Un día de perros
El despertador sonó demasiado pronto para su gusto y lo apagó de mala gana. Apenas había podido dormir cuatro horas porque la agenda de su jefe estaba descuadrada y se la había tenido que llevar a casa para solucionarlo.
Odiaba que añadiese citas de última hora como si a ella le resultase sencillo encajarlas entre las demás.
Porque, claro, quería ver y hablar con más gente que horas tenía el día, y además esperaba que le encontrase un hueco para el gimnasio, para su esposa y para disfrutar de unas copas con los amigos.
Quizá la culpa era suya por estirar tanto el tiempo para acomodarlo todo sin protestar, a pesar de que pareciese imposible.
Se miró en el espejo después de lavar la cara con agua fría, por si conseguía despejarse de ese modo, y solo vio dos manchas oscuras bajo los ojos, prueba de la falta de sueño.
Ese día tendría que ponerse un extra de corrector si quería lucir bien en el trabajo.
Su aspecto era importante, pues era la primera cara que veían los clientes al entrar y la primera con la que hablaban siempre.
Aunque no le gustase mucho el maquillaje, no tenía más opción que usarlo.
Por suerte, no necesitaba que se notase demasiado, así que siempre iba muy discreta, pero perfecta para el puesto que ocupaba.
La ropa no era tanto problema, pues con un pantalón de tela y una camisa blanca iba elegante y cómoda.
Y lo completaba con una chaqueta y un abrigo los días de más frío.
El conjunto ideal para un día largo y con los mil desafíos que seguro que se le presentarían.
Hacía tiempo que no tenía un momento relajado en el trabajo.
―Buenos días, Gardner. ¿Tiene mi agenda?
―Es Gardiner, señor.
Alexis le tendió el cuaderno después de corregirlo por enésima vez. El hombre lo tomó sin mirarla porque tenía al teléfono a alguien más importante, supuso. Estaba convencida de que ni la había oído.
Había firmado un contrato como recepcionista en uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de la ciudad dos años atrás y aquel había sido uno de los mejores días de su vida.
Adoraba el trabajo. Sin embargo, sin saber muy bien cómo, seis meses antes había acabado organizándole las citas a uno de los socios principales.
Lo único que le habían dicho era que habían pasado demasiadas secretarias por sus manos y que no podían permitirse contratar a más, cuando duraban, con suerte, una o dos semanas.
«Eso desprestigia al bufete», dijeron, así que le encargaron a ella la tarea, so pena de despedirla si no lo hacía bien.
Aunque esa parte se la saltaron, lo entendió a la perfección.
«Es sencillo», le dijeron, «algo que puedes hacer en las horas muertas de la recepción».
Pero no lo era en absoluto y lo que llamaban horas muertas, que en realidad no tenía, no le servían porque el jefe exigía la agenda a primera hora de la mañana.
El problema radicaba en que añadía citas hasta última hora de la tarde para el día siguiente y le descuadraba la agenda.
En ocasiones, como había pasado el día anterior, no era capaz de arreglarlo en unos pocos minutos y se la tenía que llevar a casa.
Y no es que esperase ascender, porque le gustaba ser la recepcionista y no quería cambiarlo, pero tampoco quería perder el puesto, así que apechugaba con las horas extra sin protestar.
Su vida laboral se había vuelto caótica y le preocupaba no saber gestionarlo bien y acabar abandonando por estrés o, peor aún, siendo despedida si cometía un error.
Era una responsabilidad para la que no se sentía preparada, por más que lo hubiese estado haciendo bien en los últimos meses.
De hecho, había durado más que cualquiera de los que se habían encargado antes que ella.
Pero el agobio al que se sometía a diario no lo compensaba.
―Buenos días.
Siempre saludaba con una sonrisa a los empleados que iban llegando.
Algunos eran más simpáticos que otros y respondían con cordialidad.
Los que no, solían ignorarla. Y eso era lo que sucedía con Ace Coleman, uno de los abogados más prometedores, que optaba a ser el próximo socio de Harlow & Lambert.
Dejando aparte la gran labor en el bufete, Ace era un dios griego.
Llevaba siempre el cabello rubio peinado a la perfección y tenía unos ojos azules que le alegraban la mañana.
Los músculos, tan trabajados, se ajustaban de una forma tan precisa a su traje que la hacían babear cada vez que se cruzaban.
Tenerlo cerca la volvía tonta en segundos.
Y que el hombre de su vida la ignorase era duro, pero eso no le impedía soñar con que un día abriese los ojos y la viese.
Entonces tendrían un bonito noviazgo en el que Ace le llevaría ramos de rosas al trabajo cada día y cenarían cada noche en algún elegante restaurante después de dar un paseo romántico por la ciudad.
Al final se casarían y tendrían un par de niños tan preciosos como el padre y…
―Gardner.
Su jefe, el señor Harlow, la llamó desde el despacho, equivocando una vez más su apellido, lo que la hizo regresar al presente de golpe.
Como no debía dejar desatendida la recepción, casi corrió para reunirse con él.
