Primer deseo #2
Alexis trató de ignorarlo, pero estaba tan abochornada por lo que había pasado que no sabía a quién dirigir su ira: si a sus amigas por meterse cuando les había pedido que no lo hiciesen, a Max por creer que podía mojar esa noche solo por una insinuación o al genio por haberse inmiscuido en un beso que le estaba gustando demasiado.
―Creo que nuestro mensaje fue muy claro ―intervino Natasha―. Te invitamos a venir porque parecías interesado en Alexis. Interesado de verdad, no que fueses un pervertido que se tiraría a la primera que se le pusiese a tiro.
―Gracias por eso ―protestó Alexis.
―Cariño ―Natasha se dirigió ahora a ella―, tú eres mejor que cualquier mujer con la que este imbécil se pueda acostar. Esto no es por ti, es por los hombres que creen que porque le gusten a una mujer pueden portarse como neandertales y lo pasaremos por alto.
―¿Esto es algún tipo de juego entre vosotras? ―preguntó Max mirándolas de manera alternativa―. Porque no le veo la gracia.
―Gracia te falta a ti ―lo atacó Mae―. Te invitamos a venir porque creíamos que te gustaba Alexis y que eras un tío legal. Pero como siempre, solo pensáis en meterla en caliente.
―Haberlo dejado más claro ―se defendió―. Alexis seguro que se alegra de verte más tarde es bastante directo.
―¿Le habéis dicho eso? ―Alexis se ruborizó.
―No tenías derecho a pensar que habría algo más. ―Natasha le restó importancia―. Que a una chica le interese ver a un chico no significa que quiera sexo.
―Olvídate de él, ricura. ―Everard metió el dedo en la llaga―. No merece que perdáis el tiempo con él. No es lo que te conviene.
―Yo sé lo que me conviene ―gritó, exasperada.
―¿Quieres tener solo sexo con él? ―preguntó Mae, sorprendida―. Hace un momento no parecía ni que quisieses un beso suyo.
―Yo no he dicho eso.
―Lo has dicho ―insistió Natasha, que la miraba con la misma cara de incredulidad.
―Olvídalo y volvamos a casa ―insistió el genio.
―Claro que sé lo que me conviene. ―Se tapó por un momento los oídos y luego los señaló uno a uno según hablaba con ellos―.
No me conviene un tío que se acerca a mí solo porque cree que se lo voy a poner fácil.
No me conviene tener unas amigas que creen que necesito ayuda para ligar.
Y, desde luego, no me conviene parecer una loca que habla sola.
Así que me voy a casa. Vosotros podéis hacer lo que os dé la gana.
―Comenzó a caminar, pero, de repente, cambió de idea y regresó.
Miró a Max a los ojos―. Hazme un favor y cuando vayamos a cenar al restaurante de nuevo, finge que no me conoces.
―Alexis, espera.
Sus amigas corrieron tras ella, pero seguía enfadada y prefirió no esperarlas. Sin embargo, una vez fuera, le dieron alcance.
―No quiero hablar con vosotras. ―A pesar de lo que había dicho, las enfrentó―. ¿Cómo habéis podido? Os pedí más de una vez que no le dijeseis nada. ¿Por qué siempre me metéis en líos?
―Creíamos que estaba interesado de verdad en ti ―se excusó Mae, arrepentida―. Te estaba coqueteando y solo le dimos un empujoncito.
―Sí que estaba interesado ―insistió Natasha―. Sé de esas cosas y lo estaba, Alexis.
―Bueno, sí… Es posible. ―Por un momento dudó―. Pero eso no os da derecho a decirle nada.
―Tú no se lo ibas a decir ―la acusó Mae.
―¿Te has parado a pensar que tal vez no quería decirle nada? ¿Que tal vez no quería hacer nada con él?
―Alexis, nunca dices nada, nunca haces nada, nunca vives nada ―le recriminó―. Eres una anciana en el cuerpo de una casi treintañera.
―¿Eso es cierto? ―preguntó Everard con curiosidad―. ¿Cuándo cumples los treinta?
―A ti qué más te da ―le respondió.
―Eres mi amiga, claro que me importa.
―¿Te has acostado con algún hombre? ―insistió el genio―. Quizá ese es el problema contigo. Que no…
―No soy virgen, ¿de acuerdo?
―No discutimos eso, Alexis ―intervino Natasha―. Pero desde hace más de un año te estás retrayendo y nos preocupas. Y no hablamos solo del sexo.
