Tres deseos
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Prólogo
Tres años antes
La limusina se detuvo junto al puente y el chófer se apresuró a abrirle la puerta a su jefa.
La mujer, con un elegante vestido de gala y unos zapatos rojos con tacones de vértigo, salió con cuidado del vehículo, ayudada por su solícito empleado.
Una inesperada ráfaga amenazó con liberar algunos mechones de su refinado peinado y se llevó una enguantada mano a la cabeza para evitarlo.
Aunque ya anochecía, la mujer se había puesto unas gafas de sol enormes que apenas permitían verle el rostro.
Era algo habitual en ella en los últimos tiempos.
Aquel era un día sombrío que anunciaba la llegada del invierno, pero la mujer no sentía el frío, pues su mente y su cuerpo estaban centrados en lo que debía hacer a continuación. Aunque el corazón le gritaba que no, sabía que no había vuelta atrás. Demasiado lo había postergado ya.
―Espera aquí ―pidió al hombre, mientras miraba a un lado y al otro para asegurarse de que estaban solos.
Había elegido aquel puente por ser uno de los menos transitados de la ciudad.
Lo que tenía que hacer no debía verlo nadie.
Así funcionaba y de esa forma se lo había explicado él.
Además, allí había empezado todo y sentía que debía acabar en el mismo lugar.
Como si el destino la hubiese guiado para encontrarlo. Y ahora para despedirlo.
Cuatro meses antes, la mujer que ahora lo tenía todo había estado a punto de saltar desde aquel mismo punto para terminar con su miserable vida.
La pérdida del trabajo, de la casa y del hombre al que amaba había sido demasiado.
Ya no le quedaba nada y, en su desesperación, pensó que seguir a su difunto esposo a la muerte era lo único que podía hacer.
Estaba sobre la barandilla cuando un brillo extraño en la orilla la hizo retroceder, asustada por si había alguien allí observándola.
Fue la curiosidad la que le hizo bajar por la ladera y dar con una lámpara similar a la que aparecía en el cuento de Aladino que su madre le leía cada noche.
Parecía antigua y pensó que, tal vez, valdría mucho dinero.
Estaba sucia y decidió lavarla en el río para asegurarse de que no fuese una baratija.
Fue así como lo conoció. Y como cambió su vida para siempre.
Ahora ya no lo necesitaba, no podía hacer nada más por ella, aunque, de manera egoísta, todavía lo quisiese a su lado, y su deber era devolverlo al mundo para que otra persona, tan desdichada como lo había sido ella por aquel entonces, pudiese ver cumplidos sus deseos más profundos.
Así había sido durante siglos y así debía continuar.
―Te voy a echar tanto de menos ―le susurró a la lámpara―. Gracias por todo. Nunca te olvidaré.
Revisó de nuevo que no hubiese nadie cerca y miró hacia el chófer para asegurarse de que nunca sabría lo que se disponía a hacer allí.
Las instrucciones eran muy claras. Nadie debía descubrir lo que lanzaba al agua, pues la lámpara debía llegar al siguiente destinatario en el momento correcto, no antes.
Y no debían buscarla porque era ella la que elegía, no al revés.
La fortuna, fuese del tipo que fuese, se debía entregar a la persona que la necesitaba de verdad. Forzarlo solo lo complicaría todo.
―Espero que puedas ayudar a alguien más como lo has hecho conmigo. ―Abrazó el objeto una última vez, reacia a abandonarlo a su suerte―. Ojalá no fuese una despedida, pero ambos sabemos que no volveremos a vernos. Buen viaje… mi dulce genio.
Extendió los brazos hasta que quedaron suspendidos en el aire sobre el agua.
Le temblaron las manos y apretó el objeto con fuerza, rogando que la magia le permitiese estar más tiempo con el genio.
Sin embargo, sabía que no podría ser. Abrió los dedos de golpe y cerró los ojos.
El gorgoteo del agua al engullir la lámpara no tardó en subir hasta ella y giró sobre sí misma para dirigirse a la limusina, donde la esperaba el conductor.
―¿A la fiesta, señora? ―preguntó este.
―A la fiesta ―asintió, dejando escapar un suspiro.
Ni una sola vez echó la cabeza hacia atrás para mirar al puente, aunque pareciera que el corazón quisiera huir en esa dirección.
Habían sido cuatro meses maravillosos junto al genio que le había concedido todo lo que había deseado.
Hubiese preferido pedirle que se quedase con ella para siempre, pero esa nunca fue una opción.
―Buena suerte, mi dulce genio ―murmuró en voz baja, apenada, mientras se alejaban.
Para cuando llegaron a la fiesta, blandía una gran sonrisa y se movió entre los demás invitados con un poderío que solo la confianza en sí misma le podía otorgar. Cuatro meses antes había estado a punto de dejarse morir y ahora era una de las mujeres más ricas e influyentes del mundo.
Y todo gracias a un genio metido en una lámpara mágica.