Tres deseos El trato
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El trato

―¿Sigues enfadada por lo del camarero?

Alexis se había pasado la última hora ignorando que el genio la observaba.

No quería hablar con él hasta haber procesado lo del deseo.

Estaba segura de que no era así como se debían pedir y que aquel insoportable hombre mágico había aprovechado en su beneficio el cabreo para hacerle perder uno.

¿No le había dicho que encontraría la forma de que ella pidiese los deseos, aunque no quisiese?

Aquella parecía bastante efectiva, aunque ilícita.

Era tan irritante lo que había hecho que, si le hablaba en ese momento, le diría cuatro verdades de las que se arrepentiría más tarde. Porque ella no era rencorosa.

―No puedes estar enfadada conmigo ―probó a provocarla― porque te he concedido tu primer deseo, así que…

―Serás arrogante ―gritó sin poder contenerse ya―. Estoy segura de que hay un código de genios en alguna parte y que en él dice que los deseos deben pedirse de forma consciente y controlada, no en un arrebato de ira. Lo has hecho a propósito porque creías que no los gastaría nunca.

―Has formulado un deseo y yo te lo he concedido ―dijo, ahora serio.

―No ―remarcó―. Estaba expresando mi frustración con mis amigas y no tenías derecho a inmiscuirte. Así como tampoco tenías derecho a hacerlo en mi beso con Max. Es mi vida, ¿entiendes? Tú no estás aquí para cambiarla… Bueno, sí ―añadió al ver la ceja elevada de Everard―, pero no de esa forma.

―Estoy aquí para que la vida deje de pisotearte ―remarcó él―, para que seas feliz y consigas todo lo que deseas. Y Max no te ayudaría en eso.

―Tú no sabes lo que me ayudaría ―le recriminó.

―Puede que todavía no sepa mucho de ti porque te acabo de conocer, pero sé que no buscas un amante, sino un amor. ―El genio cruzó los brazos en el pecho mientras hablaba.

Por un momento, Alexis no supo qué responder. Por más que le pesase, tenía razón. Sin embargo, no se la quería dar, no quería perder la discusión porque eso sería como admitir que había hecho lo correcto al robarle el deseo. Y no era aceptable de ninguna de las maneras.

―¿Y qué pasa si me apetece tener un amante mientras no encuentro el amor? ―dijo al final.

―Elige mejor.

―¿Ahora eres experto en amantes?

―He sido uno para muchas de mis amas a lo largo de los siglos ―respondió con calma―. Sé de lo que te estoy hablando.

―Pero si eres etéreo ―rio sin llegar a creérselo.

Everard se acercó a ella y, por un momento, Alexis se asustó.

A cada paso que daba, parecía más corpóreo y ella retrocedió para alejarse, no queriendo comprobar aquella teoría.

Apoyó la espalda en una pared justo cuando el genio la alcanzó.

Este la encerró entre los brazos y se inclinó hacia ella.

Podía sentir su presencia tangible casi rozándola y contuvo el aliento.

―Puedo ser corpóreo si así lo deseo ―susurró cerca de su oído y un escalofrío le recorrió la espalda.

―Eso no te da derecho a meterte en mi vida. ―Alexis lo empujó mientras hablaba. No se sentía cómoda al tenerlo tan cerca y que pareciera una persona real. Ni siquiera sabía que aquello fuera posible y le preocupaba qué más era capaz de hacer el genio y no le había dicho.

―Habría pasado de ti al día siguiente.

―A lo mejor yo quería pasar de él al día siguiente ―resaltó.

―Lo dudo. ―La miró con dureza.

―Hace un día que me conoces ―gritó exasperada―. No pretendas saber cómo soy.

Alexis sabía que estaba siendo irracional porque, en el fondo, el genio tenía razón, pero no quería dársela para que no creyese que podía hacer y deshacer a su antojo en su vida.

Se suponía que estaba allí para concederle tres deseos, no para cumplir los que a él le pareciesen.

