Un sábado extraño #2
―Si tu método implica estar tan cerca ―dijo, ajustando la sábana contra el pecho―, prefiero que uses el mío.
―Tendría que destaparte para eso. ―Elevó una ceja.
―¿Sabes? Ya me encuentro mejor, sal de mi cuarto.
―¡Tan brusca! Podrías haber añadido un por favor al final.
―Ahora ―insistió.
Se encontraba mucho mejor después de aquel sueño reparador y quería librarse de los restos de la fiebre bajo un chorro de agua tibia. Pero, para eso, necesitaba salir de la cama y seguía desnuda.
El genio desapareció tras la orden y, por un momento, Alexis se sintió mal. Se había desvivido por cuidar de ella y se lo había agradecido echándolo fuera a la primera oportunidad.
Se cubrió con la bata, escogió ropa limpia y salió con ella en la mano, rumbo al baño. Esperaba encontrar a Everard fuera dispuesto a molestarla, pero no había rastro de él. ¿Se habría ofendido? Su conciencia se resintió un poco más.
―Ya le pediré perdón después ―se dijo.
Una hora más tarde, salió del baño, revitalizada. No lo había notado al entrar, pero se había pasado toda la mañana y parte de la tarde durmiendo.
―Un día productivo ―se quejó, caminando hacia el salón. Lo bueno es que el resfriado parecía haber remitido.
La siguiente hora la ocupó comprobando los papeles que se habían caído al suelo al salir del trabajo, uno a uno. La mayoría tenía manchas de humedad visibles que emborronaban la letra e, incluso, el sello oficial. Transcribirlos no era una opción.
―Maldita sea.
Se dejó caer en el sillón, abatida. Cuando sus jefes se enterasen de eso, la despedirían.
―Puedo solucionarlo.
Alexis gritó cuando escuchó la voz de Everard sobre el hombro.
―¿Quieres dejar de hacer eso? ―lo reprendió―. Me va a dar un infarto en cualquier momento.
―Eres una mujer joven y con buena salud ―sonrió―, es poco probable que eso suceda.
―Si sigues sobresaltándome así, sucederá.
El genio pasó la mano sobre los papeles y estos recuperaron su aspecto inicial al momento.
―¿No debería haber pedido un deseo? ―dijo Alexis.
―Tómatelo como una muestra de lo que soy capaz de darte. ―Se sentó a su lado.
―¿Y cuánto tiempo van a durar estas muestras? ¿O es que cuidar de mí mientras estaba enferma no era otra de ellas? Porque podría acostumbrarme a ellas y no querer desear nada nunca.
―Esto no funciona así. ―La miró―. Además, siempre habrá algo que desees. Es cuestión de encontrarlo y pedirlo.
Durante un eterno minuto, Alexis quedó atrapada en la mirada del genio y, solo cuando percibió un pequeño brillo de diversión en ella, se levantó para alejarse de la tentación que le suponía.
Estaba convencida de que, si ella no pedía pronto los deseos, él se encargaría de sacárselos de alguna manera.
Y en ese momento no le apetecía saber cómo lo haría.
―Voy a prepararme la cena. ―Se giró hacia él―. ¿Tú comes?
―Puedo materializar lo que quieras ―respondió― y puedo acompañarte mientras comes.
―Puedo hacerme la cena sola ―replicó ella― y no me gusta que me observen mientras como.
―Puedo fingir que como ―le sonrió― y puedo ser muy convincente.
―No será como con los fantasmas, ¿verdad? Que lo que comen se cae al suelo. ―Lo miró con suspicacia.
―Eso no sería convincente, ¿no crees?
Alexis decidió dar por finalizada aquella conversación porque le parecía que se estaba volviendo un poco ridícula, y fue a la cocina para buscar qué preparar.
―Yo soy más rápido ―insistió Everard.
―Pero a mí me gusta cocinar.
―Pero yo soy más rápido.
―Eso ya lo has dicho y no, no quiero. No voy a empezar a depender de la magia para todo. Si quieres quedarte y fingir que comes conmigo, bien. En caso contrario, ya puedes volver a la lámpara y esperar a que te llame para regresar.
―Una vez me has invocado ―le explicó―, puedo ir y venir a mi antojo.
―¡Qué suerte la mía!
En ese momento, alguien golpeó la puerta con tanta fuerza, que Alexis pegó un bote y cerró los ojos. ¿Es que nadie sabía hacer las cosas sin asustarla?
―Eres muy susceptible, ¿no?
―Y tú un incordio ―le respondió, dirigiéndose a la puerta―. Escóndete, por favor.
―No me ven, ¿recuerdas?
―Claro, cómo no ―murmuró―. Mejor que se crean que estoy loca por hablar sola.
Cuando abrió la puerta, Mae y Natasha entraron a la par, como si se tratase de un déjà vu de la noche pasada. Solo que, en esta ocasión, un genio muy atractivo estaba plantado en medio del pasillo y sus amigas no podían verlo.
―¿Teníamos otro plan que desconozco? ―preguntó.
―Anoche estabas tan decaída ―explicó Mae― que decidimos venir para alegrarte el día.
―Un poco tarde, ¿no? ―Fingió mirar un reloj en la muñeca que no tenía―. El día ya se está acabando.
―Pues la noche ―matizó Nat―. Vamos, prepárate.
―¿Y si no quiero?
De repente, había recordado por qué se había ido del local y no le apetecía probar suerte de nuevo. La última vez había acabado con un genio rondándola sin descanso.
―No te lo estábamos preguntando ―avisó Mae―. Y te recuerdo que fuiste tú la que dijo que quería salir el sábado.
―Sí, en lugar del viernes.
―Vístete o lo haré yo por ti ―le advirtió su amiga.
