Tres deseos Primer deseo
22%

Primer deseo

El restaurante no era de esos elegantes donde había más cubiertos de los que supieses usar porque no se sentían cómodas con ese tipo de lujos.

Ellas elegían siempre locales pequeños, donde el trato era personal y encantador.

Y al que habían ido esa noche era, sin duda, el que más les gustaba.

Y no tenía nada que ver con el guapo camarero que sabían que estaría trabajando esa noche.

―Es que babeo cada vez que mueve ese culito respingón que tiene ―susurró Nat mientras las tres miraban hacia Max.

Max Savage era uno de los tres camareros que trabajaban para el dueño del local y solía elegir las noches porque por el día se preparaba para ser celador en el hospital.

―Solo imaginármelo con el uniforme del hospital me entran calores ―añadió Mae―. Si es que tiene que sentarle divino, con ese pelo oscuro y los ojos tan negros como la misma noche. Podría pasar por el ángel de la muerte y yo me dejaría llevar por él.

―Pues parecer un ángel de la muerte en un hospital no creo que sea muy adecuado ―comentó Everard, que, al no poder oírlo nadie salvo Alexis, ni siquiera se molestaba en bajar el tono.

―Él puede parecer lo que quiera ―respondió Alexis, antes de recordar que sus amigas no veían al genio ni lo escuchaban.

―Desde luego ―asintieron las dos.

Al menos en esa ocasión no quedó como una loca.

Justo lo que le había pasado en el camino hacia el restaurante, cuando Everard le dijo que le encantaba cómo se le movía el vestido hacia arriba mientras caminaba.

Cuando lo reprendió, mientras lo colocaba en su lugar, sus amigas la miraron de forma extraña.

Tuvo que inventarse una excusa poco creíble para lo que había dicho, pero la llegada al restaurante la libró de más preguntas.

―¿Cómo van las oposiciones, Max? ―le preguntó Alexis cuando les sirvió el primer plato.

Al ir tantas veces a cenar allí, habían entablado cierta relación de amistad. Si bien no era nada profundo, sí parecía suficiente como para que ellas supiesen algo de él y viceversa. Además, Max era un hombre muy abierto e invitaba a las confidencias con sus sonrisas y su simpatía.

―Lento pero seguro ―le sonrió―. ¿Qué tal vosotras en vuestros respectivos trabajos?

―Estimulante ―respondió Mae.

―Siempre interesante ―dijo Natasha.

―Estresante ―añadió Alexis del suyo.

―Bien por vosotras dos. ―Señaló a las dos primeras. Luego se dirigió a Alexis―. Si lo que te gusta del trabajo pesa más que lo que te estresa, genial. Si no es así, deberías replantearte un cambio.

―Eso es lo que le decimos siempre ―le aseguró Mae―, pero no se quiere arriesgar.

―Dependo de ese sueldo. ―La miró con fastidio.

―Quien no arriesga, no gana. ―Max captó su atención con aquel dicho.

―Y quien arriesga, podría perder más de lo que es capaz de asumir ―replicó ella.

―Igual te sorprendes ―añadió él con una sonrisa.

―Este quiere algo contigo, ricura ―le dijo Everard, lo que le provocó un intenso sonrojo―. Pero no sería algo duradero. Conozco a los de su calaña.

―Déjalo ―susurró, pero Max la escuchó.

―Solo era una sugerencia. ―Elevó los brazos en son de paz.

―¿Qué mosca te ha picado? ―Mae la empujó con el codo―. Creo que te estaba tirando los tejos. Le has cortado el rollo, Ale.

―¿Qué? No es verdad.

―Lo es ―sentenció Nat―. Pero ya lo arreglaré yo.

―Ni se te ocurra.

―Bien dicho, ricura ―le dijo el genio, orgulloso.

―Alguien tiene que ayudarte porque parece que tú te saboteas sola ―se quejó Nat.

―Puedo buscarte a otro mejor si quieres ―añadió el genio―. Se me da bien calar a la gente.

―Se supone que no puedes hacer que se enamoren de mí ―murmuró Alexis.

―Estoy hablando de echar un polvo ―concretó Nat.

―No hablaba contigo ―se disculpó con su amiga.

―Pues yo no he dicho nada ―añadió Mae.

―Hablaba sola.

Sentía la piel de la cara tan caliente que tuvo que tocársela con las manos por si así la podía refrescar.

―Ale, ¿qué te pasa? ―preguntó Mae―. Hoy pareces un poco desubicada.

―Si quieres una relación seria, no la vas a encontrar en un chico como ese ―insistió Everard.

―Voy al baño. ―Se puso en pie―. No le digáis nada o dejaré de hablaros durante un mes entero.

Aunque ambas hicieron el gesto de cerrar la boca, no estaba segura de que cumpliesen su palabra, así que se apresuró a entrar en el baño para poder volver al asiento antes de que Max se acercase de nuevo a la mesa. Solo necesitaba un momento a solas para que su corazón se tranquilizase.

―Ese tal Max solo busca una nueva conquista. Si se lo permitieseis, tendría sexo con las tres. Y al mismo tiempo. No…

―Sal de aquí ―lo interrumpió con un grito―. Este es el baño de mujeres.

Aunque estaba en el cubículo y Everard no podía ver a través de las puertas, o eso esperaba, que estuviese allí no era correcto. Incluso si nadie lo veía a él.

―Solo tú me puedes ver, Alexis, ya lo sabes.

