Fin de la jornada
Alexis no se sentía bien cuando volvió a su puesto. La conversación con el genio le había dejado muy mal sabor de boca porque le había recordado lo que no tenía y tanto ansiaba. ¿Tan difícil era poder conocer a alguien que se interesase por ella y solo por ella?
Sabía que Everard tenía razón y que estar con Max o con Ace no le convenía, pero no podía evitar pensar que, quizá, si llegasen a conocerla de verdad, alguno de ellos la elegiría por encima del resto de mujeres.
Que querrían tener una relación duradera con ella.
Y no es que quisiese algo serio con Max, pero Ace era el hombre de sus sueños.
Lo había sabido nada más verlo. Pero, ¿qué podía hacer para convencerlo a él si ni siquiera era capaz de hablarle sin que le fallase la voz o sin tropezarse con algo?
―Tú. ―El hombre que desvelaba sus sueños estaba frente a ella ahora, intentando recordar su nombre. Su cara se coloreó al momento―. Voy a reunirme con un cliente importante, anula todas mis citas para hoy y búscales hueco otro día.
―Alexis ―le dijo con voz aturdida. Apenas lograba registrar lo que le estaba diciendo porque solo podía escuchar el latido acelerado de su propio corazón.
Le costaba tragar con normalidad y se llevó la mano a la boca cuando sintió humedad en ella.
El sonrojo de la cara llegó al cuello también al comprender que se había puesto a babear delante de Ace.
―No metas a ninguno en los huecos de mañana ―siguió hablando como si no la hubiese escuchado―. Necesito esas horas libres.
―Ajá.
De repente, el genio apareció detrás de Ace y la miró con las cejas elevadas en un gesto interrogativo.
Intentó ignorarlo mientras lo veía alternar la vista del abogado a ella y viceversa, pero cuando este se limpió la comisura de la boca con los dedos, lo imitó casi con pánico, por si se le había escapado más saliva.
―Hazle llegar estos papeles al señor Harlow lo antes posible. ―Le tendió un fajo de folios sin mirar hacia ella en ningún momento.
Everard hizo un gesto de sorpresa cuando el hombre le pidió eso y se cruzó de brazos a modo de protesta silenciosa. Alexis trató de mantener la compostura:
―La señorita Minnet es quien se encarga de…
―No tengo tiempo. Dáselos… ―Cuando la miró, se quedó mudo por un instante―. ¿Tú no eres la que se paseaba sobre las cabezas de los…?
―Se los llevaré ―lo interrumpió, apurada.
Sobre todo cuando vio que el genio parecía bastante interesado en oír el final de aquella pregunta.
Lo vio escribir en la libreta que había hecho aparecer con un chasquido de dedos cuando le pidió que no le hablase durante el trabajo y supo que pensaba preguntarle más tarde sobre aquello.
Le habría gustado robarle la libreta y destrozarla, pero sería raro si nadie podía verla, así que se centró en Ace y en los papeles que había dejado a su lado.
―Tienes unas piernas impresionantes ―insistió él, apoyado en el mostrador. Al parecer, se le había olvidado que tenía prisa―. Deberías lucirlas, Alexa.
―Alexis ―repitió en automático, aunque lo que más deseaba en ese momento era que se fuese para que el genio no la pusiese más nerviosa de lo que solía estarlo delante de Ace.
Además, se suponía que estaba con Robyn. No debería coquetear con otras mujeres. ¿O acaso se estaba imaginando lo que no era? Había soñado durante tantos meses con el día en el que Ace se fijase en ella que igual estaba viendo lo que no había en sus palabras.
―Deberíamos quedar algún día para tomar algo ―le sugirió él.
Esta vez, ni siquiera miró hacia Everard, que abrió la boca casi tanto como ella cuando comprendió que le estaba coqueteando, tal como había pensado.
―Pero Robyn…
Everard movía la mano sobre la garganta para decirle que cortase aquella conversación de inmediato y las manos de Alexis comenzaron a jugar con el bolígrafo para intentar relajarse. Si hablar con Ace la alteraba de por sí, el genio lo empeoraba.
―Robyn no tiene por qué enterarse. ―Se acercó por encima del mostrador para susurrar―. Esto será solo cosa nuestra.
―Yo… ―dudó sobre cómo responder a eso.
De repente, con un chasquido de dedos, Everard se situó junto a Alexis.
Un fuerte viento abrió la puerta principal al mismo tiempo que él se había materializado a su lado, y se llevó varias hojas de las que Ace había dejado en el mostrador para el señor Harlow.
El hombre, molesto por esa interrupción, se agachó para recogerlas.
Entonces, cuando estaba inclinado, se le escapó un sonoro gas y se levantó con el rostro rojo, ya no por el enfado sino por la vergüenza.
La gente en la sala de espera se cubría la boca para ocultar la sonrisa. Alexis, casi tan colorada como él, no sabía si mirarlo a la cara o fingir que estaba ocupada con el ordenador.
―Mamá. ―Un niño de apenas cinco años señaló a Ace―. Ese hombre se ha tirado un…
―Shhh, calla, Samuel.
La madre, colorada también, tiró del niño para ocultarlo con el cuerpo, al tiempo que le susurraba una advertencia sobre modales.
Nadie lo pudo escuchar, pero el mal ya estaba hecho.
