Tres deseos Confesiones a medianoche
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Confesiones a medianoche

El domingo empezó tarde y sin ningún plan interesante.

Alexis se levantó pasadas las once y se encontró el café preparado, aunque no había rastro del genio.

Después de beberse una taza, acabó en el sofá con las piernas cruzadas debajo del cuerpo.

Everard apareció cuando ella llevaba ya diez minutos delante del menú de la plataforma.

―¿Qué haces?

―Elegir una película. Hoy no me apetece hacer nada.

―Eso es hacer algo. ―Señaló el mando que tenía en la mano―. Aunque llevas un buen rato inmóvil. ―Sonrió con picardía―. ¿A eso te refieres?

―No. ―Lo miró, ceñuda―. Me refiero a no hacer nada productivo.

―¿Ver películas no es productivo?

―Es una desconexión, que es lo que busco.

―¿Y por qué no te decides?

―Es que no me convence ninguna. A ver, hay varias interesantes, pero no sé cuál elegir.

―Pon la del hombre del sombrero.

Alexis siguió la dirección de su mirada hasta una carátula de la tercera fila.

―Esa va de un asesinato en un tren.

―Lo sé. Lo hacen todos.

Ella se giró de golpe.

―¿Qué has dicho?

―Que todos cometen el asesinato. Y el detective decide no denunciarlos.

―¡Everard!

―¿Qué?

―¡Me acabas de destripar la película!

―Ah. ―Se acomodó en el otro extremo del sofá, o imitó el gesto porque ni los cojines se hundieron bajo él―. Pensaba que la habías visto. Tiene unos cuantos años.

―¡Pues no la había visto! ¡Por eso quería ponerla!

―Bueno, tampoco es tan grave. Lo interesante es cómo se van desmontando las coartadas de todos.

―Ya, claro. Lo interesante.

Alexis bajó por la lista con más energía de la necesaria y se paró en otra carátula.

―Imagino que esta no la habrás visto. Es de hace dos años.

―La vi.

―¿En serio? ¿El año pasado estabas fuera de la lámpara?

―La vi cuando estaba dentro de ella ―remarcó Everard―. El hermano no está muerto, por cierto.

Alexis soltó el mando sobre el sofá.

―¡No me jodas!

―En serio. ―No entendió que lo que había dicho Alexis era producto del enfado y no de la sorpresa―. Es un giro malísimo. Se ve venir desde el minuto veinte.

―Igual lo habría averiguado por mí misma si no me lo hubieses dicho ―protestó.

―No merece la pena que pierdas el tiempo con esa.

Ella lo miró con los brazos cruzados, entre la indignación y la curiosidad, que era el estado en el que Everard la dejaba con más frecuencia.

―Espera un momento ―recapituló―. ¿Has dicho que la viste dentro de la lámpara?

―Sí.

―¿Puedes hacer eso? ¿Tienes internet en la lámpara?

―Puedo verlas sin necesidad de tener nada.

―Creía que no podías hacer magia para ti mismo.

―Dentro de la lámpara, las cosas funcionan de diferente forma. Puedo hacer aparecer lo que yo quiera. Bueno, casi. Personas no.

―¡Qué interesante! No me lo habías dicho.

―No habías preguntado. ―Se encogió de hombros.

―¿Y cuántas películas has visto en tu vida?

―Ni idea. Muchas.

―Dame un número aproximado.

―Miles.

―¿Miles? ―Alexis se incorporó.

―A veces tengo mucho tiempo libre. La lámpara permanece escondida hasta que encuentra a su próxima ama.

A veces pasan dos meses y otras, diez años.

En ocasiones son ochenta. La vez que más tardó en encontrar ama fueron ciento veinte años.

―Levantó la mano y la giró despacio―. Al principio no podía disfrutar de esas cosas porque ni siquiera existían, pero en cuanto las descubrí…

Son un gran entretenimiento. Aunque sigo prefiriendo los libros. Duran más.

―Ciento veinte años…

―Ten en cuenta que en la lámpara el tiempo pasa de diferente manera y no se nota tanto la espera. Quizá podría saberlo por la cantidad de cosas que hago mientras nadie la frota, pero es difícil calcularlo. Al salir es cuando sé todo el tiempo que ha pasado.

Alexis se quedó callada, pensativa. Everard le había dicho que no echaba de menos a nadie ni nada y ahora entendía un poco mejor el porqué.

Al menos, en lo que a lo material se refería.

Pero no dejaba de ser triste que tuviese que pasar tanto tiempo solo, sin tener a nadie con quien hablar, siempre esperando a que un nuevo amo encontrase la lámpara para poder salir de ella y descubrir qué cosas habían cambiado y en cuántos años.

Y la única forma que había encontrado de vivir algo más era a través de los libros y las películas.

Se le hizo un nudo en el pecho, pero no se atrevió a darle voz a aquellos pensamientos, por si el genio se molestaba de alguna forma. Empezaba a conocerlo y sabía que no querría su lástima.

―Vale ―resolvió―. Cambio de planes.

―¿Qué planes?

―Nada de películas. ―Se levantó, fue al mueble del pasillo y volvió con una torre de cajas que dejó caer sobre la mesa baja―. Juegos de mesa.

Everard miró la pila con desconfianza.

―Esos no los conozco.

―Perfecto. Así no puedes estropearlo todo.

Empezaron por el parchís, que era el que estaba encima. Alexis le explicó las reglas, repartió las fichas y le dio el cubilete.

―Empieza tú ―le concedió.

Everard sacó un cinco.

―¡Qué suerte! Ya puedes sacar ficha. ―Tiró ella y le salió un cuatro―. Te toca otra vez.

Un seis.

―Con el seis volvía a tirar, ¿verdad? ―preguntó Everard.

