El inicio del caos
Sus amigas la acompañaron hasta el edificio en el que vivía y no se fueron hasta que la vieron entrar en el portal, después de asegurarles que estaba bien y que no necesitaba su ayuda para llegar a casa.
Pero les mintió, Alexis no estaba bien. No tenía nada que ver con el alcohol, pues se le había pasado la borrachera al hablar con Robyn, sino con el hecho de que le hubiese ganado.
Y lo peor era que no sabía por qué le afectaba tanto que Ace la hubiese elegido cuando estaba tan claro que Alexis era invisible a sus ojos.
Nunca había tenido ninguna posibilidad de conquistarlo, incluso sin Robyn de por medio, y, aun así, le dolió verlos juntos.
Ni siquiera le importaba haber hecho el ridículo en el bar, pues en su corazón solo cabía el despecho por saberse la perdedora.
Y para colmo, los estornudos habían vuelto.
Quería meterse en la cama y dormir hasta que el desastroso día acabase en el olvido, pero su mente le seguía dando vueltas y sabía que no podría hacerlo hasta que se despejase.
Por eso, cuando el taxi que llevaba a sus amigas desapareció de la vista, salió fuera de nuevo.
Estaba convencida de que, si se relajaba un poco, comprendería que había exagerado su reacción y así podría volver a casa de mejor humor.
Lo necesitaba tanto como un pañuelo cuando un nuevo estornudo la obligó a limpiarse en la manga del vestido.
―Mierda.
Se debatió entre volver a casa para no empeorar del resfriado y seguir caminando. Pero sus pies lo tenían claro, porque continuaron adelante. Se dejó llevar por ellos, con la esperanza de que la tristeza que la había embargado desapareciese pronto.
Porque nada en su vida parecía ir bien en los últimos meses y estaba llegando al límite de su resistencia.
Sabía que necesitaba el cambio que le había sugerido Mae, pero no se atrevía a dar el paso, porque la estabilidad laboral pesaba más que el malestar emocional.
Sin embargo, se descubría algunos días teniendo pensamientos negativos que odiaba y le preocupaban, pero que no la abandonaban del todo.
Y es que tenía un trabajo en el que no la valoraban, el hombre del que se había enamorado estaba con la mujer que peor le caía del mundo y los pocos ahorros que había logrado reunir en los últimos años se los llevaba un coche demasiado viejo que no dejaba de darle problemas y la subida inesperada de la hipoteca de un piso que ni le gustaba siquiera, pero que había sido el único que se podía permitir.
Llegó al límite de la ciudad casi sin darse cuenta de a dónde se dirigía.
Solo cuando le costó ver el suelo que pisaba, alzó la cabeza para descubrir que estaba en una zona que no conocía.
Se asustó, pues lo único que le faltaba era perderse o que alguien la asaltase y no pudiese pedir ayuda, pero, cuando estaba dispuesta a volver por donde había venido, vio a lo lejos un puente, de esos que parecen sacados de una película antigua, aunque se conservaba en muy buen estado.
La curiosidad pudo más que la creciente oscuridad que se cernía sobre ella y se acercó para verlo mejor.
Ni siquiera sabía de dónde le venían las ganas de ir, porque siempre había tenido un poco de vértigo y no solía acercarse a lugares altos si podía evitarlo.
Sin embargo, sentía como si la estuviese llamando.
La lluvia había dejado un enorme charco de barro en la entrada y trató de bordearlo sin recordar que los tacones no eran su fuerte, y mucho menos en un terreno tan irregular.
Resbaló en la hierba del borde cuando casi había alcanzado el puente de madera y un grito de sorpresa la acompañó en la caída por la ladera.
Para cuando llegó al fondo, la ropa y su cuerpo se habían cubierto de barro.
Intentó ponerse en pie, pero le falló el tobillo izquierdo y dejó escapar un quejido lastimero, acompañado de varias lágrimas.
Aunque no estaba segura de si se debían al dolor o al horrible día que había vivido.
Había caído hondo y no solo de manera figurada.
Después de unos minutos de descanso, la fina lluvia que empezó a caer sobre ella la obligó a ponerse en pie.
Un nuevo estornudo estuvo a punto de hacerla resbalar y se mantuvo en precario equilibrio, con los brazos extendidos, como si las técnicas funambulescas funcionasen en el suelo.
Un escalofrío la recorrió de arriba abajo cuando una ráfaga de aire le rozó la espalda.
Tenía que regresar pronto a casa o acabaría sucumbiendo a un resfriado que ya amenazaba con meterla en la cama durante varios días. No podía permitírselo.
―Me gustaría ver cómo se las arregla Robyn sin mí para preparar la agenda del jefe ―malició por un momento.
Una nueva ola de frío la obligó a ponerse en marcha porque, aunque le gustase la idea de poner a su compañera en un aprieto, necesitaba ir a trabajar el lunes.
Al dar un paso hacia la pendiente, cayó de nuevo contra el helado suelo, lo que la hizo comer barro.
Uno de sus pies se había atascado con algo enterrado en él.
