Un sábado diferente
―Este es uno de mis lugares favoritos ―le confesó Alexis a Everard cuando llegaron a la cima de la colina.
Había estado pensando dónde podía llevarlo el fin de semana y el sitio se le presentó casi de inmediato.
La vista de la ciudad desde allí era impresionante, pero lo que más le gustaba era la paz que se respiraba en el ambiente.
Cada vez que estaba agobiada por algo, se perdía en la cima del monte y dejaba que el silencio hiciese su magia.
Y puede que no le hubiese hablado a nadie más de ese lugar, porque lo sentía muy suyo, pero no le importó compartirlo con Everard.
El genio merecía descubrir el mundo antes de volver a la lámpara y empezar por allí era un buen comienzo.
―Tiene las mejores vistas de la ciudad ―continuó―. Casi no lo conoce nadie, así que es como si fuese solo mío.
―¿Vienes mucho por aquí?
―A veces. ―No quiso concretar. No estaban allí para hablar de sí misma, sino para darle un buen día a él ―. Podremos estar tranquilos y nadie me creerá una loca por hablar sola.
―¿Y cuándo vienes a este lugar? ―insistió Everard―. ¿Por qué? ¿Algún motivo en concreto o solo porque te gusta el paisaje?
―Vengo cuando me apetece. ―Evitó mirarlo a los ojos―. ¿Damos un paseo primero o prefieres comer ya? He traído…
―Si queremos que esto funcione, tienes que ser tan sincera conmigo como puedas, Alexis.
―No sé de qué estás hablando.
―Hablo de pasar más de cuatro meses juntos. Si me mientes o me ocultas cosas no puedo…
―Mira quién habla. ―Fue su turno para interrumpir ―. El que niega haber tenido algo que ver en lo que le pasó a Ace el otro día.
―No es culpa mía que sea un patoso ―señaló.
―Admite que tú le ayudaste a serlo.
―Cuéntame primero por qué vienes ―la retó.
―No es nada del otro mundo ―le restó importancia―. Subo cuando el trabajo me sobrepasa o cuando necesito pensar.
―¿Y con qué frecuencia te sobrepasa el trabajo?
Alexis arrancó una brizna de hierba y la partió en dos antes de contestar.
―Hace seis meses me encargaron la agenda del señor Harlow.
Yo estoy en el mostrador, eso no me corresponde, pero habían pasado tantas secretarias por sus manos que ya no podían contratar a otra sin «desprestigiar» al bufete.
Me dijeron que era sencillo y que podría hacerlo en las horas muertas de la recepción.
Cosa que no pasa. Siempre tengo trabajo.
―Podías haber dicho que no.
―En realidad, no. ―Lo miró un momento y volvió a la brizna de hierba―.
Si no aceptaba, encontrarían la forma de echarme después.
No me lo dijeron con esas palabras, pero me quedó claro.
Así que firmé. Y ahora, si dijese que ya no quiero la agenda, no me devolverían mi antiguo puesto tal como era, sino que se buscarían a otra que hiciera ambas cosas.
Así que, cuando me agobio demasiado, subo aquí a recargar las pilas.
―Eso no es un trabajo. Es una condena.
―Pero me pagan a fin de mes ―matizó―. Tengo que pagar la hipoteca de un piso que ni siquiera me gusta y mi coche se lleva lo poco que consigo ahorrar. No me puedo permitir perder ese dinero.
Alexis esperó a que le dijese que todo aquello se arreglaba con un deseo, pero no lo hizo.
―No era tan difícil, ¿verdad? ―dijo él después―. Y no debes avergonzarte de admitir que necesitas desconectar del mundo de vez en cuando. Es muy sano, de hecho.
―¿Ahora también vas a hacer de psicólogo?
―Solo quiero conocerte mejor.
El rostro de Alexis se coloreó con intensidad y fingió buscar algo en la cesta que habían traído para que él no lo descubriese.
El genio le había asegurado que él proveería, pero Alexis quería que la salida juntos fuese lo más real posible, así que había metido comida para los dos y se había traído una manta para el suelo y otras dos por si refrescaba más tarde.
Aunque había repasado todo dos veces, la certeza de que Everard conseguiría cualquier cosa que se le hubiese olvidado era una garantía que no estaba dispuesta a confesar que le agradecía, porque se lo recordaría siempre.
Aunque era así. La magia tenía sus ventajas.
―Puestos a conocernos ―indagó cuando consiguió librarse del calor en las mejillas―, ¿por qué no me hablas un poco de ti? Esto tiene que ser mutuo, ¿no?
―Vivo en una lámpara la mayor parte del tiempo, no sé qué quieres que te cuente. No es muy entretenido.
―Haces magia. Eso ya es entretenido de por sí.
―Concedo deseos ―matizó.
―Chasqueas los dedos y consigues lo que quieres ―le recordó.
―Solo lo que necesita mi ama.
―Yo no necesitaba que Ace quedase en ridículo ante todos. ―Entornó los ojos volviendo al tema anterior.
―Créeme, lo necesitabas.
