Un sábado extraño
Alexis se despertó con un intenso dolor de cabeza y la nariz taponada. Tuvo que rebuscar en la mesita de noche para encontrar un pañuelo, antes de, siquiera, pensar en ponerse en pie.
Al final, la lluvia del día anterior había logrado su propósito y ahora tenía, oficialmente, un buen resfriado que le amargaría el fin de semana.
―Estupendo ―dijo, sentada en la cama, con la mirada perdida en algún punto delante de ella.
Ni siquiera tenía ánimos para levantarse, pero el estómago decidió protestar cuando se le pasó por la cabeza volver a meterse en la cama y, por eso, se dirigió a la cocina en ropa interior, dispuesta a encontrar algo que lo acallase unas horas más para volver a dormir.
―Buenos días, ricura.
Alexis gritó, incluso antes de registrar quién le había hablado.
Intentó cubrirse el cuerpo con las manos de forma instintiva, pero inútil.
Le patinó un pie al intentar alejarse de aquella voz y acabó en el suelo.
Rodó sobre sí misma, sin pensarlo demasiado, y comenzó a gatear hacia la puerta principal.
Ni siquiera recordó que estaba medio desnuda, solo quería salir de allí.
―¿Qué se supone que estás haciendo, ricura?
El genio se cruzó en su camino y Alexis se puso en pie para regresar por donde había venido, después de soltar otro grito.
¿Cómo había llegado tan rápido a la puerta?
Corrió hacia la cocina y agarró la sartén, que alguien había dejado sobre el fogón.
En su prisa por usarla como arma, derramó el aceite por el suelo.
―¿Ricura?
―No te acerques a mí. ¿Qué quieres? Llévate lo que quieras, pero a mí déjame en paz.
Everard se acercó a ella con los brazos levantados y cuando esta intentó alejarse, resbaló en el aceite y acabó una vez más en el suelo. Soltó la sartén durante la caída y se golpeó la cabeza con ella.
―Maldita sea. ―Se cubrió con las manos para intentar mitigar el dolor―. Maldita sea. Maldita sea.
―Deja que te ayude, ricura.
―No me toques.
Retrocedió hasta que los muebles le impidieron continuar. Everard la observó con la infinita paciencia de quien ha pasado por ello más veces.
―Arreglaré este desastre ―dijo después.
Chasqueó los dedos y, por arte de magia, la cocina estaba limpia y ordenada. Los ojos de Alexis lo miraban todo sin pestañear.
―Pero… pero… ¿cómo? Esto no… ¿qué?
No era capaz de hablar con coherencia, así que ni lo intentó. Todavía boqueaba cuando el genio se acercó y le tendió una mano.
―Te ayudaré a levantarte ―dijo con amabilidad.
―No me toques.
―¿No te acuerdas de mí, ricura?
Alexis nunca podría olvidar aquel rostro ni el cuerpo que ahora estaba cubierto por ropa, pero tampoco era capaz de procesar el hecho de que no fuese un producto de su imaginación, como había creído.
―Tú no existes ―dijo con cautela.
―No del modo en que lo haces tú ―admitió―, pero soy real.
―No, no. Esto no es posible. ―Se levantó sin su ayuda―. Estoy delirando. Es eso. Tiene que serlo.
Comenzó a pasearse por la cocina, sin recordar que estaba en ropa interior.
―¿Qué puedo hacer para que me creas? ―propuso él, preocupado ahora.
―Nada. ―Lo miró―. No puedes hacer absolutamente nada. Porque esto no es real. Estás solo en mi cabeza. Eso es. Ver a la arpía con el hombre de mi vida ha hecho que se me derrita el cerebro. Tenía que ser así.
Entonces, sus pasos llegaron a la mesita donde había dejado la lámpara el día anterior y algo en su mente hizo clic.
―¡Tú! ―Lo señaló de forma acusatoria―. Tú saliste anoche de esa lámpara.
―Veo que empiezas a recordar ―le sonrió.
Alexis se acordaba también de esa sonrisa.
―Pero no puede ser.
―¿Por qué no?
―Porque los genios que salen de lámparas mágicas solo están en los cuentos. No en la vida real.
―Conozco la historia. ―Se miró las uñas―. Pero soy mucho mejor que ese genio azul.
―Esto no puede estar pasando ―dijo una vez más.
―Creo que necesitas comer para procesarlo mejor. Aquí tienes un zumo de naranja recién exprimido, la vitamina C es muy importante, y también te he preparado tortitas con una cara sonriente. Mira. ―Se las enseñó―. Para empezar bien el día.
Y aunque todavía seguía en shock, bebió el zumo que le entregaba y se sentó para desayunar. Solo entonces recordó que estaba en ropa interior.
―¡Oh, Dios! ¡Estoy desnuda!
Se levantó tan rápido de la mesa que las tortitas salieron volando y acabaron en el suelo. Pero Alexis no lo vio porque ya corría hacia la habitación para poner algo que le cubriese el cuerpo.
―Adiós a todo el trabajo de la mañana ―se quejó el genio mientras la seguía―. Eres un ama muy difícil, ricura.
―¡Estoy en ropa interior! ―repitió.
―No eres la primera ama que veo así ―le dijo él sin inmutarse―. E incluso con menos ropa encima.
Alexis se sonrojó con intensidad al comprender a qué se refería. Movió las manos delante de su cara como si así pudiese borrar esa imagen de la mente, pero al recordar que seguía estando medio desnuda, las usó para cubrirse de nuevo y continuó su camino.
―Deja de seguirme ―le exigió.
―No me importa, ricura, de verdad.