―Y por eso no quiero que entres. ―Bajó la voz por si había alguien en los otros cubículos―. No está bien que te metas al baño de las mujeres.

―Solo estás tú y no voy a mirar.

―Ya solo faltaba eso ―bufó―. ¿No puedes volver a la lámpara mientras estoy con mis amigas?

―Tengo que mantenerte a salvo.

―Estoy a salvo. Lo he estado antes de que hubieses aparecido tú y lo estaré después. ―Era tan bochornoso hablar con él mientras se limpiaba que prefería no pensar en ello y acabar cuanto antes―. Quédate en la lámpara hoy, por favor.

―¿Y si se te ocurre un deseo esta noche? No tienes la lámpara contigo para invocarme.

―Me has dejado claro que puedes aparecer cuando quieres. ―Tiró de la cadena―. Ahora no me vengas con esas tonterías.

―No puedo estar lejos de ti.

―Te vas a ir ya ―lo amenazó mientras salía del cubículo― o de lo…

―Es un baño público ―la interrumpió una joven de cabello dorado, que la miraba con enfado―. No me puedes echar. ¿Quién te crees? ¿La dueña?

―Yo… ―Aquella parecía ser la noche de avergonzar a Alexis―. Lo siento mucho… creía que estaba… que no había nadie.

La mujer, aunque había dicho segundos antes que no podía echarla, la miró con desconfianza y se alejó de ella. Desapareció por la puerta sin decir nada más, pero Alexis supo adivinar lo que pensaba. La risa del genio tras ella la enfureció todavía más.

―Eres un imbécil ―lo acusó―. Al final acabaré en el manicomio por tu culpa.

―No es para tanto. ―Sonrió con picardía―. Al final de la noche no recordará ni tu cara. Aunque seguro que contará la anécdota en las comidas familiares.

―Idiota.

Se reunió con sus amigas, dispuesta a ignorar al genio el resto de la noche.

―¿Adivina quién se unirá a nosotras cuando termine el turno?

Las odió por eso.

―¿Seguro que no quieres otra copa?

Max se le acercó más de lo necesario para preguntar y Alexis pudo ver el brillo coqueto en sus ojos.

No es que se fuese a quejar de que un hombre tan guapo se hubiese fijado en ella y no en sus amigas, pero las palabras del genio seguían rondándole la cabeza y no era capaz de callarlas, incluso cuando él estaba más silencioso de lo habitual.

Tampoco había rastro de él en la discoteca. Quizá hubiese decidido irse al fin.

―Una borrachera por fin de semana es suficiente ―le respondió, negando.

¿Cuál era el problema de que Max solo quisiese una noche de sexo con ella?

Tenía derecho a divertirse si se le presentaba la ocasión.

Incluso si no dejaba de compararlo con Ace.

Era odioso, lo sabía, pero no lo podía evitar.

Y es que, encima, no podían ser más diferentes.

Uno era un adonis griego y el otro parecía un ser de la oscuridad.

Uno no le hacía caso y el otro parecía querer comérsela con los ojos.

Uno no sabía su nombre y el otro lo recordaba sin problemas.

―Bailemos, entonces.

Max le tendió la mano y aceptó sin pensarlo mucho. Se merecía que, por una vez, la eligiesen a ella. Y él lo había hecho, así que dejaría que todo fluyese y que pasase lo que tuviese que pasar.

―Me encanta el vestido que llevas hoy, Alexis. No te lo había visto nunca. Te sienta fenomenal.

Max la apretó más, en un abrazo tan íntimo que casi podía sentir cada músculo del hombre contra ella. El calor le subió a las mejillas, pero la oscuridad impidió que él lo notase. Claro que la miraba con tal fijeza a los ojos que imaginó que tampoco lo habría notado, en caso de que hubiese más luz.

―Gracias ―acertó a decir.

Nunca un hombre había sido tan directo con ella y no sabía cómo responder con naturalidad, pero parecía que a Max no le importaba porque sonrió y la apretó más contra él, al mismo tiempo que los balanceaba por la pista sin dejar de observarla.

Entonces, sin que lo viese venir, se inclinó sobre ella y la besó. Era un beso lento, persuasivo, hecho para seducir, y Alexis cayó en sus redes con facilidad. Claro que no se lo había querido poner difícil porque le estaba gustando mucho y quería más de eso.

―No te conviene.

Alexis gritó y se separó de Max al escuchar la voz del genio contra su oído. El hombre la miraba como si se hubiese vuelto loca, y no podía culparlo. En ese momento lo parecía, pero es que no se había esperado la interrupción y se había asustado.

―Con decir que no querías el beso habría bastado ―le dijo Max―. Aunque tenía entendido que era justo lo que estabas esperando.

―Perdona no… ―Se detuvo a media disculpa al registrar lo que le había dicho―. ¿Qué? ¿De qué estás hablando, Max?

―Tus amigas me dijeron que querías tema conmigo y por eso vine. Aunque en el restaurante te tanteé y no parecías interesada. Supongo que…

―¿Estás hablando en serio? ―La poca autoestima que había recuperado con su atención se esfumó.

―No seas imbécil ―dijo Mae, que se había acercado al ver que Alexis se apartaba de Max, y lo escuchó―. Ninguna te dijo eso.

―Me habéis invitado a venir con vosotras, ¿no? ―Se cruzó de brazos―. Me habéis dejado a solas con ella. Creo que el mensaje estaba claro.

―Te dije que no era un buen tipo ―añadió Everard.