Quizá, aunque no lo había pensado en su momento, lo que le dolía era haber desperdiciado una oportunidad de pedir algo que quisiese de verdad.

Ahora solo le quedaban dos deseos y no estaba más cerca de alcanzar la felicidad.

Al final, lo que le dolía de verdad era sentirse decepcionada por haber malgastado aquel deseo.

―Ese es mi trabajo.

―No. ―Lo señaló―. Tu trabajo es concederme tres deseos.

Los que yo quiera, no uno lanzado al aire y que has cazado al vuelo a la desesperada.

Eso ha sido trampa y lo sabes. Puede que no vayas a confesarlo nunca, pero sabes que estuvo mal.

Me has robado el deseo y no pienso permitir que lo hagas de nuevo.

A partir de ahora, si vuelvo a usar el verbo desear, me preguntarás si es lo que quiero y, si no te digo que sí, tú no harás nada.

De lo contrario ―continuó sin que el genio pudiese decir nada, aunque lo intentó―, mi último deseo será que nadie, nunca jamás, vuelva a encontrar tu lámpara.

―No puedes desear eso.

―Claro que puedo ―le aseguró con prepotencia―. No infringiré ninguna norma. No cambiaré la historia, no morirá nadie, ni nadie se enamorará obligado. No viajaré en el tiempo. Ni haré desaparecer a nadie.

Remarcó aquella última frase para recordarle que no podía negar la verdad en ella. Mantener oculto un objeto no era lo mismo que hacer desaparecer a una persona.

―Mi trabajo es ayudar a…

―Pues hazlo ―lo interrumpió―. Pero hazlo bien. No te tomes libertades que no te competen.

Dicho aquello, se dirigió a su habitación para alejarse de él. Estaba tan enfadada que temía decir algo más hiriente todavía, de lo que luego se arrepentiría. Ella no era rencorosa ni mezquina. No quería hacer daño a la gente. Ni siquiera a un genio con malicia que le había estropeado la noche.

―Lo siento. No debería haber asumido que aquello era un deseo real.

Alexis gritó al escuchar la voz de Everard a su lado. Apenas había cerrado los ojos después de ponerse el pijama, esperando encontrar el sueño en algún momento, pero segura de que no podría.

―¿Pretendes matarme de un infarto? ―lo acusó con enfado.

―Quería disculparme por lo que pasó antes ―dijo―. Estoy tan acostumbrado a cuidar de mis amas y que ellas se dejen cuidar por mí que no pensé que eso te molestase tanto.

―Se vale aconsejar, Everard. ―Nunca antes lo había llamado por su nombre y se sintió rara al pronunciarlo―. Pero no repetirlo una y otra vez porque pienses que así te haré más caso o que lo asumiré como una verdad incuestionable. No pretendas dirigir mi vida. Yo decido, siempre.

―A partir de ahora solo te aconsejaré ―prometió―. Una vez. Luego dejaré que decidas si hacerme caso o no.

―Gracias ―asintió―. Ya puedes irte. Quiero dormir.

Ni siquiera se permitió pensar en que había sido muy brusca con él al despedirlo. Sin embargo, antes de que abandonase la habitación, sintió la tentación de preguntarle lo que le había rondado la cabeza desde que regresaron a casa. Si no se lo sacaba de ahí, no podría dormir.

―¿Por qué Max no recordaba nada? Mi deseo no lo incluía a él.

―No sé si debería responder a eso ―dijo cauteloso― después de la charla que acabamos de tener.

―¿Por qué?

Se había tumbado al despedirlo, pero ahora se incorporó de nuevo, alerta.

―Me permití… una pequeña licencia para incluirlo.

―¿Qué?

―Imaginé que no querrías que él se acordase si tus amigas no lo hacían, así que también se lo borré de la memoria.

―¿Pero eso es posible? ¿Puedes cambiar los deseos a tu antojo?

Por un momento, se preocupó. ¿Y si era como en la película en la que el genio malinterpretaba todos los deseos del amo a propósito y nunca le daba lo que le había pedido en realidad? Tendría que pensarse muy bien cómo formular el deseo antes de hacerlo.

