Una noche para olvidar
Esa mañana, mientras se duchaba, habían anunciado en la radio que el frío estaría presente todo el día, pero no así la lluvia, y se había alegrado porque su coche estaba en el taller y tendría que ir caminando al trabajo.
Ni siquiera se le había ocurrido llevar un paraguas.
Ahora maldecía la fe que había puesto en el meteorólogo de la emisora.
―Buenas tardes ―la saludó la mujer de la limpieza y ella le devolvió el gesto de forma automática, pero también supo que ya no podría retrasar más la salida del edificio.
Corrió por la acera con el maletín sobre la cabeza para intentar librarse de la lluvia.
Pretendía alcanzar la marquesina del autobús para resguardarse en ella mientras lo esperaba, pero el suelo estaba encharcado y las suelas de sus zapatos se deslizaron por él como si caminase por hielo.
No sabría decir si le dolía más el golpe en las posaderas o la vergüenza de verse tirada en medio de un enorme charco de agua, con la ropa empapada y el contenido del maletín esparcido por el suelo húmedo.
―No, no, no, no. ―Olvidó la vergüenza cuando vio varios papeles importantes fuera de la funda protectora. Los recogió del suelo y los guardó en el maletín con prisa y sin cuidado. Ya los revisaría en casa con más tiempo para ver si se habían malogrado.
―¿Está bien, señora? ―le preguntó un hombre que tendría dos o tres años menos que ella.
Y aunque había sido amable al preocuparse, pues el resto ni se inmutó al verla, lo fulminó con la mirada por haberla llamado así.
Aquello ya era el colmo del mal día que había vivido, pero no tenía ganas ni fuerzas para contestarle, así que asintió con sequedad y se concentró en escurrir la ropa todo lo que pudo sin quitársela de encima.
El abrigo no se había secado todavía de la hora de la comida, así que solo servía para enfriarle más el cuerpo.
Empezó a tiritar y, para cuando llegó el autobús, creía que le había subido la fiebre.
Enfermar ahora sería la guinda del pastel.
El movimiento del autobús le ayudó al sueño atrasado a adormecerla y, antes de que pudiese darse cuenta, había cerrado los ojos, con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana.
Había varias paradas antes de la suya y se permitió dormitar unos minutos.
O eso se dijo antes de que caer en un sueño profundo del que solo despertó por el sonido de sus ronquidos.
Avergonzada, miró a su alrededor para ver si alguien más los había oído, pero nadie parecía haberlo notado y dejó ir el aire, aliviada.
Entonces miró por la ventana, solo para descubrir que se había pasado su parada.
―Mierda.
Apretó el botón de aviso para que se detuviese en la siguiente y bajó a toda prisa. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía demasiado oscuro. No quería que un nuevo chaparrón la pillase a medio camino y la mojase más de lo que ya estaba. Sobre todo, porque seguía tiritando de frío.
Al llegar a casa, lo único que quería era meterse en el baño durante horas para entrar en calor y después en la cama para dormir hasta el día siguiente, pero se obligó a revisar los papeles que se habían mojado, después de una ducha corta.
Los colocó por separado para que se secasen y rezó para que las manchas no se notasen tanto al final, o se metería en un lío.
Mientras esperaba, decidió cenar. Se inclinó por algo ligero porque quería poder dormir bien esa noche. El sueño la estaba acosando desde hacía varias horas y pensó que, tal vez, no era tan mala idea dormitar un poco en el sofá, antes de revisar las hojas húmedas.
―¿Todavía así, Ale?
Mae irrumpió en el piso como si fuese suyo, cuando su amiga abrió la puerta. Natasha la siguió de cerca, pero con más mesura.
―¿Cómo es posible que siempre tengas esa energía? ―se quejó Alexis―. Es ofensiva.
Se había vuelto a quedar dormida y, cuando despertó por el sonido el timbre, descubrió con asombro que ya había anochecido. No había hecho, en absoluto, nada de lo que había planeado. Tampoco es que le sobrase el ánimo cuando llegó a casa.
―Quizá deberías probar a dormir más por la noche y menos durante el día ―sugirió Natasha―. La vida es demasiado interesante para perderla tirada en un sofá. Salvo que haya un hombre contigo. En ese caso, solo disfrútalo.
Un fuerte estornudo interrumpió el monólogo positivo de Natasha. Alexis buscó un pañuelo de papel en la mesa de la sala. Esperaba no haberse constipado.
―En un mundo ideal ―Alexis ignoró el comentario de su amiga sobre el hombre―, todos tendríamos el trabajo soñado y mucho tiempo para disfrutar de la vida después de cumplir con nuestras obligaciones.
Pero este no lo es y debo hacerme cargo de una tarea que a veces me quita el sueño.
Así que siento no ver la vida tan interesante como la pintas, Nat.
―Deberías buscarte otro trabajo ―le sugirió Mae―. Desde que tu jefe te encargó esa tarea extra estás insoportable.