―¡Admites que fue cosa tuya! ―lo acusó.
―Admito que ese hombre es un idiota egocéntrico que no merece tu admiración.
―De acuerdo, dejémoslo. ―No quería discutir con él―. Pues háblame de tus amas. ¿Las recuerdas a todas?
―¿De verdad quieres que te hable de otras mujeres?
―Si queremos que esto funcione, tienes que ser tan sincero conmigo como puedas, Everard ―usó con él sus propias palabras.
―Está bien ―cedió―. Pregunta lo que quieras.
Y aunque quería saber cuántas mujeres habían pasado por su vida, al final, terminó preguntando algo muy diferente.
―¿Cuántos años tienes?
―Tantos que he perdido la cuenta ―sonrió―. Pero, oye, me conservo bien.
―Más que bien ―susurró Alexis antes de comprender que lo había dicho en alto.
―¿He oído una frase de admiración?
―Más quisieras, listillo. ―Guardó silencio mientras pensaba en su siguiente pregunta―. ¿Cuál ha sido el deseo más raro que te han pedido? ¿Puedes decir esas cosas o hay un contrato de confidencialidad que yo no he firmado todavía?
―La mayoría de las amas que he tenido están muertas, así que dudo que les importe si te hablo de sus deseos.
―Qué tétrico ha sonado eso.
―Pero es cierto.
―Bien, pues adelante. Responde.
―Bueno, no recuerdo la época exacta ―trató de hacer memoria―, pero, en una ocasión, una de las amas que tuve deseó tener una piara de cerdos.
―Mientes ―lo acusó intentando contener la risa.
―Te lo juro. ―Levantó la mano y le mostró la palma―. Deseó la piara de cerdos más grande de toda la aldea. Quería ser rica.
―¿Y por qué no pidió ser rica? ―Se le saltaron las lágrimas de tanto reír.
―Ten en cuenta que esto sucedió hace muchísimos años.
Más de los que te puedas imaginar. Los cerdos eran un activo valioso y poseer esa piara la convirtió, en efecto, en la mujer más rica y deseada de la aldea.
―Mientras se lo contaba, Alexis se carcajeaba hasta quedarse sin oxígeno en algunas ocasiones―.
Después de eso, los pretendientes aparecían hasta de debajo de las piedras.
Los rechazaba a todos, pero no dejaban de venir más.
Algunos incluso insistían a pesar de haberlos enviado de vuelta a sus casas.
―No puede ser ―dijo entre carcajadas―. ¿Cerdos? ¿Todo eso por unos cuantos cerdos? ¿En serio? Si me estás mintiendo…
―Es la verdad. Lo juro.
―Y cómo… ―Respiró profundo para dejar de reír―. ¿Cómo se deshizo de los pretendientes? ¿Aceptó la propuesta de matrimonio de alguno de ellos?
―No quería casarse con nadie, así que usó el último deseo para que solo aquellos que quisieran comprar cerdos pudiesen acercarse a ella.
―Pero eso es terrible. ―La risa murió en su garganta al escucharlo.
―Ella no lo vio así, desde luego. Le pareció un gran alivio no tenerlos detrás de ella todo el tiempo.
―Puede que en ese momento le pareciese una gran idea, pero con el paso del tiempo se arrepentiría. No pensó bien en lo que supondría ese deseo porque no creo que quisiese quedarse sola el resto de su vida.
―No todos tienen los mismos objetivos en la vida, Alexis. Hay gente que es feliz estando solo.
―Nadie es feliz solo ―refutó―. Puede que lo sea sin tener pareja, pero no cuando no tiene a nadie. Todos necesitamos alguien con quien hablar, con el que compartir experiencias o qué sé yo… con quien vivir, ya sean amigos o amantes. Pero alguien.
―Tenía a los cerdos ―dijo de forma tan casual que a Alexis le entró la risa una vez más.
―Eres una persona horrible, Everard Wolfe. Intento hablar contigo de algo serio y sales con eso. ―La risa le impedía hablar con normalidad y se le escapó un gallo que la hizo lanzar una nueva carcajada a la que se unió el genio―. Para ya.
―Yo no he hecho nada ahora ―rio.
―Me estás mirando ―lo acusó―. Deja de mirarme.
―¿Por qué iba a dejar de hacerlo? Es un gusto mirarte, Alexis.
Aunque no había dejado de reír mientras lo decía, el rostro de Alexis enrojeció por lo inesperado de esas palabras.
Ocultó el rostro como si tratase de controlar la risa, aunque en realidad se escondía de lo que Everard le hacía sentir cuando la halagaba de aquella forma, como si hacerlo no fuese nada extraordinario.
Y quizá sucediese así para otras mujeres, pero ella había recibido tan pocos piropos en su vida que no sabía cómo afrontarlos si no era ignorándolos.
―Demos un paseo ―le propuso, solo para no tener que mirarlo a los ojos durante un buen rato.
―¿No quieres cotillear sobre los deseos de otras de mis amas? Quizá encuentres inspiración en ellos. ―La risa no lo había abandonado del todo.
