Altercado en la calle
Alexis estaba en una nube de paz mental y espiritual cuando llegaron a casa, solo para encontrarse con la realidad.
Una en la que sus amigas le habían enviado diez mensajes al teléfono y la habían llamado varias veces también.
No había querido mirarlo en todo el día para no arruinar el momento, pero ahora se arrepentía porque ya no tenía muchas alternativas al plan que sus amigas habían hecho.
¿Cómo decirles que no cuando había pasado de ellas todo el día?
―¡No! ―Se dejó caer en el sofá―. Quieren salir esta noche.
Había ocasiones en las que se veían tan poco que se llamaban preocupadas por si les había pasado algo.
Sin embargo, en otras, eran inseparables.
Al parecer, acababan de entrar en esa segunda etapa.
Y no es que le disgustase estar con ellas, pero se había divertido tanto con Everard que hubiese preferido irse a la cama con la sensación de paz que se había instalado en ella.
―Perfecto. ―El genio se sentó a su lado―. Pues ve a prepararte. Me apetece salir.
―A mí no ―se quejó ella―. ¿Quién querría salir después del increíble espectáculo que acabamos de ver?
―Alguien joven, con toda la vida por delante ―enumeró Everard―, con ganas de comerse el mundo, con…
―Ya ―lo detuvo―, lo capto. Soy una aburrida.
―Esta vez lo has dicho tú, no yo. ―Alzó las manos.
―Van a venir a por mí en media hora, así que no me quedará otra que ir. ―Se puso en pie de mala gana―. Nunca aceptan un no por respuesta y, hoy menos que nunca, porque he pasado de ellas todo el día. No puedo ignorarlas más o se enfadarán. Y con razón.
Eso último lo susurró, esperando que el genio no la hubiese escuchado. No quería que pensase que se arrepentía de pasar el día con él, porque no era así.
―Yo podría ayudarte con la ropa si quieres, para ser más rápida.
―Gracias, pero puedo sola.
Ni siquiera se dignó a mirar hacia Everard porque su mente, una vez más, divagó hacia donde no debía.
Y, en su imaginación, la ropa era lo único que no usaba.
Además, tampoco se fiaba de él porque sabía que elegiría algo demasiado atrevido para su gusto.
Y no estaba segura de si lo hacía para infundirle confianza o porque pretendía incomodarla, pero no se lo permitiría.
Necesitaba seguir sintiéndose ella misma esa noche y no lo conseguiría embutida en un vestido ajustado y demasiado corto.
Se encerró en el dormitorio con la excusa de darse una ducha y sacó del armario lo que pensaba ponerse: unos vaqueros negros, una blusa verde de manga larga y las botas planas que se ponía siempre que quería estar cómoda. Lo dejó todo extendido sobre la cama antes de meterse en el baño.
Cuando salió, con el pelo empapado y la toalla anudada al pecho, los vaqueros y la blusa seguían donde los había dejado, pero, a su lado, sin una sola arruga, había un vestido burdeos que no recordaba haber puesto ahí. En realidad, tampoco recordaba haberlo comprado.
―Ni lo sueñes ―avisó en voz alta.
―Yo no he hecho nada ―contestó el genio desde el salón, sin el menor rastro de arrepentimiento en la voz―. A lo mejor ha sido el armario. Tienen criterio propio, ¿sabes?
―Los armarios no tienen criterio.
―El tuyo lleva años a la espera de que le hagas caso.
Alexis apartó el vestido de un manotazo y se vistió a toda prisa. Aquella prenda no era suya, estaba segura. A Everard parecía no bastarle ya con lo que tenía en casa, sino que ahora traía sus propias creaciones. Pero no se lo permitiría. Esta vez saldría de casa con la ropa que ella quería.
Se miró en el espejo del armario y asintió para sí misma.
―Te queda bien ―comentó Everard desde el otro lado de la puerta.
―Gracias.
―Lo que ocurre es que… ―No terminó la frase.
―¿Qué? ―insistió Alexis, segura de que se arrepentiría de preguntar.
―Pues que llevas puesta una manta con botones.
―Se llama blusa y…
Un aporreo en la puerta de la calle acabó con la discusión.
Sus amigas habían llegado veinte minutos antes de la hora acordada, algo que a esas alturas ya no debería sorprenderla, pues Mae no había llegado tarde a nada en toda su vida y Nat siempre iba con ella.
Alexis fue a abrir con la coleta a medio hacer.
―Cinco minutos ―les prometió―. Poneos cómodas.
Algo que Nat no hizo después de ver su atuendo. La siguió por el pasillo con paso decidido, entró en el dormitorio sin pedir permiso y frenó en seco delante de la cama.
―¿Y esto?
―No es nada.
―Pues yo diría que es algo. ―Levantó la percha con dos dedos y le dio media vuelta en el aire―. ¿Es tuyo?
―No.
―Pues es tu talla.
―¿Y qué? Eso no quiere decir que sea mío.
―Aquí solo vives tú, Alexis, así que… ―Mae ya se había apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados―. ¿Te lo pones y vemos cómo te sienta?
―Pero ya he elegido los vaqueros.
―Siempre llevas vaqueros ―objetó Nat, que colocó el vestido delante de ella―. El color te sienta genial.
―No pienso ponerme eso. Además, las dos últimas veces que salimos usé vestido ―les recordó―. Hoy quiero ir cómoda.
