Tres deseos Magia
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Magia

―¿Sabes? No me gusta la palabra «ama», Everard, así que no me llames así.

―¿Y cómo quieres que te llame?

―Por mi nombre, claro, pero puedes decir que somos amigos.

―Nunca he tenido un amigo ―dijo el genio sin pena ni emoción. Solo había curiosidad en su mirada al imaginar que algo así podría sucederle después de siglos estando solo―. Me gusta como suena.

―¡Qué triste!

―No más que la mujer de los cerdos ―rio―. Pero no me tengas lástima, Alexis. Nunca he tenido un amigo porque nunca he creído que lo necesitase. Paso tan poco tiempo fuera de la lámpara que no he pensado en lo que sería estar con más gente.

―Eso es todavía más triste, Everard. Sé que no soy la mujer más sociable del mundo, pero no podría vivir sin mis amigas. Ni sin mi familia, aunque ahora estén lejos y no pueda verlos tan a menudo como querría.

―Supongo que cuando no tienes algo, no lo echas de menos.

―¿Me echarás de menos cuando haya pedido todos los deseos? ―Ni siquiera lo pensó antes de formular la pregunta, pero se arrepintió al momento―. No me respondas, no era… ¡Ay, dios! No me hagas caso. Eso ha sido una estupidez. No sé por qué lo he dicho.

―Me vas a dar unos meses de nuevas experiencias, a pesar de ser una aburrida. ―Por una vez, Everard trató de rebajar la tensión en lugar de crearla―. Puedo asegurarte desde ahora que te echaré de menos cuando te deje.

―Hemos venido a pasarlo bien, no pensemos en eso ahora. ―«Ni nunca o me moriré de vergüenza otra vez»―. Estábamos hablando de que era tu turno para sorprenderme, así que dime, ¿qué tienes pensado?

―Se me ocurren muchas cosas ―le dio largas.

―Pues elije una.

―Tal vez… ―Se rascó la barbilla―. No, eso no. Quizá es mejor… No, definitivamente no. Creo que…

―¿Es en serio? Me estás poniendo nerviosa.

―Entonces funciona ―rio.

En esa ocasión, Alexis recordó que darle un manotazo no serviría de nada, así que se cruzó de brazos a modo de protesta.

―Tenemos tiempo todavía. Comamos algo primero.

―¿Te has decidido? ―El genio asintió―. Bien. ¿Y por curiosidad, de cuánto tiempo estamos hablando?

―El que sea necesario.

―Ya, pero ¿cuánto es eso? ―Everard la observó en silencio―. No me vas a contar nada, ¿no?

―No.

―Está bien ―resopló―. Esperaré. Pero te advierto que si me haces pasar vergüenza o…

―Me portaré bien ―la cortó―. Lo prometo.

―Supongo que tendré que fiarme de tu palabra ―le dijo después de buscar la trampa en su mirada.

―Merecerá la pena la espera ―le aseguró.

Alexis empezó a rebuscar en la cesta y sacó la comida, mientras Everard extendía la manta con un simple chasquido de dedos.

―No me mires así, ricura. Mis manos no sujetarían la manta aunque quisiese hacerlo a tu manera.

―Pero si no he dicho nada.

―Tus ojos lo dicen por ti.

―Perdone usted, señor genio. No volveré a mirarlo.

Everard se materializó el tiempo justo para golpearla con la cadera y desequilibrarla. Cuando vio que se le caía la comida por lo inesperado del gesto, chasqueó los dedos y todo apareció en la manta, en su sitio.

―Eso ―protestó Alexis desde el suelo―, la comida que no se caiga. Si yo me hago daño no importa.

―Disculpa, pero no podía atender a todo ―se burló el genio.

―Mentiroso. ―Se dispuso a levantarse y Everard le tendió la mano para ayudarla.

―Es consistente ―le prometió cuando la vio dudar―. Para compensarte.

Alexis la aceptó y sintió un escalofrío cuando tiró de ella. Lo achacó a lo raro que se le hacía que solo su mano fuese real. Demasiado extraño.

―¿Todavía no puedes materializarte durante mucho rato?

―Me mantendré corpóreo durante todo el picnic.

―¿Eso quiere decir que sí puedes?

―Ya veremos cuánto aguanto ―dijo después de una pequeña pausa para pensarlo.

No quiso darle esperanzas, aunque se sentía mal por engañarla. Siempre se había podido materializar sin esfuerzo, pero había empezado a mentir a sus amas siglos atrás, cuando se cansó de ser usado como entretenimiento en la cama.

Sabía que tenía un aspecto atractivo para las mujeres pues se lo habían dicho en innumerables ocasiones.

No era algo que pudiese cambiar, si acaso quisiese hacerlo, y en un principio lo había aprovechado a su favor para no pasar tanto tiempo encerrado.

Cuando empezaron a buscarlo como amante, había aceptado con gusto, pero tras cientos de años yendo de cama en cama, había empezado a odiarlo.

Incluso si lo disfrutaba, se sentía utilizado y por eso había empezado a fingir que era etéreo.

Nunca, en los siguientes siglos después de iniciar la mentira, se había planteado contar la verdad a ninguna de sus amas.

Sin embargo, con Alexis había empezado a dudar.

Sentía que podía ser la única que comprendiese las razones por las que lo había hecho y que no lo usaría después.

Y, a pesar de ello, le asustaba dar el paso.

Después de todo, apenas la conocía y no podía asegurar que fuese diferente al resto, por más que hubiese sido la primera en preocuparse por cómo se sentía cuando estaba tanto tiempo dentro de la lámpara.

