Tres deseos Altercado en la calle #2
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Altercado en la calle #2

―Qué carácter. ―Le cogió el codo para que no pudiese acceder a lo que buscaba.

―Suéltala ―gritó Alexis, desesperada.

―Ven a liberarla tú ―se rio el hombre―, si te atreves.

De repente, sin que nadie supiese de dónde había salido, Everard se plantó frente a Alexis para protegerla de aquellos individuos. Cruzó los brazos en el pecho y, sin levantar la voz, miró a los ojos al hombre que mantenía a Nat sujeta, antes de hablar:

―Suéltala. Ahora.

Usó un tono serio que Alexis nunca le había oído y que le provocó un escalofrío. No encontró burlas ahí, ni juegos, ni nada de lo que ella conocía. No era el genio risueño que siempre buscaba hacerla rabiar o reír. Era un hombre alto y fuerte, con un aura que puso nerviosos a los tres amigos.

El hombre liberó el codo de Nat, que corrió a reunirse con Mae y Alexis, detrás de Everard, antes de que su captor hinchase el pecho para parecer más valiente:

―¿Y tú quién eres? ―escupió, flanqueado por sus compañeros.

El genio ladeó la cabeza apenas dos centímetros. Lo miró. Un segundo. Dos.

―Rachel ―contestó.

El otro parpadeó.

―¿Qué?

―Rachel está despierta. Le has dicho que hoy hacías turno doble en el almacén y te ha esperado hasta la una con la cena en el horno. ―Everard hizo una pausa breve―. Te va a preguntar por qué tardas tanto. De hecho, ya te está escribiendo.

Al hombre se le descompuso el gesto cuando el móvil sonó. Se llevó la mano al bolsillo y lo sacó. Su rostro palideció al descubrir que era su novia la que le había escrito.

El de la izquierda soltó una risa nerviosa.

―Anda que…

―Tú eres el menos indicado para reírte ―le advirtió el genio, que giró apenas el rostro hacia él―.

Ella sale de cuentas en septiembre, ¿lo sabías?

Le prometiste que hablaríais, pero cambiaste de número para no tener que hacerlo y solo pudo acudir a tu madre, que ya le ha colgado el teléfono dos veces.

La risa se apagó en el acto.

Quedaba el tercero, que se había replegado hacia la pared para no acabar en el punto de mira de Everard. Este ni siquiera se volvió hacia él para hablarle.

―Y tú deberías contar en casa que te despidieron hace cuatro meses. Eso de salir de casa con la mochila a las siete de la mañana y volver a las seis de la tarde no te va a funcionar siempre. Tu hermana descubrirá algún día que te estás gastando sus ahorros para la universidad.

La incomodidad se podía palpar en el ambiente, no solo por parte de ellos, aunque ninguno respondió. Everard paseó la mirada por los tres amigos, antes de continuar:

―Largo. Los tres ―gruñó―. Y pensad bien lo que queréis hacer con vuestras vidas, antes de meteros de nuevo en las de los demás.

No corrieron, aunque les faltó poco. Incluso se atropellaban entre ellos para no quedar de últimos, por si Everard pretendía seguirlos. Cosa que no tenía intención de hacer.

Durante unos segundos, solo se oyó la respiración de Nat, que se frotaba el codo sin apartar los ojos del desconocido.

―¡Oh, vaya! ¡Qué intenso has sido! ―murmuró Mae―. ¿Alguien me explica qué acaba de pasar? ¿Tú quién eres, por cierto?

―Gracias por salvarnos ―se apresuró a decir Alexis―. Has sido muy amable, pero…

―¿Los conocías? ―la interrumpió Nat, interesada en Everard―. ¿De dónde sacaste todo eso?

―Lo he intuido ―repuso Everard.

―¿Intuido? ¡Pero si les has dado datos muy precisos!

―Casualidad. ―Les dedicó una sonrisa pícara que les provocó la reacción que más temía Alexis: las encandiló―. ¿Estáis bien?

