Epílogo
Un año más tarde
―Esto está casi ―anunció Everard, sin levantar la vista de la parrilla―. Cinco minutos y os quiero a todos sentados.
―Dice el hombre que lleva media hora diciendo cinco minutos ―contestó Nat desde la mesa.
―Dice el hombre que sabe lo que hace ―replicó él.
―Dice el hombre que se ha quemado dos veces ―añadió Nat.
―Una. La otra fue una chispa y no cuenta.
Everard y ella siempre participaban en aquel juego de las discusiones que tantas risas le arrancaban al resto.
Todo había empezado cuando descubrieron que era psicólogo y no consultor.
Él les había dicho que no solía contar la verdad la primera vez que conocía a alguien porque todo el mundo le pedía después una consulta gratis.
Nat le había soltado una pulla al respecto y ya no habían dejado de «discutir» desde entonces. Era parte del encanto de su amistad.
Alexis salió de la casa con una fuente en cada mano y se quedó parada un momento en el escalón del porche, con la misma sensación rara que la asaltaba de vez en cuando, al no acabar de creerse dónde estaba.
El jardín no era grande, pero tenía un cerezo torcido en una esquina y espacio suficiente para poner una mesa larga, con barbacoa incluida.
Everard y ella habían pintado juntos la valla de madera que lo rodeaba, con un resultado que Mae calificaba de «entrañable».
La casa estaba a las afueras, en una calle por donde no pasaban coches y donde los vecinos saludaban con una sonrisa sincera.
Alexis todavía se despertaba algunas mañanas convencida de que oiría al del quinto arrastrando la silla.
A sus amigas les habían contado que Everard se marchó por trabajo y que volvió porque no soportaba estar lejos de ella.
Se lo creyeron las dos sin pestañear. Nat porque llevaba desde el primer día empeñada en que aquel hombre miraba a Alexis con cara de enamorado y Mae porque debajo de esa coraza suya de sargento había una romántica de las que lloraban incluso con los anuncios.
Ninguna de las dos volvió a preguntar y Alexis se lo agradecería toda la vida.
Aquel año había pasado muy deprisa. Everard había alquilado una consulta pequeña, en vista de que todavía no tenía pacientes.
Algo que duró poco, pues se corrió la voz de que era un gran psicólogo y que le bastaban unas pocas frases para encontrar la solución.
En cuatro meses tenía lista de espera. En seis, tuvo que cambiar de oficina y ampliar el horario.
Y una semana después de estrenar la consulta nueva, se sentó frente a Alexis para decirle que necesitaba a alguien que le organizase la vida porque había puesto a dos pacientes a la misma hora y no tenía tiempo para atender al teléfono.
―¿Y quieres que te busque a una secretaria?
―Quiero que seas tú. Y antes de que digas nada: pago mejor que ese bufete y aquí nadie confundirá tu nombre.
Ella se rio. Aun así, se lo pensó durante tres días antes de decir que sí porque le preocupaba trabajar con él, por si eso desgastaba la relación. Algo que no sucedió.
Lo que vino luego fue una sorpresa mayor.
Porque Everard no solo trabajaba: invertía.
Y lo hacía con el olfato propio de quien había visto caer y levantarse economías enteras desde primera fila.
En cuanto empezaron a ver los frutos de esas inversiones, vendieron el piso de Alexis, donde habían estado viviendo hasta el momento, y compraron aquella casa.
El coche de Alexis, por cierto, salió del taller ocho meses después de entrar en él, tras una gran discusión que mantuvo con el mecánico. Alexis lo vendió a la semana siguiente y con el dinero pagaron la mesa del jardín.
―Oye, una cosa ―dijo Nat, señalando la valla―. ¿Eso lo pintasteis vosotros de verdad o le pagasteis a alguien y fingís porque os da vergüenza admitir que malgastasteis el dinero?
―La pintamos nosotros ―respondió Alexis.
―Ya.
―¡Oye! Que tardamos un sábado entero.
―Alexis, cielo, se nota.
―Es rústica ―terció Everard desde la parrilla, sin volverse.
―Está hecha un desastre.
―Es rústica y está hecha un desastre ―convino él―. Y eso la hace única.
―¿Te ayudo? ―Mae se acercó a quitarle una de las fuentes de las manos de Alexis.
Se instalaron todos alrededor de la mesa. Nat colocaba los cubiertos, Max se ocupaba de las sillas y contaba los sitios en voz alta como si pudieran salirle mal las cuentas con cinco personas.
Le sentaba bien el trabajo nuevo. Había aprobado las oposiciones en junio y había entrado en el hospital en septiembre.