―No lo he cambiado. Solo lo he perfeccionado. Es solo un detalle que no hará daño a nadie ni tendrá consecuencias, por lo tanto, puedo hacerlo.

―Salvo que yo lo recuerdo y me sentiré avergonzada cuando vuelva a ver a Max ―susurró, ausente.

―Puedo borrarlo de tu mente ―sugirió.

―¿Y perder otro deseo? No, gracias.

―No lo perderías ―le aseguró―. Sería una compensación por haberme excedido en mis atribuciones.

Alexis lo pensó. Lo pensó mucho, como si pudiese decir que sí. Era tentador olvidar el incidente para no tener que fingir que no había pasado, pero sabía que le preocuparía aquella laguna en su cabeza.

―No hace falta ―dijo al final―. Si lo olvido, quizá te creas que puedes manipularme otra vez sin que haya consecuencias.

―Eso duele. ―Se llevó la mano al pecho, aunque la sonrisa que blandía le decía a Alexis que no era así.

En realidad, tampoco ella lo había dicho en serio. Le había parecido arrepentido y creía que cumpliría la promesa que le había hecho.

―Ya no tengo sueño. ―Alexis se puso en pie―. ¿Te apetece fingir que bebes un té conmigo?

―Puedo, incluso, beberlo. ―Sonrió de nuevo.

Por un momento, Alexis pensó que no sería tan terrible tener al genio por allí si se comportaba de forma civilizada. Incluso si en ocasiones era un entrometido y un burlón. Podía manejar eso si cumplía la promesa de no tomarse licencias cuando no debía.

―¿De verdad te puedes hacer corpóreo siempre que quieres? ―le preguntó después de soplar sobre el té para enfriarlo.

Ni en sus mejores sueños habría imaginado, después de cómo había acabado la noche, que estaría con el genio en la cocina, haciendo algo tan mundano como eso. Y que ya no estuviese enfadada con él por la jugarreta que le había hecho.

―No durante mucho tiempo al principio, pero sí. Voy aumentando ese poder a medida que pasan los días en que estoy en contacto con el mundo, fuera de la lámpara.

―Entonces si permaneces, por ejemplo, un año aquí, ¿podrías materializarte todo el tiempo?

―Nunca estoy tanto. Mis amas suelen estar ansiosas por pedir los deseos.

―Y si no lo hacen, tú las animas a ello ―sugirió.

―Es mi deber.

―Pero podrías hacer la vista gorda alguna vez para no tener que pasar tanto tiempo en la lámpara.

―No es tan fácil. ―Pensó en cómo explicárselo para que lo comprendiese―. Mi naturaleza me insta a ser el genio, a hacer mi magia. Es mi propósito y, aunque quisiese, no puedo escapar de él.

―¿Y si me niego a formular los otros dos deseos ―le presentó la hipótesis―, me obligarías a pedirlos? ¿O te tomarías la licencia de malinterpretar mis palabras como esta noche para cumplir con ellos?

―Ya te pedí perdón por eso. ―La miró ceñudo.

―No te estaba acusando ahora. Solo era curiosidad ―se defendió.

―No hay estipulado un tiempo medio para pedir los deseos, pero si viese que no lo vas a hacer ―respondió a la pregunta―, me encargaría de ello.

―¿Recurriendo al engaño?

―Es posible.

―Se supone que estás aquí para hacer feliz a tu ama. No lo será si las manipulas. Eso está mal.

―No necesariamente. Si te muestro lo que puedes conseguir formulando un deseo, te estaría animando a ello. En ocasiones, las mujeres que encuentran la lámpara solo están perdidas y necesitan una guía. En otras, no saben lo que quieren hasta que lo tienen delante.

―Pero eso no es engañar ―matizó―. Es tentar.