―Sí. Pero ten cuidado porque si sacas tres seguidos la última ficha que hayas movido volverá a casa ―le advirtió.

El genio consiguió otro seis en su segunda tirada y un cinco en la última.

―Estás teniendo mucha suerte. ―Alexis sonrió, más por cortesía que porque le naciese de dentro. Le parecía demasiado conveniente.

Cuando volvió el turno de Everard, constató que algo andaba mal porque sacó de nuevo dos veces el seis y una vez el cinco.

―¿La misma jugada? ―malició―. ¿Dos veces seguidas?

―La suerte del principiante ―le aseguró él.

―Sí, ya, la suerte de principiante. ―Lo miró con los ojos entornados y el rictus serio.

―O puede que tenga un talento natural para este juego.

En la siguiente tirada no le quitó la vista de encima ni un segundo y, aun así, el dado giró sobre el tablero y se paró en un seis.

―¡Has hecho trampas!

―¿Cómo podría hacerlas? He lanzado el dado y ha rodado solo.

―Seguro que estás usando magia.

―Sabes que no puedo hacerlo para mi propio beneficio.

―Seguro que has encontrado una forma de engañarla para que se crea que esas tiradas me benefician ―lo acusó.

―Eso es ridículo.

La sonrisa en su rostro le restó credibilidad, por lo que Alexis dedujo que ella había acertado en su deducción.

―Eres un maldito tramposo.

A pesar de la acusación, Alexis se echó a reír. Y sus carcajadas eran tan contagiosas que el genio no tardó en imitarla. Después, le confesó que hacía trampas, pero que no había necesitado usar la magia para eso.

―Es un dado trucado ―le explicó―. Hace bastantes años, por no decir siglos, los juegos de dados estaban muy de moda. Una de mis amas era una estafadora y me enseñó a trucarlos.

―¡Lo sabía! Ya no juego más. ―Aunque pretendía parecer ofendida, lo cierto era que le estaba costando no reírse de nuevo.

Aun así, cambiaron de juego. El Cluedo le pareció una idea mejor, porque las cartas se repartían boca abajo y el sobre del asesino quedaba en el centro de la mesa, fuera del alcance de cualquiera. Antes de terminar la segunda ronda, Everard soltó el cuaderno sobre el tablero.

―Acuso. Ha sido el profesor Moradillo, en la biblioteca, con el candelabro.

Alexis abrió el sobre y Everard había acertado en todo.

―Imposible.

―Se llama deducción, ricura.

―¡Pero si no has hecho ni una sola pregunta!

―He hecho dos ―le recordó.

―Pero ninguna de ellas te ha dado pistas que te llevasen a ese culpable. Has tenido que mirar el sobre ―lo acusó.

―Ha estado cerrado toda la partida. ¿Cómo iba a mirarlo?

―Porque seguro que puedes ver a través de las cosas. ―En cuanto lo dijo, comprendió la implicación de eso―. ¡Oh, Dios! ¡Puedes ver a través de las cosas! No me habrás estado espiando en el baño, ¿verdad? O en la habitación.

―No seas tan dramática, ricura. ―Alexis le lanzó un cojín que le atravesó el pecho. Se había olvidado de que era etéreo―. Y no, no te he espiado.

―Más te vale ―lo amenazó.

Como último juego, Alexis eligió las cartas.

Durante la partida, no le quitó los ojos de encima a Everard, ni cuando repartía ni cuando cogía o descartaba alguna carta.

Y, aun así, el genio le ganó en cada una de las partidas.

Pero en esa ocasión, lo pilló en una jugada, cuando anunció que tenía escalera de color.

―¡Imposible! No me lo creo.

―Compruébalo tú misma.

―¡Pero si esa carta la dejé yo hace nada! No puedes tenerla tú ahora ―lo acusó―. ¡Has hecho trampas otra vez! Así no hay quien juegue a nada contigo.

―No te enfades ―le pidió, aunque con una sonrisa canalla que le decía a Alexis que el hombre se estaba divirtiendo demasiado a su costa.

―¿Has usado magia?

―Sabes que no puedo hacerlo en mi beneficio ―le recordó―. Pero…

―¡Sabía que había algo! ―gritó, triunfal.

―Mi ama, la estafadora, no solo me enseñó sobre dados.

―Me preocuparía sobre qué más te habrá enseñado esa mujer si no supiese que una de las reglas de los deseos es que no puedes pedir la muerte de nadie ―bromeó, aunque sus palabras cargaban un poco de verdad.

―Esa mujer no pidió ser rica ―le comentó él―. Su primer deseo fue que nadie viese jamás las trampas que hacía. Ella sola amasó su fortuna a base de engaños.

―¡No puede ser!

―Lo digo muy en serio. Tenía una mente de empresaria… un tanto particular.

Alexis se rio hasta que le dolieron las costillas y tuvo que dejar las cartas sobre la mesa para recomponerse. Cuando levantó la cabeza, se lo encontró con una expresión más relajada. Quizá, incluso feliz.

Continuaron jugando hasta que el salón se quedó a oscuras. Everard había prometido no hacer trampas y había cumplido, así que Alexis logró ganar en alguna ocasión.

―Ha sido una tarde genial ―dijo ella mientras recogían las cajas.

―¿En serio?

―Muchísimo. Hacía años que no jugaba a nada. Ha sido divertido, incluso si has hecho trampas en todo. ―Le señaló con el dedo.

―Al final me comporté.

―Cierto.

Everard se levantó y su sonrisa se ensanchó.

―Pues falta lo mejor.

Alexis se incorporó a medias.

―¿Qué?

―Nos vamos.

―Es domingo y ya son las once.

―Es la hora perfecta.

―¿Para qué?