CAPÍTULO 32
El martes, Laura llamó al mediodía para pedirme el número de una factura.
Se lo di.
Después dijo:
—El viernes vienes a cenar.
—Eso no era una pregunta.
—No.
—Qué bien que conservemos las formas.
—Pau hará pescado.
—Entonces sí era una amenaza.
Laura ignoró el comentario.
—Los chicos estarán. Hace semanas que no te ven.
—Los vi en casa de Berta.
—Eso fue una fiesta. No cuenta.
Abrí una carpeta y busqué un CIF que tenía delante desde hacía cinco minutos.
—Voy.
—A las nueve.
—Perfecto.
—Y si quieres traer a Andrés, tráelo.
Dejé de leer.
Laura no añadió una vocal.
Esperó.
—¿Quién te ha dicho que puedo traerlo?
—Yo. Es mi casa.
—Sabes a qué me refiero.
—No, pero me divierte que lo preguntes.
Me apoyé en el respaldo.
—No sé si puede.
—Eso se soluciona preguntándole.
—Qué concepto revolucionario.
—De nada.
Colgamos.
Me quedé con el teléfono en la mano.
El lunes había hablado mucho de permitir que Andrés existiera en mi vida visible.
El martes, mi vida visible acababa de poner una silla en la mesa.
Abrí el chat.
«Laura nos invita a cenar el viernes. A los dos.»
No tardó.
«¿Quieres que vaya?»
Primero me irritó; luego me gustó.
«Sí.»
Añadí:
«Pero no conviertas esto en un acontecimiento.»
Andrés respondió:
«Tengo una camisa limpia. Intentaré contenerme.»
Guardé el móvil.
Sonia apareció con dos expedientes.
—Tienes cara de mensaje.
—Eso no existe.
—Existe desde WhatsApp.
Le quité las carpetas.
—Trabajo.
—Qué decepción.
Antes habría colocado el teléfono boca abajo.
Lo dejé donde estaba.
El nombre de Andrés seguía visible en la pantalla.
Sonia lo vio.
No dijo nada.
Ese silencio suyo iba a acabar saliendo caro en la próxima revisión salarial.
El viernes llegamos a casa de Laura juntos.
Yo había pasado a recoger a Andrés porque su moto seguía en el taller por una revisión que, según él, «se había convertido en una tesis doctoral».
Durante el trayecto intenté explicarle a mi familia.
—Pau cocina bien, pero pregunta poco.
—Bien.
—Laura pregunta mucho, pero sabe parar.
—Bien.
—Mis sobrinos preguntan cualquier cosa que una persona normal decidiría no preguntar.
Andrés giró la cabeza hacia mí.
—¿Edades?
—La suficiente para disfrutar haciéndome sufrir.
—Información precisa.
—No necesito que memorices un organigrama.
—Llegas tarde para avisarme.
Aparqué.
—Y otra cosa.
—Dime.
—No hace falta que estés encantador.
Andrés se quedó mirándome.
—Eso ha sido ofensivo.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sí. Pero me reservo el derecho a citarlo durante años.
—Ni se te ocurra usar años en una frase.
Se rió.
Laura abrió antes de que llamáramos.
—Llegáis pronto.
Miré el reloj.
—Son las nueve menos dos.
—Exacto.
Me besó.
Luego miró a Andrés.
—Tú tienes que ser Andrés.
—Depende de lo que haya contado.
—Poco. Es muy desagradable.
—Laura.
—Pasa.
Andrés le dio dos besos.
Pau apareció desde la cocina con un paño en el hombro y olor a ajo detrás.
La presentación duró treinta segundos.
Nadie preguntó qué éramos.
Eso me permitió respirar sin darme cuenta de que lo estaba haciendo.
El mayor de mis sobrinos estaba en el sofá con un mando en la mano. El pequeño tenía el portátil abierto sobre la mesa.
—Tía.
—Qué recibimiento.
Levantaron la barbilla a modo de saludo.
Laura señaló a Andrés.
—Él es Andrés.