―Como si fuese tan fácil ―bufó―. Oye, ¿qué haces?
Mae se dirigía a su habitación y Alexis la siguió. Nat fue tras ellas, con una sonrisa de anticipación.
―Te dije que no se acordaría ―rio, al ver la cara de sorpresa de Alexis cuando Mae comenzó a rebuscar en el armario.
―¿Recordar qué? ―No pudo evitar que otro estornudo tronase la última palabra. Se limpió la nariz una vez más, mientras seguía hablando―. Que yo sepa, no tenía plan…
―Me debes una salida por ayudarte en el trabajo ―la interrumpió Mae, sacando un bonito vestido del armario―. Este es perfecto. Póntelo, Alexis. Voy a buscarte zapatos.
―Hoy me he empapado ―protestó―. Dos veces. Lo último que deseo hacer es salir de fiesta y menos con un vestido. Hace frío. Y creo que me he resfriado.
―Necesitas desconectar ―la regañó su amiga―. No puedes seguir perdiendo los mejores años de tu vida encerrada entre cuatro paredes solo porque tu jefe no entienda dónde está el límite. En serio, Alexis, no puedes seguir así. Me preocupas.
―¿No podemos dejarlo para mañana? Será sábado y estaré descansada. Lista para lo que queráis.
Necesitaba al menos doce horas de buen sueño para recuperarse por completo de aquel día.
―Mañana salimos de nuevo si quieres ―sugirió Mae ―, pero hoy vamos a ir a tomar unas copas al nuevo bar que acaban de inaugurar y no te vas a escaquear.
Al final, Alexis no tuvo más remedio que hacerle caso. Después de todo, eran dos contra una. Y Mae la había amenazado con llevarla a la fuerza. Tampoco podía decir que no necesitase con urgencia aquella desconexión.
Seguía teniendo dudas sobre el vestido, incluso si era de manga larga, porque era demasiado corto y dejaba las piernas al descubierto.
Ni las medias podrían librarla del frío.
Por eso, se decantó por unas botas altas, a pesar de que tenían demasiado tacón para su gusto.
Cuando sabía que estaría muchas horas de pie, le gustaba llevar calzado cómodo pero, en esa ocasión, ganó el mantenerse caliente.
Sobre todo, después de estornudar de nuevo.
―Y ahora un poco de maquillaje para ocultar esas horribles ojeras que tienes y la nariz roja. ―Natasha se ofreció―. Ni se te ocurra dormirte mientras, Ale.
―Me pides demasiado.
Después del cambio de vestuario, su humor también había mejorado. Era increíble cómo la ropa adecuada podía influir en el estado de ánimo de una persona. Para cuando Nat terminó de peinarla y maquillarla, Alexis se sentía tan bien que les regaló una sonrisa deslumbrante, dispuesta a darlo todo.
―¿Listas para romper la noche? ―preguntó Mae.
―Listas ―gritaron las otras dos, eufóricas.
Tomaron un taxi pues, cuando salían, ninguna quería dejar de beber alcohol, por lo que habían decidido pagar entre todas a un conductor sobrio antes que arriesgarse a coger el coche después de beber.
En las ocasiones en que no volvían juntas, cada una se buscaba la vida por su cuenta y no había enfados por eso.
El nuevo local estaba muy concurrido, como era de esperar en una inauguración, y se emocionaron con la idea de conocer gente nueva.
Al menos Mae y Nat, porque Alexis siempre había sido la tímida del grupo y solía necesitar ayuda de las otras dos para romper el hielo.
Puede que un par de copas la ayudasen, así que lo primero que hicieron fue ir directas a la barra.
Alexis quería una buena dosis de alcohol para entrar en ambiente.
―No os ofendáis si esta noche no me vuelvo con vosotras ―las avisó Natasha después de echar un vistazo―. Ya he visto a un par de chicos con los que no me importaría enredarme un poco si se dejan.
Natasha era pelirroja, lo que llamaba la atención de por sí, pero además tenía un cuerpo bien esculpido, con curvas perfectas y proporcionadas que atraían la mirada de los hombres de una manera irremediable.
Aquel conjunto se completaba con dos esmeraldas por ojos.
Y, por si eso no fuese suficiente, su trabajo le proporcionaba las herramientas para atar a un hombre a su cama todo el tiempo que quisiese.
Claro que no era tanto como a muchos les gustaría, porque Natasha prefería experimentar y enseguida se aburría de lo mismo.
―¿De uno en uno o los dos juntos? ―bromeó Alexis.
―Estoy abierta a negociaciones. ―Le lanzó una mirada pícara.
―La sexóloga ya está al acecho ―rio Mae. Sus ojos azules destacaban mucho más sobre su piel morena en el ambiente nocturno y Alexis los admiró como hacía cada vez que eso pasaba. Cuando su amiga la descubrió, le guiñó uno―. Te los regalaría si pudiese.
―Me gustan los míos. ―No pudo evitar sonrojarse.