Tres deseos Un día de perros #2
6%

Un día de perros #2

Un intenso sonrojo le cubrió el rostro y bajó la cabeza para romper el contacto visual.

Entonces, vio el desastre en que se había convertido la camisa blanca y se le hundió el ánimo todavía más.

Apenas empezaba la mañana y tendría que pasarse el día entero con la mancha de café en la ropa.

Cuando Ace salió de la sala, llenó de nuevo la taza y la entregó lo más rápido que pudo para que no viesen lo que le había pasado.

Aquella fue la primera vez que se alegró de que su jefe no la mirase nunca.

Se puso la chaqueta para ocultar el desastre, pero la calefacción estaba bastante alta porque el frío amenazaba con invadir la oficina cada vez que alguien abría la puerta, y no tardó en sentir cómo el calor le coloreaba las mejillas.

Esperaba que el maquillaje aguantase el tirón, pero los nervios no ayudaban.

Estaba siendo un día complicado y no parecía que fuese a mejorar.

Pronto le empezaron a llegar mensajes de correo del jefe con nuevas citas que tendría que ajustar en el horario del día siguiente y las añadió a un archivo de Excel en el que lo organizaba todo antes de anotarlo en la verdadera agenda.

Atendió varias llamadas, que derivó al abogado pertinente, y habló con los clientes que llegaban a la oficina para pedir cita o para encontrarse con su representante.

Estuvo tan ocupada que se le pasó bastante rápido la mañana.

Incluso se le olvidó hacer el descanso pertinente.

Siempre se llevaba el almuerzo de casa porque no tenía tiempo de ir y volver.

Si el clima lo permitía, se sentaba en un banco del parque que había frente al edificio, y hasta allí se fue, a pesar de que el frío la obligó a ponerse el abrigo.

Necesitaba despejar la mente y bajar el sofoco de usar la chaqueta en una oficina demasiado caldeada.

Mientras comía, observó a la gente que paseaba.

Le gustaba imaginar cómo serían sus vidas y, por alguna extraña razón, siempre le parecían más magníficas que la suya.

Como aquella madre que llevaba al bebé en el carro, mientras el hijo mayor correteaba alrededor con una gran sonrisa pintada en la cara.

O el anciano que se movía con lentitud porque no tenía ninguna prisa.

Los envidiaba. No por querer tener sus vidas, sino porque no sentían el estrés diario con el que debía convivir ella.

Durante año y medio, Alexis había tenido una vida casi perfecta, según su criterio, pero desde que el señor Harlow le había asignado un papel extra dentro de la empresa, sentía que se asomaba al borde del abismo cada día y que no conseguía alejarse de él por más que lo intentase. Le preocupaba el día que colapsase.

De repente, la lluvia comenzó a caer sin previo aviso y la obligó a regresar a la carrera a la oficina para cobijarse del agua, pero el tráfico estaba imposible y tardó varios minutos en alcanzar el objetivo.

Para cuando llegó, el abrigo pesaba el doble de lo habitual.

¿Es que le iba a salir todo mal ese día?

―Oh, Ace, qué gracioso eres.

La falsa risa de Robyn precedió a la pareja, que entró al edificio tan seca que le molestó, después de haber ido, como casi siempre, a comer juntos. Otra razón más para odiar a aquella mujer.

―No es broma ―le aseguró lanzándole una mirada que Alexis deseaba para ella―. Te lo puedo mostrar algún día si quieres.

―Me encantaría.

Robyn lo obsequió con una coqueta y perfecta caída de pestañas que le terminó de hundir la autoestima a Alexis.

Jamás sabría hacer esas cosas y, por eso, no podría conseguir a un hombre como Ace en la vida.

Se sentía miserable cada vez que los veía juntos, disfrutando de una conversación que no se parecía en nada a sus balbuceos incoherentes.

―Alexia. ―Que Ace le hablase siempre resultaba estimulante, incluso si confundía el nombre o lo olvidaba por completo―. Estaré en una reunión, pero espero una llamada importante. Me la pasas de inmediato, aunque siga ocupado. No la puedo perder, asegúrate de que la recibo.

―Sí. ―No se atrevió a decir nada más porque Robyn la observaba sin perderse detalle. No quería darle más motivos para burlarse de ella.

No pudo evitar seguirlo con la mirada hasta que su perfecta figura se perdió por el pasillo. Habría suspirado por él si no supiese que la otra seguía mirando.

―No está a tu alcance ―escuchó susurrar a su lado―. Ni lo sueñes siquiera.

―No es de tu propiedad, Robyn ―le respondió―. Tú no decides con quién puede o no puede estar.

―Supongo que tienes razón ―admitió sin perder la sonrisa―. Ace puede elegir a quien quiera y yo no puedo impedírselo, pero te dejaré algo claro, Alexia, ya que parece que no lo captas. Nunca se fijaría en una mosquita muerta como tú. Le sobran mujeres con las que estar para que se rebaje contigo.

Remarcó el nombre equivocado para recordarle que, si no memorizaba un detalle tan importante como ese, mucho menos pensaría en ella fuera del trabajo.