―¿Qué es la tentación sino un engaño de la mente? Te hace desear algo que, quizá ni necesitarías, pero que en ese momento pareces no poder vivir sin ello. La tentación es la madre de los deseos. No te estaría obligando a elegir, pero te animaría a hacerlo con las propuestas adecuadas.

―Sigo pensando que eso es manipulación. Se supone que tenemos libre albedrío. No se puede forzar a nadie a decidir lo que quiere.

―No te fuerzo, te aliento a tomar una decisión. ―Se inclinó contra el respaldo―. De todas formas, nadie se ha resistido nunca a formular los deseos. Algunas incluso lo han tenido tan claro que casi no pude saborear el mundo exterior antes de tener que volver a la lámpara para encontrar otro amo.

Alexis pudo sentir el dolor en aquella afirmación y se imaginó lo solo que debía sentirse en esas ocasiones, esperando a que un nuevo amo encontrase la lámpara y deseando que tardase un poco más en decidirse para poder disfrutar de una conversación, o del aire puro.

No estaba segura de qué habría dentro de la lámpara, pero no sería un espacio amplio y abierto.

―¿Cuánto tarda la lámpara en encontrar un nuevo amo?

―Depende. ―Se encogió de hombros―. A veces es rápido y otras tarda años. Aunque en el interior no es fácil controlar el tiempo. Solo puedo intuir el que ha pasado por la cantidad de cosas que hago mientras.

―Si me negase a pedir los deseos que me quedan ―Alexis continuó con los supuestos, al ocurrírsele algo―, ¿cuánto tiempo esperarías antes de… tentarme?

―¿Estás queriendo decirme algo, Alexis?

―No. ―El intenso sonrojo que le sobrevino la delató al momento―. Solo es curiosidad.

―Tal vez, si me dices la verdadera razón del interrogatorio, yo podría responderte con igual sinceridad.

―Todavía recuerdo lo que me dijiste de lo aburrido que es estar en la lámpara tú solo ―admitió―. Y me preguntaba si habría alguna forma de que no volvieses a ella tan pronto.

―Creía que mi presencia te molestaba y que estabas deseando deshacerte de mí.

―Bueno, si prometes portarte bien, no me importa que te quedes un poco más. ―Inclinó la cabeza para terminar su confesión―. Después de todo, no es tan malo tener un compañero de piso.

―¿Eso ha sido un halago? ―se burló―. ¿Después de haberme acusado de ser un manipulador?

―No hagas que me arrepienta de pensar en darte algo más de tiempo. ―Lo señaló amenazante.

―¿Y ese tiempo que me quieres dar es solo porque sientes lástima de mí o porque quieres saber cuánto tiempo podría materializarme después de un año?

―¿Sabes qué? Olvídalo. ―Se puso en pie―. No sé ni por qué me molesto en…

―Espera. ―Cuando la sujetó por la mano, Alexis dio un respingo de sorpresa.

No esperaba que fuese tangible―. Perdona.

Solo estoy un poco desconcertado. Eres la primera persona que piensa en mí como en algo más que un medio para conseguir un fin.

La mayoría pide los tres deseos durante la primera semana o incluso antes.

Otras se lo piensan más, pero es lo mismo en todos los casos.

Nadie se había interesado por lo que me pasa a mí mientras estoy sin amo.

―Bueno, no lo he dicho de manera tan altruista ―le confesó―. Tenías razón en que también es, en parte, por curiosidad. Pero lo de que quiero darte tiempo fuera de la lámpara es cierto.

Se apresuró a añadir la última frase, temiendo que la acusase de algo. Su principal motivación era él, no la curiosidad por ver cuánto tiempo se materializaba.

―No sé si podré darte un año ―admitió.

―¿Meses? ―aventuró.

―He estado cuatro meses con mi última ama ―dijo, a modo de respuesta.

―¿Intentamos superarlo? ―Lo miró con esperanza.

―Lo intentamos. ―Le tendió la mano para estrechar la suya―. ¿Tenemos un trato, Alexis?

―Tenemos un trato, Everard.

En esa ocasión, no le resultó tan raro pronunciar su nombre.