TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

El sábado a media mañana fui con Andrés a comprar una cafetera.

La cafetera era para él.

La suya había muerto con un ruido que me hizo pensar en un electrodoméstico intentando escapar de su cuerpo.

—No la arregles —le dije cuando la vi abierta sobre la encimera.

—Solo estoy mirando.

—Tienes un destornillador.

—Para mirar mejor.

—Andrés.

—Ha vivido doce años. Merece una autopsia.

Una hora después estábamos en una tienda de electrodomésticos comparando máquinas que prometían transformar café en una experiencia espiritual por el precio de medio alquiler.

—Esta tiene diecinueve bares —dijo.

—No sé qué significa.

—Yo tampoco del todo.

—Perfecto. Compra la barata.

—No funciona así.

—Es café. Agua caliente atraviesa algo marrón.

Andrés me miró con una decepción personal.

—No vuelvas a decir eso delante de una cafetera.

Me reí.

Una dependienta se acercó para salvarlo de mí.

Mientras Andrés preguntaba por presión, molinillos y una palabra italiana que no retuve, me aparté a mirar tostadoras.

—Patricia.

La voz era conocida.

Me giré.

Inés, la mujer del auditorio, llevaba una caja pequeña bajo el brazo.

—Hola.

Nos dimos dos besos.

—Qué casualidad. ¿Vienes a por algo o a impedir que Llorca compre tecnología inútil?

—Lo segundo, pero estoy perdiendo.

Inés miró hacia él.

Andrés ya nos había visto y venía en nuestra dirección.

—Jefa —dijo.

—No empieces. Estoy fuera de horario.

Él sonrió.

—Patricia, ya conoces a Inés.

—Sí.

Inés levantó la caja.

—He venido a por un hervidor. Mi hija se ha llevado el mío porque parece que en su piso el agua no puede calentarse de otra manera.

Andrés señaló la máquina que estaba considerando.

—Yo intento que Patricia respete la ingeniería del café.

—No lo vas a conseguir.

—Gracias por el apoyo.

Hablamos dos minutos.

Cuando Inés se despidió, me abrazó con esa facilidad que algunas personas tienen después de haberte visto una sola vez.

—Nos vemos por el auditorio —dijo.

—Eso parece.

Se fue.

Andrés volvió hacia las cafeteras.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No uses esa palabra conmigo hoy.

Andrés se detuvo.

—He saludado a una compañera.

—Y me has presentado como Patricia.

—Te llamas así.

—Ya. Ayer dije que estábamos saliendo.

—Lo sé.

—Si alguien pregunta, puedes decirlo. No tienes que pedirme permiso cada vez.

Andrés me miró un segundo.

—Estamos saliendo.

—Sí.

—Perfecto.

—Y no hace falta un comunicado.

—Intentaré contenerme.

Volvimos a las cafeteras.

Compró la de precio medio.

—Cobarde —dije.

—Sensato.

—No es lo mismo.

—Eso parece ser el tema de la semana.

En la caja, mientras esperaba para pagar, una mujer chocó su carrito contra el mío y pidió perdón. Yo me aparté.

Andrés puso la mano en mi espalda para dejar pasar a una pareja.

No había nadie conocido.

No importaba.

Al salir, cargó la caja en el coche.

—¿Vienes a estrenarla?

—Sí.

—Eso ha sonado muy poco sexual para una invitación a casa.

—Puedo mejorarlo.

—No hace falta.

Subimos.

En su cocina, la cafetera necesitó veinte minutos, un manual de treinta páginas y dos insultos.

El primer café salió aguado.

—Trescientos euros —dije.

—Doscientos cuarenta y nueve.

—Mucho mejor.

—Calla.

Bebí otro sorbo.

—Está horrible.

—Vete de mi casa.

No me fui.

Andrés abrió el armario buscando azúcar que ninguno tomaba. Yo me apoyé detrás de él y le rodeé la cintura.

Se quedó quieto.

—¿Esto cuenta como gesto público? —preguntó.

Le mordí la espalda a través de la camiseta.

—Como vuelvas a hacer estadística conmigo, te rompo la cafetera nueva.

—Eso sí sería una prueba de amor bastante cara.

Solté una risa contra su hombro.

Él giró dentro de mis brazos y me besó.

No seguimos más allá.

Tenía que irme a comer con Laura otra vez y él había quedado con su madre para arreglar una puerta del armario que, según él, llevaba meses sobreviviendo por orgullo.

En la entrada me puse el abrigo.

Andrés me abrió la puerta.

Antes de irme, el portero del edificio salió de su garita con un paquete.

—Andrés, esto es tuyo.

—Gracias, Paco.

El hombre me miró y sonrió.

—Buenos días.

—Hola.

Andrés cogió la caja.

—Paco, Patricia.

Tardé un segundo en reaccionar.

Paco asintió como si le hubiera dicho que yo era fontanera.

—Encantado.

—Igualmente.

Entró otra vez en la garita.

El móvil de Andrés sonó antes de llegar al coche.

Miró la pantalla.

—Mi madre.

—Contesta.

Lo hizo.

—Hola, mamá.

Yo seguí caminando a su lado.

La conversación empezó por la puerta del armario, que al parecer no cerraba desde hacía cuatro días y había pasado de molestia a amenaza familiar.

—Sí, voy luego —dijo Andrés—. Estoy con Patricia.

Lo dijo mientras miraba la pantalla del móvil.

Al otro lado se oyó una voz demasiado lejana para entender palabras.

Andrés me miró.

—Dice hola.

—Dile hola.

—Patricia dice hola.

Hubo otra respuesta.

Andrés resopló.

—No, hoy no viene. Tiene comida con su hermana.

Levanté las cejas.

Él se encogió de hombros mientras seguía escuchando.

—Sí. Luego hablamos.

Colgó.

—¿Qué?

—Tu madre sabe que existo.

—Desde hace una semana.

—No me habías dicho nada.

—Me preguntó con quién iba a cenar el viernes y se lo dije.

Esperé a notar la alarma.

No llegó.

Bajamos al coche.

Puso la caja en el maletero y cerró.

—Por cierto, era un filtro para el aire acondicionado.

—No te he preguntado.

—Información íntima.

—Estamos saliendo. No abuses.

Me dio un beso rápido antes de abrirme la puerta.

—Vete a comer con tu hermana.

—Y tú deja en paz la puerta de tu madre si no está rota.

—Eso no lo puedo prometer.

Nos separamos en el aparcamiento.