Ahora solía quejarse a todas horas de una supervisora que, según él, tenía el don de aparecer justo cuando uno se sentaba.
Había empezado a salir con ellos más a menudo una vez cambió de trabajo y se había convertido en uno más de la pandilla.
Entre Nat y él hubo algo en su momento. Empezó en verano y duró unos meses, pero se acabó sin drama, porque los dos sabían desde el primer día que solo era diversión.
Alexis se había preparado para lo peor cuando se enteró de que lo habían dejado, pero no hubo tensiones ni incomodidades.
La primera vez que se juntaron los cinco después, Nat le robó una croqueta del plato a Max y este le dijo que por eso lo habían dejado.
Una broma como otra cualquiera y todo siguió como siempre entre los cinco.
―La carne ―anunció Everard.
Alexis se levantó a ayudarlo. Él le pasó la fuente pequeña, se quitó el trapo del hombro y la siguió hasta la mesa con la grande.
Comieron sin prisa, pues tenían toda la tarde para compartir. Aquellas barbacoas de los sábados se estaban convirtiendo en costumbre.
Nat contó una historia de la consulta sobre una pareja de recién jubilados que pretendía cumplir una lista de propósitos un tanto extraña.
Max explicó que en el hospital lo habían confundido dos veces en una semana con un médico, a pesar de llevar puesto el uniforme de celador.
Y Mae protestó por un proyecto que llevaba tres meses de retraso por culpa de un cliente que cambiaba de opinión cada viernes por la tarde.
Alexis contó que había convencido a Everard de reservar el último hueco de cada día para las urgencias, sin cobrarlas.
―¿Sin cobrarlas? ―Nat levantó la vista del plato.
―Es una hora al día ―se defendió Alexis.
―Cinco horas a la semana, que a tu tarifa son…
―Ya lo sé. Pero no es para tanto.
―Eso ―intervino Everard, que había dejado los cubiertos y la miraba con una solemnidad exagerada― tiene un nombre clínico.
―No empieces.
―Sale en los manuales de Psicología.
―Everard.
―Tendencia a resolverle la vida a desconocidos en detrimento de la propia. ―Se encogió de hombros―. Yo conozco a un profesional muy bueno, si quieres que te dé su teléfono.
―Y me cobrará un pastón.
―A ti no. A ti te haría precio.
―En realidad, ya me lo hace ―le contestó ella―. Me paga por trabajar con él y encima me deja quedarme a vivir en su casa.
―Es que la casa es tuya.
―Eso también.
Mae se rio y Nat le tiró una servilleta a Everard, que la esquivó sin despeinarse siquiera. Y Alexis, que llevaba un año oyendo la misma broma en distintas versiones, ocultó la sonrisa para no darle la razón delante de todos.
Everard nunca le contaba a nadie de dónde venía, ni siquiera con las medias verdades que se había inventado para el resto de situaciones.
No hablaba de ello y punto. Si alguien le preguntaba por su juventud o su infancia, contestaba con una excusa que sonaba a anécdota y cambiaba de tema con una habilidad que Alexis admiraba.
Aunque, a veces, también le daba un poco de pena.
En alguna ocasión, ella le había sugerido contarles la verdad a sus amigos, solo para que no tuviera que andar con tanto cuidado con ellos, que eran a los que más veían.
Pero Everard se había negado. «No vamos a ir por ahí, ahora que ya no hay motivo para ello».
Así que solo hablaba de su pasado con ella. En casa, a solas, le contaba cómo se viajaba en un carro tirado por bueyes o por qué en cierto siglo la gente se casaba en invierno. Alexis lo escuchaba, embelesada, y no le decía que aquellas eran sus historias favoritas porque él ya lo sabía.
En la mesilla de su lado, en el dormitorio nuevo, había un marco pequeño con un papel dentro. Un papel corriente, con los dobleces todavía marcados y los bordes blandos de tanto abrirlo y cerrarlo.
Ella nunca le había contado que lo guardaba desde aquel día en que se lo había entregado, pero él lo encontró a los pocos días de la mudanza, mientras vaciaba una caja.
No dijo nada, pero se lo devolvió semanas después, por su cumpleaños, enmarcado.
Alexis abrió el regalo delante de sus amigas y tuvo que contarles la historia, inventada a medias, porque se había puesto a llorar de la emoción.
«Tienes un buen corazón, Alexis, no lo pierdas nunca».
Everard no le preguntó nunca por qué estaba tan gastado. No hacía falta.
―Bueno ―dijo Mae de repente, y dejó la copa en la mesa antes de continuar―. Ya que estamos todos…
―Uy ―soltó Nat.