―Sí ―contestó Mae sin apartar los ojos de él.

―Muy bien ―añadió Nat, que le dio un repaso minucioso mientras movía la cabeza arriba y abajo.

―Estamos todas bien. ―Alexis le lanzó una mirada de súplica que esperaba que entendiese mientras hablaba―. Gracias. De verdad. No muchos harían algo así por desconocidas. Pero seguro que tienes cosas que hacer o algún sitio al que ir. No queremos entretenerte más.

El genio la miró un instante y ella supo que la había entendido a la primera. No se lo había pedido por vergüenza, sino por miedo a que sus amigas descubriesen que se conocían y tuviese que darles explicaciones para las que no estaba preparada.

A Everard le habría gustado quedarse. Conocer a las amigas de Alexis, formar parte de su día a día el tiempo que le quedase con ella.

Pero eso traía dos problemas. El primero, que lo echaría de menos cuando regresase a la lámpara.

El segundo, y más grave, que ella descubriría que le había mentido sobre lo de materializarse.

No quería decepcionarla, así que hizo lo que le pedía en silencio.

―Pues sí, la verdad ―admitió con las manos en los bolsillos―. Me esperan. Buenas noches, señoritas. La próxima vez, pedid que el taxi os recoja en la puerta del local. Será más seguro.

Echó a andar calle abajo sin volverse. Alexis contó hasta cuatro antes de mirar hacia la esquina para comprobar que había desaparecido. Y, aunque eso le alivió, también se sintió mal por haberlo echado de esa forma después de que les hubiese salvado de aquellos hombres.

―¡Qué hombre más guapo! ―repuso Mae mientras entraba en el taxi.

―¡Ya te digo! ―corroboró Nat―. No lo había visto nunca por aquí.

―Hay muchos hombres en la ciudad, Nat ―señaló Alexis―. No puedes conocerlos a todos.

―Pues a ese lo conocería mejor si me lo permitiese. ―Elevó las cejas varias veces y Mae rio por lo que insinuaba. Alexis, en cambio, frunció el ceño. No le gustó el comentario, aunque no dijo nada.

Cuando llegó a casa, Everard la esperaba en el marco de la cocina, con un vaso de agua que ella no le había pedido, pero que le vendría genial.

―Gracias ―le dijo antes incluso de quitarse el abrigo―. Y por lo de antes también. En serio. Nat todavía temblaba cuando llegamos al taxi.

―No ha sido nada. ―Lo desestimó con un movimiento de la mano.

―Claro que lo ha sido. Y yo… ―Bajó la cabeza―.

Yo me porté fatal contigo al echarte de allí tan rápido.

Lo siento. Pero es que mis amigas me interrogarían durante horas, si supieran que nos conocemos, hasta sacarme toda la información y no se me da bien mentir.

Pero tampoco les puedo contar la verdad porque creerán que me he vuelto loca. Y no sé si tú…

―Te entiendo, ricura. ―La burla en su tono la hizo mirarlo y se encontró con su sonrisa granuja―. Me quieres solo para ti.

―¿Qué? No. Yo no he dicho eso.

―Has dicho que no quieres que tus amigas sepan que nos conocemos ―replicó―. Y eso es lo que se le pide a alguien a quien quieres para ti.

―He dicho que me crearías problemas con mis amigas ―se defendió.

―Yo he usado palabras más bonitas para decir lo mismo.

Alexis abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla. Quería responderle con algo que le cerrase la boca, pero no encontraba las palabras adecuadas, así que, al final, decidió claudicar y dejarle pensar lo que quisiera.

―Me voy a dormir ―anunció ella.

―Buenas noches, ricura.

―Buenas noches, Everard. ―Le cerró la puerta del dormitorio en las narices para recordarle que ese era un territorio vedado para él.

―El vestido te quedaba muy bien, por cierto. ―Oyó que decía el genio desde el otro lado.

Alexis apoyó la frente contra la puerta y decidió, por el bien de su propia salud mental, que no lo había oído.