CAPÍTULO 35
Fuimos a casa de Andrés. Al llegar al cruce donde yo tenía que girar hacia mi casa, seguí recto.
Andrés miró por la ventanilla.
—Te has pasado.
—No.
—Tu casa está al otro lado.
—Tengo memoria funcional.
Se volvió hacia mí.
—Eso era mío.
—Lo he mejorado.
No preguntó nada más hasta que aparqué junto a su edificio.
Entonces se quitó el cinturón.
—¿Subes?
—Esa era la idea.
—Podías haber empezado por ahí.
—Habría sido menos divertido.
Subimos.
La cafetera nueva seguía ocupando demasiado espacio en la cocina.
—¿Quieres algo? —preguntó.
—Agua.
Andrés abrió la nevera.
Yo dejé el bolso en una silla.
Habíamos dormido juntos, follado, discutido, desayunado, esperado mensajes y pasado una cena entera fingiendo durante horas que no sabíamos exactamente dónde había tocado el otro.
Aun así, verlo sacar una botella de agua de su nevera me produjo una calma pequeña y buena.
Me dio el vaso.
Bebí.
—¿Cansada?
—Un poco.
—Podemos dormir.
—No he venido a dormir.
Andrés apoyó una mano en la encimera.
—Información bastante clara.
Dejé el vaso.
—Estoy intentando mejorar la comunicación.
—Se agradece.
Fui hacia él.
No esperé a que iniciara el beso.
Le agarré la camisa por delante y lo acerqué.
Andrés soltó una risa contra mi boca que desapareció en cuanto volví a besarlo.
Tenía una mano en mi espalda y otra en la nuca.
Yo empecé a desabrocharle la camisa.
—Te has arreglado para Berta —murmuré.
—Era un restaurante.
—Excusas.
Abrí otro botón.
Debajo llevaba camiseta.
—Esto es fraude.
—Hace frío.
—Voy a poner una reclamación.
Andrés me agarró por las caderas y me sentó en la encimera.
El golpe de mis zapatos contra el mueble hizo vibrar dos vasos.
Los dos miramos.
—Muy sensual —dije.
—Calla.
Volvió a besarme.
Metí las manos debajo de su camiseta. El abdomen estaba caliente; firme bajo las costillas, más blando al bajar. Lo conocía y aun así cada vez era un cuerpo distinto según la hora, el cansancio, lo que hubiera comido, la tensión que llevara encima.
Andrés terminó de quitarse la camisa y la dejó sobre una silla.
Le saqué la camiseta.
—Ahora tú.
—Qué autoritario.
—Puedo esperar.
—No.
Me quité el jersey por la cabeza.
Los rizos se engancharon un instante en el cuello y salieron cargados de electricidad estática.
Andrés sonrió.
—Ni una palabra.
—Estoy siendo ejemplar.
—Eso no incluye sonreír.
—Esa era tu frase.
—Esta noche estoy robando.
Me bajé de la encimera.
Él llevó una mano a mi cintura.
—¿Dormitorio?
—Sí.
Llegamos sin prisa.
En el dormitorio, Andrés encendió la lámpara de la mesilla.
La luz era amarilla y baja.
—¿La dejo? —preguntó.
Miré la habitación.
—Sí.
Me quité los pantalones.
Andrés me observó sin esconder que lo hacía.
No como en la revelación, cuando cada mirada tenía una pregunta detrás. Ahora conocía mi barriga, la cicatriz junto a las costillas, el lunar del cuello, el pecho, las marcas que dejaba el sujetador al final del día.
Aun así, verlo mirar me calentó la cara.
—Ven —dije.
Se acercó.
Le puse las manos en la cintura y lo hice sentarse en el borde de la cama.
Andrés levantó las cejas.
—¿Tengo instrucciones?
—De momento, estarte quieto.
—Difícil.
—Practica.
Me coloqué entre sus piernas.
Le pasé los dedos por la barba, después por la línea de la mandíbula y la nariz ligeramente torcida.
Él no apartó la vista.
—Cierra los ojos.
La reacción le cambió la boca.
—¿En serio?
—Si no quieres, no.
Los cerró.
Sin antifaz.
Sin una puerta detrás ni una persona controlando el tiempo.
Solo los párpados.
Le toqué la cara como la primera noche.
Esta vez no tuve que imaginar nada.
Sabía dónde estaba la cana más clara de la sien. Sabía que la arruga del ojo derecho se marcaba más cuando se reía. Sabía que la barba estaba más corta que el día que la descubrí con los dedos.