―A mí sí ―le recriminó―. No quiero que me mires.
―Está bien. ―Chasqueó los dedos y Alexis se detuvo al ver que tenía puesta la bata―. ¿Mejor, ricura?
―No me llames así ―protestó.
―De nada. ―El genio sonrió al verla achinar los ojos ―. No sé tu nombre, así que te llamaré ricura hasta que me lo digas.
―Alexis Gardiner ―respondió de forma automática.
― El que defiende o ayuda ―dijo pensativo―. Muy interesante. ¿Sabías que en Grecia tu nombre es solo masculino?
―Pero no estamos en Grecia ―sentenció, molesta.
―Por suerte para ti.
Le regaló otra de aquellas sonrisas que la ponían tan nerviosa. La noche anterior había advertido que era un hombre impresionante, incluso con su incorporeidad, pero a la luz del día era incluso más guapo. Y la había visto en ropa interior. ¡Qué vergüenza!
―Volvamos a la cocina ―sugirió el genio―. Te haré otras tortitas.
Tenía tanta hambre que se habría comido cualquier cosa, pero el desayuno que le preparó con un simple chasquido de dedos tenía unas pintas tan maravillosas como las del genio. A esas alturas, debía asumir que todo aquello era real, aunque le costaba.
―¿Por qué sigues aquí? ―le preguntó mientras desayunaba, incómoda por su atenta mirada. No le gustaba que la observasen mientras comía.
―Todavía no me has pedido ningún deseo.
―Pero no tendrías que estar conmigo si no… froto la lámpara. Si no te convoco ―se corrigió al momento, avergonzada por lo que había pensado al pronunciar la palabra frotar .
Aunque esa mañana estaba vestido, Alexis no podía borrar la imagen de él en solo pantalón de deporte.
―Estoy aquí para complacerte.
―Pues no quiero que lo hagas ―respondió, tal vez, con demasiada rapidez.
Estaba convencida de que Everard había sabido leerle la mente y por eso le había dicho aquello.
Quería ponerla en un aprieto y, por más que le pesase admitirlo, lo había conseguido.
Sentía el rostro arder de la vergüenza. Si aquello iba a ser así a todas horas, le pediría cualquier deseo para que desapareciese para siempre de su vida.
―No te necesito ―aclaró después.
Justo en ese momento estornudó, quedando todavía más en evidencia, cuando el genio sacó de la nada un pañuelo para ella.
―Esto no prueba nada ―le dijo antes de sonarse.
―Tienes fiebre ―sentenció Everard sin tocarla.
―No. ―Aunque no había sido una pregunta, Alexis respondió. Se llevó la mano a la frente, no obstante ―. Solo tengo un pequeño resfriado.
―Tienes fiebre ―repitió.
―Eso explicaría tu presencia ―murmuró.
―Estoy aquí para concederte tres deseos y…
―Me voy a la cama ―lo interrumpió.
Alexis se puso en pie, pero el genio se colocó delante de ella para impedirle el paso.
―No podré cuidar de ti si entras en tu dormitorio ―le advirtió, recordándole la promesa que hasta ese momento ni siquiera creía que le hubiese hecho.
―Bien ―asintió, no obstante―. Eso es perfecto.
Sin embargo, horas después, mientras desvariaba en la cama debido a la fiebre, se lamentó de no haberle dicho al genio que podía pasar si empeoraba.
―Alexis.
Escuchó los golpes en la puerta, pero no fue capaz de responder. Le falló la voz, o puede que fuese la lengua, porque apenas podía moverla de lo seca que la tenía. Necesitaba agua, pero no podía moverse para ir a buscarla.
―Alexis. ―Everard alzó un poco más la voz―. Dame permiso para entrar.
Un fuerte estornudo fue lo que recibió por respuesta a su petición.
―Alexis, por favor. Solo pretendo ayudarte. Déjame entrar. ―Alexis solo acertó a gruñir―. Me lo tomaré como un sí.
Al momento, el genio estaba junto a la cama, con un vaso de refrescante agua y una pastilla.
―Para la fiebre ―le explicó.
Con un simple chasquido de dedos cambió las sábanas húmedas por otras limpias. También desapareció su ropa interior.
―¡Eh! ―gritó, en protesta, al saberse desnuda bajo las mantas. Ahora dudaba de que el rojo de su cara fuese solo por la fiebre.
―No miraré, Alexis. Solo quiero que estés lo más cómoda posible.
Aunque odiaba que tuviese que cuidarla, nadie antes se había preocupado tanto por ella como él lo estaba haciendo y su corazón se enterneció.
―Gracias ―dijo, al final, con la voz rota.
―Tú descansa ―respondió con calma―. Yo me ocupo del resto.
Cuando Alexis abrió los ojos al fin, horas después, se encontró al genio demasiado cerca de su cara y gritó tan alto que él la imitó por el susto.
Y cuando Alexis se incorporó, tratando de huir de él, vio que la sábana se le escurría hasta la cintura, dejando sus pechos al aire.
Gritó de nuevo, mientras se cubría, y el genio la imitó una vez más. Todo en cuestión de segundos.
―¿Te despiertas siempre así? ―El hombre se llevó la mano al pecho.
―¿Tienes por costumbre vigilar tan de cerca a tus amas? ―dijo ella al mismo tiempo.
―Solo intentaba comprobar que te había bajado la fiebre.
―Hay algo que se llama termómetro y que sirve para eso ―lo acusó.
―No lo necesito ―se jactó, ya recuperado del susto que se habían llevado los dos.
Y la sonrisa capciosa que tanto le gustaba esgrimir había vuelto también.