Tres deseos De vuelta al trabajo
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De vuelta al trabajo

Después de dos días intensos, a Alexis el domingo se le antojó aburrido, pero no se quejó porque lo había necesitado para mentalizarse de que el lunes vería a Robyn y a Ace en la oficina.

Con todo lo que le había pasado desde que conoció al genio, se había olvidado de ellos y de que los había descubierto el viernes en aquel bar, comiéndose la boca.

Ahora, sentada tras el mostrador de recepción, esperaba nerviosa a que llegasen, con el corazón latiendo frenético en el pecho, preocupada de que Robyn dijese en alto algo inapropiado que la dejase en evidencia.

Si les contaba a todos cómo la habían transportado por el aire hasta que acabó tirada en el suelo, se moriría de vergüenza.

No era esa la imagen que quería proyectar en el bufete.

―Te noto nerviosa. ¿Pasa algo?

Alexis saltó en el sitio al escuchar la voz del genio.

No había querido mirar hacia él, por si así entendía que prefería que se fuese sin tener que decírselo, pero al parecer no lo había captado.

O no le había interesado hacerlo. Ahora se lamentaba de no haberle aclarado en casa que no podía seguirla hasta el trabajo, aunque se temía que tampoco le habría hecho caso.

Parecía empeñado en seguirla a todas partes para protegerla de cualquier peligro, como decía siempre, hasta que pronunciase los tres deseos.

Sabía que era una excusa para molestarla y que, en realidad, eso no formaba parte de su trabajo, pero no podía hacer nada para impedírselo.

Después de todo, el genio tenía magia. ¿Qué podía hacer ella contra eso?

―Si te acosase un genio al que solo puedes ver tú, te sentirías igual de nervioso ―susurró, intentando no mover los labios, para que nadie la oyese―. No me apetece que me tachen de loca por hablar sola.

―Prometo portarme bien ―le dijo con descaro―. Y ahora, ¿me dirás por qué estás tan nerviosa?

―Nada que te incumba. ―Amplió la sonrisa cuando uno de los abogados del bufete pasó por recepción―. Buenos días.

El hombre iba pendiente del teléfono y ni siquiera se molestó en hacerle saber si la había escuchado o no, aunque Alexis suponía que era lo segundo.

Pocos en el bufete se dignaban a hablarle por considerarla una simple recepcionista y, aunque no solía molestarla en exceso, que Everard pudiese ver cuán ninguneada era en su trabajo la hacía avergonzarse de ello.

Por suerte, el siguiente en entrar la saludó sin esperar a que ella lo hiciese en primer lugar.

Se habría sentido bien por ello, pero sus ojos dieron con Robyn, que entraba en ese momento, y se tensó a medida que se acercaba a ella.

La sonrisa maliciosa que le estaba dedicando era demasiado reveladora y, por un momento, se sintió tentada a desear que ella también olvidase lo que había visto el viernes, pero no quería desperdiciar su oportunidad de conseguir algo para sí misma que quisiera de verdad, por más miedo que le produjese lo que le fuese a decir.

―Que calladito te lo tenías ―le dijo Robyn cuando llegó a su lado―. No pareces la misma del viernes.

―¿Qué pasó el viernes? ―le preguntó Everard a su espalda. Alexis lo ignoró.

―Aquí vengo a trabajar, Robyn. ―La rabia habló por ella y no midió sus palabras―. Ahora que lo pienso, ¿no hay una política estricta sobre relaciones dentro del bufete?

―¿Eso es una amenaza? ―La mujer se apoyó en el mostrador para acercarse a ella―.

Para tu información, se aplica solo entre abogados.

¡Oh, Alexis! Eres tan poca cosa que no merece la pena ni molestarse en reírse de ti.

Tan patética pensando que algún día Ace se podría fijar en una mosquita muerta como tú.

No importa que los viernes uses ropa sexy, querida, él jamás se interesaría por ti.

―Hago tu trabajo, Robyn. Sin mí, ya te habrían despedido hace tiempo.

―Y te doy las gracias por eso ―rio―. Tú te llevas la peor parte y yo solo disfruto del resultado.

Robyn avanzó hacia su mesa, dejando a Alexis con la palabra en la boca y ardiendo de rabia.

No porque no le hubiese dado tiempo a replicar, sino porque sabía que tenía razón.

Porque sabía que si no hacía bien el trabajo, no sería la otra la que perdiese el suyo, sino ella.

Y sabía que no podría renunciar a esa parte del mismo porque entonces sería prescindible.

Al haber firmado aquella extensión en el contrato se había sentenciado, pero no hacerlo habría sido incluso peor.

Estaba atrapada y no tenía forma de escaquearse si no era cambiando de trabajo.

―Cómo la odio ―susurró.

―Noto cierto resentimiento por aquí.

Everard estaba junto a ella y miraba hacia la mesa de Robyn, aunque se le desviaban los ojos hacia Alexis de vez en cuando, y vería cómo la luz en su rostro se iba apagando poco a poco. No le gustó descubrir cuánto poder ejercía aquella mujer en ella sin que la joven se diese cuenta.

―A veces desearía que la gente viese su verdadera cara ―le dijo de forma inconsciente―. La de una aprovechada y una engreída.