Andrés se quedó quieto.
—No sonrías —dije.
—No puedo controlarlo todo.
—Pues disimula.
Bajé por el cuello.
El pulso bajo la piel seguía allí.
Puse la palma sobre su pecho.
—¿Sabes que esto sigue funcionando? —dije.
—¿Qué cosa?
—Tocarte sin mirar.
Andrés abrió un ojo.
—Tú sí estás mirando.
—Cállate.
Lo cerró otra vez.
Le desabroché el cinturón.
Su respiración cambió.
No lo señalé.
Aquella noche no necesitaba demostrar que conocía todos sus signos.
Le bajé los pantalones lo suficiente para que pudiera quitárselos. Andrés abrió los ojos cuando se levantó.
—He incumplido.
—Gravísimo.
—¿Sanción?
—Vuelve aquí.
Se quedó en ropa interior frente a mí.
Me besó el hombro.
Yo todavía llevaba sujetador y bragas.
Sus dedos llegaron al cierre de mi espalda.
Esperó un segundo.
—Sí —dije.
No necesitó formular la pregunta entera.
El sujetador cayó sobre la silla.
Andrés pasó las manos por mis costados y subió despacio.
El pulgar rozó un pezón.
Me incliné hacia él.
—Más.
Obedeció.
La boca reemplazó la mano en el otro pecho y tuve que apoyarme en sus hombros.
El contraste de barba y lengua me hizo apretar las piernas.
Andrés lo notó.
—Tú tampoco disimulas mucho.
—No era un requisito.
Me llevó hacia la cama.
Me tumbé.
Él se arrodilló entre mis piernas y bajó las manos hasta el borde de las bragas.
—¿Puedo?
—Sí.
Las deslizó por mis muslos.
Una de mis piernas se enganchó en la tela.
—Espera.
—Estoy quieto.
—No tú. Mi pie.
Me reí mientras intentaba liberarlo.
Andrés sujetó la prenda.
—Muy elegante.
—Como te rías, te vas al sofá.
—Estoy ayudando.
Conseguimos sacarlas.
Andrés volvió a colocarse entre mis piernas.
Su boca pasó por el interior de un muslo.
La risa se me cortó.
—Ah.
—Eso parece mejor.
—No te pongas satisfecho.
Besó más arriba.
Cuando su boca llegó a mí, dejé de pensar en respuestas.
La primera pasada de su lengua fue lenta. La segunda encontró el punto exacto que me hizo levantar las caderas.
Andrés apoyó una mano sobre mi abdomen para mantenerme cerca, no inmóvil.
—Así —dije.
Siguió.
Le agarré el pelo corto con los dedos.
No podía tirar mucho. Lo intenté igual.
Andrés soltó un sonido contra mí que me recorrió entera.
—No hagas eso.
Levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Hablar ahí.
—No estaba hablando.
—Peor.
Sonrió.
—¿Sigo?
—Como pares ahora te denuncio.
Volvió.
Esta vez añadió dos dedos, despacio, esperando mi cuerpo antes de moverlos. Le dije más rápido. Después menos. Luego que no cambiara nada.
No cambió.
El orgasmo llegó sin aviso elegante. Se me cerraron las piernas alrededor de sus hombros y tuve que taparme la boca con el antebrazo porque el sonido salió demasiado alto incluso para una casa sin vecinos pegados a la pared.
Andrés esperó a que aflojara.
Subió besándome el abdomen.
Se detuvo junto a la cicatriz. La besó una vez y siguió.
Cuando llegó a mi boca, yo seguía intentando recuperar una respiración decente.
—Hola —dijo.
—Te odio.
—Eso suele significar otra cosa contigo.
Le pasé los brazos por el cuello.
—Preservativo.
—Cajón.
—Ya lo sé.
Andrés se rió.
—Eso ha sonado peligrosamente doméstico.
—No arruines el momento.
Abrió el cajón.
Yo me incorporé mientras se quitaba la ropa interior.
La erección golpeó contra su abdomen.
Cogí el preservativo antes que él.
—Déjame.
Andrés apoyó las manos a los lados.
Rompí el envoltorio y se lo puse despacio.
Cuando terminé, pasé la mano una vez por toda la longitud.
Él cerró los ojos.
—Eso no era necesario.
—No parecía molestarte.
—No he dicho eso.
Me tumbó otra vez.
—¿Así?
—Sí.
Entró despacio.