―Haremos una votación ―zanjó Mae, alzando la mano. Nat la imitó―. Dos contra una.
―¡Esto no es una democracia!
Fue inútil, porque la última vez que había intentado ganar aquella discusión también había perdido y esa noche partía con la desventaja de haberlas ignorado durante todo el día.
Así que, doce minutos más tarde, bajaba las escaleras del portal con el vestido burdeos, unas medias tupidas, como último acto de resistencia, y el abrigo largo por encima.
Tenía la desagradable sospecha de que alguien, en algún rincón del piso, se estaba riendo de ella por eso.
Lo confirmó en la acera, cuando una voz muy cerca de su oído le informó:
―Dos contra una. Qué tragedia. Y yo sin abrir la boca.
Alexis apretó los dientes. No pensaba darle la satisfacción de mostrar su enfado porque se había salido con la suya.
El local que habían elegido estaba en la zona vieja, en una calle estrecha donde la gente se acumulaba en las puertas porque no cabía dentro. Consiguieron un hueco en la esquina de la barra gracias a la tenacidad de Mae. Pidieron la primera ronda a gritos, porque la música no permitía otra cosa.
―Ese lleva un rato a la espera del momento adecuado ―comentó Everard, con la barbilla hacia un chico de camisa clara que rondaba a dos metros de ellas―. Ha cambiado la frase cuatro veces, a cada cual peor.
―Pues que siga con los ensayos ―repuso Alexis, que no le apetecía lidiar con nadie. Con lo feliz que había llegado a su casa después de lo de Noruega, ahora solo se sentía agobiada por la multitud y estresada por cada codazo y empujón que recibía. Envidiaba a Everard, que no sufría nada de eso.
Mae se giró de golpe.
―¿Qué?
―Nada. Yo… hablaba sola.
―¿En serio?
―Bueno, es que he estado viendo cómo este tío de ahí intentaba ligar con cualquier chica que se ponía a su alcance con frases estúpidas ―se explicó, un tanto avergonzada de que su amiga la hubiese pillado respondiendo al genio.
El aludido eligió ese instante para acercarse a ellas, apoyar el codo en la barra y soltar algo sobre el destino, las colas del baño y las señales que manda el universo cuando uno menos se lo espera.
Nat se atragantó con el hielo. Mae miró a Alexis con un respeto nuevo mientras el chico se retiraba con una sonrisa de disculpa.
―Tía. Los detectas antes de que lleguen.
―Es un don ―murmuró ella.
―Es un don ―repitió Everard, encantado consigo mismo.
Alexis se refugió en la copa para no contestarle.
Aquel era el verdadero problema de tener un genio en casa: no la magia, ni la lámpara, ni los deseos pendientes que la esperaban en algún punto del futuro.
El problema era que tenía al lado a alguien que le hablaba al oído a todas horas y ya se había acostumbrado a responderle en voz alta, porque en el piso no había nadie más a quien pudiese confundir.
Fuera de casa, en cambio, cada palabra suya era una mina.
―El problema ―repuso Nat― es que se los quiere quedar como si los coleccionases.
―¿Qué? Eso no es verdad ―protestó Alexis.
―Tu amiga te ha calado ―rio el genio.
―Tú cállate.
―Pero si no he dicho nada ―se quejó Mae―. Aunque Nat tiene un punto de razón, la verdad.
―¿Para esto me habéis sacado de mi casa? ¿Para criticarme?
―Y para divertirnos ―añadió Nat con una sonrisa―. Así que tomemos otra copa y vayamos a la pista a bailar, ahora que se ha descongestionado un poco.
Mientras bailaban, Alexis se olvidó de los apuros en que se metía por responder al genio, del vestido que se le subía a cada rato e, incluso, de que no quería estar allí.
En general, siempre que salía con sus amigas, lo pasaba bien.
El problema habían sido las últimas veces.
Primero con lo de Ace y Robyn, luego con lo de Max…
Le preocupaba que esa noche pasase algo que le dejase un mal sabor de boca como en esas ocasiones.
En algún momento notó al genio muy cerca de su espalda, sin tocarla.
―Esto se te da muy bien ―le susurró―. Deberías cambiar de trabajo y dedicarte al baile.
―Serás idiota.
―¿Perdona? ―Nat se giró con la mano en el pecho.
―No… no iba por ti. ―Su rostro se coloreó de golpe―. Se lo decía a un tío que me ha pisado.
―Muy bien atajado, ricura. ―La carcajada de Everard solo la oyó ella, y le habría pisado un pie a él en represalia si no fuese incorpóreo.
Se fueron de allí a las tres menos cuarto, con ganas de llegar a casa y descansar del ruido y de los gritos. Aunque Alexis tuvo que admitir que, al final, se había divertido bastante.
Mientras caminaban hacia el lugar donde habían quedado con el taxista, un trío de hombres pasó cerca de ellas. El primero les silbó. El segundo hizo un comentario sobre el vestido burdeos que Alexis captó a medias, aunque supo por dónde iba y con qué intenciones.
Mae la agarró del brazo.
―Vámonos.
El tercero se cruzó en su camino con los brazos abiertos y una sonrisa que les puso los pelos de punta.
―Eh, eh. ¿Ni las buenas noches?
―Aparta ―le espetó Nat, con la mano en el bolso, dispuesta a usar el espray pimienta si era necesario.