―Pero qué… asco. ―Escupió mientras buscaba la forma de liberarse.
Apoyó las manos en el suelo e hizo palanca con el pie libre para impulsarse e intentar sacarlo fuera.
En aquella ocasión, logró cerrar la boca antes de tocar el suelo con la cara―.
¿Qué te he hecho, destino? ¿Por qué me tratas así de mal?
Intentó limpiarse con la mano, pero solo lo empeoró.
Quiso llorar y, en cambio, acabó riendo.
Pero era una risa histérica, de esas que usas para liberar lo que llevas dentro y que solo te hace daño.
Cuando logró calmarse, recogió el bolso y arrancó la bota del barro.
Pretendía marcharse, aunque fuese descalza, pero el calzado pesaba más de lo que debía y, cuando bajó la mirada hacia él, suponiendo que estaría llena de lodo y que tendría que limpiarla, descubrió que el tacón se había roto al engancharse en una especie de tetera rara.
―¿Esto qué es? ―Frunció el ceño mientras limpiaba el objeto para poder verlo mejor. La lluvia, que no se había detenido, le ayudó a eliminar el barro, no solo de la lámpara sino también de su propio cuerpo.
Lo que pasó entonces le resultó tan extraño que no supo cómo justificarlo, salvo que la caída todavía la afectase.
Quizá se había dado un golpe más fuerte de lo que había creído y ahora desvariaba.
No podía haber otra explicación para lo que estaba viendo, porque era imposible que aquella lámpara cobrase vida y comenzase a elevarse en el aire, rodeada de un humo blanco que se materializaba poco a poco hasta convertirse en un hombre vestido solo con un pantalón corto de deporte y que tenía el cabello despeinado de una forma tan caliente que casi babeó.
Lo vio desperezarse como si hubiese estado en la cama y necesitase estirar los músculos para espabilarse.
¡Y qué músculos! De repente, ya no sentía frío, pues un calor intenso comenzó a arder en ella mientras se lo comía con la mirada.
Tenía el cuerpo de un dios y el rostro más perfecto que había visto en su vida.
El color miel de los ojos, las pecas en la piel, sutiles pero visibles, la nariz recta y un poco alargada que encajaba con unos labios jugosos que pedían ser besados…
Nunca antes había visto a un hombre tan impresionante como aquel.
En definitiva, tenía que ser un producto de su imaginación, aunque nunca habría creído que fuese tan portentosa para recrear a un espécimen como aquel.
―Hola, ricura. ―El hombre le sonrió.
Alexis pensó que podría morirse en ese momento porque lo haría siendo feliz. Aquel hombre tenía la sonrisa más perfecta que había visto en su vida. ¿Es que no había nada malo en él?
―Me has convocado ―continuó él― y por ello podrás formular tres deseos.
Pero hay condiciones. No puedes pedir nada que cambie el curso de la historia, aunque te parezca que es por una buena causa.
No puedes desear la muerte de nadie, aunque sí podría hacer que sufriese un poco.
No puedes revivir a nadie. No puedes pedir que nadie se enamore de ti o de cualquier otro.
Y no puedes pedir viajar en el tiempo. Una vez formulado el deseo, no hay vuelta atrás, así que piénsatelo bien porque solo tendrás tres oportunidades.
¡Ah, se me olvidaba lo más importante! Soy Everard Wolfe. A tu servicio.
Por un momento, cuando el hombre dejó de hablar, reinó el silencio. Alexis lo miraba como si no creyese lo que estaba viendo. Parpadeó varias veces y luego se puso en pie con la lámpara todavía en la mano y comenzó a trepar el desnivel sin echar la vista atrás.
―Ya está ―susurraba―. Me he vuelto loca.
O me he dado un golpe en la cabeza al caer y ahora estoy en coma, soñando con el genio de la lámpara maravillosa.
Porque esto no puede ser real de ninguna manera.
Es una alucinación, solo eso. Sí, mañana me reiré de ello al despertarme. Porque es muy loco. Muy loco.
―¿Te ayudo a subir, ricura? ―le preguntó él cuando la vio resbalar por segunda vez.
―Aléjate de mí. ―Casi gritó al escucharlo a su lado y su culo fue a dar contra el suelo una vez más.
―Estoy aquí para servirte. ―Ni se inmutó―. Pide y te lo concederé.
―Te he dicho que te alejes ―repitió, levantándose ―. No quiero saber nada de todo esto.
―Me temo que no funciona así. Me has convocado y debes pedir los tres deseos o no me iré nunca. ―Casi parecía divertido al decirlo, como si eso le gustase―. Tú decides, en todo caso.
―¿Y si deseo que desaparezcas de mi vida?
―Muertes y desapariciones no están permitidas ―le recordó.
―¡Qué conveniente!
Trató de ignorarlo para concentrarse en alcanzar la carretera, pero era difícil, teniendo en cuenta que levitaba a su alrededor como un fantasma y observaba cada paso que daba con una curiosidad pícara que le decía que disfrutaba por verla en apuros.