Un gran apoyo #2
―Bien dicho ―anunció con orgullo.
Alexis elevó todavía más la comisura de los labios al oírlo y continuó caminando, consciente de la mirada de las mujeres al pasar junto a ellas, pero decidida a ignorarlas.
De repente, se echaron hacia atrás y se santiguaron, asustadas. Alexis miró a su alrededor, confundida, sin ver nada que pudiese haberlas hecho reaccionar así.
―¿Qué habrá pasado? ―preguntó a nadie en particular.
―No tengo ni idea ―respondió Everard con una voz que llamó la atención de Alexis.
―¿No habrás hecho algo? ―Lo miró con sospecha.
―¿Yo? ¿Qué podría haber hecho yo?
―Everard ―le advirtió.
―Solo te echaba una mano ―dijo, con la sonrisa en los labios, mientras movía la mano derecha, que era más sustancial que el resto de su cuerpo.
―¿Has materializado una mano? ¿Estás loco? Pero… ―Miró hacia donde habían desaparecido las mujeres mientras trataba de ocultar la mano entre las suyas, sin darse cuenta de que eso la haría parecer mucho más rara―. ¿Cómo se te ocurre? Les habrás dado un susto de muerte.
―Si van a cuchichear, que sea por algo que merezca la pena ―le sonrió de nuevo.
―Pero… ¡Oh, Dios! ―Se cubrió la cara con las manos al pensar en lo que habían visto las mujeres.
―Seguro que es en lo que pensaron ellas ―rio el genio―. O, tal vez, en el diablo. ¿Quién sabe?
―Es que no tienes remedio ―se quejó.
―Ni vergüenza, dicho sea de paso ―admitió él.
―¡Claro! Cómo a ti nadie te ve si no quieres…
―Puedo hacerte invisible.
―¿En serio?
―Solo tienes que pedir un deseo y…
―Ya, claro ―bufó―. Como si lo fuese a desperdiciar en eso.
―Yo solo te doy ideas.
Permanecieron en silencio mientras buscaban dónde comprar comida para llevar. Alexis no estaba segura de cuánto tiempo podía aparecer Everard, así que era mejor escoger un lugar poco visible donde tomar la cena con tranquilidad. Lo encontraron en el parque, lejos de los ojos de los transeúntes.
―¿Los deseos son permanentes? ―preguntó con curiosidad durante la comida.
Había estado pensando en eso desde que el genio le había sugerido lo de ser invisible. Había cosas que no entendía todavía y necesitaba hacerlo antes de pedir el siguiente deseo.
―Especifica.
―Si yo desease estar delgada, por ejemplo…
―Estás delgada ―remarcó.
―Lo sé, pero me refiero, si me sobrasen unos kilos y desease perderlos, ¿estaría siempre delgada o podría volver a engordar si no me cuido? A esa permanencia me refiero.
―Si quieres esa permanencia ―le dijo―, entonces deberías desear comer y no engordar.
―Claro. ―Se rascó la barbilla―. Todo es cuestión de cómo pidas el deseo.
Everard no dijo nada.
―¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? ―Él la miró sin comprender y ella se sonrojó―. Es decir, ¿siempre has sido un genio? Había un cuento infantil que…
―Conozco la historia ―la interrumpió―, pero no es realista. Nadie puede atrapar a una persona normal en una lámpara. Los genios… aparecemos por arte de magia, aunque parezca ridículo decirlo así.
―¿Por qué aparecen? ¿Qué lo provoca?
―No sé qué decirte. Nunca me he topado con otro genio para contrastar ideas y la lámpara no es muy comunicativa que digamos, la verdad.
Alexis notó la ironía en la última parte, pero decidió ignorarlo porque la curiosidad le podía.
―Entonces, tampoco sabes cuántos genios hay en el mundo ―supuso.
Everard elevó los hombros con resignación.
―¿Recuerdas el día que apareciste en la lámpara? ¿Cómo supiste lo que había que hacer o cuáles eran las normas sobre los deseos?
―Estaba todo en mi cabeza.
―¿Desaparecéis igual que aparecéis? ―se explicó―. Un día termináis vuestra labor y ¡puf! Se acabó todo.
―No creo que nuestra labor termine nunca. Siempre habrá gente desesperada que necesite ayuda.
Alexis permaneció en silencio sopesando todo lo que le había dicho el genio. Este, viendo que habían terminado de cenar, chasqueó los dedos para hacer que los restos desapareciesen.
―No es justo ―dijo Alexis de repente.
―¿Querías tirarlos tú?
―Eso no. ―Lo desechó con un gesto―. Me refiero a que tengas que pasar la eternidad ayudando a otros.
―Soy un genio, es lo que hago.
―Sí, pero ¿para siempre? Me parece muy cruel.
―Quizá un día desaparezca sin más ―sugirió y eso, a Alexis, le pareció incluso peor―. No pongas esa cara, ricura, no sería diferente a vuestra muerte.
―Claro que lo es ―se quejó― porque, al menos, yo habré conseguido mis objetivos.
Y, en el peor de los casos, habré tenido una vida llena de experiencias y anécdotas que me permitirán dejar este mundo con la sensación de estar completa.
Y puede que, incluso, tenga una familia que me echará de menos y que me recordará como una parte importante en sus propias vidas.
―Estoy seguro de que mis amas no podrán olvidarme.
―Pero no es lo mismo. ―Se sentía frustrada―. Ellas no son sangre de tu sangre. No… no es justo.
―La vida no es justa. Solo podemos elegir qué hacer con lo que nos toca.
―Tú no has elegido esto.
―Pero he decidido ser un buen genio. ―Le sonrió con petulancia―. El mejor de todos los tiempos.
―Uno insoportable, más bien ―bromeó con él.
Fue con aquella frase que comprendió que Everard no se merecía que ella le recordase cuán atado estaba a la lámpara. Merecía que le diese tantos meses buenos como le fuese posible, antes de que tuviese que irse para siempre.