Con la inocencia de ese niño, se había roto una barrera invisible y la compostura se perdió, dando paso a unas sonrisas abiertas y alguna que otra risa disimulada.
―Me haré cargo de esto ―dijo Alexis, por si podía aligerar, de esa forma, el momento tan incómodo que estaban viviendo.
―Gra…
El final de la palabra se convirtió en un eructo que les arrancó carcajadas a los presentes, ya incapaces de controlarse.
Alexis miró hacia Everard con disimulo. Que a Ace se le escapase un pedo podía pasar, pues no sería el primero al que le ocurría, pero eso ya no le parecía tan normal.
El genio le sonrió de forma tan inocente que sospechó todavía más de él.
―¿Has sido tú? ―lo acusó, mientras Ace se alejaba hacia la salida, sacando pecho como solo un abogado que se enfrentaba al público a diario podría hacerlo.
―¿Yo? ¿Por qué habría de ser yo? ―La miró como si la pregunta lo hubiese ofendido.
Alexis regresó la atención a Ace cuando este tropezó con la pata de una silla que, en un intento por cubrirse el rostro ante los clientes, mesándose el cabello, no había visto. Trastabilló varios pasos sin llegar a caer, pero eso provocó nuevas carcajadas en los presentes.
―¡Has sido tú! ―Alexis acusó a Everard de nuevo.
―¡Qué no! ―insistió él.
Cuando el abogado alcanzó la puerta e intentó abrirla, esta se le resistió unos segundos valiosísimos para que escuchase bien cómo se reían de él.
―¿Por qué ocultas las manos detrás de ti? ―Alexis entrecerró los ojos.
―Por nada.
Se las enseñó, lo que liberó la magia e hizo que el hombre se golpease con el canto de la puerta. Las carcajadas aumentaron.
Alexis miró de nuevo hacia él y reprimió el impulso de acercársele para pedirle perdón. Aunque el genio insistiese en que no había sido él, estaba convencida de lo contrario. Por eso, cuando Ace salió por fin del edificio, la joven fulminó a Everard con la mirada.
―No es culpa mía que sea tan patoso ―se defendió este sin una pizca de culpabilidad en el rostro.
―Si me… ―Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la estaba observando―. Si lo has hecho tú, no te lo perdonaré en la vida.
Agarró los papeles que el abogado había dejado en el mostrador y se los llevó a Robyn, que no se había enterado de nada.
―Tu novio ha dejado esto para el señor Harlow ―le dijo.
―Qué pena que no haya podido venir él en persona. ―La sonrisa de Robyn pretendía molestarla lo mismo que las palabras.
―Sí ―dijo ella, todavía enfadada por lo que pensaba que había hecho Everard―, una pena.
Regresó a su puesto y no le volvió a dirigir ni una sola mirada al genio.
Llegar a casa supuso puro alivio y, olvidando por un momento al genio, que se había mantenido silencioso en el camino, Alexis se quitó el sujetador. Dejó ir un gemido de gusto.
―Admiro la capacidad que tenéis de sacaros ropa de debajo de otra ropa.
Alexis gritó al oírlo y se llevó la mano al pecho.
―Deja de hacer eso ―le recriminó.
―Iba detrás de ti ―respondió él sin ningún remordimiento por haberla asustado.
―Pero nunca haces ruido y a veces me olvido de que estás ahí.
―Me encargaré de hacer más ruido la próxima vez.
No estaba segura de que eso fuese a gustarle. Empezaba a conocerlo y sabía cuán irritante podía llegar a ser. Temía que el remedio fuese peor que la enfermedad, como dictaba el refrán.
―No importa. Ya me acostumbraré.
―Como desees, ama. ―La sonrisa astuta que le regaló le hizo saber que no se había equivocado en sus suposiciones.
―Necesito ducharme. ―Lo miró―. Te recuerdo que no tienes permiso para entrar al baño.
―¿Y si tengo que hacer mis cosas? ―Elevó una ceja.
―¿Tú haces… tienes que…? ―Un intenso sonrojo le cubrió la cara, mezcla de vergüenza por imaginárselo en el baño y estupidez por haber pensado que un ser mágico no tenía necesidades tan mundanas. Después descubrió la sonrisa que le dedicó y su azoramiento se convirtió en enfado―. Eres insoportable.
Se movió a su habitación para buscar ropa limpia y se encerró en el baño intentando no escuchar las risas del genio a su costa.
―¿Y si tengo que hacer mis cosas? ―imitó su voz en bajo para que no la oyese. Aunque estaba convencida de que si le apetecía lo haría sin ningún problema―. Imbécil presuntuoso.
Se metió en la ducha y permitió que el agua le cayese por el cuerpo en una cascada que le relajó todos los músculos.
No había notado cuán tensa estaba hasta que el chorro la golpeó con fuerza.
No podía probarlo, pero sabía que Everard había provocado todo el altercado con Ace y eso la había enfurecido.
¿Es que no le había dejado claro ya que no se tenía que meter en su vida?
¿Qué era su decisión? En el fondo, sabía que no lo hacía para molestarla, pero era tan irritante.
Quizá, lo que más le molestaba era que, por primera vez, Ace se había fijado en ella. Le había molestado la insinuación de engañar a Robyn, pero la mujer no le gustaba, así que ¿qué podía haber de malo en eso?