―Estoy viendo a alguien.
Se hizo un silencio que Nat cortó, al segundo, con un grito tan alto que los pájaros del cerezo salieron volando.
―¿Cómo que estás viendo a alguien? ¿Desde cuándo? ¿Quién es? ¿Por qué me entero yo la última?
―Te enteras a la vez que todos.
―¡Eso es peor!
Se llamaba Jayden y trabajaba con ella. Llevaban meses metidos en el mismo proyecto, con jornadas larguísimas y cenas de máquina expendedora. En algún punto de esas semanas, Mae había pasado de verlo solo como un compañero competente a pensar en él cuando salía del trabajo.
―No es nada formal todavía ―aclaró, con una mano levantada para frenar a Nat―. Llevamos tres citas. No pongáis esas caras.
―Tres citas es formalísimo ―sentenció Nat―. Yo me he casado con menos.
―Tú no te has casado nunca.
―Por eso lo digo con conocimiento de causa.
Alexis se levantó y rodeó la mesa para abrazar a su amiga por detrás. Mae le sujetó ambos brazos para devolverle el gesto.
―Me alegro mucho ―le dijo al oído.
―Gracias. Pero no te pongas sensible.
―No lo hago.
―¡Uh! Claro que sí. ―Rieron juntas porque, en realidad, Alexis tenía los ojos húmedos ya.
Max levantó su copa y propuso un brindis por Jayden, a quien no conocía nadie. Todos lo imitaron. Mae los miró con cara de pocos amigos y les dijo que eran insoportables, aunque desde el cariño.
Fue entonces cuando Everard se puso en pie.
―Ya que estamos todos… ―repitió la introducción que había usado Mae.
Alexis se quedó a medio camino. Ni tiempo le había dado de sentarse de nuevo. Él rodeó la silla y se colocó junto a ella, ambos de pie, uno frente al otro.
―Voy a decirlo ahora, delante de estos tres, porque si me espero a la noche es posible que se me olvide la mitad.
―Empieza fatal, loquero ―murmuró Nat.
―Cállate, Natasha.
Nadie volvió a hablar.
Everard miró a Alexis un buen rato, antes de soltar el aire con lentitud. A ella se le puso el corazón en la garganta.
―He vivido mucho ―empezó él―. Muchísimo. Más de lo que le contaría a nadie que no fueses tú.
Alexis notó cómo Mae y Nat se miraban de reojo, encantadas con lo que ellas interpretaban como una salida romántica de las suyas.
―He visto sitios que ya no existen y he conocido a gente a la que nadie recuerda. He estado en épocas mejores que esta y en otras que no se las deseo ni a mi peor enemigo. ―Se pasó la lengua por los labios―. Pero no cambiaría este año contigo ni por todas las eras del mundo.
Ella entendió lo que le decía, mientras sus amigos sonreían pensando que era una manera preciosa de decir «te quiero».
―Eres el amor de mi vida ―dijo Everard―. Y me ha costado bastante llegar hasta aquí, así que voy a hacerlo bien.
Y se arrodilló.
Nat se llevó las dos manos a la boca. Mae soltó un «ay, madre» que le salió del alma. Max, sin hacer ruido, apartó la fuente de la carne para que no estorbase en el vídeo que ya estaba grabando con el móvil.
Everard se sacó una cajita del bolsillo del pantalón, la abrió y levantó la cara hacia Alexis.
―Alexis Gardiner. ¿Quieres casarte conmigo?
A Alexis se le llenaron los ojos de lágrimas. Le tembló la barbilla mientras intentaba controlar el llanto y le tembló la mano cuando la alargó hacia él.
―Sí ―dijo―. Sí quiero.
Everard se puso en pie para abrazarla y el jardín se convirtió en un escándalo. Nat chillaba, Mae aplaudía y Max silbaba con dos dedos.
―Te quiero muchísimo. ―Alexis le sujetó la cara con las dos manos, igual que había hecho él en aquel banco―. Dejarte ir fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Y no pienso cometer el mismo error dos veces.
―¡Que se fue por trabajo, cielo, que no lo echaste tú! ―protestó Nat desde la mesa.
―Tú déjala ―la cortó Mae, que se estaba secando un ojo con el dorso de la mano para disimular.
Everard sonrió.
―Más te vale ―contestó―. Porque he esperado siglos para escuchar un sí de tu parte.
Alexis se rio. Después lo besó, allí mismo, en el jardín de su casa, con dos amigas todavía gritando y un amigo haciendo ya fotos. Y con toda una vida por delante con el hombre que le había concedido cada deseo sin necesidad de una lámpara mágica.