la magia conmigo mismo ―le recordó―. Soy así, tal y como me ves.

―De acuerdo. Continúa.

―La primera que quiso algo más de mí que los tres deseos fue Merit. Ella me lo enseñó todo sobre el placer carnal, así que no me negaba cada vez que me arrastraba a su cama. Lo disfruté mucho.

―¿Ah, sí? ―No se le ocurría qué más decir.

―Mucho. ―Everard le sostuvo la mirada, pero ella tuvo que apartar la suya, por vergüenza―.

Sentirse deseado, sentirse real era algo que no había tenido nunca.

Se volvió adictivo. Durante un tiempo, cada mujer que me quería en su lecho me tenía allí.

Sin protestas ni quejas. Al principio creía que era una suerte poder tener a tantas mujeres como quisiera.

―Su rostro se desfiguró en una mueca de repulsión―.

Pero después empecé a darme cuenta de que solo codiciaban mi cuerpo.

En realidad, ninguna de ellas se interesaba por mí, solo por el placer que les podía proporcionar.

Ni siquiera preguntaba si me apetecía, lo daban por hecho.

―¿En serio? Pero podías negarte, ¿no?

―Lo intenté en tres ocasiones. ―Soltó una risa breve, pero amarga―. ¿Sabes qué pasa cuando le dices que no a la persona que tiene poder sobre ti? Nada bueno, te lo aseguro. Al final, tenía que ceder.

―Eso es horrible.

―Algunas incluso retrasaban los deseos tanto como podían. Por eso, empecé a engañarlas para que los pidiesen antes. Y, por eso, empecé también a fingir que no podía materializarme.