El cuerpo necesitó un momento y se lo di. Andrés se quedó quieto, apoyado sobre los antebrazos.
—Espera.
—Todo lo que quieras.
Moví las caderas cuando estuve preparada.
—Ahora.
La primera embestida fue corta. La segunda más profunda.
Le rodeé la cintura con las piernas.
La lámpara seguía encendida.
Podía verle la cara a menos de treinta centímetros, las canas húmedas en las sienes, el esfuerzo en la mandíbula, el pecho subiendo demasiado rápido.
Andrés me miraba también.
—No cierres los ojos —dije.
—No pensaba hacerlo.
Apreté las piernas.
El ángulo cambió y los dos soltamos aire a la vez.
—Ahí.
Andrés repitió el movimiento.
Metió una mano entre nosotros y buscó con el pulgar.
Yo lo guié un poco.
—Sí.
No hubo más conversación durante un rato.
El sonido de la cama contra la pared empezó a resultar sospechosamente regular.
—Tu vecino —murmuré.
—Está sordo.
Me reí y el movimiento contrajo todo de golpe.
Andrés soltó una palabrota.
—No hagas eso.
—¿Reírme?
—Exactamente ahora.
—No prometo nada.
La segunda subida fue más lenta que la primera. La sentí acumularse con cada movimiento, con la mano entre mis piernas y la presión de su cuerpo.
Cerré los ojos.
Andrés se detuvo apenas.
—¿Bien?
—Sí. Sigue.
Los mantuve cerrados porque podía.
El orgasmo llegó más profundo, menos brusco. Le agarré la espalda y enterré la cara en su cuello mientras él seguía hasta que su respiración perdió el ritmo.
Andrés terminó poco después.
Se quedó encima de mí dos segundos, quizá tres.
—Peso —dije.
—Romántica.
—Cuarenta y ocho años de peso.
Se apartó riéndose y fue al baño.
Yo me quedé boca arriba.
La lámpara seguía encendida.
Cuando volvió, traía agua y el preservativo ya no.
—Previsible —dije.
—Eficiente.
Me dio el vaso.
Bebí y se lo pasé.
Andrés se tumbó a mi lado.
Durante un rato solo nos tocamos con las piernas.
Después puso una mano sobre mi barriga.
—¿Te quedas?
—Sí.
—Bien.
—Puedes decir bien.
—Gracias por el permiso.
Apagué la lámpara.
La oscuridad llenó la habitación.
Andrés movió la mano hasta encontrar la mía debajo de la sábana.
—No necesito verte para esto —dijo.
—Menos mal. Acabo de apagar la luz.
Se rió.
Le cerré los dedos alrededor de la mano.
No había nada que decidir esa noche.
No nos dormimos enseguida.
A las seis y veinte me desperté porque Andrés roncaba muy poco, pero lo suficiente para ofenderme.
Le di un empujón.
—Estás roncando.
—Mentira.
Ni siquiera abrió los ojos.
—Te he oído.
—Pruebas.
—Mi testimonio.
—Parte interesada.
Me reí.
Volví a dormirme antes que él.
A las nueve y media, la cafetera nueva decidió justificar parcialmente su precio.
Andrés estaba en la cocina con pantalón de pijama y el pelo aplastado de un lado. Yo llevaba su camiseta de la noche anterior porque la mía estaba debajo de una silla y me había dado pereza buscarla.
—Eso es robo —dijo, señalándola.
—Compensación por ronquidos.
—Sigo negándolo.
Me dio una taza.
El café era bueno.
No se lo dije enseguida.
—¿Y? —preguntó.
—Bebible.
—Eres incapaz de dar felicidad completa.
—Te mantiene humilde.
Desayunamos de pie porque la mesa tenía encima el manual, la caja vacía y dos piezas que Andrés juraba que eran «solo embalaje».
—Esta tarde voy a casa de mi madre —dijo—. Y mañana entro temprano.
—Yo tengo comida con Laura.
—Entonces mañana por la noche.
—Si sales vivo de la puerta del armario.
—Eso suena a interés.
—Supervisión de riesgos.
Terminamos el desayuno.
Me vestí.
Antes de irme, Andrés me alcanzó en la entrada y me besó con sabor a café.
—Me ha gustado esta noche.
—La parte de Berta o la de roncar.
—Todo.
—Qué mal criterio.
Abrí la puerta.
—Hasta mañana, entonces.
—Hasta mañana.
Bajé las escaleras con su camiseta puesta debajo del abrigo.
Solo al llegar a la calle recordé que seguía llevándola.