Tres deseos El inicio del caos #2
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El inicio del caos #2

―¿No se supone que deberías estar en tu tetera si no te pido ningún deseo? ―preguntó una vez en el asfalto.

Debía de estar loca de remate si hablaba con él como si fuese real. Pero ¿qué importaba un poco más de enajenación mental después del día que había tenido? Se puso la bota, a pesar del tacón roto. Era mejor que lastimarse el pie por andar descalza.

―Lámpara ―matizó él―. Y me has invocado, así que te toca desear algo para que me vaya. Mientras tanto, te rondaré a todas horas.

―¿Bromeas?

Se imaginó al genio observándola en el baño y un intenso sonrojo le cubrió las mejillas.

No le parecía que aquello fuese a funcionar.

Tampoco se debería estar planteando que el hombre existiese de verdad.

Empezó a repetir en su mente que era solo producto de su imaginación y que por la mañana ya habría desaparecido.

―En realidad puedo aparecer y desaparecer cuando quiera ―continuó hablando el genio―, pero prefiero estar cerca de mi ama.

Vivir en una lámpara es algo aburrido, ¿sabes?

No hay mucho que hacer ni tienes con quién hablar.

De vez en cuando está bien, pero si pasas demasiado tiempo dentro acabas desquiciado.

―Se supone que tienes magia. ―Por un momento fingió creer que era real―. Materializa a un amigo para ti.

―Mi magia está destinada a quien me convoca. No la puedo usar a mi conveniencia.

―Claro, los tres deseos ―bufó al recordarlo―. ¿Y si te pido que me conviertas en una mujer rica me vas a dar un cofre lleno de oro?

―Te concederé lo que tú me pidas ―usó de nuevo aquella sonrisa pícara que solía esgrimir―, pero creo que sería más útil ganar la lotería. Al menos podrías justificarla dentro de la ley.

―Vaya ―bufó de nuevo―, me ha tocado un genio que sabe de finanzas. ¡Qué suerte la mía!

―Te sorprendería saber la de amas que han pedido ese deseo.

―¿Solo sirves a mujeres?

―Sirvo a quien me necesita, pero parece que sois las mujeres las que encontráis siempre la lámpara.

―Claro. ―Si estaba soñando, como creía, tenía una pésima imaginación en cuestión de diálogos, aunque en el aspecto del genio se había lucido―. ¿Siempre te presentas medio desnudo cuando te invocan?

―Me has pillado en la cama.

Ni siquiera parecía avergonzado al decirlo.

―¿Los genios también dormís?

―Puede que mi vida no sea tan interesante como la tuya, pero tengo una, aparte de conceder deseos.

―La mía no es interesante ―susurró, esperando que no la escuchase. Después alzó la voz―. Puedes irte a dormir si quieres porque hoy no pienso pedir nada.

―Ahora eres mi ama y debo mantenerte a salvo para que formules los deseos ―le aclaró, ahora serio―. Te acompañaré a casa.

―¿Qué pasa si muero antes de pedir los deseos?

―Nunca ha pasado, así que no lo sé.

―Pero sabes que debes protegerme de eso.

―Exacto.

―¿Por qué?

―Porque es mi deber.

―Tu deber es concederme tres deseos ―le recordó.

―Para eso, debes poder hacerlo. ―Elevó una ceja―. Así que tengo que encargarme de que sigas con vida.

Alexis se dio por vencida y dejó que le acompañase. No quería admitirlo, pero incluso un genio inventado por su loca imaginación era mejor que caminar sola en plena noche por un lugar que no conocía. Ni siquiera podía creer cuán lejos había llegado.

Una vez en las familiares calles de su barrio se sintió mejor y dejó escapar una sonrisa que había estado sepultada bajo toneladas de preocupaciones. Por fin podría dormir y dejar atrás la locura en la que se había convertido su vida desde su caída en el lodo.

Los barrenderos habían empezado su turno y vio al que se encargaba de su calle limpiando con pasmosa lentitud.

Nunca había estado en pie a esa hora y no se había planteado cómo podía estar todo limpio al día siguiente.

Y aunque debían madrugar mucho, Alexis pensó que no era un mal trabajo.

No tenía que aguantar a nadie que lo molestase, no tenía que ser amable con nadie ni sonreír cuando solo le apetecía mandarlo todo al diablo.

Y, sobre todo, no tenía que ver cómo el hombre que le gustaba se enrollaba con una mujer a la que no soportaba.

La soledad no sería un problema para ella, sobre todo, después de aquel horrible día en el que todo parecía haber salido mal.

―Deberías ponerte algo más que un pantalón ―le dijo al genio al ver que el hombre los miraba―. Lo estás escandalizando con tu torso desnudo.

―No es a mí a quien mira ―le susurró al oído.

Alexis bajó la mirada entonces y supo que el hombre la estaba observando a ella.

