Tres deseos Fin de la jornada #2
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Fin de la jornada #2

―Tú no eres así ―se dijo al salir de la ducha― y lo sabes. Te odiarías por hacerlo, aunque Robyn no se merezca tu consideración. Eres mejor persona que ella.

Se miró al espejo después de limpiarlo y permaneció frente a su reflejo, buscando algo que la hiciese ser especial.

No era su cabello rubio apagado, ni los ojos marrones, tan comunes.

No eran sus líneas anodinas, ni su nariz pequeña.

Había armonía en sus facciones, pero no la hacían destacar.

Sabía que podía deslumbrar si se arreglaba, pero le habría gustado ser una de esas personas que destacan incluso sin proponérselo. Como lo hacían Robyn o Ace.

Por un momento, se planteó desear ser irresistible, aunque creía que eso no estaba permitido, pero se le ocurrió que, entonces, nunca sabría si la querían por ser ella misma o por la magia que los atraía.

―Deja de pensar tonterías ―se reprendió, antes de vestirse. Cuando salió del baño, se había repuesto ya del momento de debilidad.

El móvil sonó y el nombre de su madre en la pantalla la hizo sentarse en la cama.

―Hola, mamá.

―Te he llamado ya dos veces.

―He tenido lío en el trabajo ―se disculpó―. ¿Todo bien por ahí?

―Todo bien. ¿Y tú?

Alexis se quedó mirando la pared. Podría haberle contado lo mal que lo pasaba desde hacía seis meses en el trabajo o lo difícil que le resultaba sentirse invisible a ojos del hombre que le gustaba, pero su madre no merecía preocuparse por ella más de lo que ya lo hacía.

―De maravilla ―mintió―. Hoy el señor Harlow me ha felicitado por cómo llevo su agenda.

―Eso está muy bien, hija.

Hablaron de la vecina del segundo y de la revisión que le tocaba en marzo, en la que contaban con que todo saliese perfecto como la última vez.

Eran amigas desde hacía más de diez años, cuando la mujer se había mudado al edificio.

Su madre le había ayudado a subir algunas cajas y, desde entonces, se habían vuelto inseparables.

Se juntaban cada día en casa de una de ellas para tomar un café y pasar la tarde.

Al menos, Alexis sabía que su madre no estaba sola.

―Te dejo, mamá. Ya te llamaré otro día con más tiempo.

―Hasta pronto, cielo.

Colgó y se quedó con el móvil en la mano un momento. Después lo dejó boca abajo sobre la mesita de noche.

No encontró al genio por ninguna parte y se preocupó por él sin poder evitarlo. Se había habituado a que estuviese cerca, en el poco tiempo que lo conocía y, aunque le había dicho en múltiples ocasiones que no tenía que estar a su lado siempre, no verlo resultó extraño.

Se paseó por la casa, convenciéndose a sí misma de que solo quería comprobar que todo estuviese en orden, pero cuando lo encontró suspendido en el aire junto a la ventana que daba a la ciudad, dejó ir un suspiro de alivio.

―Todo cambia ―dijo él, quizá al viento, quizá a ella, cuando abrió la ventana para asomarse―. Cada vez que salgo de la lámpara, hay algo nuevo que explorar o que descubrir.

―Pero no siempre puedes ―añadió ella al ver que se quedaba en silencio. Cuando comprendió que no hablaría más, se atrevió a dar el primer paso―. Venga, vamos fuera.

―¿Qué? ―Everard la miró.

―Todavía es temprano para cenar ―dijo, caminando por la casa― y me apetece estirar las piernas. Vamos a dar un paseo.

Se calzó unas zapatillas de deporte y buscó el abrigo para no pasar frío. Para cuando tenía las llaves de la casa en la mano, Everard ya estaba a su lado.

―No tenemos mucho tiempo, así que nos quedaremos por el barrio ―le informó antes de salir de casa―. El fin de semana podemos planificar algo más lejos. Si me dices qué te gusta más, podemos elegir el lugar. ¿Playa? ¿Montaña? ¿Edificios emblemáticos? ¿O tal vez prefieres museos?

―¿Harías eso por mí? ―susurró Everard.

―Bueno ―elevó los hombros para restarle importancia al asunto―, si vamos a intentar superar los cuatro meses que pasaste con tu última ama, algo se nos tendrá que ocurrir para aprovecharlos bien, ¿no crees? ¿O pensabas estar encerrado en el piso todo el tiempo?

―Me habría bastado con ir a dónde tu fueses ―se sinceró.

―Pues yo voy a dar un paseo por el barrio. ―Abrió la puerta y salió al pasillo. Ni siquiera miró atrás para ver si la seguía porque sabía que lo haría.

Tampoco se atrevió a mirarlo a la cara mientras bajaban en el ascensor.

Podía notar cómo mantenía toda la atención sobre ella, pero no estaba segura de que fuese buena idea descubrir qué sentía el genio en ese momento.

Había seguido un impulso al notar su nostalgia y no se arrepentía.

Aunque le preocupaba cómo lograr que nadie la viese hablando sola si Everard decidía que prefería ir a un lugar público, estaba dispuesta a intentarlo por él.

―No tienes por qué hacer esto, Alexis. ―El genio la miraba con una expresión indescifrable para ella―. Me basta con ir adonde tú vayas. Lo dije en serio la primera vez.

―Me apetece dar una vuelta por el barrio ―repitió―. Ven conmigo si quieres. O quédate. Me da igual.

Caminaron en silencio, mirando los escaparates a su paso. Siempre había deseado tener un parque cerca de casa, pero le tocó conformarse con calles asfaltadas y flanqueadas por tiendas y restaurantes. Era un buen lugar para vivir, a pesar de todo, así que no podía quejarse.

Después de un rato, Alexis se detuvo en una de sus pastelerías favoritas y entró para comprar dos ricas tartaletas de nata y fresa que le hacían la boca agua cada vez que las comía.

No se permitía pasar mucho por allí, pero de vez en cuando se daba el capricho.

Después, buscó un lugar tranquilo y solitario donde poder darle el pastel a Everard.

No había pensado en que el genio era corpóreo hasta que ya tuvo los pasteles en la mano.

―No sé si puedes saborear la comida ―le dijo, algo cohibida―, pero este es, sin duda, el mejor dulce del mundo. Mi favorito.

―Puedo si me hago corpóreo ―respondió.

―¿Y podrías? ―Lo miró con esperanza―. ¿O todavía es pronto?

―Creo que podré mantenerme mientras lo pruebo. ―Le sonrió de regreso al ver cómo se estiraban sus labios en una deslumbrante sonrisa feliz.

―Estupendo. ―Le entregó el pastel―. Sé que te va a encantar.

La mirada de Everard quedó prendida, por un segundo, en los gestos que hacía Alexis mientras mordía la tartaleta y disfrutaba de su sabor.

En aquel gesto, el genio pudo ver felicidad pura y supo que quería que se extendiese a la vida de Alexis.

Y él se encargaría de eso con los dos deseos que le quedaban por pedir y con el tiempo que pudiese compartir con ella antes de tener que alejarse para siempre en busca de otra ama a la que complacer.