De vuelta al trabajo #2
Alexis lo comprobó en el ordenador antes de hablar de nuevo.
―Puede pasar, señora Colton ―le dijo―. Enseguida estará con usted.
Aunque ambos jefes tenían secretarias propias, cada cliente pasaba antes por sus manos. El resto de abogados contaban con ella para gestionar sus citas, de ahí que el señor Harlow le encargase la suya.
Por un momento se quedó sola en la recepción y le preocupó que el genio empezase a hablarle, pero no lo hizo.
Permanecía sentado, o debería decir suspendido, sobre la impresora, con la libreta en la mano.
Si había anotado algo más, no había sido consciente de ello, pero como tampoco quería darle motivos para hacerlo, permaneció en la silla, comprobando que las citas estaban en orden.
El señor Harlow salió del despacho a media mañana con la agenda en la mano y la dejó caer sobre el mostrador desde más altura de la necesaria.
―La señora Ferris ―dijo―. A las cuatro.
―La pasé al jueves ―respondió Alexis―. Usted tenía una vista esa tarde y la última vez se alargó hasta las seis.
―Yo no le pedí que le cambiase el día. Le pedí que le buscase un hueco.
―Fue imposible, señor Harlow. Su agenda ya está muy apretada. La única cosa que podía…
―Señorita Gardner, le pago para que ajuste la agenda a lo que yo le pido, no para que me ponga excusas.
―Gardiner ―murmuró; después alzó la voz―. La llamo ahora mismo para que venga a las cuatro.
―Hágalo. ―Harlow se apartó y se alisó la chaqueta―. Y recuerde que su trabajo es seguir las directrices que le marco. No quiero improvisaciones. Si le viene grande, hay mucha gente ahí fuera que ocuparía su puesto encantada.
Recogió la agenda y volvió al despacho sin esperar respuesta. La puerta se cerró con un golpe seco y una de las clientas fingió que buscaba algo en el bolso para no mirarla.
Alexis descolgó el teléfono. Le temblaba la mano izquierda, así que la escondió bajo el mostrador y marcó con la otra.
Everard ya no estaba sobre la impresora. Se había plantado delante de la puerta del despacho, tan cerca que habría podido tocar el pomo. Cuando se volvió hacia ella, Alexis le sostuvo la mirada y negó con la cabeza una sola vez.
El genio regresó a su sitio. Abrió la libreta, pero se quedó con el bolígrafo levantado un buen rato y no escribió nada.
Salvo por aquello, la mañana se le pasó en un suspiro. El descanso, merecido, le vino de maravilla a su espalda dolorida. Cuando se sentó en el banco de siempre, dejó ir un suspiro feliz.
―¿Qué tiene ese hombre para que te haga tropezar?
―Everard ni siquiera la dejó empezar el tentempié.
Le lanzó pregunta tras pregunta sin esperar respuesta―.
¿Por qué haces el trabajo de la secretaria de tu jefe?
Están pagando dos sueldos para nada. Y encima, el hombre es un desagradecido.
¿Y qué te ha hecho esa mujer para que apague tu luz natural?
¿Tiene algo que ver con el adonis que te convierte en una torpe?
¿Están juntos y por eso la odias? ¿Habrías preferido ser tú la que llamase su atención?
Te diré que ese hombre no te conviene, como tampoco lo hacía Max.
¿Es que no puedes fijarte en uno bueno para variar?
―¿No puedes dejar de hablar por un momento? ―le pidió, fingiendo que bebía, para que nadie la viese mover los labios―. Necesito este descanso y así no lo podré disfrutar.
―Responde a las preguntas y te dejaré en paz lo que reste de día laboral.
―No son tan fáciles de responder ―se quejó.
―Ese hombre me gusta, Everard. ―El genio trató de imitar su voz y, mal que le pesase, lo hacía muy bien.
Quizá era cosa de la magia―. La secretaria de mi jefe es una inútil que no sabe ni hacer su trabajo, por eso me encargo yo, Everard.
La odio porque se ha enamorado del hombre que me gusta, Everard, y me encantaría que la hicieses desaparecer, pero sé que está prohibido.
―Muy gracioso, Everard. ―Odió que hubiese acertado con tanta precisión―. ¿Por qué tienes que decir tu nombre con cada frase?
―Suena muy bien en tus labios ―le dijo sin más.
Un intenso sonrojo le cubrió la piel del rostro y llevó el vaso a los labios para tratar de ocultarlo. Lo único que le faltaba era que el genio viese cuánto le habían afectado esas palabras.
―¿En serio te gusta ese hombre? ―insistió.
―Sé que no tengo posibilidades.
―No te pregunté eso, Alexis.
―Ace es… ―No sabía cómo explicarle lo que había sentido cuando lo vio la primera vez―. Por donde él pasa, nadie puede dejar de verlo. Es atracción pura y deseo hecho carne. Y tiene una sonrisa perfecta…
―Estás diciendo que se te mojan las bragas cuando lo ves. ―La forma tan directa de decirlo la espantó y un nuevo sonrojo ardió en sus mejillas―. No puedes decir que te guste, solo que te excita.
―¿Puedes dejar de decir esas cosas? A ti no te oyen ni te ven, pero a mí sí ―lo reprendió, abochornada por la conversación.
―¿Lo conoces siquiera? ―Everard no le hizo caso―. ¿Sabes algo de él aparte de que es irresistible?
―No he tenido ocasión. ―El sonrojo persistía―. Si lo tengo delante me pongo tan nerviosa que no puedo ni hablar.
―Lo que necesitarías es acostarte con él para que se te pasase el encaprichamiento ―sentenció―, pero el rubiales no merece tenerte en su cama. No merece ni los pensamientos que le dedicas.
―¿Es que para ti ningún hombre en el que me fijo es lo suficientemente bueno?
―Lo miró con censura. Ni siquiera le importaba ya si alguien la veía hablar sola―.
Porque te recuerdo que decías que Max tampoco me merece.
¿Crees que tengo tanto que ofrecer que unos simples mortales como ellos son poca cosa para mí?
Era una burla, por supuesto, pues no se sentía mejor que nadie, pero Everard la sorprendió una vez más al decirle lo que pensaba sin tapujos:
―Mereces a un hombre que solo te quiera a ti, que solo tenga ojos para ti, que solo se desviva por ti. Y ninguno de esos dos lo haría. Te usarían a su antojo y después te desecharían sin pestañear. Y tú te quedarías destrozada y te echarías la culpa de su falta de escrúpulos.
Alexis tragó con dificultad al encontrarse con el genio tan solo a unos centímetros del rostro. Se había ido acercando mientras hablaba y, aunque ella había sentido la necesidad de alejarse, sabía que se vería muy raro para quien no podía verlo a él. Aunque ya la habrían visto hablar al aire.
―¿A ti qué te importa? ―susurró.
―Estoy aquí para que seas feliz. ―Se alejó un poco―. Y ellos no te darán lo que buscas.
―Encontrar la felicidad implica cometer errores por el camino ―añadió ella.
―No cuando tienes un genio que te dará lo que más deseas.
―Nadie puede darme lo que más deseo ―negó―. Ni siquiera la magia. Tú mismo lo has dicho, Everard, no puedo desear que se enamoren de mí.
Se puso en pie para tirar el resto del tentempié y se dirigió hacia el bufete. El descanso se había terminado.