Tres deseos Magia #2
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Magia #2

De repente, todo a su alrededor había cambiado.

Ya no estaban en casa, sino en campo abierto.

El techo blanco se oscureció y acabó bañado por cientos, miles, millones de estrellas.

Un viento suave pero frío les acarició la piel y Alexis cerró los ojos por un segundo mientras inspiraba en profundidad.

Cuando Everard la liberó del abrazo, retrocedió dos pasos y estudió el lugar.

El pueblo, de casas bajas iluminadas por las luces en su interior, que se encontraba a sus pies, bordeaba el ancho río como en una de esas postales para turistas que se podían encontrar en las tiendas de suvenires.

―¿Dónde estamos? ―preguntó sin dejar de mirar a su alrededor―. ¿A dónde me has traído, Everard?

―¿Te gusta?

―Es… ―Lo miró―. En serio, ¿dónde estamos?

―No hemos llegado todavía a la sorpresa ―le dijo el genio, eludiendo su pregunta―. Vamos, sígueme.

El genio comenzó a caminar en dirección contraria al pueblo y Alexis no tuvo opción a negarse a seguirlo. Si se quedaba allí sola, no sabría volver a casa. Más que nada porque todavía no le había dicho a dónde la había llevado.

―Everard, dime qué sitio es este.

―Estamos en Alta ―le explicó mientras caminaban ―, un pueblo al norte de Noruega.

―¿Me has traído a Noruega? Pero, ¿cómo…? Esto no es posible. ¿Es una broma? ―Tropezó por la noticia y el genio la sostuvo para que no terminase en el suelo―. Everard, dime la verdad. ¿Es una broma?

―Querías que te sorprendiese y lo haré ―sonrió sin desmentir nada―. Venga, apúrate o llegaremos tarde.

Cuanto más se alejaban del pueblo por la montaña, más los envolvía la noche en su manto y más numerosas eran las estrellas. Sin tanta contaminación lumínica, el cielo se transformaba en algo tan maravilloso como inesperado.

―Estamos llegando ―le aseguró Everard.

El genio ansiaba ver la reacción de Alexis.

Cuando le ofreció la posibilidad de llevarla a donde él quisiese, aquel fue el primer lugar que se le vino a la mente porque estaba convencido de que lo disfrutaría.

Quería ver de nuevo la emoción que la había embargado mientras comía aquellos pastelitos y quería que no desapareciese nunca de su rostro.

Alexis se merecía ser feliz cada día de su vida.

―¡Oh, Dios mío! ―Alexis se llevó las manos a la cara cuando descubrió el destino final de aquella aventura. No necesitó preguntarle a Everard porque supo que era allí―. No puedo creerlo ―susurró.

La noche estrellada se había vuelto, de repente, más luminosa, cuando las coloridas luces que desprendía la aurora boreal lo cubrieron todo.

Parecían cortinas mecidas por el viento, ondulando en el cielo.

Verdes, azules e, incluso, amarillos se entremezclaban en un baile infinito que la dejó con la boca abierta.

Nunca antes había visto nada tan impresionante.

―Es precioso, Everard.

―Lo es ―admitió él―. Siempre me ha maravillado la magnificencia de la naturaleza. Nadie mejor que ella para mostrarnos su belleza.

―Sí.

Cuando miró hacia él, el genio la observaba y le sonrió, cohibida. Este le devolvió el gesto y, por un momento, Alexis pudo vislumbrar la aurora en los ojos del hombre.

―Ven. ―Everard le tendió una mano―. Quiero enseñarte algo más.

Con un nuevo chasquido de dedos, aparecieron en la costa. Aunque estaba oscuro, Alexis pudo distinguir el sonido inconfundible de las ballenas en el agua.

―¡No puede ser! ―exclamó.

―Dame un momento ―le pidió este y, antes de que pudiese preguntar qué iba a hacer, la noche se iluminó lo suficiente como para ver a la manada de ballenas divirtiéndose en el mar. Puede que aquel truco de magia la hubiese impresionado si no fuese por la visión de los animales.

―Es increíble. Ni por un momento hubiese imaginado que me traerías a un lugar así.

Alexis observó a los cetáceos, maravillada con el espectáculo. Ni siquiera le importaba el frío que aumentaba cuanto más tiempo pasaban allí. No quería irse.

Everard le colocó sobre los hombros un nuevo abrigo que materializó para ella cuando la vio tiritar, pero estaba tan encandilada con las ballenas que casi ni lo notó. Si no fuese por el calor que recuperó su cuerpo no se habría enterado.

―Gracias por traerme aquí, Everard. Sin duda, ha sido más impresionante que mi rincón escondido cerca de la ciudad ―le dijo, sonriente.

―No menosprecies tu refugio, ricura. Tiene algo que ninguna aurora boreal en cualquier parte del mundo o ningún grupo de ballenas te podrían dar.

―¿Y qué es eso?

―La certeza de que allí estarás bien. De que ese es el lugar donde te encuentras a ti misma. Y por muchos deseos que pudiese concederte, nada es comparable a ser tú misma. A estar bien con quién eres y con lo que quieres.

―¿Y si no sé lo que quiero? ―susurró, perdida en la profundidad de esos ojos color miel.

―Pero Alexis, ¡es que lo sabes! Solo tienes que estar dispuesta a admitirlo.

Por un momento, deseó tener el valor de decirlo en voz alta.

Sin embargo, decidió callar. Desvió la mirada hacia las ballenas y disfrutó del espectáculo junto al genio.

Estaba tan emocionada que ni siquiera era consciente de que Everard no se había desmaterializado desde que la había abrazado para llevarla a aquel lugar.

De haberse dado cuenta de ese hecho, podría haber descubierto el secreto del genio. Y, tal vez, muchas cosas podrían haber cambiado.