Tres deseos Un gran apoyo
36%

Un gran apoyo

Si Ace la ignoraba sin pretenderlo antes, ahora que había quedado en ridículo ante ella, lo hacía a propósito.

Alexis pudo ver el cambio en él en cuanto entró en el edificio.

La tensión en la espalda, la mirada al frente evitando dirigirla a recepción, el disimulo con el que fingió buscar algo en el maletín cuando pasó a su lado, todo le decía que la estaba evitando.

Ahora sus posibilidades de conquistarlo se habían reducido más que nunca y, aunque no tenía pruebas, sabía que el genio había sido el causante.

Al final, no había tenido ocasión de hablar con él del incidente porque el paseo los había dejado en un estado de relajación que no quiso romper.

En momentos así, se alegraba de que Everard se fuese a quedar con ella más tiempo.

No es que se sintiese sola, pues tenía a sus amigas, con las que pasaba tanto tiempo como sus trabajos se lo permitían, pero convivir con un compañero de piso, incluso uno tan poco convencional, era una novedad refrescante.

Tal vez buscase uno de verdad después de pedir los dos deseos que le quedaban.

Claro que si pedía, como parecía ser la norma, que le tocase la lotería, ya no necesitaría a nadie.

―¿En serio te gusta? Si te ignora.

Alexis trató de mantener la calma cuando oyó la voz del genio tras ella. Tiró un bolígrafo al suelo para que nadie la viese hablar sola y, una vez agachada, le recordó el trato:

―Estamos en el trabajo, Everard. Anótalo.

―Respóndeme primero ―la instó.

―Sí ―se exasperó―. Claro que me gusta.

―Es un mojabragas, cierto, pero te ignora. ¿Cómo te puede gustar alguien que pasa de ti?

―Es… él es… ¡Agh! Es complicado. Ya lo hablaremos. ―Se irguió y saludó a dos abogados que se encontró de frente―. Buenos días.

Estos inclinaron la cabeza y, una vez se hubieron ido, Alexis dejó ir el aire para expulsar los nervios con él.

Después miró hacia el genio para recordarle, sin decir una palabra, que debía permanecer en silencio.

Este sacó la libreta y el bolígrafo con un chasquido de los dedos y anotó algo sin dejar de observarla.

No supo por qué, pero aquel gesto la hizo ruborizarse y giró el rostro para que no lo descubriese.

―Céntrate ―se dijo.

Si Everard iba a estar con ella tantos meses, tendría que acostumbrarse a tenerlo alrededor sin que eso le afectase o acabarían por creer que había enloquecido, al hablar sola y enrojecerse sin razón alguna.

Ni siquiera sabía por qué se sentía así en torno al genio, porque era un hombre insoportable que disfrutaba de incomodarla, tanto si había gente cerca como si no.

Debería odiarlo o, cuando menos, estar molesta con él.

Sin embargo, al recordar momentos como el que habían pasado la tarde anterior, se le escapaba una sonrisa y comprendía que quería más de eso.

No en plan romántico, no con él, pero sí del tiempo con un amigo con el que compartir por primera vez lo que a ella ya le parecía habitual.

Había algo especial en ser quien le mostrase el mundo a alguien que había sido engullido, casi de forma literal, por el tiempo y la magia.

El día anterior había descubierto que quería ser ella la que compartiese esos momentos con el genio.

Por eso se propuso organizar más salidas para los fines de semana.

Solo tenía que encontrar una excusa que no levantase sospechas en sus amigas porque, por más que disfrutase estando con ellas, no quería que los acompañasen.

Quería poder hablar con Everard y saber qué le parecía lo que estuviesen viendo.

―Disculpe, señorita.

Una señora mayor interrumpió sus pensamientos y la vergüenza se apoderó de ella por no haber prestado atención en el trabajo.

―Dígame. ¿Tiene cita con alguien?

―Había quedado con el señor Coleman para mañana por la tarde, pero ha surgido algo y necesitaría hablar con él ahora. ¿Es posible?

―Déjeme ver. ―Buscó en la agenda un hueco, pero no había nada―. Me temo que no puedo…

―Por favor, señorita. Es importante que hable con él ahora.

―De acuerdo, déjeme probar algo.

Descolgó el teléfono y marcó la extensión de Ace con el corazón desenfrenado.

Hablarle siempre la ponía nerviosa, incluso si lo hacía por teléfono.

Cuando no respondió, supo que era inevitable que fuese al despacho en persona y se lamentó por ello.

Después de cómo la había evitado al entrar, estaba segura de que no querría verla.

―Deme un minuto, señora…

―Grace Sheppard.

Pudo ver la esperanza en aquellos ojos ajados por la edad y le sonrió con afecto. Y para tranquilizarse a sí misma porque ahora no solo el corazón se había desbocado, sino también la respiración. Iba a ver a Ace y a hablar con él.

―Tú puedes ―susurró, consciente de que el genio lo podría escuchar si alzaba más la voz.

Golpeó la puerta con los nudillos con tanta delicadeza que, por un momento, dudó que lo hubiese oído. Sin embargo, un «Adelante» fuerte y decidido la instó a entrar. Aunque no esperaba encontrarse la escena que tenía ante ella.

Una Robyn que se recomponía la ropa y un Ace que se escondió tras la mesa para que nadie viese la evidencia en sus pantalones. Algo que, por otra parte, Alexis no dejó de notar.