En cuestión de elegir hombres no era la más sensata y no quería que lo viese como a uno de ellos. Significase lo que significase eso.

Saber que tendrían meses para conocerse mejor era lo único que le ayudaba a mantener la historia, pero cada vez le resultaba más difícil guardárselo. Alexis le estaba dando algo que nadie más se planteó siquiera y no merecía que le mintiesen.

―¿Vas a comer o no? ―le preguntó ella―. Se está enfriando.

―Sabes que puedo chasquear los dedos y calentarlo de nuevo, ¿verdad? O servirme lo que me apetezca.

―No seas prepotente y come. ―Aunque pretendía sonar severa, la sonrisa la delató.

Quizás Everard permaneciese unos segundos más de los necesarios observándola, pero después mordió el bocadillo con tantas ganas que le arrancó un buen pedazo.

La comida era otra de las ventajas de estar fuera de la lámpara que había disfrutado siempre.

En su refugio, o cárcel, ni siquiera necesitaba comer.

―Parece que te gusta. ―Alexis había dejado de comer para ver cómo se relamía.

―Aire puro, buena compañía… la comida me sabría a gloria aunque fuese una bazofia.

―No sé si me acabas de alabar o de insultar.

―Pienso repetir, así que puedes tomártelo como un halago ―sentenció antes de terminarse el bocadillo y pillar otro, tal y como le había asegurado.

―¿Qué comes cuando estás en la lámpara?

―No necesitaría hacerlo, pero a veces hago aparecer lo que más me apetezca en ese momento. Y si vas a preguntar cuál es mi comida favorita ―alzó un dedo para hacerla callar―, no tengo ninguna.

―Todo el mundo tiene una.

―Bueno, llevo siglos degustando comida de diferentes países y diferentes épocas. Algunos platos ya no existen hoy en día o no se pueden encontrar los ingredientes. Solo mi magia los puede hacer aparecer. ¿Cómo podría elegir solo uno y relegar al olvido al resto?

―Si lo planteas de esa forma, supongo que yo tampoco sabría elegir.

―¿Tú tienes una comida favorita?

―Los dulces que te di a probar el otro día. ―Se le iluminó el rostro al pensar en ellos.

―Pero eso es un postre.

―¿Y qué? Yo los comería a todas horas si no fuesen directo mis caderas.

―Tus caderas están bien. No tienen nada de malo.

―Yo… eh… bueno… ―Se sonrojó con intensad por ese halago tan franco―. Solo era una forma de decir que engordan, pero gracias.

―Si pides el deseo de comer y no engordar, podrías comprarlos todos los días ―sugirió el genio.

―Tentador, pero no voy a pedir ningún…

―Me encanta cuando me llamas así ―la interrumpió Everard, regalándole una de sus sonrisas granujas―. Tentador.

―No te estaba…

―¡Eh! ―la detuvo de nuevo―. Yo he alabado tus caderas, ahora no quieras dejarme sin mi halago.

―Pero yo no…

―Shhh ―chistó―. Ya está dicho, ricura. No puedes retractarte. Tu subconsciente te ha delatado.

Aunque abrió la boca para protestar, la mirada del genio le dijo que no se lo permitiría.

―Eres un hombre imposible ―se dio por vencida.

―Para ti no, ricura. Pide y se te concederá.

―Buen intento, pero por ahora no pediré nada. Y ―miró la hora―, ¿cuándo vamos a ver esa misteriosa sorpresa que tienes preparada?

―No soy yo quien la ha preparado, pero falta poco.

―Entonces empecemos a recoger. ―Se puso en pie, pero Everard chasqueó los dedos y antes de ponerse recta, ya estaba todo metido en la cesta―. La magia no es la solución a todo, listillo.

―Disculpe usted, señorita ―le hizo una reverencia―, por querer facilitarle las cosas.

―Si me acostumbro a que lo hagas todo con magia, me convertiré en una vaga que lo pasará muy mal cuando desaparezcas.

―Desea poder recoger y limpiar solo con el pensamiento y asunto arreglado.

―No voy a pedir… Espera, ¿se puede desear eso?

―No incumple ninguna norma.

―Creo que cuando decida gastar el segundo deseo, te pediré consejo ―admitió.

―Estoy aquí para complacerte, ricura.

Alexis se agachó para agarrar la cesta. De ese modo, pudo ocultarle el color carmesí de sus mejillas al genio. Necesitaba acostumbrarse pronto a sus halagos directos o se pasaría todo el día con el rostro colorado.

―¿Preparada?

Habían vuelto a casa para dejar la cesta y cambiarse de ropa. Everard solo le había dicho que haría mucho frío, así que sacó el abrigo del armario y se lo puso antes de responder.

―Preparada.

Se acercó a la entrada para recoger las llaves de la casa, pero Everard la detuvo cuando quiso llevar también las del coche.

―No vas a necesitarlas.

―¿Tan cerca es?

―No vas a necesitarlas ―repitió.

Se acercó a ella para rodearla por la cintura. Alexis se tensó por un momento al sentir la consistencia de sus brazos y evitó mirarlo a los ojos cuando la acercó tanto a su cuerpo que nada salvo la ropa los separaba.

―¿Preparada? ―preguntó por segunda vez.

En esta ocasión, Alexis se limitó a asentir, incapaz de hablar sin que le fallase la voz. Estaba muy nerviosa y no solo por la expectativa de la sorpresa.

―Pues vamos allá. ―Everard chasqueó los dedos.