―¿Eso es un deseo? ―La pregunta del genio la hizo regresar al presente.

―No ―negó, muy a su pesar. No desperdiciaría nada con ella―. Solo es la impotencia hablando por mí.

La llegada de un cliente la obligó a sonreír para que no notase que había estado hablando sola. Lo saludó con cordialidad y lo envió a la sala de espera cuando comprobó que su abogado todavía no estaba allí.

El señor Harlow llegó minutos después y le dedicó un seco «Buenos días», mientras recogía la agenda que ella le tendió.

―¿Por qué tienes tú su agenda? ―preguntó Everard.

―Es mi trabajo ―respondió, con unos papeles delante de la boca para que nadie la viese hablar―. Y deja de preguntarme cosas, no quiero parecer una loca.

―Creía que la morena era la secretaria. ―El genio se rascó la barbilla como si estuviese confuso.

―Pero las citas son cosa mía ―dijo entre dientes.

―Pero, ¿por qué? Si ella es la secretaria… ―insistió.

―Porque sí ―alzó la voz más de lo que habría querido y un intenso sonrojo le cubrió las mejillas. Cuando miró a su alrededor, nadie la estaba mirando y dejó ir un largo suspiro de alivio―. Sígueme.

Caminó a paso rápido hacia los baños y, después de asegurarse de que estaba sola, enfrentó al genio. No podía seguir con ella en la oficina o acabaría por meterla en un lío. Si Robyn no la ponía en evidencia, lo haría él.

―Mira, este es mi trabajo ―le dijo― y es demasiado importante para mí, así que será mejor que te vayas a casa y me esperes allí. Te aseguro que no querré pedir ningún deseo aquí, así que puedes…

―Tengo que estar siempre contigo.

―Nadie más puede verte ―lo intentó de otra forma―, así que no podemos hablar. Tú no paras de hacer preguntas y me pones en un compromiso. Así que es mejor que te vayas y…

―Me quedaré contigo. ―Cruzó los brazos.

Alexis admiró la forma en que los amplios bíceps se le contraían con aquel gesto y, solo una fracción de segundo después, apartó la mirada, azorada.

―Podrás quedarte si no hablas ―le propuso―. Todo lo que me quieras preguntar, tendrá que esperar a que volvamos a casa.

―¿Y si se me olvida para entonces?

―Pues lo anotas en un papel. ―Alexis sabía que se estaba burlando de ella, pero no podía desatender la recepción por más tiempo―. Lo digo muy en serio, Everard. Necesito tranquilidad.

―No soy yo el que te la ha quitado.

―Robyn siempre me exaspera, así que no influirá en mi trabajo. ―Miró hacia la puerta―. No me hables y podrás quedarte.

―Está bien ―aceptó el genio.

Regresaron a la entrada justo cuando Ace accedía al edificio y Alexis se le quedó mirando embobada, hasta que tropezó con una de las sillas y a punto estuvo de caer al suelo.

La colocó en su sitio y ocupó el asiento de la recepción lo más rápido que pudo, sin mirar a nadie por si la habían visto hacer el ridículo.

Ace la sobrepasó sin prestarle atención siquiera y, por una vez, agradeció ser invisible a sus ojos.

En cambio, Everard la observaba con curiosidad y sacó una libreta y un bolígrafo de la nada para anotar algo.

Alexis lo odió por eso, aunque hubiese sido ella la que se lo había sugerido.

Estaba convencida de que la mortificaría con el golpe en cuanto pudiese y que le exigiría una explicación.

Solo pensar en decirle que llevaba meses enamorada de un hombre que pasaba de ella le parecía bochornoso.

Porque, en el fondo, sabía que aquella obsesión no la llevaría a un final feliz.

Ace nunca se fijaría en ella y odiaba a Robyn porque se lo recordaba no solo con palabras sino con actos.

Estaba convencida de que se había acercado a Ace porque le gustaba a ella.

Sobre todo, porque en el bufete había abogados guapos y jóvenes donde elegir, pero ella fue directa a por Ace en cuanto la vio balbucear delante de él la primera vez.

Y ni siquiera sabía por qué Robyn la odiaba tanto como para robarle el hombre que le gustaba.

No recordaba haber hecho nada para molestarla.

Incluso se había alegrado cuando la contrataron después del despido de la anterior, porque esperaba que ella se hiciese cargo de la agenda del señor Harlow.

No fue así y la responsabilidad siguió recayendo sobre Alexis.

Robyn debería estar encantada con que le quitase la parte del trabajo más engorrosa, sin embargo, había decidido odiarla desde el principio.

Quizá, en su momento, deberían haber hablado para arreglarlo, pero siempre se había sentido incómoda junto a ella, inferior de alguna forma.

Robyn era una mujer segura de sí misma, atractiva e independiente que no se amilanaba por nada.

Ella, en cambio, era lo más normal. No se había quejado hasta que la conoció.

Hasta que sintió que la eclipsaba incluso sin intentarlo.

Y no es que quisiese destacar, pero tampoco quería sentirse invisible.

―Buenos días ―la voz de la mujer que tenía delante la regresó al presente.

―Buenos días. ―Sonrió―. ¿En qué puedo ayudarla?

―Tengo cita con el señor Lambert.