No solo sentía curiosidad, pues era la primera vez que la hacía ir, sino que le preocupaba.
Lo normal era que tomase la agenda y no se dirigiese a ella hasta que se la entregara de nuevo a última hora para que le organizase el día siguiente.
Había intentado hacerlo de forma semanal para ahorrar trabajo, pero cambiaba tanto de planes que fue imposible.
―¿Sucede algo, señor Harlow? ―preguntó.
Solo había estado una vez en aquel despacho: cuando los socios originales la entrevistaron en persona para el puesto, después de pasar el corte de Recursos Humanos.
Había estado tan nerviosa que temió estropearlo haciendo alguna estupidez o diciendo algo que no debía.
Por suerte, ambos habían quedado impresionados.
En dos de las cuatro paredes había altas estanterías repletas de carpetas numeradas y ordenadas por fecha.
Frente a la puerta estaba el escritorio, justo al fondo de la sala, y había dos cómodos sillones para los clientes delante del mismo.
Las amplias ventanas tras él mostraban una vista impresionante de la ciudad. No era un mal sitio para trabajar.
El hombre revisaba la agenda en silencio y no quiso interrumpirlo, pero no pudo evitar mirar hacia la entrada, por si algún cliente entraba en la sala mientras no estaba y se la encontraba vacía.
De forma inconsciente, su pie empezó a temblar, lo que provocó que su jefe escuchase el ruido que hacía al tamborilear y le prestase atención.
―No veo por ningún lado la reserva del restaurante para la cena con mi esposa de esta noche. ―Lanzó la agenda sobre la mesa―. ¿Qué ha pasado?
―Su esposa me llamó anoche para que la anulase ―le indicó, tratando de mantener la calma, porque no era su culpa―. Según dijo, tendrán invitados en casa.
―Oh, cierto ―asintió al recordarlo―. Puede volver a su puesto, Gardner.
―Gardiner, señor ―lo corrigió de nuevo. Sabía que no conseguiría que se lo aprendiese porque no prestaba atención, pero no podía evitarlo. Era su apellido, después de todo.
―Dígale a la señorita Minnet que me traiga un café ―le gritó cuando ya casi cerraba la puerta.
Alexis no soportaba a Robyn, la nueva secretaria del señor Harlow.
No solo porque debería ser quien se ocupase de la agenda y no lo hacía, sino porque se creía mejor que nadie solo por el puesto que ocupaba dentro del bufete.
No era consciente de que seguía allí porque ella se encargaba de la parte más delicada en su lugar.
De cualquier otro modo, habría sido despedida como las anteriores en pocas semanas.
Desde luego, aquel odio nada tenía que ver con que codiciasen al mismo hombre o que Robyn tuviese muchas más posibilidades.
Tampoco tenía que ver con que luciese muchísimo mejor, incluso si usaba un trapo como vestido.
No, la odiaba por tener que hacer su trabajo.
―El jefe quiere café ―le dijo, al pasar por su lado sin detenerse. ¿A quién quería engañar? La odiaba porque, con toda seguridad, acabaría siendo ella la que recibiría las flores de Ace y tendría a sus hijos.
―Señor Harlow ―la oyó hablar mientras regresaba a su puesto―, ¿podría esperar unos quince minutos por el café que me pidió? Estoy redactando el informe urgente que me encargó esta mañana y…
―Dile a Gardner que me lo traiga ella.
Alexis lo escuchó y apretó los puños para evitar gritar de rabia y frustración.
―Ya lo has oído, Gardner.
Que Robyn pronunciase mal su apellido a propósito la enfadaba más que cuando lo hacía su jefe. Después de todo, él no sabía cómo era.
―Esta me la pagarás ―susurró por lo bajo mientras cambiaba de rumbo.
Pero, en el fondo, lo que más le molestaba era que, en realidad, no se vengaría, porque temía demasiado perder el trabajo. Robyn se había ganado el favor del jefe y podría hacerle daño si se lo proponía, así que callaría como hacía siempre y obedecería.
Estaba tan ofuscada por tener que perder el tiempo en preparar un café que, cuando salió de la sala de descanso, ni siquiera miró por dónde iba y se chocó contra algo duro pero suave, y se derramó el líquido caliente por encima.
―Maldita sea. ―No pudo evitar gritar cuando notó que le quemaba la piel bajo la camisa y separó esta con rapidez para evitar un mal mayor.
―Deberías mirar por dónde vas, estooo… ―¡Cómo no! Tampoco recordaba su nombre.
―Gardiner. Alexis Gardiner ―dijo con enfado, justo en el momento que alzaba la mirada y se topaba con la intensidad azul de los ojos de Ace―. Yo… eh… yo no… eh…
Cómo odiaba balbucear así cuando lo tenía cerca. Parecía una quinceañera con el primer enamoramiento.
―Tengo prisa, Alexia ―dijo, pero ella tardó bastante en comprender a qué se refería y no reaccionó hasta que le indicó con la mano que se apartase.