―Si implica alguna clase de animal, por muy bonitos que sean, no quiero saber más.
―¿Los cerdos te parecen bonitos?
―No me refería a ellos en concreto, pero tienen su encanto, si me preguntas. Aunque no querría uno en mi vida.
―¿Sabes qué es lo que nunca piden? ―dijo el genio después de un momento en silencio.
Cuando Alexis lo miró, continuó―. No estar nunca enferma.
Nadie se preocupa por su salud. Piden ser ricas, tener una casa enorme, coches de lujo, éxito en sus negocios…
pero nadie piensa en que no puedan disfrutarlo.
No se les ocurre pedir lo único que les impediría hacer todo lo que quieren.
―¿No está prohibido pedir eso?
―Las reglas hablan solo sobre manipular la historia o a otras personas.
―Pero evitar las enfermedades es como lo de pedir la muerte de alguien, con el resultado contrario.
―Aunque siempre estés sano, habrá un momento en el que tu vida se acabará. No transgredes las normas con ese deseo. La inmortalidad no podría concederla en ningún caso, pero sí buena salud.
―Interesante ―murmuró.
―¿Y tentador? ―Alzó una ceja con expresión divertida.
―Mucho, pero no lo haré ―le advirtió―. No sea que te tiente a ti hacerme pedir el tercero después.
―¿Por quién me tomas? ―Se llevó la mano al pecho ―. Tenemos un trato.
―Luego dirás que ha sido tu naturaleza de genio ―se burló.
―No lo negaré, pero también me tienta permanecer más tiempo aquí, así que estás a salvo por ahora.
―Mientras haya lugares nuevos que visitar ―rio― y experiencias intensas que vivir. Aunque de estas últimas no prometo darte muchas porque no soy muy aventurera.
―Me conformaré con lo que me ofrezcas.
―¡Qué noble por tu parte!
―Si supieras lo que significa esto para mí… ―Se puso serio―. Eres la primera mujer que quiere darme algo en lugar de pedírmelo, Alexis. Así que sí, aceptaré lo que me des y, si mañana decides formular los deseos que te faltan, seguiré agradecido por el día de hoy.
―No digas esas cosas. Haces que quiera llorar y hoy hemos venido a divertirnos.
―En ese caso, ¿qué propones? ―Se situó frente a ella y caminó hacia atrás para mirarla a los ojos―. Un paseo está bien, pero no es tan divertido como se lo pueda parecer a una aburrida como tú.
―No soy aburrida. ―Intentó golpearlo sin recordar que era incorpóreo y tropezó por el movimiento, al no toparse con ninguna resistencia.
―Lo has dicho tú hace un momento.
―Dije que no soy muy aventurera ―remarcó―. Pero tampoco soy aburrida.
―Demuéstralo.
―El problema es que como nadie te ve, no podemos ir a…
―Por supuesto ―la interrumpió sonriente―, échale la culpa al genio.
―Pero es así. Podría sugerirte muchas cosas, pero si hay gente cerca no podremos disfrutarlas igual. No podríamos hablar… bueno, yo no podría hacerlo para que no creyesen que estoy loca de remate. Lo más seguro es que tú no te calles ni debajo del agua.
―Dos personas se pueden divertir igual estando solas ―sugirió.
La mente de Alexis se inundó de imágenes en las que Everard y ella no tenían ropa y le ardió el rostro por lo inapropiado de la situación. Sobre todo, cuando el genio sonrió de aquella manera que tanto la irritaba.
―¿En qué estás pensando, ricura? ―rio―. Algo se te ha ocurrido, ¿verdad?
―Es culpa tuya ―lo acusó una vez más.
―Siempre es culpa mía, al parecer. No te puse esas ideas en la cabeza, pervertida. ―Materializó un dedo para golpearle la frente.
―Eres odioso. ―Cuando quiso apartarle la mano, ya volvía a ser incorpóreo y solo removió el aire.
―Horrible, odioso… ¿cuántos insultos más tengo que soportar por tu parte hoy, Alexis?
―Es que…
―Aunque creo que me quedaré con el de tentador ―la interrumpió de nuevo―. Lo prefiero a los otros.
―Yo nunca te he llamado así ―se defendió.
―No de manera directa, pero se sobreentiende.
―Eres… ―Se mordió el labio para no decir lo que estaba pensando.
―¿Otro insulto, ricura? ―Sonrió.
―Volvamos antes de que se estropee la comida del picnic. ―Se decidió por una retirada estratégica.
―Aburrida ―la provocó.
―No soy aburrida ―lo enfrentó, aun a sabiendas de que era una simple broma―. Y si lo crees, pues… no sé, propón tú algo.
―¿Me permites hacerlo?
―¿En serio puedo prohibirte hacer algo?
―Eres mi ama, Alexis, puedes hacer conmigo lo que quieras.
Una vez más, su mente divagó hacia rumbos por los que no quería ir. O no debería. Después de todo, él solo era un genio que desaparecería para siempre en cuanto formulase los dos deseos que todavía tenía.