―Yo ya me voy ―dijo Robyn―. Te dejo aquí los papeles, Ace.

Cuando pasó junto a Alexis, le dedicó una sonrisa prepotente que ella odió. Le decía que había ganado una vez más, que podría tenerlo siempre que quisiera. Incluso en horario de trabajo.

―Ha llegado una de sus clientas preguntando por usted, señor Coleman. La señora Sheppard querría…

―Hoy no tengo cita con ella ―la cortó con brusquedad.

―Lo sé, ella me…

―Entonces no hay nada que hablar.

―Dice que es urgente y que no… ―Vaciló cuando él fijó la vista en ella―. No puede esperar.

―Si le hiciese caso a todos los clientes que usan esa excusa, los atendería a todos el mismo día y tendría el resto del mes libre.

―Parece bastante preocupada ―insistió con menos entusiasmo ahora―. Es posible…

―Cuando alguien pide cita con un abogado es que le preocupa algo.

La actitud cortante de Ace le hizo daño, aunque no entendía por qué. Siempre la había ignorado y nunca le había afectado como lo estaba haciendo en ese momento. ¿Qué había cambiado? Bueno, que Robyn estuviese allí con él era un buen motivo, pero ya los había visto besándose en otra ocasión.

―Ahora no tiene a nadie. ―El tono de voz fue bajando a medida que hablaba―. Tal vez… tal vez podría… no sé. No le cuesta nada hablar con ella para ver qué necesita.

―Mira, preciosa, si no tengo clientes ahora es porque necesito ese tiempo para preparar algunos casos. ―Ace se levantó y rodeó la mesa para apoyarse en ella y cruzar los brazos y las piernas―. Si esa mujer me quiere consultar algo, que lo haga el día de la cita.

―¿Acaso nunca has tenido una urgencia? ―A Alexis le molestó aquella actitud y no pudo evitar enfrentar al abogado por lo que le parecía una injusticia―. Es una mujer mayor, no tiene tiempo para perder como tú. ¿Qué te cuesta hablar con ella ahora y comprobar si puede o no puede esperar a mañana?

―¿Así que ahora ya somos amigos? ―Elevó una ceja y sonrió.

―Yo… ―Alexis se ruborizó al comprender que había olvidado el tratamiento por el enfado―. Yo no…

―No he dicho que me disguste. ―Se acercó a ella y le regaló una sonrisa lobuna―. De hecho, me gustan las mujeres con carácter.

―La señora Sheppard espera una respuesta.

Se había puesto nerviosa por aquel cambio de actitud. Primero la ignoraba, después la evitaba y, ahora, ¿coqueteaba con ella? ¿Justo después de que lo hubiese pillado con Robyn en su despacho? No sabía cómo sentirse al respecto.

―Que siga esperando. ―Dio un nuevo paso hacia ella―. Ahora que recuerdo, tú y yo tenemos una conversación pendiente.

―Estamos en el trabajo. ―Tropezó con una silla en el intento de acercarse a la puerta―. Le diré a la señora Sheppard que puede pasar.

Dicho aquello, salió del despacho a toda prisa.

No le quería dar tiempo a Ace a negarse ni pretendía pasar más tiempo con él a solas.

Todavía recordaba lo que había pasado el día anterior cuando intentó algo con ella y no quería que el genio interviniese.

Si es que lo había hecho él, pues todavía no había podido confirmarlo.

Cuando regresó a recepción, después de acompañar a la señora, pudo respirar con normalidad por primera vez en los últimos minutos. Pero no logró evitar la sorpresa cuando Everard le deslizó un papel sin que lo viese nadie más.

Tienes un buen corazón, Alexis, no lo pierdas nunca.

Lo miró con disimulo y descubrió que le sonreía con una sinceridad que la dejó, una vez más, ruborizada.

No estaba segura de si el genio se había dado cuenta de cuánto necesitaba aquellas palabras y por eso se las había dado, pero las atesoró en el pecho, junto al corazón, que ahora se le había calentado.

Guardó la nota en el bolso con disimulo porque pretendía conservarla. No sabía por qué, pero no quería perderla.

―¿Te parece si caminamos? ―susurró Alexis al salir del trabajo.

El día había amanecido soleado y continuaba igual, así que no le apetecía meterse en el bus de regreso a casa, sobre todo, porque solía estar bastante lleno a aquella hora.

―Podríamos parar en algún sitio para comprar algo de comer y buscar un lugar tranquilo en el parque ―sugirió en el mismo tono bajo―. Hace muy buen día.

―Si es lo que deseas…

―No es un deseo de los que me quedan. ―Lo miró al hablar, dispuesta a enfrentarlo por eso, pero vio que le sonreía con petulancia. Era broma de nuevo y había caído en la trampa de cabeza―. Eres insoportable.

―Y tú estás hablando sola ―le susurró, señalando al frente, donde dos mujeres cuchicheaban sobre ella.

―Ahora te odio más.

―Y aun así quieres que me quede contigo hasta que superemos los cuatro meses que estuve con mi otra ama ―le recordó.

―Así de loca estoy ―dijo sin que pudiese contener la sonrisa que se le dibujó en el rostro.

―Ellas lo piensan.

―Hace un día demasiado bonito para preocuparme por lo que piense alguien que ni me conoce.