Solo entonces comprendió que le había respondido al genio en voz alta. Estaba tan alterada que ya no sabía ni lo que hacía.
―¿Sabéis qué? Necesito irme a casa.
―No puedes irte sola.
―Creo que esta conversación ya la hemos tenido. ―Se detuvo para enfrentarlas―. Puedo irme sola y es lo que voy a hacer. Necesito estar sola ahora mismo, ¿vale? Solo una noche de tranquilidad y silencio. No pido más.
―Pero, Alexis, acabas de tener una mala experiencia y no podemos dejar… ―dijo Mae.
―Max es un imbécil y no merece ni un minuto de… ―añadió Natasha al mismo tiempo.
―¿No podéis dejarme tranquila de una maldita vez? No me voy a romper porque un tío quiera acostarse conmigo solo porque cree que se lo pondré fácil. No necesito hablar de ello ni que me lo recordéis a cada rato. Solo quiero irme a casa y olvidarlo.
―Alexis, negar que pasó no hará que desaparezca el problema ―dijo Nat, de forma tentativa, mirando a Mae en el proceso.
―Ya lo sé. ―Se desesperó―. Pero es lo que quiero.
―Pero…
―¡Ya basta! ―gritó―. ¡Desearía que lo olvidaseis y me dejaseis en paz! Como si nunca hubiese pasado.
―Tus deseos son órdenes para mí, ama.
Everard se inclinó en una reverencia y chasqueó los dedos antes de que Alexis pudiese retirar el deseo.
―¿Qué has hecho? ―gritó.
―¿Con quién hablas, Alexis? ―le preguntó Mae.
―¿Tanto he bebido que no recuerdo cómo he llegado a este lugar? ―preguntó Natasha.
―Ahora que lo dices… ―Mae se rascó la cabeza pensativa.
―¡Oh, Dios! ―Alexis empezó a hiperventilar―. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¿Pero qué he hecho?
―No te alteres tanto, ricura, solo les he borrado los recuerdos de lo que ha pasado con el camarero ese. Justo lo que has deseado. No ha afectado a nada más de lo que han vivido hoy.
―Eres idiota ―dijo al aire―. Esto no era lo… lo que yo… solo era una forma de hablar, maldita sea. No lo decía en serio.
―¿Ale? ¿Con quién hablas? ―insistió Mae.
―Con… ―dudó. No podía contarles la verdad―. Solo conmigo misma, Mae. Es que… os dije que os haría beber tantos chupitos que olvidaríais incluso dónde estabais. ―Se inventó sobre la marcha―. Parece que lo he hecho demasiado bien si no recordáis nada.
―¿Y por qué no me siento borracha? ―dijo Nat.
―Salimos fuera para tomar el aire y se ve que os ha sentado de maravilla.
―No tiene mucho sentido. ―Mae tampoco acababa de creérselo.
―Hola, chicas. ¡Qué sorpresa!
Max salía de la discoteca y se acercaba a ellas con un brazo alzado para que lo localizasen.
―Max. ―Mae le devolvió el saludo―. ¿Y tú por aquí?
―Si os digo la verdad, no sé muy bien cómo he llegado. ―Le avergonzaba admitirlo.
―Ay, madre. ―Alexis quería huir de allí y esconderse en el primer agujero oscuro que encontrase. Debería haber deseado que también ella olvidase el incidente porque ahora era muy incómodo mirar a Max sin que se le colorease el rostro.
―Estás muy guapa esta noche, Alexis ―le dijo él, al notar su presencia―. Te sienta bien ese vestido. ¿Es nuevo?
―No, no lo es ―respondió con rapidez―. Nosotras ya nos íbamos a casa, Max. Un placer haberte visto. Chao.
Tomó de las manos a sus amigas y tiró de ellas para alejarse del camarero, antes de que alguna de ellas viese en sus palabras una invitación a algo más y se liase todo de nuevo.
―Pero ¿qué haces? ―protestó Natasha―. Max te estaba tirando los tejos. ¿Por qué has tenido que ser tan borde?
―Sé que soy una amargada que no hace nada provechoso con su vida ―les dijo, sin dejar de tirar de ellas― y que me estoy volviendo una ermitaña, pero hoy no quiero saber nada de hombres.
―Alexis, estás muy rara ―señaló Mae.
―Lo sé, ya me lo habías dicho.
―¿Lo hice? ¿En serio?
―Dejémoslo así. Después de tanto chupito, es mejor que volvamos a casa. Creedme, es lo mejor.
«Antes de que pida otro deseo sin querer y os arruine la vida de alguna forma», pensó.