CAPÍTULO 34
El miércoles siguiente Berta apareció en la gestoría con una carpeta y una bolsa de croissants.
No tenía cita.
Eso ya era una declaración de intenciones.
Sonia la dejó pasar con una sonrisa que me confirmó que las dos eran peligrosas por separado y peores cuando coincidían.
—Vengo por trabajo —dijo Berta.
—Claro.
Dejó la carpeta sobre mi mesa.
—Altas de diciembre.
—Podías mandarlas por correo.
—Y privarte de desayuno.
Miré la bolsa.
—Soborno.
—Tradición empresarial.
Abrí la carpeta.
Los papeles estaban en orden, lo cual eliminaba la única excusa profesional para retenerla.
Berta se sentó.
Yo saqué un croissant.
—No preguntes.
—No iba a hacerlo.
—Eso me preocupa más.
Le dio un bocado al croissant.
—Era Andrés.
Berta dejó de masticar.
—¿El de SIN MIRAR?
—Sí.
—¿El día de mi cumpleaños ya lo sabías?
—Lo reconocí allí. Primero por las manos. Cuando nos presentaste, la voz terminó de confirmarlo.
—¿Y él?
—No me reconoció.
Berta dejó el croissant sobre la bolsa.
—¿Volvisteis a la sesión?
—Sí.
—Eso tuvo que acabar bien.
—Regular durante unos días. Ya está hablado.
—Patri…
—Y antes de que empieces: tú no hiciste nada. Me mandaste un enlace meses antes. Yo fui porque quise.
Berta asintió.
—Vale.
—No quiero detalles de las sesiones fuera de lo que ya sabes. Ni de nuestra vida sexual.
—Eso último duele, pero acepto.
—Andrés sabe que te lo cuento hoy. Es mi parte también.
—Entendido.
Cogí otro trozo de croissant.
—Estamos saliendo.
Berta sonrió, solo un poco.
—Me alegro.
—Eso sí te lo permito.
—Gracias, señora Requena.
—Deja las nóminas y vete.
Se levantó.
En la puerta se giró.
—El viernes cenamos con Julián y dos amigos en el sitio de la plaza. Si os apetece, venid.
—¿Os?
—Plural básico. No abuses de mi evolución.
Me eché a reír.
—Se lo pregunto.
—Perfecto.
No añadió nada más.
Volví a mirar la carpeta para que no me viera la cara.
Andrés aceptó la cena.
El viernes llegó a recogerme a casa a las ocho y media.
Llevaba una camisa azul oscura y la barba recién recortada.
—Te has arreglado.
—Tú también.
—Yo siempre estoy así.
—Claro.
Le aparté una pelusa del hombro.
—Berta sabe todo lo que tiene que saber.
—¿Ha sobrevivido?
—Con secuelas.
—Julián no sabe lo de SIN MIRAR.
—Lo sé.
—¿Quieres que siga así?
—Sí.
—Entonces sigue así.
La conversación duró menos de veinte segundos.
La cena era en un restaurante pequeño con mesas redondas y demasiado ruido. Berta y Julián ya estaban sentados con Mónica y Rafa.
Entramos juntos.
No cogidos de la mano.
Tampoco separados como si hubiéramos llegado por error a la misma puerta.
Berta me miró un segundo más de la cuenta.
Levanté una ceja.
Ella se concentró inmediatamente en la carta.
Excelente aprendizaje.
Julián chocó el puño con Andrés.
—Pensaba que trabajabas.
—Milagros de planificación.
—Patricia —dijo Julián—, ¿ya has conseguido que deje de explicar averías como si fueran interesantes?
—No. Estoy considerando rescindir.
Andrés se sentó a mi lado.
—No hay contrato.
—Eso crees.
Antes de pedir, Julián miró a Andrés y luego a mí.
—Por cierto, Berta me ha prohibido hacer preguntas.
—Milagro —dije.
—No he dicho que vaya a obedecer.
Berta le dio una patada por debajo de la mesa.
—Ay.
—Eso ha sido un aviso.
Julián levantó las manos.
—Solo quería decir que me alegro de que os caigáis bien. Fin del comunicado.
Andrés cogió la carta.
—Gracias.
Yo miré a Berta.
Ella estaba estudiando los entrantes como si su matrimonio dependiera de no abrir la boca.
—Muy profesional —le dije.
—Estoy sufriendo.
—Se nota.
Mónica nos miró de uno a otro.
—No entiendo nada.
—Perfecto —dije.
Y el tema murió.
La cena fue normal.
Esa era la parte nueva.
Mónica habló de un viaje. Rafa estaba intentando vender un coche que nadie quería comprarle al precio que pedía. Berta se peleó con el camarero porque había pedido patatas y habían llegado verduras.
Andrés me pasó el pan sin preguntarme.
Yo probé su vino porque el mío no me gustaba.
En un momento me apoyó una mano en la rodilla debajo de la mesa.
La dejé allí sin convertirla en una demostración.
Después del segundo plato, Julián miró el móvil.
—El sábado que viene hacemos comida en casa de Rafa. ¿Venís?
Julián usó el plural sin ceremonia.
Antes habría necesitado revisar quién miraba y qué podía interpretar.
Miré a Andrés porque no sabía si trabajaba.
—Yo puedo —dijo.
—Yo también.
Julián escribió algo en el grupo.
—Pues dos más.
Y siguió hablando con Rafa sobre carbón.
Me dieron ganas de reírme.
Andrés lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada que te interese.
—Eso siempre me interesa.
—Problema tuyo.
Berta me observaba desde enfrente.
Le enseñé el tenedor.
Ella levantó las manos y siguió comiendo.
Al salir, Mónica y Rafa se fueron hacia un aparcamiento. Berta y Julián vivían a tres calles y empezaron a andar juntos.
—¿Venís? —preguntó Berta—. Tomamos una copa en casa.
Miré la hora.
Las once y cuarenta.
Andrés me rozó el brazo, sin contestar por mí.
—Otro día —dije—. Me voy con él.
Berta pestañeó.
Julián no.
—Perfecto —dijo él—. Buenas noches.
Nos despedimos.
De camino al coche, Andrés repitió:
—Me voy con él.
—Como vuelvas a saborear esa frase, te dejo aquí.
Se rió.
Diez minutos después discutíamos por dónde aparcar.