Los dos miraron.
El mayor dijo:
—Ah.
Casi me eché a reír.
—Como hagas otra vocal te vas con tu madre.
—Estoy en casa de mi madre.
—Entonces peor.
Andrés se quitó el abrigo.
—Encantado.
—Igualmente —dijo el pequeño—. ¿Eres el de los antifaces?
El salón se quedó quieto.
Giré despacio hacia Laura.
Ella abrió mucho los ojos.
—Yo no he dicho eso.
—Berta —dijo el mayor, sin levantar la vista del mando—. En el cumpleaños le dijo a mamá que Patricia había hecho una cosa de citas con antifaces.
Cerré los ojos un segundo.
—Voy a matar a Berta.
—Hay cola —dijo Laura.
Andrés se estaba mordiendo la parte interior de la mejilla para no reírse.
Lo señalé.
—No te rías.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme.
El pequeño parecía encantado con el desastre.
—¿Entonces sí?
Miré a Andrés.
Él no contestó por mí ni levantó una ceja. Esperó.
—Sí —dije—. Es él.
—Qué fuerte.
—Y se acaba aquí el documental.
—Solo una pregunta.
—No.
—¿Os conocisteis sin veros?
Suspiré.
—Sí.
—Eso es bastante guay.
No supe qué responder a eso.
Pau apareció desde la cocina.
—¿Quién quiere vino?
Levanté las dos manos.
—Yo necesito dos.
La cena empezó con el pescado ligeramente pasado porque Pau se había distraído buscando una fuente que estaba delante de él. Andrés no lo mencionó. Se ganó a Laura precisamente por no decir que estaba buenísimo hasta que ella misma se quejó de que se había secado.
—Gracias —dijo ella.
—¿Por qué?
—Por no mentir sobre el pescado.
Mis sobrinos se rieron.
La conversación saltó al instituto, a una avería del coche de Pau y a un cliente mío que había firmado un documento en el lugar reservado para la fecha.
Andrés no hizo funcionar la cena.
Hubo momentos en que habló mucho y otros en que se quedó comiendo mientras Laura y yo discutíamos por una tía que llevaba seis meses prometiendo una visita. No convirtió cada silencio en una oportunidad para gustar.
Cuando el mayor le preguntó por el auditorio, respondió sin convertir su trabajo en una historia interesante.
—Coordino mantenimiento técnico.
—¿Puedes entrar gratis a conciertos?
—Trabajo durante los conciertos.
—Entonces es peor de lo que pensaba.
—Bastante.
A mitad del postre, Pau sacó una botella que llevaba guardando desde el cumpleaños de Laura.
—No es nada especial —dijo.
—Entonces ¿por qué la guardabas? —pregunté.
—Porque me olvido de las cosas especiales y luego se convierten en normales.
Andrés miró la etiqueta.
—Eso pasa bastante.
—No os pongáis filosóficos con el vino —dijo Laura.
El mayor señaló a Andrés.
—¿Tú bebes de esos que saben a madera y dices cosas raras?
—Bebo de los que me gustan y a veces digo cosas raras sin vino.
—Entonces encajas.
—Gracias, supongo.
El chico se levantó a por más pan.
Pau me miró.
—¿Y tú estás bien?
Pau preguntaba igual cuando yo llegaba sola, cuando tenía mucho trabajo o cuando llevaba ojeras.
—Sí.
—Perfecto.
Sirvió el vino.
No hubo segunda pregunta.
A mitad del postre, el pequeño volvió a la carga.
—Entonces, ¿sois novios?
Laura dejó la cuchara.
—Basta.
—Solo pregunto.
—Y yo te estoy diciendo que basta.
Patricia antigua habría agradecido la intervención y cambiado de tema.
Yo miré al chico.
—Estamos saliendo.
El mayor apartó la vista de la pantalla del móvil.
—Eso es sí, pero de adultos.
—Eso es te quedas sin postre si sigues.
—Ya me lo he comido.
—Calculador.
Andrés tomó agua.
Andrés siguió en la mesa.