Estaba rebozada en lodo seco y cojeaba por el tacón roto.

Llevaba en una mano la lámpara del genio y el bolso en la otra.

No podía verse el pelo, pero imaginaba que estaría tan sucio como la ropa, y muy alborotado. Su aspecto no era el mejor, sin duda.

―Aun así deberías vestirte. ―Lo miró―. ¿Es que no tienes frío?

Como si lo hubiese invocado, este le barrió la espalda una vez más y le provocó un nuevo estornudo.

―Los genios no sentimos frío o calor ―dijo, mientras le daba un pañuelo que se sacó a saber de dónde.

―¡Qué suerte! ―Se permitió imaginar lo maravilloso que sería ser inmune a las inclemencias del tiempo, mientras se sonaba la nariz. Al pasar junto al hombre de la escoba se dirigió a él―. Buenas noches.

El barrendero no respondió, pero tampoco apartó la mirada de ella hasta que entró en el portal. Se había sentido incómoda por su escrutinio, incluso cuando ya no podía verlo. Había sido tan descarado que se planteó regresar para darle una explicación que, con toda probabilidad, no le interesaba.

―¡Qué grosero! ―dijo Alexis―. Ni siquiera se dignó a responder a mi saludo. Bueno, tampoco tú has sido muy educado. Podías haberle dicho algo. Aunque así medio desnudo igual tampoco te respondía.

Por un momento, el genio parecía tan real que había olvidado que era producto de su enajenación mental o del golpe que se había dado.

Y que, con toda probabilidad, lo que estaba viviendo en ese momento también fuese un sueño, pero se sintió en la obligación de regañarlo por no haber saludado al barrendero.

―¿Yo? ¿Por qué habría de hacer eso? Además, dudo que pudiese decirme algo.

―Eso no lo sabes. Tal vez, si ambos lo saludásemos, lo hubiese hecho.

―No creo que funcionase. ―Se le acercó―. Estaba demasiado impresionado por verte hablar sola.

―¿Qué dices? Si hablaba contigo.

―Se me olvidó comentarte una cosita. ―Movió ante ella dos dedos para señalar que era pequeña. Amplió la sonrisa, que la deslumbró por un momento, lo que no impidió que lo odiase por lo que dijo a continuación―. Solo tú puedes verme.

―¡Cómo no!

Debería haberlo pensado antes de hablar, pues cada vez estaba más convencida de que él era la invención de su mente saturada. Que solo ella pudiese verlo, le daba la clave para confirmarlo.

―Ya está, me he vuelto loca. No hay otra explicación ―murmuró mientras buscaba las llaves ―. ¿Dónde os habéis metido, malditas?

Everard tocó con la punta del dedo índice la puerta y esta se abrió sin más. Alexis se la quedó mirando con la boca abierta.

―De nada ―dijo el genio al empujar la madera para abrir un hueco para entrar en el piso. Cuando vio que Alexis no se movía, añadió―: ¿Te vas a quedar fuera toda la noche?

―¿Cómo has hecho eso?

―Magia. ―Movió los dedos.

―Habías dicho que no podías usarla en tu beneficio. ―Entró en el piso y se puso a buscar las llaves otra vez.

―Eso ha sido en el tuyo, para que no te quedases en el pasillo toda la noche.

―Podrías haber esperado a que encontrase las llaves y abriese sin magia.

Everard chasqueó los dedos y las llaves aparecieron, por arte de magia, en la mano de Alexis.

―De nada ―repitió.

Incapaz de procesar lo que estaba pasando, cerró la puerta, dejó el bolso en el mueble de la entrada y se movió en dirección a su habitación.

Necesitaba una ducha y, con el genio merodeando, no podía salir del baño desnuda como solía hacer, así que recogería el pijama primero.

Cuando acabase, se metería en la cama y dormiría, sin pensar en genios que salen de lámparas mágicas ni en arpías que se roban a los hombres que otras quieren para sí.

Le dolía la cabeza y estaba segura de que el alcohol no era el culpable de todo.

Quizá era producto del golpe que se habría dado al caer por el barranco.

El que le hacía alucinar con un hombre semidesnudo que le quería conceder tres deseos. ¡Cómo si fuese tan fácil decidirse!

El genio la siguió por el piso en silencio, observando todo con curiosidad. Pero cuando Alexis ya tenía el pijama y la toalla en la mano, al llegar al baño, lo miró y le dijo:

―Yo también tengo una norma para ti. El baño y la habitación son lugares prohibidos. Nunca, jamás de los jamases, podrás entrar en ellos. Ni siquiera si yo no estoy allí.

―¿Y si estás en peligro y necesitas que te ayude?

―Puedes estar seguro de que no te necesitaré nunca en ninguno de esos dos lugares.

Dicho aquello, le cerró la puerta en las narices y pasó el cerrojo, incluso sabiendo que, si quería entrar, eso no se lo impediría.