La creía capaz de ello y, en realidad, aunque no le apeteciese salir, lo necesitaba. Mae y Natasha la conocían y sabían cuándo apoyarla y cuándo meterle caña. Ese día necesitaba marcha.
―No he cenado ―les dijo mientras se dirigía a la habitación.
―Genial, porque nosotras tampoco. Iremos a algún restaurante chulo.
Alexis entró en la habitación, dispuesta a encontrar ropa cómoda, antes de que sus amigas le obligasen a ponerse otro vestido.
―Este te sentaría de vicio.
Everard salió del armario con un vestido escotado y, tan corto que apenas le cubriría medio muslo si se lo ponía.
―Deja de hacer eso ―lo reprendió, después de cubrirse la boca con las manos para no gritar y que la oyesen sus amigas―. Y no voy a ponerme un vestido.
―Ayer llevabas uno y tienes el armario lleno de ellos. ―Lo señaló mientras lo nombraba.
―Estoy resfriada y no…
―No te he oído estornudar desde esta mañana ―la interrumpió.
―Eso no tiene nada… ―Frunció el ceño porque tenía razón―. ¿Has sido tú? ¿Qué me has hecho? ¿Me has curado con magia?
―Solo te he cuidado con mucho amor ―le soltó sin más, dedicándole una sonrisa pícara que decía justo lo contrario.
Estaba dispuesta a regañarlo, pero pensó que no era tan malo haberse curado, así que le sacó el vestido de las manos y lo metió en el armario sin más.
―Deberías llevarlo. Los hombres no dejarían de admirarte.
―No quiero la admiración de los hombres. Quiero ir cómoda. ―Eligió un pantalón vaquero y una camisa ―. Sal, por favor. Quiero vestirme.
―Vaya ―sonrió de nuevo―. He oído un por favor.
―Uno que no debería darte porque tenías prohibido entrar en mi habitación ―lo acusó.
―Tú me diste permiso para entrar.
―No hice tal cosa.
―Te cuidé.
―Y te lo agradezco, pero ahora, la prohibición vu…
―Me voy ya ―la interrumpió, antes de que pudiese terminar de decirlo.
Alexis se prometió recordárselo en cuanto lo volviese a ver. Que fue justo cuando terminó de abrocharse el último botón de la camisa. Había sido tan preciso a la hora de aparecer que lo miró con suspicacia.
―¿Me estabas espiando?
―Sé dónde estás y qué haces en todo momento. No necesito verte.
―Eso es demasiado siniestro.
Se estremeció.
―Aunque no lo parezca, no vulnero tu privacidad. Sé cuándo debo vigilar y cuándo apartarme.
―Prefiero no saberlo.
Se acercó al espejo para terminar de prepararse. No pensaba maquillarse demasiado, pero darles un toque a los labios le vendría bien.
―Me gustaba más el vestido ―refunfuñó el genio.
―Me da igual.
Se miró en el espejo y sonrió, satisfecha. Sin embargo, cuando se dirigió a la puerta, Everard chasqueó los dedos y su pantalón se convirtió en un vestido.
―¿Qué? ―gritó Alexis―. He dicho que no. Devuélveme mi ropa.
―Esa es tu ropa.
―Que me la devuelvas he dicho.
―¿Alexis? ―Unos golpes en la puerta siguieron a la pregunta―. ¿Estás bien? ¿Con quién hablas?
Había gritado demasiado y sus amigas la habían oído. Un intenso sonrojo le cubrió las mejillas y el calor del enfado le ayudó a ponerse más roja todavía.
―Salgo enseguida ―les prometió. Después susurró―. No pienso repetirlo.
―Estás preciosa con el vestido. Hazme caso.
―No me cabrees más porque para que a mí me salga el genio, no necesito ninguna lámpara ―lo señaló.
―Aguafiestas. ―Chasqueó los dedos de nuevo―. Te vas a arrepentir.
―Me arriesgaré. ―Salió de la habitación―. Ya estoy lista.
―¿Vas a ir así? ―preguntaron sus amigas al unísono.
―Te lo dije ―le susurró Everard al oído.
―Vete a la mierda ―le devolvió el susurro.
―Tampoco tienes que ponerte así, Ale. Solo era una pregunta. ―Mae la había oído.
―Perdona. No era a ti.
―Pues disculpa si yo te ofendí más que ella ―le dijo Nat, molesta también.
―No… ―Alzó los brazos y suspiró―. Me lo decía a mí misma.
―Estás rara ―sentenció Mae, después de observarla un rato.
―¿Nos vamos? ―les preguntó dirigiéndose a la salida. Cuando sus amigas estaban en el pasillo, recordó que había dejado el bolso en el salón―. Voy a por el bolso. Si queréis, id llamando ya al ascensor, no tardo nada.
Everard la esperó en la puerta, con aquella sonrisa petulante que empezaba a temer y, cuando ella regresó con las cosas, chasqueó los dedos y el vestido apareció de nuevo. Parecía haberlo planeado porque ya no pudo regañarlo, pues sus amigas la habían visto con él.
―¡Qué rapidez! ―gritó Mae entusiasmada―. Nunca te había visto cambiarte tan rápido.
―Ya decía yo que lo del pantalón vaquero tenía que ser una broma ―rio Natasha.
Alexis cerró la puerta evitando apuñalar al genio con la mirada, aunque lo deseaba. Sobre todo, cuando se le ensanchó la sonrisa. Había conseguido su propósito y estaba orgulloso de que le hubiese funcionado la treta.
―Esta noche arrasarás con todo, Ale ―sentenció su amiga.
―Te lo dije ―susurró de nuevo el genio.
Alexis se mordió el labio para no responderle. Esa iba a ser una noche muy larga.