Alexis guardó silencio porque nada de lo que dijese le haría ganar aquella lucha verbal, y continuó trabajando sin levantar la vista del ordenador, salvo para saludar y atender a los clientes que llegaban.

Cuando apenas faltaba una hora para el cierre, estaba deseando meterse en la cama y dormir hasta que el sueño le borrase ese horroroso día de la mente. Por desgracia, le esperaba una última sorpresa. Una poco agradable.

―¿Qué? ―Buscó el archivo donde guardaba la programación del día siguiente para el jefe, pero no lo encontró y empezó a ponerse nerviosa―. No puede ser. No es posible.

Durante más de quince minutos, comprobó carpeta por carpeta, por si lo había traspapelado sin querer, pero no había rastro.

Tampoco estaba en la papelera, ni encontró el archivo temporal, por si lo podía recuperar.

Era como si nunca hubiese existido. Miró a su alrededor por si alguien la observaba y se enteraba de lo que había pasado.

Si no lo encontraba pronto, su jefe la iba a matar.

Por último, miró hacia Robyn, esperando encontrarla riéndose de ella, pero parecía ocupada en sus propios asuntos y ni siquiera fue consciente de su escrutinio, así que también la descartó.

Puede que se llevasen mal, pero quería creer que no jugaría con su puesto de trabajo, así como ella no lo haría con el suyo.

Eso sería llevar la rivalidad demasiado lejos.

En un intento desesperado, llamó a una de sus mejores amigas para ver si podía ayudarle.

Era una informática increíble y tal vez supiese algo que ella no.

Si Mae no lo podía encontrar, estaría acabada.

¿Con qué cara le pediría al señor Harlow que le indicase de nuevo las citas del día siguiente?

¡Como si este las fuese guardando después de enviárselas!

En última instancia, podía revisar los correos, pero recibía tantos a lo largo de la jornada que le llevaría una eternidad encontrarlos todos.

Eso si no se le escapaba alguno, lo que causaría más daño, o que se le olvidasen las citas que le había anunciado de forma verbal. Aquella no era la solución.

―Mae ―sonó aliviada al escuchar su voz al otro lado del aparato―, gracias al cielo que todavía estás disponible. Tengo una emergencia en el trabajo y necesito que me ayudes. Por favor. Si no lo arreglo, me despedirán.

―¿Qué ha pasado?

―He perdido el archivo donde guardaba las reuniones de mi jefe. No hay rastro de él por ninguna parte ―explicó―. He buscado en cada rincón, pero ni siquiera encuentro el documento temporal. Eso es raro, ¿verdad? Debería haber dejado algún rastro. Un archivo no puede desaparecer sin más.

―¿Estás en la oficina todavía?

―Sí. Tengo unos cuarenta minutos para encontrarlo y solucionar este lío. ¿Me ayudarás?

No le importaba rogar si, con ello, lograba que le hiciese el favor, pero sabía que, si era posible, Mae le ayudaría encantada sin tener que llegar a eso.

―Vale, te voy a indicar los pasos que debes seguir para que me pueda conectar de forma remota al ordenador, ¿de acuerdo?

―¿Eso es legal? ―preguntó. No quería meterse en otro lío para salvarse de aquel.

―Aquí lo hacemos todo el tiempo. ―Mae le restó importancia.

―Son vuestros clientes y tenéis su consentimiento ―insistió―. No quiero perder el trabajo.

―No pasará nada. Tú solo haz lo que te pido. Nadie sabrá que he estado ahí, te lo prometo.

Minutos después, Mae controlaba el ordenador de Alexis, mientras esta intentaba aparentar normalidad.

Sin embargo, no dejaba de mirar a un lado y a otro por si alguien veía cómo las carpetas se abrían solas.

Ni siquiera podía llevar la mano al ratón para disimular porque su amiga insistía en que la entorpecía.

―Vamos, vamos ―murmuraba cada vez más nerviosa, y rezaba para que ningún cliente llamase en ese momento para pedir cita porque no podría usar el ordenador―. Por favor, Mae.

―Listo ―dijo su amiga después de otros diez minutos―. No sé cómo ha terminado tan escondido, pero lo tienes ya en el escritorio. Te recomendaría que la próxima vez lo guardes en la nube, de esa forma, es más difícil que se te borre.

―Lo que haré será tener una copia en papel ―dijo, aliviada―. Muchísimas gracias, Mae. Me has salvado la vida.

―Es viernes. Agradécemelo tomando unas copas con Nat y conmigo esta noche.

Ni siquiera esperó a que le respondiese para evitar que se negase. En cuanto lo dijo, colgó. No es que no quisiese salir nunca, pero el último mes había sido un desastre y les había estado dando largas más veces de lo habitual.

A pesar del tiempo perdido por culpa del archivo desaparecido, logró preparar la agenda antes de que el bufete cerrase las puertas.

Y podría decir que aquello fue lo único bueno que le pasó en todo el día porque, cuando se disponía a salir de la oficina, una gruesa capa de lluvia la esperaba, decidida a empaparla una vez más.