Yo corté la tarta.
Mientras Laura recogía los platos, fui a la cocina con ella.
—Déjalos —dijo.
—No. Has cocinado.
—Pau ha cocinado. Yo he vigilado.
Metí dos platos en el lavavajillas.
Laura miró hacia el salón. Andrés estaba escuchando al mayor explicar un videojuego con una paciencia que yo no habría tenido.
—Me cae bien —dijo.
—No te he preguntado.
—Ya.
Colocó un vaso.
—No voy a preguntarte qué sois.
—Gracias.
—Pero sí te voy a preguntar si te gusta.
La misma pregunta que me había hecho unas semanas atrás, cuando Andrés todavía era una voz sin cara.
Aquella vez había contestado que me gustaba estar con él allí.
Esta vez no tenía una sala donde esconder la respuesta.
—Sí. Mucho.
Laura asintió.
—Pues ya está.
—No conviertas eso en una frase de taza.
—Estoy cargando un lavavajillas, Patricia. Baja el nivel literario.
Me reí.
—Y no le cuentes a Berta que te he dicho «mucho».
—No necesito que me retires la custodia de la información.
—Te conozco.
—Y yo a ti.
Volvimos al salón.
Andrés me miró desde el sofá.
No sabía lo que acababa de decir en la cocina.
Me gustó que aquel «mucho» se quedara un rato en la cocina.
Nos fuimos a las doce.
En el ascensor, Andrés metió las manos en los bolsillos.
—Tu sobrino pequeño tiene futuro en interrogatorios.
—No le des ideas.
—Me ha caído bien.
—Eso habla mal de ti.
Las puertas se abrieron.
Salimos al portal.
—Gracias por venir —dijo.
Andrés no buscó mi mano.
La dejó balancearse a su lado.
Yo metí los dedos entre los suyos.
Abrí el coche.
De camino a casa, él dejó una mano sobre la palanca de cambios cuando yo paré en un semáforo.
Puse la mía encima.
No hablamos de ello.
Cuando llegamos a mi casa, Andrés subió.
No para quedarse a dormir. Al día siguiente tenía turno temprano y yo había prometido revisar una documentación antes de acostarme.
Entramos en la cocina y él abrió la nevera.
—¿Tienes hambre?
—He cenado contigo hace veinte minutos.
—Eso no responde.
—Un poco.
Sacó un trozo de queso y dos tomates.
—Estás invadiendo.
—Estoy previniendo que abras galletas a la una.
—Eso sería mi decisión.
—Y esta es la mía.
Cortó el queso.
Me senté en la encimera.
Durante la cena en casa de Laura había esperado, sin admitirlo, que alguien convirtiera a Andrés en un tema. Había sucedido durante treinta segundos y luego la familia había seguido haciendo lo que hacía siempre: discutir, comer, buscar cargadores y quejarse del pescado.
—¿Te ha incomodado lo del antifaz? —pregunté.
Andrés levantó la vista.
—Que lo supieran los chicos.
—Me ha sorprendido.
—A mí también.
—Pero no te ha molestado.
—No. La parte que no quiero contar no es que existiera SIN MIRAR. Es lo que pasó dentro.
Asentí.
—A mí me pasa igual.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
—No hagas fiesta.
Me tendió un trozo de queso.
—Jamás.
Lo comí.
—Laura te ha caído bien.
—Sí.
—Mis sobrinos también.
—El pequeño intenta destruirte y eso me parece admirable.
—Te puedes ir.
Andrés se acercó entre mis rodillas.
—Todavía no.
Me besó.
Fue un beso de viernes, al final de una semana larga.
A la una menos cuarto se puso la chaqueta.
—Te escribo cuando llegue.
—No hace falta.
—Lo sé.
—Entonces no lo conviertas en protocolo.
—Voy a escribirte porque quiero.
—Ah. Eso sí.
En la puerta me besó otra vez.
Cerré la puerta.
En la cocina seguían los dos vasos y el plato del queso.
Los dejé para la mañana.